¿Contra qué legiones habría luchado Alejandro Magno? La pregunta no tiene una respuesta tan satisfactoria como yo querría, pero trataré de explicar qué información he manejado a la hora de escribir Alejandro Magno y las águilas de Roma.
El propio término «legión» deriva del verbo lĕgo, con el significado de «escoger» y de ahí «reclutar»; de modo que una legión es la unidad básica que surge de la acción del reclutamiento. En época de los reyes sólo habría una legión. Después, al producirse el cambio a la República en el año 509 a.C., habría dos legiones, una por cada uno de los dos cónsules. Estas legiones luchaban al estilo de las falanges griegas.
A finales del siglo V o durante el siglo IV a.C. Roma sustituyó la formación en falange por la formación en manípulos. Lendon, en "Soldiers and Ghosts", página 183, resume las opiniones de los propios autores romanos: el cambio a la formación manipular se habría producido durante la guerra contra la ciudad etrusca de Veyes, en el 406; o bien tras las luchas contra los galos, entre el 390 y el 367; o, como muy tarde, durante las guerras que enfrentaron a romanos y samnitas entre el 342 y el 290. Para Alejandro y las águilas doy por supuesto que los romanos llevan ya un tiempo combatiendo en manípulos, y que ya han aumentado el número de legiones a cuatro.
El historiador romano Tito Livio (59 a.C.-17 d.C.) describe el cambio a la táctica manipular en "Ab urbe condita", VIII 8, y lo hace durante su narración de la lucha entre los romanos y sus aliados latinos, en el año 340 a.C. Se trata precisamente de una campaña que menciono en la novela al hablar de Tito Manlio Torcuato Imperioso, el cónsul que hizo ejecutar a su propio hijo por desobedecer sus órdenes. (Me refiero a la histórica, no a la de la novela.) Cito textualmente la descripción de Livio sobre la nueva táctica:
«Después de que el ejército se había organizado de esta forma, los hastati comenzaban el combate los primeros. Si éstos no eran capaces de desorganizar al enemigo, retrocedían paso a paso y los recibían los principes en los espacios libres de sus filas. Entonces la lucha correspondía a los principes; los hastati iban detrás; los triarios mantenían su posición bajo las enseñas, la pierna izquierda extendida, sosteniendo el escudo sobre el hombro, las lanzas con la punta hacia arriba apoyadas en tierra, ofreciendo el aspecto de un ejército erizado de puntas rodeado de una empalizada. Si tampoco los principes obtenían en su lucha unos resultados suficientemente satisfactorios, iban retrocediendo poco a poco desde la primera fila hasta los triarios; de ahí que se haya hecho proverbial la expresión: «la cosa llegó hasta los triarios», cuando se está en dificultades. Los triarios se incorporaban y, después de recibir a principes y hastati por los espacios libres de sus filas, inmediatamente, cerradas éstas, cortaban, por así decir, los pasos y en una sola formación compacta, sin dejar ya tras de sí ninguna esperanza caían sobre el contrario; esto era de lo más temible para el enemigo, porque, al perseguir a quienes parecían vencidos, veía de repente surgir una nueva línea, con mayores efectivos. Solían alistarse cuatro legiones de cinco mil soldados de a pie y trescientos de a caballo cada una.» Tito Livio VIII, 8 (traducción de José Antonio Villar, en "BC Gredos", nº 148).
También hay otra descripción del ejército manipular en el libro VI de las "Historias de Polibio" (203—120 a.C.). Aunque más cercano en el tiempo, sigue siendo muy posterior a los hechos; y sin embargo es lo mejor que tenemos. Si autores como Gregory Daly en "Cannae. The experience of battle in the Second Punic War" hablan con mucha prudencia de las fuentes que manejan para una batalla librada en 216 a.C., imaginemos lo que sucede al tratar de acontecimientos ocurridos cien años antes.
Puede encontrarse una representación gráfica muy clara del ejército manipular en "Las legiones romanas" de Peter Connolly, entre las páginas 10 y 11. También pueden consultarse imágenes aquí, extraídas de "Warfare in the Classical World", de John Warry.
Redondeando las cifras, cada legión constaba de 1200 hombres de infantería ligera, los llamados velites o rorarii. (En la novela he utilizado el término «rorarios», que parece más antiguo.) Estos soldados luchaban por delante de la infantería pesada en las escaramuzas previas al choque central de la batalla. Aunque Polibio dice que los velites eran los soldados más jóvenes, es de suponer que se trataría más bien de aquellos hombres que, como los peltastas griegos, no podían pagarse las armas de un soldado de infantería pesada.
Esta infantería pesada o de línea se dividía en tres líneas. En la primera combatían unos 1200 hastati, en la segunda otros 1200 principes y en la tercera 600 triarii, los soldados más veteranos. El armamento defensivo de todos era parecido. El escudo, en forma de teja, medía 1,20 m de alto y estaba fabricado por capas de madera encoladas y cubiertas con capas de lino y de cuero. Había varios tipos de yelmo, pero en general todos ellos dejaban al descubierto la cara. Para protegerse el cuerpo usaban pequeños pectorales de metal; aunque es de suponer que los soldados más adinerados llevarían corazas de cota de malla. Las grebas no estaban muy extendidas, y en cualquier caso parece que muchos soldados llevaban sólo una en la pierna izquierda, la que se adelantaba para luchar. Si parece poco armamento defensivo para el cuerpo, hay que tener en cuenta que el scutum era muy grande y cubría prácticamente al legionario.
En cuanto al armamento ofensivo, aquí habría más dudas. ¿Qué llevarían los soldados romanos en el año 317 a.C.?
Polibio denomina "hispana" a la espada que utilizan los legionarios, y suele considerarse que esta arma fue adoptada durante la Segunda Guerra Púnica, de modo que los legionarios de mi novela no podrían utilizar una espada hispana, y de hecho no hago mención de ella. Tan sólo digo: «La espada, a la que llaman gladio, es el arma que utilizan en la lucha cuerpo a cuerpo, y la manejan con una gran pericia.»
En "Greece and Rome at War", de Peter Connolly, se puede encontrar un amplio surtido de espadas etruscas, itálicas y celtas entre las páginas 98 y 120. En particular, en la página 116 hay una serie de espadas celtas, todas ellas rectas. Como dice el propio Connolly: «Las espadas de La Tène I (c. 450—250 a.C.) tienen hojas generalmente de entre 55 y 65 cm de longitud. […] Estas espadas son todas de doble filo y con punta, del tipo tajo—y—estocada.» (La traducción es mía.) De modo que los romanos no necesitaban estar en contacto con los hispanos para conocer espadas como las que describo en la novela. Los propios griegos usaban espadas rectas de unos 60 cm, aunque también conocían la llamada kopis, más parecida a un sable. Eso sí, las armas de Alejandro y las águilas no tendrían la soberbia forja por la que eran conocidos los celtíberos y que aparece descrita en el libro V de la Biblioteca histórica de Diodoro de Sicilia.
En cuanto a la superioridad de la esgrima romana, es algo lógico si pensamos que, una vez arrojado el pilum, la espada era el arma primaria del legionario. Por el contrario, la espada era el arma secundaria de los griegos, y sólo recurrían a ella si rompían o perdían la lanza.
Esto nos lleva a otra cuestión: ¿tendrían pilum los legionarios del año 327 a.C.? Se han encontrado alrededor de Numancia pila propiamente romanos que deben ser de alrededor del año 150 a.C. (Connolly, "Greece and Rome"… p. 131). Pero en la página 98 de ese mismo libro se muestra la reproducción de un pilum etrusco del siglo V a.C. hallado en una tumba de Volci. Y por esa época, en Hispania ya se utilizaba el soliferreum, un arma arrojadiza similar al pilum, pero forjada en una única pieza de hierro.Todo eso quiere decir que no sería imposible que los romanos utilizaran ya el pilum.
En cualquier caso, el cambio de la táctica hoplítica a la manipular debió implicar no sólo la modificación del escudo, sino también el paso de la lanza a la jabalina. Los únicos que seguían manteniendo la lanza no arrojadiza, al modo de los soldados griegos, eran los triarii, que luchaban al final de la formación. Así que los hastati y principes del 317 a.C. usarían algún tipo de arma arrojadiza. Que fuera el pilum propiamente dicho es más dudoso; pero en una novela no se pueden plantear dudas eruditas.
Eso sí, los pila no se doblan en mi novela. Lo de que el hierro del pilum se doblaba al chocar contra un escudo para que no se pudiera reutilizar es ya casi una leyenda urbana, que Fernando Quesada ha desmontado en su artículo "El legionario romano en época de las Guerras Púnicas", y que sin embargo sigue apareciendo en sitios como la Wikipedia. Es cierto que, según Plutarco (Mario XXV), poco antes del año 100 a.C. Mario sustituyó uno de los dos remaches metálicos que unían el astil y la vara de hierro por una espiga de madera. Esta espiga se partiría en el choque y el astil quedaría colgando del escudo enemigo como un estorbo, pero la vara de hierro no tenía por qué doblarse.
Cito directamente a Quesada, que tuvo la amabilidad de enviarme personalmente su artículo (el subrayado es mío):
«Los experimentos de reconstrucción arqueológica realizados (Junkelmann 1986:Taf. 51ª, 186 ss.; Connolly 2000; 2005:106,) vienen demostrando además que el pilum atraviesa limpiamente tablones de madera de hasta 3 cm. de grosor sin doblarse.
Lo que hace difícil extraer un pilum una vez que atraviesa un escudo es el diseño de su punta piramidal, más gruesa que el astil. Una vez que ha perforado el escudo, la madera tiende por sus propiedades plásticas a esponjarse, y es difícil retirar la punta por el mismo orificio que ha practicado a no ser –y aún así es difícil- que se tumbe el escudo en el suelo y se tire verticalmente.»
Según Polibio, cada soldado romano llevaba un pilum pesado y otro ligero. En la página 17 de "Las legiones romanas", Connolly representa a un legionario lanzando primero el ligero, después el pesado y por último embistiendo al enemigo con la espada. El propio Connolly parece haber cambiado de opinión en artículos posteriores. En primer lugar, habría que llevar el pilum pesado agarrado junto al escudo mientras se arroja el ligero, lo cual parece bastante incómodo. Y en segundo lugar, considerando que el primer pilum se dispararía a una distancia de menos de 30 metros, no parece que diera tiempo a utilizar los dos. En mi novela, por tanto, los legionarios sólo usan un pilum y, tras la primera acometida, reciben proyectiles de repuesto de las filas posteriores. Esta opinión, por cierto, la comparten Quesada y Adrian Goldsworthy en "The Roman Army at War".
Aún queda una cuestión peliaguda, y que ya me daba que pensar cuando me explicaban la formación de hastati, principes y triarii en clase de latín hace veinticinco años. ¿Cómo se relevaban en el campo de batalla? ¿Formaban una especie de damero? Esto no parece muy factible: los enemigos podrían colarse por los huecos y atacar por los flancos de las unidades. En la página 117 de mi novela he propuesto una posibilidad:
«…Cuando estaban a menos de un estadio de distancia, [los romanos] se decidieron a cargar, aunque no como Néstor se esperaba. La línea del frente se quebró, no de forma irregular, sino siguiendo un esquema entrenado a conciencia. Tres formaciones se desgajaron de las demás en damero, empezando por el ala derecha, y se lanzaron al paso ligero mientras que las otras tres se quedaban un poco rezagadas. Los romanos lanzaron su grito de guerra, y su alarido no fue menos sonoro que el de los griegos:
—MARS ET QUIRINE! ROMA VICTRIX!
Esto me da mala espina, pensó Néstor. Una acción tan contraria a la lógica militar debía tener algún motivo. Las formaciones de infantería de línea intentaban no ofrecer huecos, pues los costados eran su punto más vulnerable y resultaba preferible protegerlos con los cuerpos y los escudos de los compañeros que dejarlos al descubierto. Pero era evidente que a los romanos no les importaba romper su propia falange. Corrieron con los escudos en alto, cubriéndose de las flechas que les disparaban los arqueros griegos, y sólo tres o cuatro de ellos cayeron al suelo. Después, cuando llegaron a unos treinta pasos de las sarisas, se oyó una orden seca.
—PILA!
Los que corrían en cabeza se frenaron y arrojaron sus armas. Lo que Néstor había creído lanzas eran en realidad jabalinas que silbaron girando en el aire. Tras aquella andanada llegó otra, y otra más. Los romanos debían nacer ensayando esa maniobra tan complicada: cada vez que un soldado arrojaba su proyectil, aprovechaba el impulso para desplazarse un paso a la izquierda y dejar hueco al siguiente hombre, quien, tras disparar a su vez, también se apartaba ofreciendo un pasillo al próximo. Las jabalinas cayeron sobre los macedonios, algunas en altas parábolas y otras en trayectorias más rectas y dañinas. Por fin se desataron los ruidos del combate: el impacto sordo y contundente del acero contra la madera, el rechinar más agudo del metal sobre el metal, los pies crujiendo en la arena, las voces de mando, los insultos, los aullidos. Néstor vio cómo en las primera filas caían más hombres de los que se esperaba, y le inquietó observar que las puntas de las sarisas se movían a los lados y se trababan entre sí, y que se oían más gritos de perplejidad y consternación que de dolor. Para su asombro, muchos hoplitas se desprendían de los escudos y los dejaban caer al suelo entre maldiciones.
Las tres unidades romanas que habían quedado rezagadas arrancaron a correr y lanzaron sus venablos de la misma forma. Todo se desarrollaba a una velocidad vertiginosa: cuando las tres formaciones del segundo escalón no habían agotado aún sus proyectiles, las tres primeras, espada en mano, ya se estaban arrojando como suicidas contra las sarisas.
No, como suicidas no, se corrigió Néstor. Porque ahora el enorme erizo de la falange presentaba calvas y tenía muchas púas torcidas. Los romanos, agazapados tras sus amplios escudos, los movían de un lado a otro para apartar las puntas de las picas y aprovechaban los huecos para llegar al cuerpo a cuerpo, o de lo contrario esperaban con paciencia. Durante un rato fue difícil apreciar lo que estaba pasando. Había un frente de choque confuso, zigzagueante, y las sarisas de las últimas filas ondulaban como mieses al viento sin llegar a bajar del todo, porque no tenían espacio para hacerlo. Mientras los macedonios y romanos que estaban en contacto hacían chocar los escudos y trataban de acuchillarse por encima y por debajo de ellos, los soldados que se encontraban detrás empujaban y jaleaban a los suyos e intentaban aprovechar el menor hueco para pinchar a un enemigo en los muslos o en las ingles.»
Como decía antes, es simplemente una posibilidad.
Una cuestión más: El número de efectivos. Como ya he mencionado en el texto de Livio, los romanos reclutaban por aquel entonces cuatro legiones. En mi novela he dado por supuesto que la guerra contra Alejandro es una crisis sin precedentes, por lo que Roma exprime sus recursos al máximo y llega a alistar ocho legiones, aunque en la batalla final sólo intervienen seis junto con otras seis legiones de aliados. ¿Sería posible alistar ocho legiones en el 317 a.C., las mismas que en Cannas? Sin duda, Roma debía de tener menos población en esa fecha que cien años después. Pero hay que considerar que, antes de Cannas, los romanos ya habían sufrido varias derrotas, y que además tenían ejércitos movilizados en otros escenarios de la guerra. De modo que la cifra que utilizo en la novela me parece verosímil.
En cuanto a los estandartes romanos, fue Mario quien los unificó usando sólo águilas, pues antes había un toro, un jabalí, y hasta un minotauro. Al menos, eso cuenta Plinio en el libro X de su "Historia natural". Pero, como todos los datos referidos a la Roma anterior al siglo I antes de Cristo, hay que tomarlo con precaución.
Aparte de las tácticas de infantería, también hablo de las maniobras de la caballería romana. Para ello he recurrido, entre otros textos, a "The Cavalry of the Roman Republic", de J. B. Mccall, autor que reivindica en este libro el papel de un cuerpo habitualmente despreciado al hablar de los ejércitos de Roma. Al parecer, los jinetes romanos, aprovechando que su armamento era más bien ligero, podían desmontar durante el combate y actuar como fuerzas de infantería improvisadas, tal como aparece en la página 478 de Alejandro Magno y las águilas de Roma.
Javier Negrete