Un destello iluminó mis ojos cerrados, lo noté, se coló entre mis parpados e hizo que me despertara. ¿Por qué? Me pregunté… ¿acaso es esto el cielo? Pronto me di cuenta que me encontraba en el mismo sitio, el mismo lugar en el que, no sabia exactamente hacía cuanto, morí. Los rayos de un sol ajenos a mi mundo empezaban a calentar mi desnuda piel, pero apenas me di cuenta de ese detalle, las preguntas no hacían más que sucederse… aquel sol, que momentos antes de mi oscuridad empezaba a esconderse ahora me devolvía la vida con sus rayos al despuntar en el horizonte.
Abrí mis ojos a un mundo, que antes abandoné, ya no recordaba los sonidos, el mundo al que me fui era silencioso, ya no recordaba como hablar, lo olvidé tras un tiempo sin hacerlo, ya no recordaba como mirar, mis ojos antes sólo veían un fondo blanco, un fondo sobre el que se proyectaban sombras de mi pasado. Mis alas, antes blancas y esbeltas se habían convertido en despojos negros, una alas de ángel tornadas en las de un demonio. No sabía por qué, pero el rencor y la ira hacia aquellos que apagaron mi antiguo mundo iba aumentando conforme iba recuperando mis fuerzas, iban inundando mi ser, infectando todo mi cuerpo. Mis venas, ahora de color negro por la sangre demoníaca que las recorría se podían ver a través de mi blanca piel, una piel que se convirtió en extraña cuando empecé a examinarla ¿de dónde habían salido aquellas marcas y cicatrices? ¿Qué me hicieron allá donde hubiera ido? El recuerdo de aquellas sombras de mi antigua vida me vino entonces a la cabeza, mis pecados fueron devueltos en forma de cicatrices, en forma de marcas que ya no podría quitarme y con las que debería vivir para la eternidad. Analizaba cada recuerdo, cada imagen que tenía de mi antes de que aquel sol se apagara, comparaba aquel recuerdo de una imagen celestial con el aspecto escalofriante que presentaba ahora. Un nombre susurra mi mente: Lilith, como aquella que fue la primera esposa de Adán, maldita por Dios cuando ésta abandonó el paraíso.
No tenía a penas fuerzas, no podía volar, a penas si podía andar, pero logré levantarme y dar unos pasos hasta el lago, me arrodillé a su orilla ¿dónde estaba mi reflejo?, volví a levantarme y empecé a avanzar, sentía mi cuerpo sucio, aún tenía conciencia de ángel y quería volver a mi antiguo aspecto, odiaba el rencor y la ira, odiaba aquellas alas destrozadas y odiaba el nuevo color de mi venas. Sumergí completamente mi cuerpo en el agua, apenas notaba su tacto, abrí los ojos y en las profundidades del lago vi una docena de almas a la deriva, iban navegando lentamente y se sumergían cada vez más, intenté seguirlas, pero el peso de mis alas no era fácil de arrastrar bajo el agua. De lejos pude observar la carita pálida de una niña que con los ojos cerrados y aspecto moribundo se dirigía con los otros once condenados hacia el infierno. Me empezó a faltar el aire y de un solo impulso ascendí hacia la superficie, mis ojos se volvieron a cegar por el sol, no sabía que les pasaba, pero ya no eran como antes, quizás, como el resto de mi cuerpo, también habían cambiado. Nadé hasta la orilla, y al salir noté un nuevo cambio, unas escamas cubrían mi piel, no supe que era aquello con certeza, pero al secarse mi piel desaparecieron, quizás eran las culpables de no notar el tacto del agua. Mis fuerzas habían vuelto y ya pude, al fin tomar vuelo, tenía que buscar algo de ropa, ya llamaba demasiado la atención sólo con las alas. Alcé un poco el vuelo para ver los alrededores, no había cambiado demasiado el paisaje, así que no habría pasado mucho tiempo desde mi muerte. Dirigí mis pasos hacia la población que antes era mi hogar, hacia esas casas que miraban antes con recelo y ahora, a mi paso, miran con temor, temían a un demonio vestido con harapos, con mirada desconocida para si mismo, pero al parecer aterradora para los demás. Jamás podré ver mi mirada pero se que decía: Soy Lilith, soy demonio, temed.
Comencé a notar una extraña sensación, ojos mortales me acechaban en cada esquina, temerosos y a la vez descarados, deseando mi muerte y a la vez impotentes de llevarla a cabo. A paso lento avanzaba entre los gigantes de piedra, unos chiquillos, que jugaban en uno de los callejones se quedaron perplejos cuando me puse ante ellos, les dediqué una sonrisa picaresca y el más pequeño de ellos comenzó a temblar y balbucear, los otros tres se quedaron mudos, y solo se limitaron a cederme el paso. Continué avanzando hasta llegar a las puertas de la taberna, mis ojos se encendieron en fuego de ira, allí estaban esos malditos a los que vine a matar desde el mismísimo infierno. Era el momento de vengarse, mi alma reclamaba sangre, la sangre de aquellos que hace tiempo robaron la mia. Abrí mis alas en medio del lugar, ahuyentando a los mortales que acabaron con mi aspecto angelical, aquellos que me hicieron daño. Mis ojos se encargaban solos de advertir a los humanos, esas criaturas débiles y ridículas, que se creyeron superiores a mí, y ahora volvía más fuerte para acabar con su superioridad, para borrar cualquier rastro de poder entre ellos. Ya no había nada de ángel en mi, solo ira, rencor y demonio, sólo devoción hacia mi misma y hacia mi señor Samael. Mi vida demoníaca me vino de repente, sin previo aviso, sin ni siquiera darme cuenta, pero me encantaba sentirme así, me encantaban mis alas negras, mi oscura sangre y lo que provocaban en los demás mis nuevos ojos.
Samael, mi señor, reclamaría mi alma cada noche, y yo acudiría a él como demonio consorte, como Diosa Madre del inframundo, como la demonia Lilith que condenó Dios a que todos sus hijos nacieran muertos. Ahora, me vengo de los míos y me vengo de Dios, yo, la nueva Lilith, llenaré el mundo de demonios, llenaré el mundo de esa ira y rencor, provocada por los mortales que nos quitaron la vida, lloraran, sollozaran, gritaran y suplicaran, ellos pagaran ahora el daño que nos fue causado desde nuestra génesis, ellos llevan el peso de los pecados de sus antepasados, y sobre ellos recaerá nuestra ira.
Una fuerte ráfaga de viento entró en el lugar, apagando cada una de las velas, imposibilitando la visión humana, ¿superiores?, eso era lo que ellos decían que eran, pero sin visión y ni armas en mano parecían unas ratas, arrastrándose por el suelo, indefensas, sólo eran capaces de ver mis ojos, y temblaban al ver cómo se acercaban. Sólo recuerdo caras de dolor, gritos de desesperación, llantos de súplica, infelices arrodillándose ante mí, entonces, y aunque no pudieran verme, les dediqué yo aquella sonrisa burlona y satánica que me dedicaron mientras yo moría, aquella risa malvada que se convirtió en lo último que escucharía mi oído de ángel. Mis fuerzas estaban en su punto máximo, medio muertos ya los dos humanos, sangrando por cada poro de su piel, los agarré y salí con ellos de la taberna alzando el vuelo, sus ojos podían ver ahora de nuevo a su asesina, asesina por su culpa, asesina, por haber sido antes víctima. Elevé mi cuerpo junto con el de los mortales y volé hasta situar la plaza central bajo mis pies, dejé caer al primero, y mi sonrisa no hacía más que aumentar, dejé caer al segundo desde mucho más alto, y lo acompañé hasta el suelo, dejando que viera bien mi sonrisa, para que fuera lo último antes de su muerte. La sangre salpicó mi piel, me sentí poderosa, imponente, me sentí feliz. Los vecinos miraban desde los alrededores espantados, horrorizados por la escena macabra, sólo hizo falta una mirada a mi alrededor para que todos ellos se escondieran.-Ahí tenéis a mis asesinos, por su culpa yo estoy aquí, por su culpa soy demonio, dadles las gracias, yo, ya lo hice. –
Los rayos del sol se tornaron entonces de color anaranjado, advirtiéndome de que la noche acechaba, lancé mi cuerpo al aire con un aleteo fuerte y elevé el vuelo, mientras los habitantes del pueblo aún estaban conmocionados ante la sangrienta imagen. Todas las miradas se clavaban en mi figura, hasta incluso cuando su vista limitada de humanos no me alcanzaba a ver todos se quedaron cabeza arriba, intentando adivinar mi silueta a través de las nubes. Regresé de nuevo a la colina, allá donde resucité, aquel lugar, en el que no hacía ni un día que volvía a vivir. Una vez allí y mientras observaba los últimos rayos de Sol caer ante la profunda oscuridad, conduje mis pies hasta el lago, dónde unos reflejos plateados danzaban con el vaivén del viento. La luna me incitaba, me hacía sentir odio, me hacía sentir poder. Sumergí mi cuerpo lentamente en las aguas bañadas de plata y comencé lentamente a descender, camino del infierno, junto con los malditos que se dirigían hacia el mismo lugar que yo.
En mi descenso, mientras observaba las almas pude advertir entre ellas dos figuras conocidas, mis asesinos, mis victimas. No podía quitar la sonrisa de mi cara, y lo mejor, era que me reencontraría con ellos abajo y que gracias a Samael, podría conseguir esas almas para ponerlas bajo mi mandato, subordinadas a mí, como esclavos de Lilith.
El infierno era un paisaje tosco, descuidado, tan caluroso, que cualquier poca ropa que llevaras querrías arrancártela de cuajo junto con la piel. No había demasiados demonios allí abajo, un ciento estaba en el mundo mortal causando muerte y destrucción a su paso, creando en la Tierra nuestro nuevo hogar, aquel del que nos vimos expulsados, aquel que un día volveremos a habitar. Una cascada de almas van a parar a un nuevo lago que se forma justo donde me encontraba entonces, querían salir de allí conmigo, querían que les devolviera la vida. Asqueada de ese hedor mortal que aún desprendían, salí de mi particular prisión, despojándome de ellas con un simple batir de las alas. El calor me embriagaba, y un deseo ardiente de placer inundaba cada centímetro de mi ser, Samael estaba cerca, lo sentía, sentía como reclamaba mi cuerpo. Caminé hasta el harén de almas y demonias de Samael, yo, como su demonia consorte atraía la atención de mi señor más que el resto, y con sólo verme renegó de las bellas demonias que lo acosaban, una multitud de bellezas malditas que rodeaban su trono bacanal se rindió a mis pies, me abrió paso, como Diosa Madre, todas me respetaban, se sentían inferiores a mi, sólo yo era capaz de doblegar a Samael. La lascivia había embriagado mi alma, había corrompido el cuerpo que una vez fue mortal, ahora, el placer inundaba mi ser y abría paso a toda una nueva generación demoníaca. La nueva era, había comenzado.
Un ejército de demonios recién nacidos había sido el fruto de aquella noche, centenares de criaturas comenzaban a abrir su pequeñas alas, pronto sembrarían muerte en la Tierra, se reirían de los mortales y burlarían la maldición de Dios. Hacía millones de años que los demonios no nacían de forma natural, todos lo que existíamos en aquel momento éramos fruto de la reencarnación de un mortal, todos excepto unos pocos, entre ellos Samael, nacido en tiempos de la génesis humana, en aquellos tiempos en los que Dios maldijo a Lilith, en aquellos tiempos en los que comenzamos a odiar nuestra propia inmortalidad. Un estruendo se oyó a lo lejos, un sonido desgarrador que venía de arriba hizo a los demonios retorcerse en el suelo, el sonido era constante, insoportable, un chillido agudo, penetrante que los pequeños demonios no lo soportaron, entonces, sus oídos inmaduros comenzaron a llorar sangre, un ejército de demonios fue reducido a un montón de cadáveres, la maldición de Dios recaía de nuevo sobre la nueva Diosa Madre, había matado a mis pequeños y el odio, el rencor y la ira se quedaron pequeños para describir lo que sentía.
Nuestra venganza se vio frustrada, sólo nosotros no podíamos combatir contra los mortales y Dios. Cada alma que llegaba al inframundo, cada rasgo de rencor e ira que había en ellas era materializado, reencarnamos su aspecto mortal en aspecto demoníaco. Con los primeros rayos del Sol, subí de nuevo a la Tierra, mi venganza, aún no había sido cobrada del todo, aún quedaban mortales en aquel pueblo que me hicieron mucho daño, ahora, conociendo su maldad, sus ganas de dañar, les daría la oportunidad de hacer cuanto mal quisieran, los llevaría conmigo al infierno, los reclutaría en mi ejército de muerte, destrucción, mi ejército inmortal. Sobrevolé la población, algunas personas ya miraban horrorizadas al cielo, reconocían mi figura, sabían que venía a por más. Llantos de críos se oían entre los callejones, atemorizados al verme, no hacían más que temblar. Humanos, adoradores de un Dios asesino, un Dios que ha matado a mi estirpe, humanos, mortales afortunados, una raza inferior que tenía la suerte de tener el favor de Dios, seres imperfectos, seres cobardes, con aires de superioridad, no soportaba esa aptitud, odiaba a los humanos y por eso, el deseo de su sangre aumentaba por segundos en mi interior. Mis pasos eran firmes, mi mirada fija, mi sonrisa, imborrable. Me sentía como un niño en una tienda de juguetes, estanterías repletas, rebosantes, muchos donde elegir, y sin querer decidirte por alguno. Caminaba alrededor de la plaza, los vecinos, curiosos me observaban desde los alrededores, yo les observaba a ellos como cazador que vigila a su presa. Un aura negra rodeaba a aquellos que en su interior aguardaba el mal, esas eran mis presas.
Cuando la gente se tranquilizó al ver que hoy era inofensiva sacudí mis alas con fuerza, volé rápido y bajo, sólo me hizo falta dar una vuelta, tres cadáveres mortales yacían en el suelo, y sus almas ya iban camino al infierno, preparadas para la reencarnación. Volví al centro de nuevo y comencé a caminar como antes, nuevas personas se habían acercado hasta allí, los tres individuos eran conocidos, había elegido bien mis presas, cerca de veinte hombres fornidos y armados con palos corrían hasta donde estaba yo, cuando los tuve a pocos metros pudieron notar un batir de alas - nos vemos en el infierno, mortales – aquello se convirtió en un baño de sangre, algunos vecinos, esperanzados y a la vez horrorizados miraban la macabra escena esperando que algún hombre se alzara entre aquel alboroto, esperando que yo cayera. Estúpidos mortales ¿acaso creían que iba a caer antes veinte ratas? Mi cuerpo estaba bañado en sangre, no mia precisamente, apestaba a humano y quise arrancar ese olor de mi, volé hasta el lago, y me sumergí en él, nadé hasta el infierno y mis nuevos demonios ya me esperaban abajo.
Las mismas escenas cada noche, Dios no dejaba crecer a mi ejército, despertábamos con el estruendo ensordecedor que ya se volvió rutinario. Cada mañana mis pequeños morían y ya ni me dolía, tras esa escena, yo y mi ejército, que ya contaba con más de un centenar de demonios, subíamos a la Tierra a reclutar a la fuerza a nuevos soldados, arrancándoles la humanidad e implantando el brote demoníaco en su mismísimo corazón. Si Dios quería guerra, la iba a tener, corrompería a todas las personas descarriadas, los enfrentaría su creador. Fue una época difícil, pero todo el dolor y sufrimiento que causaríamos lo recompensaba con creces, estaba segura de ello. No quedaban muchos mas humanos en la Tierra, todos eran devastados a nuestro paso. Nuestro ejército, ahora lleno de asesinos, ladrones, violadores, villanos que amotinaron contra su propia especie, ya estaba preparado, éramos cientos de miles de demonios deseosos de sangre.
Nuestro momento se acercaba, la era demoníaca se vería ese mismo día en su mayor apogeo, los demonios retomaríamos la Tierra, aquel lugar que nos fue arrebatado. El infierno se nos quedó pequeño y el mundo grande para los humanos. Los últimos en pie podían ver su final, veían la muerte acercarse con los primeros rayos del Sol matinal. Una marabunta demoníaca salió despavorida de las aguas del lago, la ansiedad recorría nuestras venas, todos sabíamos perfectamente lo que teníamos que hacer. Gritos y llantos se convirtieron en la música que acompañaba nuestra masacre, el latir de sus atemorizados corazones al acercarnos se convirtió en el redoble de tambores que marcaba nuestro paso. Los estruendos se sucedían, se hacían cada vez más intensos y constantes, pero no nos hacían nada, nuestros oídos se habían inmunizado ante ese ruido. Si Dios quería pararnos, tendría que bajar hasta la Tierra. Una multitud de cadáveres se esparcían por el suelo, ahora si, aquel era nuestro hogar, sin ningún humano de por medio. Una lluvia ácida comenzó entonces a caer del cielo, Dios lloraba a sus hijos, ahora entendía lo que me había hecho a mi cada día durante meses, ahora entendía lo que nos ha hecho a los demonios desde nuestra génesis. Sus lágrimas desprendían dolor, ira, habíamos conseguido enfadarle, ahora bajaría con su ejército de ángeles para detenernos. Vimos huir de los cadáveres las almas humanas, volar hasta el cielo, y perderse entre las nubes, él también estaba reclutando soldados. Un llano inmenso, que llegaba hasta el horizonte se convirtió en campo de batalla. Los demonios esperábamos en un lado a la llegada del ejército celestial, el mismísimo Lucifer había subido a la Tierra, él junto con los más antiguos vampiros, junto con mi señor Samael. O ellos o nosotros, ángeles y demonios nos enfrentaríamos a muerte en una sola batalla, pronto sabríamos quien se quedaría con la Tierra.
La espera se hacía interminable, el ir y venir de almas por las que peleábamos ángeles y demonios para llevarlas a nuestro bando era incesante. No podíamos competir contra ellos, las pocas almas que habíamos dejado eran buenas, y aún con nuestro empeño, ascendían voluntariamente a unirse a los ángeles, pobres infelices, acababan de darse a sí mismos sentencia de muerte. La noche se nos vino encima, los ángeles continuaban sin enfrentarse a nosotros, sabían que la noche era nuestra, y que no podrían hacer nada en la oscuridad. Esperamos impacientes los primeros rayos de Sol que parecían no llegar, mis tropas estaban hambrientas, desesperadas, con sed de sangre. La claridad empezó a espantar a la luna y a las estrellas que se desvanecían conforme los rayos anaranjados despuntaban al alba. Un agujero se abrió entre las nubes, que amanecieron blancas y en forma de yunque, preparadas para una gran tormenta que nos acechaba desde las alturas. Una cascada de cuerpos celestiales comenzó a descender desde aquella apertura, mi ejército comenzó a rugir, habían llegado, cada vez veíamos más cerca la era demoníaca, la era en la que los demonios seríamos la única raza en la Tierra, ningún extremo, ningún intermediario, sólo nosotros. La contienda se prolongaba cada vez más, muy pocas bajas marcaban el poder de ambos ejércitos, la habilidad, la agilidad y el saber de los ángeles era compensado con la brutalidad, el fervor y las ansias demoníacas, ninguno caía, solo pequeños grupos organizados eran capaces de tumbar a un sólo contrincante. La inmortalidad nos regaló todo el tiempo del mundo para prepararnos para esa batalla final. Dios había preparado y armado bien a sus soldados, además contaba con el poder de los cielos, sin embargo, la fuerza demoníaca competía a igualdad de poder con la sabiduría angelical, los demonios éramos algo más cuantiosos en número, poseíamos armas de mayor calibre y teníamos el inframundo de nuestro lado. Baños de lava fueron congregados hacia el campo de batalla, algún ángel despistado que el agotamiento dejó parado en el suelo sufrió las consecuencias, los que volaban comenzaban a perder fuerzas. El calor sofocante nos daba fuerzas, nos devolvía la vida que el cansancio de llevaba. Lluvias torrenciales caían en forma de respuesta, ahora las tornas se cambiaban, la lluvia llegaba a nuestra piel como veneno, benditas alas de demonio, reductos de antiguas alas angelicales, ellas aún podían soportar el agua sin sufrir daño alguno, pero al vernos desprotegidos y sin poder tomar vuelo muchos de los nuestros cayeron. La batalla a vida o muerte con la fuerza por delante se había quedado atrás, ahora se volvía pura estrategia. Nuestros baños de lava eran precedidos de baños de agua, así provocábamos vapor, húmedo, algo molesto para los nuestros, pero cálido y agradable que daba vida a las tropas, los ángeles se ahogaban, demasiado calor para ellos.
Diez años de lucha, apenas quedamos unos pocos, nuestros ejércitos aún igualados en número ya no tenía fuerzas. Luchábamos desganados, ya sin nada que perder, sin nada que ganar. La Tierra se había convertido en una masa de roca fundida, los baños de lava habían cambiado el paisaje y habían reducido su tamaño. Por un momento todo se paró, el agotamiento provocaba delirios en mi cabeza. - ¿y por esto lucho?, mi venganza ya la tengo, ya maté a mis dos asesinos… asesinos, ahora convertidos en amigos, son de los pocos que quedan con vida. Me fui al bando enemigo, me convertí a los malos, me convertí en aquello en lo que estaba en contra durante mi vida mortal y después angelical. Ahora lucho por un pedrusco sin vida, un lugar indeseable, un lugar sin alimento, ¡sin nada! ¿Acaso estoy luchando para morir? Al parecer si.- Todo fue volviendo a la normalidad poco a poco, el tiempo volvió en funcionamiento y sólo luchaban un ángel y un demonio, uno de mis asesinos. Los demás observábamos la escena con aires de pesadez. Hartos ya de guerras, incluso nuestras ansias de sangre se habían asqueado. Dios en el cielo, ajeno al malestar de sus tropas, Satanás en el inframundo, ya se cansó hace tiempo de contemplarnos. Ángeles y demonios nos organizamos, dejamos de luchar entre nosotros, a fin de cuentas los culpables de esta lucha estúpida éramos Satanás, Dios y yo, acababa de sentenciarme a muerte, pero con esto acabaría todo. Los ángeles llamaron a su Dios, nosotros a Satanás. Ángeles y demonios volvieron a sus guaridas, ellos al cielo, y los míos al infierno. Yo me quedé a solas con los todopoderosos. Sus fuerzas eran iguales, ninguno de los dos podía ganar, pero yo era esa pequeña ventaja que ambos necesitaban de su lado, un objetivo a derribar o a anexionarse, yo permanecía neutral, sabía perfectamente lo que pasaría. Las horas pasaban y la paciencia de ambos llegaba a su límite, viendo que no me iría con Dios, éste usó toda su fuerza contra mí, Satanás encolerizado por haberme negado a su servicio dirigió también su poder hacia mí. Un choque de rayos celestiales y de fuego satánico tuvo lugar dentro de mi cuerpo, una explosión puso fin a todo, adiós Tierra, ahora sólo quedaban cielo e infierno, ya no habría más luchas, ya no había todopoderosos, ya no había Diosa Madre.
Un destello iluminó mis ojos cerrados, lo noté, se coló entre mis parpados e hizo que me despertara. ¿Por qué? Me pregunté… ¿acaso es esto el cielo? Pronto me di cuenta que me encontraba en el mismo sitio, el mismo lugar en el que, no sabia exactamente hacía cuanto, morí. Los rayos de un sol ajenos a mi mundo empezaban a calentar mi desnuda piel, pero apenas me di cuenta de ese detalle, las preguntas no hacían más que sucederse… ¿No he vivido esto antes? |