Busca
 
Dragonlance - Timunmas
Reinos Olvidados - Timunmas
Warhammer - Timunmas
Warhammer 40.000 - Timunmas
Terror - Timunmas
Fantasía Épica - Timunmas
La Rueda del Tiempo - Timunmas
Biblioteca - Timunmas
Tolkien - Minotauro
Ucronías - Minotauro
 
Selecciona Editorial
Escribe tu E-mail
 
 
Club de Lectura La Espada de Fuego: conoce a Javier Negrete
 
Scyla Ebooks
 
Minisite METRO 2033
 
Literatura de Terror
 
Minisite sobre las novelas de Halo
 
Scyla, Timun mas y Minotauro en Facebook
 
Planeta de Libros
Tiempo al tiempo
Participante 76 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 10 puntos (VOTAR)
Parece mentira que nos encontremos en este punto sin retorno. 600 años juntos y es justo hoy cuando decides irte, por una tonta discusión. Hemos pasado guerras, epidemias, desastres nucleares y naturales… pero supongo que mis pequeñas manías te han hartad
Parece mentira que nos encontremos en este punto sin retorno. 600 años juntos y es justo hoy cuando decides irte, por una tonta discusión. Hemos pasado guerras, epidemias, desastres nucleares y naturales… pero supongo que mis pequeñas manías te han hartado al cabo de tanto tiempo. Irónico. Yo te hice a mi imagen y semejanza, y tú te has hartado de mis manías; cuando eres mi ‘viva’ imagen. Es como si te rechazaras a ti mismo, lo sabes ¿no?
Me siento en la butaca que preside la biblioteca. Realmente no me apetece leer, pero hace años que esta butaca se ha convertido en mi propio confesionario, perdiendo su utilidad para la lectura. Supongo que ha llegado el día en que analice y desentrañe toda nuestra historia juntos. Va a ser una noche larga, aunque tengo todo el tiempo del mundo.
Nos conocimos al coincidir en el caserón de un amigo común, Lord Asher, hombre que fue enriqueciéndose cada vez más según avanzaba la crisis del siglo XIV. El final de la Edad Media fue el inicio de una nueva vida para muchos mercaderes, ahora empresarios respetables, que con un poco de juego sucio y un olfato inmejorable para los negocios, supieron encontrar el empujón monetario que necesitaban para hacerse ricos mientras el resto del pueblo no sabía ni que iba a cenar esa noche. Siempre fue un hombre inteligente. Tú por entonces eras poco más que un crío, que le hacia el trabajo sucio a cambio de poco más que un techo y comida; yo llegue a él gracias a su buena reputación como mecenas de artes clásicas. Aunque mis artes eran más ‘oscuras’ que clásicas.
Según me diste a entender hace mucho, fue verme y decidir que estarías a mi lado para siempre. Tampoco era para tanto; además de ser algo más joven que tú (apenas había dejado la niñez un par de años atrás), iba a convertirme en la protegida de tu señor. Bastaba vernos a ambos juntos uno al lado del otro para ver 2 clases distintas de personas. Tú siempre habías dependido solo de ti mismo, acostumbrado más a las calles y al desprecio que a dormir en una cama por la noche. Yo fui de buena familia, educada por mi madre para que fuera independiente, liberal y culta, cosa extraña para la época, pero que fue siempre el estandarte de los valores de mi familia.
Concluyendo, fue verme y caíste preso de mi encanto. Fue verte y supe que tendría un esclavo para siempre. Aunque tú sabes que el término esclavo es demasiado peyorativo para lo que tu eres para mí.
A partir de entonces, te convertiste en mi acompañante fiel, incluso cuando Lord Asher, demasiado centrado en sus negocios en la floreciente era del Renacimiento, decidió prescindir de casi contactos personales más que los relacionados con su economía. Entonces, pasaste a ser de mío.
Nos marchamos de viaje por toda aquella Italia en auge, llena de arte y hermosura, de belleza y conocimiento. Siempre fiel a mí, nunca supiste definir nuestra relación, ni amigos, mucho menos amantes, pero con una dependencia mutua casi sacrílega. En Italia conocí gente interesante y muchas sociedades secretas, que aun siendo falsas y estúpidas, muchas veces tenían manuscritos y códices mágicos reales que pude tener en mis manos.
Cabe destacar que físicamente nunca cambiamos, cambiamos de estilos de vestir, de hábitos alimenticios, pero realmente el tiempo no pasa para nosotros. Creo que fue esto lo que pronto te hizo pensar que no sabías realmente de donde había salido yo, que no conocías mi naturaleza ni porque al conocerme, dejaste de envejecer. No, no soy como uno de esos chupasangres que lloriquean como sanguijuelas por cuatro gotas de sangre; ojo, que los respeto como a cualquier ser ‘vivo o no-vivo’ de este mundo, por su fuerza y valentía, pero esa necesidad sanguínea los hace demasiado vulnerables. Y por tanto, patéticos a mi vista. Tampoco soy como esas brujas horribles que han ocultado su rostro tanto tiempo en la oscuridad que se les ha atrofiado hasta el cerebro y sólo sirven para asustar a los niños. Supongo que en el fondo yo tampoco estoy segura de lo que soy. También he bebido sangre, sí, incluso de vampiros, y también he jugado con el lado oscuro del mundo para intercambiar conocimientos y poder. Pero no por necesidad como cualquier ser de la noche, sino por el puro placer de hacerlo.
Aunque yo no tuve la necesidad de darte mi sangre como esos con sus chiquillos, te eduqué para que me amaras y respetaras más que cualquier esclavo.
Desde que nos conocimos te fui instruyendo, tanto en conocimiento racional como en conocimientos ocultos. Te he educado para saber como tratar a las personas, como halagar a las mujeres para que se dejen amar, como congraciarte con los hombres para no hacerte su enemigo, y como defenderte de toda criatura que puediera siquiera soñar dañarte. Te hice completamente estéril para cualquier comentario que pudiera hacer crecer en ti malicia o desgracia, te hice una coraza de hielo para cualquier otro sentimiento que te generase cualquier persona excepto yo. Da igual donde estuvieras, podías sentirme y yo a ti, hasta oír mi voz en tu cabeza. Nunca me preguntaste como lo hacía pero siempre pude leer tu mente, tu corazón y tu alma. Y borrar de ellos todo lo que no me gustará. Insufle parte de mi alma en tu interior, para que fueras tan mío como podía serlo mi mano o mi oreja.
Pasamos los años viajando por todos los continentes, acumulando dinero y conocimientos. Cabe destacar que tanto tiempo con Lord Asher en el pasado te dieron ese ojo para los negocios que nos hizo ricos. Sabes que nunca me faltaron vestidos, libros, hierbas o dinero para mis caprichos, gracias a ti. A ti nunca te faltó fuerza, salud y resistencia para cualquier cosa. El tiempo no es para nosotros. Cada uno tenía el poder que quería. Estuvimos allí mirando como rodaba la cabeza de la Reina en la Revolución Francesa, tambien tu obsesiva búsqueda del más fuerte nos llevó a la América en plena Guerra de Secesión para alistarte como voluntario sin saber siquiera porque luchaban. Supongo que ahí llego el limite de mi paciencia. No te eduqué para que fueras un bárbaro.
Por eso nos marchamos al otro lado del mundo, al Japón que acababa de abrirse al mundo occidental. Estaba asqueada de la presuntuosidad, del orgullo fácil, de la vacuidad de espíritu y la estupidez humana, tanto que necesitaba irme a una sociedad que siguiera exactamente igual como estaban un milenio atrás. Japón era ideal para ello. Luego descubrimos que ese respeto a la intimidad de cada uno y al mundo privado de cada persona sería uno de los valores que más nos ayudarían a integrarnos en dicha sociedad.
En Japón pasamos una época realmente feliz, a ti, no te faltaban artes bélicas que dominar; a mí, artes diversas que adquirir. Una religión de 8 millones de dioses y miles de millones de rituales tentaba mi curiosidad y mis ansias de conocimiento, como debió tentar aquella manzana a la Eva primigenia. Además, teniendo en cuenta que mi alma estaba demasiado oscura por toda la sangre bebida (y vertida), todas las energías, todas las artes mágicas absorbidas durante siglos; una religión en la que bastaba un buen baño de agua fría para purificarse presentaba la mejor opción del momento para mí.
Al principio, los primeros 60 años fueron muy divertidos y amenos, tantos conocimientos, tantas culturas que venían a instalarse en ese nuevo país llenaron mi tiempo y mis inquietudes. Supongo que no vi la decadencia de nuestra relación hasta que casi fue demasiado tarde. Por aquel entonces, mi nombre era Kuroe. Japonización de mi nombre occidental, Chloe, y juego de palabras con ‘kuroi’ que significa negro en dicho idioma. Tú eras Mamoru, traducción de tu nombre y de tu papel en el mundo. Proteger. Protegerme. Aunque sea de mí misma.
-K: no puedes seguir así, te estas obsesionando, deja esas espadas ya.
-M: cuando por fin he encontrado una manera de demostrar mi propia fuerza, de hacer lo que realmente me gusta, tú te enfadas.
-K: no, me enfado cuando prefieres estar sólo practicando que conmigo aquí.
-M: tú también prefieres estar haciendo otras cosas, gastando tu tiempo y tu afecto con gente que sabes que dentro de 100 años estarán muertos. No como tú ni como yo.
-K: justamente por eso estoy con ellos, contigo puedo estar cuando quiera, tú y yo no vamos a morir.
-M: me tachas a mí de obseso, sólo por querer ser más fuerte; pues te recuerdo que eres tú la caprichosa, la que siempre ha decidido que hacer y a donde ir, sin saber si yo quiero o no ir. Yo también quiero una vida propia.
Y diciendo esto tiró sus espadas delante de mí y se marchó enfadado a su cuarto. Siempre habíamos tenido pequeñas discusiones sobre temas banales, pero esta vez era la primera que me reprochaba el tenerlo siempre a mi lado, el haberle convertido en mi protector contra su voluntad. Supongo que lo que me dolió no fueron sus palabras, pues después de tantos años en el mundo había aprendido que las palabras son aire con sonido y nada más. Lo que me dolió fue darme cuenta de que tenia razón, que nunca le pregunte que quería, que siempre había antepuesto mis deseos a los suyos. Y también me dolió la idea de que yo hubiera desarrollado esta especie de moral/culpa que me decía que también debía opinar él. Acababa de descubrir que no había sido yo la única que había influido en él. Él también había influido en mí, yo que había estado tantos años intentando deshumanizarme para no ser débil, había adquirido esa capacidad innata suya para pensar en los demás. Empatia. Pensé que él tenía razón y que debería haberle preguntado. No me hubiera costado nada estar 20 años en donde él quisiera, si tengo todo el tiempo del mundo. De pronto, un asco por mí misma me invadió. Era débil, era dependiente, me había afectado tanto el reproche que había removido 500 años de convicción de que primero iba yo y después, el mundo. Me horroricé conmigo misma. Cuando quise darme cuenta, tenía ya una de sus espadas atravesándome el vientre, yo misma quise sacar ese sentimiento de culpa de mi estomago; si no fuera porque el acero me había abierto las tripas, hubiera vomitado del asco que me dio ver mi propia debilidad. 500 años de afecto y confianza de que yo era su diosa, para de pronto escupirme a la cara mi egoísmo, y con ello, echar abajo mis castillos de fuerza. Recuerdo que lo ultimo que pensé antes de desmayarme fue: ahora si que se ha convertido él, en el más fuerte.
Me hubiera gustado haber estado consciente para leer en su mente la imagen que contemplaban sus ojos. Supongo que la estampa debía ser preciosa. Yo no era el amor de su vida, ni su amiga del alma, no, lo que yo era para él era algo más profundo y oscuro, más primitivo y necesario. Yo, con mi sangre vertiéndose en mi kimono, atravesada por una de sus preciadas espadas. La imagen tiene algo de estética y erotismo sutil que me hubiera encantado observar. Mi cuerpo pequeño envuelto en seda rosa como los pétalos de cerezo en primavera, la roja sangre como hojas de arce otoñales manchando el vientre, como si las estaciones se estuvieran entremezclando, con un acero brillante y refulgente atravesándome, penetrando en mis entrañas sin ningún tipo de mesura. Realmente hermoso y grotesco a la vez.
Supongo que me deje llevar por el espíritu japonés, aun sabiendo que aquello no me mataría, esperaba poder expiar así mi culpa, y acabar así con ese sentimiento que Mamoru me había provocado.
La siguiente imagen que recuerdo es su cara pálida preocupada mirándome.
-M: me has dado un susto de muerte, cuando entré para disculparme y te vi ahí tendida pensé que me iba a volver loco.
-K: sabías que no iba a morir, no tienes que ponerte así.
-M: da igual, aunque mi mente racional lo sepa, eso no quita que dude un instante. Casi me vuelvo loco. Casi me mato yo mismo.
-K: no seas tonto, no te he educado para ser tan poco visceral
-M: pero cuando se trata de ti soy diferente y lo sabes. Yo sigo vivo porque tú vives, y cuando tú mueras moriré yo también. Es muy simple. Siento haberte dicho esas cosas.
El sentimiento de culpa había sido reemplazado por uno de satisfacción, aquel acero había conseguido en un momento lo que mí me había costado siglos. Ahora no habría más reproches, ahora no podría obsesionarse con nada que no fuera yo. Después de aquello, decidí que lo mejor para la salud mental de ambos era irnos.
Él no volvió a tocar sus espadas, que yo guarde envueltas en el kimono de seda rosa. No volvimos a comentar aquello nunca. Lo único que me recordaría ese día para siempre fue que Mamoru paso de tener los ojos castaño claro a tenerlos de un azul cristalino, casi transparente. Hay gente a la que se le ha quedado el pelo blanco por una fuerte impresión o por un gran susto. Supongo que nuestros cuerpos reaccionan distinto, y el de Mamoru reaccionó así. Para mí fue estupendo, siempre he tenido obsesión por los ojos azules, de forma que mis victimas/presas/amantes siempre los tuvieron así. Ahora, cada vez que Mamoru me miraba era capaz de ver mi reflejo en sus ojos. Todo lo que él veía yo podía verlo con sólo mirarle.
Nuestra partida coincidió con una terrible noticia que asoló Japón, ya de por sí hundida tras las bombas atómicas. Casualmente, un joven monje con el que habíamos coincidido en alguna ceremonia del té había incendiado el Pabellón de Oro. Yo, una enamorada de los templos japoneses, me sentí tan horrorizada de que un monje hubiera sido capaz de hacer algo así, decidí que la imagen que tenía del tranquilo Japón había sido hecha pedazos a base de bombas, fuego y mi propia sangre.
Aunque no todo fueron malos recuerdos, el kimono pasó a ser mi prenda habitual para estar en casa.
De nuevo cruzamos el mundo, hacia regiones más tropicales, más tranquilas y con gente más informal que los orientales. Haití, Republica Dominicana, incluso Brasil, fueron nuestros hogares durante unos años. Yo adquirí conocimiento sobre ritos oscuros, magia blanca, y sobretodo, el sincretismo necesario para utilizar todos mis poderes de una manera sinérgica. Mamoru, ahora llamado Denis, aprovechó el tiempo con el ron, las mujeres y la diversión. Supongo que lo merecía después de todo lo que tuvo que vivir en Japón.
Después de 25 años allí, sentí la necesidad de establecernos en una sociedad más tradicional, y pensé que dado la abundancia cultural de nuestras vidas, la mezcla de recuerdos y objetos que llevábamos con nosotros siempre; lo mejor era asentarnos en una ciudad alegre pero moderna. Nuestro destino fue Nueva Orleáns.
Nada más llegar, fui consciente de la mezcla de seres ‘vivos y no-vivos’ que había en esta ciudad. No creí que nadie fuera a sospechar de nosotros.
Y aquí estoy ahora. En mi mansión de Nueva Orleáns. Llena de libros de magia, de códices y manuscritos sobre culturas y civilizaciones que ya no existen. Siempre he sentido cierta predilección por guardar todo tipo de objetos sobre las culturas más dispares. Todo lo mío tiene un valor en función del recuerdo que tenga sobre él. Ya puede ser un collar de diamantes precioso que si el recuerdo carece de importancia, si ni quiera me acuerdo de la cara de quien me lo regaló, pueden hacer tornillos con el collar.
Esta manía de acumular cosas es una de las cosas que siempre han desquiciado a Denis, pues piensa que doy más valor a los objetos que a las personas. Aunque tiene razón. Después de tantos años, me reconforta más mi butaca que sé que bien cuidada me dura al menos unos siglos, que cualquier persona que sé que morirá tarde o temprano.
Denis siempre ha sido más emocional. Nunca ha dado más importancia a un objeto que a una persona, pero aun así es el primero en proveerse de todo tipo de armas y artilugios para probar su propia fuerza. Esa necesidad de ser el mejor en algo se la impuse yo desde que lo conocí.
¿Qué por qué se ha ido ahora? Últimamente ha estado más sensible con todo, cualquier comentario, cualquier sentimiento, le hacen mella aunque no quiera verlo. Lo de Japón lo dejo muy inestable, y eso, añadiéndole que me he vuelto más caprichosa con el tiempo, ha acabado con la poca estabilidad mental que le quedaba. Incluso a veces, puedo leer entre las líneas de su pensamiento, las ganas que tiene de desaparecer. Dejar de ocuparse/preocuparse por mí, las ansias de diluirse en el aire, y no tener que recordar nada. Yo también he pasado por esos momentos, pero hay tanto que quiero conocer, que no puedo morir aún sin haberlo visto todo. Tampoco es que pueda morir así, tranquilamente. Sólo hay una manera, y creo que Denis hace tiempo que la descubrió. Temo que pronto vaya a llegar ese día.
Hoy Denis se ha ido porque me ha encontrado en la cama con la chica que el intentaba seducir desde que llegamos. Tampoco es para tanto la chica, fue muy fácil embrujarla, unas palabras bonitas, ver en sus ojos donde le gustaba ser acariciada y antes de que pudiera darse cuenta ya estaba en mi cama durmiendo. No es la primera vez que he hecho algo así, a lo largo de estos 600 años han sido muchos y muchas quienes han pasado por nuestras camas. Dado que no tenemos ese sentimiento de celos el uno del otro nunca había pasado nada hasta hoy. La diferencia de hoy es que sus ojos azules si que me dejaban ver su enfado, si que delataban el dolor que le comía por dentro. Muchas veces, la gota que colma el vaso suele ser una tontería. ¿No?
Espero que se le pase. Voy a ordenar un poco la casa, para relajarse no hay nada mejor que echar un vistazo al pasado y recordar los buenos momentos vividos.
Entro en el almacén y me pongo a revisar todo: aparte de mis libros de brujería, tengo muchas novelas en miles de idiomas, vajillas de porcelana, pequeñas esculturas del Renacimiento auténticas, docenas de cuadros en las paredes, ropa y complementos de cada país por el que pasamos…son tantos los recuerdos que fluyen por mi mente.
En una esquina veo algo envuelto, enseguida lo reconozco. Mi kimono de seda rosa, con aquel acero en su interior. Siento una mezcla de tristeza y alegría. Aquel día fue el primer día de nuestra decadencia, pero también fue el día en que fui realmente consciente de la importancia que yo tenía para Denis. No se si reír o llorar. Miro mi reflejo en la hoja de la espada. 600 años y parece que no he cambiado nada.
Te oigo entrar de nuevo. Te siento entrar en la estancia. Y veo tus ojos azules llorosos reflejados en el acero
-C: pensé que ya no volverías…
-D: sabes que no puedo alejarme mucho tiempo de ti. Pero estoy harto, de esta situación, de que siempre seas así, yo he cambiado tras estos siglos, pero tú sigues igual que la niña caprichosa que conocí
-C: pero no es una novedad, siempre te lo he dicho, ¡tú siempre lo has sabido!
-D: pensé que con el tiempo madurarías, pero solo te has hecho más poderosa y más retorcida
-C: ¡el tiempo no influye sobre mí!!
Denis se puso a llorar y, por primera vez en 600 años, sentí la necesidad de abrazarlo y consolarlo. Me quito la espada de las manos, liberando mis brazos para que le arrullara.
Cuando se calmó un poco y dejó de llorar, le miré a los ojos. Limpios, impolutos, brillantes y sin ninguna maldad. Y vi los míos reflejados, oscuros, malvados. Por mucho que yo había intentado convertirlo en una copia mía, al final, siempre había sido único, parecido a mí en la superficie, pero con un interior incomparable. Una parte de mi se sintió orgullosa de no haberse dejado influenciar por mi oscuridad.
De pronto, abrazada ahí como estaba a él, sentí de nuevo el acero atravesándome por la espalda. Y no solo a mí. El acero se hundió en nuestros cuerpos, abriendo el vientre de Denis como años atrás abrió el mío. Y vi la imagen que el debió ver en Japón. Mis entrañas desangrándose sobre la seda de mi kimono rosa, y mi cuerpo menudo temblando por la sensación. Que maravilla. Por fin iba a morir. Si moría él, moría yo. Si moría yo, moría él. Pero solamente si ese momento era el mismo para ambos. Siempre que uno fuera antes que el otro, podría regenerarlo todo. Mientras quedase algo de mi alma en él, yo podría curarme y viceversa. Ahora por fin, íbamos a descansar. Esto de la eternidad al final es cansino. Ves que la Historia se repite una y otra vez. Y todo esto lo pienso mientras veo la imagen tan ansiada en los ojos de Denis. Sonrió feliz, como él.
La vida me ha enseñado que la muerte no es más que el inicio de otra vida. Espero que en esa podamos ser felices de verdad. Aunque lo seamos o no, seguiremos juntos igualmente.
Siento la sangre caer por mi cuerpo. Como cuando el agua fría me purificaba en Japón. Es la misma sensación, cuanto más sangre cae, más impurezas se lleva con ella. Empezaré una nueva vida con un kimono rojo sangre, pero con el alma limpia y los ojos azules.

Le doy a este relato
puntos

Nombre
Comentario
     Introduce el código
 
 
La puerta oculta (Card, Orson Scott) - Fantasía
La puerta oculta
Autor: Card, Orson Scott
La conspiración de Melengar (Sullivan, Michael J.) - Fantasía Épica
La conspiración de Melengar
Autor: Sullivan, Michael J.
Ravenor fugitivo (Abnett, Dan) - Warhammer 40.000
Ravenor fugitivo
Autor: Abnett, Dan


     
Grupo Planeta