1ª parte. Rutinas de Alta Mar
Nuestro galeón navegaba a buen ritmo en la inmensidad del Atlántico gracias al generoso viento de popa; llevaba rumbo a las Indias, concretamente a Panamá territorio dependiente del virreinato del Perú; el navío era propiedad de la corona y llevaba a bordo a varios administradores reales, 2 religiosos que tenían como misión garantizar el buen trato a los indígenas y un contingente de tropas con su consiguiente armamento de arcabuces, picas y sables para garantizar la seguridad de la zona y la posterior expansión territorial al sur del río de la plata.
Al timón se encontraba el piloto, un gallego inquieto llamado Benigno; no muy lejos de este se encontraba el capitán, era un viejo lobo de mar de la armada española llamado Gaspar Vázquez natural de Sevilla, su barba recia y blanca contrastaba con su brillante uniforme de chaqueta azul marino no sin falta de alguna condecoración por méritos de guerra, era algo malhumorado aunque no era un mal marino. A su lado estaba el sub-oficial de marina Fernando Ramírez un tanto joven para el puesto, ascendido probablemente por sus buenas influencias en la corte del joven Felipe II; era de carácter engreído aunque un tanto complaciente con el capitán. Estaba observando el horizonte con el catalejo:
-Capitán ya se avistan los primeros archipiélagos americanos en la proa- dijo el sub-oficial Ramírez, retirándose el catalejo y mirando a Vázquez expectante.
-Por fin; este viaje no puede sufrir ni un retraso más, después del temporal de la otra noche es imprescindible llegar a Panamá en el tiempo estimado, mande al cabo García desplegar totalmente la vela mayor y trinquete, el viento nos es favorable…. Am se me olvidaba, remplace la guardia, necesito a alguien despejado ahí arriba; entramos en el Caribe.- acabó con tono severo Vázquez, al tanto que Ramírez asentía con un “sí, mi capitán” y se dirigió a hacer entrar en vigor las nuevas órdenes.
Yo me encontraba supervisando el trabajo de los marineros en la cubierta, cuando vi que se encaminaba hacia mí el sub-oficial con esos andares de señorito que tan poco me gustaban.
-¡García! Despliegue el restante de la vela mayor y trinquete, reemplace la guardia y diga a esa panda de gandules que estén preparados, estamos en aguas caribeñas.-Acabó su discursillo de manera desplaciente y en un tono bastante ridículo en mi opinión.
-Con todos mis respetos, señor Ramírez.
- ¡Sub-oficial Ramírez para usted!- Me cortó.
- Sub-oficial Ramírez- repetí con toda la paciencia que encontré- los marineros del Santa Ana son buenos trabajadores además han demostrado su valor en no pocos abordajes.
-Mire García puede que lleve en el Santa Ana más tiempo que yo y puede que el capitán le permita este tipo de confianzas con un superior, pero en este barco yo soy el sub-oficial y usted el cabo y si vuelve a objetar mis indicaciones haré que le encadenen en la bodega por insubordinación ¿le ha quedado claro?
-Perfectamente sub-oficial Ramírez, daré órdenes para que se cumplan todos los mandatos del “capitán”.-cuando acabé me lanzó una mirada fría de desprecio y se dio la vuelta, ya llevaba un par de pasos recorridos cuando se tropieza con un tablón algo saliente de la cubierta, siguió a paso ligero con disimulo como si no hubiera pasado nada, lo que provocó alguna risotada entre los marineros al alejarse este.
-Bueno muchachos ya son suficientes risas por hoy- los dije con disciplina aunque no con rudeza disponiendo me al nuevo reparto de tareas entre mis camaradas, cuando ya había acabado y vi a los nuevos grumetes de brazos cruzados los mandé fregar la cubierta, no fuese que Ramírez se tomase la revancha con ellos.
2ª Parte. ¡Barco a la vista!
-Mantenga el rumbo Benigno.
-De acuerdo, sub-oficial Ramírez- respondió con su tono gallego, el piloto.
Yo me encontraba de nuevo en la cubierta supervisando las tareas del buque cuando oí a Tenazas, el marinero que había dejado de guardia que decía:
-¡Barco a la vista! ¡A proa!
-¿Puedes ver que bandera hondea?- Le pregunté.
-Parece portuguesa- respondió.
Fui a informar al capitán del avistamiento en el timón, cuando subí, vi que no estaba, en su lugar, a su vez estaba Ramírez con el gesto torcido y cara de pocos amigos.
-Tenemos un barco con insignia portuguesa a proa.
Se saca el catalejo, mira y responde:-Debe de ser un barco mercante portugués no hay por qué preocuparse.
Ya se oteaba el barco en el horizonte con la vista, sin embargo a mí no me dio muy buena espina, parecía como si fuese directo hacia nosotros y mi experiencia me decía que ese no era un buque portugués, parecía procedente de tierras norteñas, le comenté mis impresiones a Ramírez y este me contestó:
-Tonterías, esos portugueses navegan como un calamar ciego, probablemente ni nos hayan visto aún.
-Pero deberíamos avisar al menos al capitán, por si acaso.
-El capitán está en su camarote, no es necesario molestarle con estas nimiedades.
Al instante Tenazas gritaba:- ¡Piratas! ¡Han cambiado la bandera! ¡Piratas!
Al instante la tripulación se pone manos a la obra para ocupar sus puestos, incluido el capitán que salía de su camarote y se dirigía hacia nosotros aprisa, mira al horizonte y dijo con su tono ronco y fuerte:
-Estamos demasiado cerca para cambiar de rumbo y escapar, ¿Cómo no se me aviso antes?
-Es que… cambiaron de bandera mi capitán- le contestó Ramírez.
-¡Venga muévanse, no se queden hay como pasmarotes! García disponga todo a cubierta y usted Ramírez revise que este todo en orden en las baterías necesito esos cañones listos para disparar, después vuelva aquí sin demora.
Al bajar a cubierta me crucé con los 2 religiosos que me preguntaron si podían ayudar en algo, les respondí que rezasen todas sus oraciones y que durante el abordaje (que era lo más probable en esa situación) ayudasen al médico con los heridos.
Los marineros y soldados ya estaban replegados en la cubierta listos para el combate, saqué mi arcabuz y revisé que llevaba el alfanje en mi cinturón, era un espada curva y de un solo filo bastante sencilla en su acabado, aunque no por eso poco efectiva en el combate, algunos marineros lo llamaban también terciado.
3ª Parte. Abordaje
Era preferible perecer en combate a que te apresase un navío pirata, si sobrevivías a la travesía (cosa ya difícil por las duras condiciones de escasez de víveres y enfermedades como el escorbuto o la fiebre amarilla), el resultado final no era muy alentador porque lo más probable es que terminases vendido como esclavo en algún puerto de alguna metrópoli al norte de Europa como Londres o Ámsterdam; suerte que contábamos con el batallón extra de los expedicionarios.
Los nervios, la sangre fluir por tus venas, el temor y a la vez las ganas de demostrar el valor: son sensaciones que siempre te acompañaban al acercarse una batalla; estaba yo pensando todas estas cosas cuando escuché que alguien me llama por atrás:
-Le veo muy quieto García que, ¿está rezando?
Me doy la vuelta y eran don Luís de Ojeda, administrador de la corona, a pesar de ser un hombre de letras, era bastante corpulento y rudo aunque de carácter afable.
-No eso se lo dejé a los curas- dije medio riendo -¿y vuestros compañeros, os han dejado solo?
-Esos cobardes lo más seguro es que estén escondidos en sus camarotes como mujercitas- acabó con unas carcajadas.
-Suerte en el combate entonces.
-Igualmente García.
Asomado desde a borda fijé mi vista en el barco enemigo pirata o corsario ¿quién sabia?; Intrepid era su nombre, eso despejaba sin lugar a dudas la verdadera procedencia de la embarcación; esta se situaba ya ante nuestra embarcación a tan solo unos pocos minutos para el enfrentamiento, la lucha iba a ser igualada ya que era un galeón muy similar al nuestro tanto en eslora y baterías.
Los barcos ya empezaban a ponerse en paralelo al poco que ya se escuchaban los primeros disparos de cañón y bombardas por ambas partes; los 2 galeones cada vez se aproximaban más hasta que todo fue un caos de humo, gritos, y gente saltando de un barco a otro. De repente veo un pirata colgado de una cuerda que se dirigía directamente hacia mí, iba dispararle justo cuando le dio de lleno un disparo mucho mayor, había sido Tenazas con una culebrina que me saludaba con una mano, no me dio tiempo casi a pestañear cuando otro pirata con un machete caía en la cubierta justo a mi lado, desenvainé mi arma e intercambiamos unos cuantas estocadas y en un descuido del bucanero me le despaché con una argolla que tenía a mano arrojándole al agua (aficionados).
Durante un abordaje todo pasa tan rápido que casi no te da tiempo a pensar nada, muchos son actos reflejos que ponen a prueba tu instinto de supervivencia, así de esta manera viendo que un grupo de compañeros necesitaban ayuda en el barco rival (eran 4 contra 7) no me lo pensé ni 2 veces cuando salté hacia donde estaban ellos y nos replegamos, ya que ellos eran mayoría; al poco tiempo cayó uno de los nuestros pero el pirata causante de la muerte de este había sido demasiado osado y había caído medio muerto por la espada de Ojeda, el administrador.
A nuestro alrededor la situación era similar, ya fuera en un barco u otro, en individual o en grupo, todo el mundo se afanaba luchando para no perder la vida o la libertad; pero volviendo al grupo en el que me encontraba yo la cosa no pintaba muy bien que digamos, ya solo quedábamos 3: Ojeda, un marino bajito y joven que siempre olvidaba su nombre y yo. Aguantamos lo que pudimos hasta que (para mi sorpresa) un grupo de soldados españoles encabezados por Ramírez se unieron a nosotros salvándonos del apuro, en nuestra pequeña lucha la situación parecía contralada pero inesperadamente un pirata consiguió herir a Ramírez de un tajo en el hombro, a los pocos segundos me di cuenta que a su espalda subía un humo de un fuego procedente de la bodega que crecía cada vez con más intensidad, aquello era podría ser un desastre, si las llamas conseguían llegar a los barriles de pólvora podía hundir el barco, incluso volar todo por los aires, la voz de alarma recorrió todo el navío hasta que cundió el pánico y los piratas intentaban por todas las formas quitar las garfios y amarres que mantenían relativamente juntos los dos galeones para poder sofocar el fuego sin problemas aunque me temía que ya era algo tarde para eso.
-¡Tenemos que saltar!- dijo gritando Ojeda.
-No podría estar más de acuerdo contigo- le contesté
Nos dispusimos a saltar de un barco a otro; cuando ya nos encontrábamos la mayoría de nosotros en la cubierta o agarrados en el costado del Santa Ana ocurrió lo que más me temía, se produjo una explosión en el Intrepid y el gran estruendo hizo retumbar nuestro barco, lo que provocó que Ramírez se resbalase y en la caída se golpeara con el casco antes de sumergirse en el agua; tras ver esto me tiré yo también en su ayuda, el agua estaba helada, además debido a otros cuerpos de la contienda y algunos tablones a causa de la explosión el rescate no fue precisamente fácil, al bucear por 2ª vez conseguí reconocer su cuerpo inerte por el uniforme, estaba a unos 3 metros de profundidad, al conseguir llegar hasta él, tiré con todas mis fuerzas para llevarnos de nuevo a la superficie, ¡Como pesaba el condenado!, cuando tomé mi primera bocanada de aire noté como si unas manos me cogían de los brazos y perdí el conocimiento del cansancio.
4ªParte. Tierra Firme
Cuando recuperé la consciencia me dolía un montón la cabeza, estaba en la enfermería y me encontraba tumbado en uno de los camarotes del barco, en el lecho de mi derecha había otro hombre con un vendaje en la cabeza y en un hombro.
-Vaya ya se ha despertado García- era Ramírez con una voz muy lenta.
-Creo que sí, agg me duele todo el cuerpo.
-No se preocupe, solo fue un desmayo, se pondrá bien.
-Usted no puede decir lo mismo.
-Ya, aunque afortunadamente estoy vivo, García…
-¿Sí?
-Gracias.
-No le de importancia, solo cumplía con mi deber.
-Mira, ya se ve la costa de Panamá.
Era cierto, desde el pequeño ventanuco se podía avistar ya las playas vírgenes rodeadas de palmeras tropicales, por fin habíamos llegado a nuestro destino.
Epílogo
El Intrepid sufrió graves daños por la explosión por lo que sus restos se hundieron en el fondo del lecho marino, la mayor parte de su tripulación murió tras estos sucesos menos un grupo no muy numeroso de piratas que estaban en la cubierta del Santa Ana que se rindieron tras el hundimiento de su barco, estos fueron entregados a la justicia castellana al llegar a tierra para ser condenados por delitos como piratería, ataque a un navío real y obstrucción de las vías marítimas.
En cuanto al Santa Ana, los daños del abordaje fueron superficiales y no se sufrieron demasiadas bajas, no obstante su regreso se retrasaría unos días para reparar los desperfectos, lo que dio más tiempo de descanso a los marineros. El sub-oficial Ramírez quedó incapacitado por unas semanas y el cabo García fue propuesto para suplantarle mientras se reponía, al llegar de nuevo a España fue ascendido de manera permanente. |