La Luna, roja y solitaria, no iluminaba nada. Las pocas estrellas que se vislumbraban en el cielo no tenían la fuerza suficiente para atravesar el manto de nubes que cubría esa noche. Turo sabía que era una noche especial. Estaba realizando un encargo como debía serlo cualquier otro, en un supuesto día cualquiera de su rutinario trabajo como asesino, pero aun así notaba que algo extraño iba a pasar.
-Malditos presentimientos. Solo traen mal augurio.-se dijo en voz baja, mientras se escurría por las sombras. Cosa que no era del todo necesaria pues la oscuridad era casi completa.
El asesino se ajustó mejor la capucha que cubría su cabeza. Aquella era su mayor debilidad. Su pelo, liso y de un color rojizo brillante, destacaba bastante y resultaba muy vistoso si no lo cubría. Otra de las cosas que dificultaban sus intentos de pasar inadvertido eran sus ojos. Desde su nacimiento Turo poseía un ojo de color azul cristalino, como el del fondo de un lago, y otro de un rojo ardiente, que a veces incluso destellaba en la oscuridad, por eso solía llevar un parche en sus misiones. Las habladurías decían que con ese ojo Turo podía ver los corazones de la gente, pudiendo así averiguar las intenciones reales de éstas. Pero eso solo era una ligera porción de la verdad.
Turo se acercó a una pequeña puerta oculta en la parte trasera de una taberna, cuya entrada principal se encontraba cerrada, y llamó golpeando con los nudillos. La puerta no era fácilmente visible y uno no podía encontrarla si no sabía que se encontraba ahí. Golpeó tres veces, hizo una pausa y golpeó dos veces más. La entrada se abrió tras un chasquido metálico. Apareció ante él un rostro fino con orejas puntiagudas. Un elfo. Éste llevaba una cinta que le cubría completamente los ojos. El pelo rubio y largo desparecía por debajo de la portezuela, ya que el suelo del interior era mucho más bajo que el que pisaba en ese momento.
-¿Quién? – dijo con voz suave, casi un susurro.
-Turo.- contestó el asesino.
-Santo y seña.
-Ladrón de almas, asesino de corazones.
-Oh, Turo, eres tu. Pasa, pasa.
-Gracias, Ave- dijo éste mientras se colaba por la entrada.
-¿Otro encargo?- inquirió Ave, el elfo.
-Si, si. Tengo que consultar a Notas.
-Ah, bien. Está donde siempre. Mucha suerte, amigo.
-Gracias- dijo Turo sonriendo a la vez que se adentraba en la gran taberna.
El bullicio y el parloteo que producían los asesinos allí reunidos se oía por doquier aunque, gracias a un material mágico, el edificio estaba insonorizado de cara al exterior. Turo recorrió la taberna pasando entre las mesas y saludando a aquellos que reconocía de algún trabajo. Cierto que el oficio unía mucho a los diferentes practicantes y crear amistades era cosa fácil pero Turo prefería no relacionarse mucho con la gente y su único amigo era el actual guardián de la puerta, Ave. El asesino había salvado al elfo durante una misión y la eterna gratitud que este le había prometido había llegado a crear fuertes lazos de amistad.
Turo pasó por encima de un cuerpo que descansaba apaciblemente en el suelo, seguramente borracho, y se dirigió a una puerta que mostraba el dibujo de una serpiente con cara de águila y dos colas acabadas en zarpa. El símbolo de la Unión de los Banjou.
Los Banjou eran una organización de asesinos que debía el nombre a una criatura que era considerada la mayor asesina de la naturaleza. La taberna pertenecía a dicha organización y era su cuartel. Por todos lados se observaban tatuajes, joyas y ropas con el símbolo de los Banjou. Turo, al igual que algunos de los que se encontraban allí, no era miembro de la Unión pero tenían el favor de ésta por haberle ofrecido sus servicios y la organización los recompensaban ofreciéndoles los propios, como podía ser información, armas, transporte, etc.
El asesino tocó en la puerta.
-Entra- dijo una voz enérgica desde el interior.
El hombre obedeció. Entró en la sala, débilmente iluminada, y cerró la puerta tras de sí.
-Oh, Turo, el legendario ladrón de Almas.- dijo la misma voz.
Notas estaba sentado tras un escritorio, de espaldas a Turo. Al asesino le extrañaba algo, parecía que le estuviera esperando.
-Bueno, a veces la gente no sabe de que hablar- dijo Turo, en respuesta al saludo de su interlocutor.
-Pero no todas las leyendas son mitos- dijo éste mientras se giraba para encarársele.
Lanzó una penetrante mirada a Turo. Notas era un humano extremadamente delgado, e igualmente ágil. En su rostro aguileño apareció una sonrisa que al asesino le aparentó una mueca burlona.
-¿Y bueno, qué has venido a buscar?- preguntó, como si lo comentado antes no hubiera pasado.
-Información. Debo encargarme de un hombre del que no me han ofrecido muchos datos.
-¿Nombre?
-Kaetor Alzambra.
Notas se lamió los labios como si catara el nombre. Entonces cogió un gran volumen de una de sus estanterías, lo abrió por una página en concreto y volvió a sentarse en la silla.
-Ya sé a que se debe la escasez de información- dijo tras ojearlo- Tu objetivo es un mago.
El asesino se quedó pensativo varios segundos.
-Cierto que los magos no son lago común pero no es razón para ocultar nada.
-El caso es que no es un mago ordinario- Turo lo miró inquisitivo- Kaertor es un nigromante.-“Vaya”, pensó Turo, “Esto no me lo esperaba”- Lo más probable es que el cliente temiera que te negaras al encargo si conocías estos datos.
El asesino reflexionó.
-No, no me negaré. Un nigromante es una persona, también puede ser asesinado.
El miembro de la Unión de los Banjou sonrió complacido, p al menos eso le pareció a Turo, el cual desconfiaba cada vez más de la actitud del hombre.
-Bien, ¿precisas de algo más?- preguntó sacando a Turo de su ensimismamiento.
-No, no. Así está bien. Gracias- dijo mientras se retiraba.
Abrió la puerta y paró en seco para no chocar con Ave.
-Ave- dijo sobresaltado- ¿Qué haces aquí? ¿Y la puerta?
-Na-Nada, solo iba a beber algo. ¿Tu? ¿Ya tienes la información?- dijo sonriendo.
-Sí. Ya voy a realizar la misión.
-Oh, bien. Suerte.
Turo asintió y le sonrió. Dio media vuelta y se dirigió a la salida. La expresión de
su cara había cambiado completamente. Aquello no le gustaba. No era raro que el guardián fuera a beber pero sí que para ello pasara por la sala de información, que se encontraba justo al lado contrario de la barra de la taberna. Algo no iba bien, Ya deseaba que aquella noche acabara y poder tomar todas esas cosas como simples supersticiones de un mal día. “Seguramente es eso” pensó, “Tan solo un mal día”.
Notas salió de la sala y observó como Turo se dirigía a la salida.
-Ya sabes que hacer.
Ave asintió en silencio, afligido.
El asesino cogió una cimitarra corta y una daga curva con palabras rúnicas inscritas en la hoja. Con sus ropas oscuras, la capucha, el parche y las armas, el asesino abandonó su casa camino de la residencia del nigromante. Media hora más tarde llegó a su destino, en las afueras de la ciudad. El edificio era simple. Una casa que fácilmente podía pasar como el hogar de un humilde aldeano. Pero Turo estaba acostumbrado a estos edificios “tapadera”.
Se agachó frente a la cerradura y tras maniobrar un poco con una ganzúa consiguió abrirla. Entró en la casa. Ésta estaba vacía y apenas tenía unos muebles y una cama. Turo fue tanteando el suelo con las botas hasta que éste sonó huevo cerca de un pequeño armario. Con cuidado, Turo deslizó el armario hacia un lado, dejando al descubierto una trampilla con tres candados.
-Bingo.-dijo en un murmullo.
A los pocos minutos ya se encontraban los tres abiertos y la trampilla levantada. Una escalera de piedra se introducía hacia un angosto pasillo a oscuras. Ahora llegaba la parte difícil. El asesino descendió por ella y se quitó el parche. El fulgor rojizo lo ayudaría a ver algo. Anduvo varias decenas de metros recorriendo pasadizos que le asemejaban interminables. Entonces escuchó algo que se arrastraba. Se detuvo y escuchó atentamente. Nada. Se concentró para saber cual era su reserva de almas. “Me queda una. Suficiente” pensó mientras se preparaba para usar su poder. Del ojo del asesino surgió una ligera niebla que comenzó a deslizarse por las paredes.
Los que decían que Turo era capaz de ver el alma solo conocían una mínima porción de su poder. Turo no tan solo podía ver como ésta se movía libremente por el cuerpo de su propietario, cambiando de color según las intenciones de éste, sino que además podía robarla, almacenarla en su ojo y usarla más tarde en su provecho.
Cuando la niebla llegó hasta el final de su recorrido regresó envolviendo todo por lo que pasaba. Llegó hasta Turo y se introdujo en su ojo, le traspasó todo lo que había tanteado y se desvaneció en el aire, libre ya del poder. Turo observó lo que le había dejado el alma. Primero, al fondo del largo pasillo, vio un cuerpo frente a una puerta. Puesto que el alma no tiene ojos, la imagen se reproduce con el tacto, por ello es siempre borrosa e imprecisa. Acercándose a la posición donde se hallaba vio otro cuerpo, que patrullaba un tramo del pasillo adyacente. Siguió viendo y reconoció un ultimo cuerpo, justo a su lado.
Turo se agachó y una maza pasó silbando por encima de él. Retrocedió y se encaró con su atacante. Usó su ojo rojo para buscar el alma del enemigo y... no vio nada. Desconcertado, volvió a mirar y obtuvo el mismo resultado. Rodó a un lado esquivando otro ataque. “¿Un cuerpo sin alma?” pensó, “Nigromancia... Un muerto viviente.”
Desenfundó su daga curva y saltó hacia delante sin dar tiempo a su contrincante de levantar de nuevo el arma. La hoja atravesó la piel putrefacta y la hoja se iluminó con una intensa luz blanca. La luz se introdujo en el cuerpo, que brilló de la misma manera unos segundos antes de desplomarse.
-Je.-dijo para sí,- Ha funcionado.
Guardó su daga exorcista, regalo de un cliente sacerdote para el que había trabajado.
Como si de una serpiente se tratara, Turo se deslizó en silencio siguiendo el camino que le había indicado el alma. Acabó con el siguiente muerto viviente sin que éste llegara a percatarse de su presencia y continuó. Entonces llegó hasta el final del pasadizo, donde encontró la puerta pero no vio rastro alguno del tercer cuerpo. Se acercó a la puerta y con cautela cerró la mano en torno al pomo. Justo cuando iba a abrir vio de reojo la hoja de una espada sobre él y se retiró bruscamente de la puerta, cayendo de espaldas contra el suelo. Miró el techo y vislumbro la silueta de un cuerpo agarrando la pared. El cuerpo se abalanzó sobre Turo, que rodó a un lado para esquivarlo. Oyó un sonoro golpe justo donde había estado hacia un momento. Turo se levantó a la vez que su adversario. Ya desde cerca se fijó en éste más detenidamente, Era un esqueleto, armado con una espada larga y un escudo y con un casco que le cubría la cabeza ridículamente.
El asesino maldijo en silencio. Un esqueleto era más ágil, más fuerte y más veloz que un muerto viviente. Además, el exorcismo no les afectaba. Turo desenvainó la espada corta y agarró con firmeza la daga, que al menos le serviría como apoyo. Con la espada en la diestra y la daga en la zurda, el asesino se lanzó al ataque. Estocó al esqueleto, pero éste lo detuvo con el escudo y le devolvió la estocada, produciéndole un pequeño corte en el brazo. El asesino retrocedió y fue el turno de su enemigo, que lo tajó de derecha a izquierda. Turo se agachó y, viendo un punto desprotegido, cargó con el hombro, consiguiendo derribar al esqueleto hasta hacerle perder el escudo. Turo se preparó y arremetió con todas sus fuerzas al esqueleto pero éste blandió la espada con ambas manos y detuvo las dos armas del hombre. De un empujón consiguió de éste y desarmarlo. Turo, ahora sin armas, se lo jugó todo a la desesperada y agarró la empuñadura de la espada larga. Los dos combatientes comenzaron a forcejear por el arma. Sin soltarla, Turo le propinó un codazo en la cabeza al esqueleto, aunque el casco apenas lo notó. El esqueleto estiró con fuerza y empezaron a rodar de lado a lado pero sin desistir ninguno en su empeño. En un momento dado, el casco se salió de la cabeza y el asesino aprovechó para propinarle otro codazo. Enfurecido, su enemigo liberó una de las manos para darle un puñetazo. Turo, sin perder un segundo, se encogió y acto seguido golpeó con los dos pies al torso del esqueleto, que salió despedido varios metros por el suelo. El hombre se levantó con la espada, de la cual colgaba el brazo inerte del esqueleto. Antes de que su enemigo pudiera reaccionar Turo cargó contra el cuello de éste, rebanándole la cabeza y dejándolo completamente inmóvil.
El asesino soltó el arma y se tomó unos segundos para recuperar el aliento. Sin más entretenimiento recogió sus armas y abrió la puerta con cautela. Como no vio señales de presencia alguna, después de haberse fijado con precisión en el techo, entró en la sala.
Era pequeña, redonda, y daba a cuatro puertas colocadas en cruz, incluyendo por la que acababa de entrar. Turo escuchó detrás de las puertas. En la situada a su derecha escuchó unos pasos. Abrió la puerta y nada más entrar se encontró con una figura alta, vuelta de espaldas a la entrada, con una túnica con capucha y unas orejas puntiagudas sobresaliendo de ésta.
-Nigromante, ha llegado tu hora- dijo en voz alta.- Ya todo acabará- añadió complacido.
El aludido se giró y Turo se quedó inmóvil, pero no por un encantamiento.
-¿Ave?
Turo estaba confuso. “¡¿Qué pasa aquí?!” Vislumbró el alma del elfo, que se tronaba negra, mostrando sus intenciones. Traición. Cuando Turo comprendió lo que pasaba ya fue demasiado tarde. Ave golpeó al asesino con una vara y lo dejó inconsciente.
-Lo siento... - fue lo último que oyó antes de que todo se apagara.
Abrió poco a poco los ojos. Frente a él vislumbraba varias figuras borrosas. Notó algo húmedo que le recorría la frente, seguramente sangre. No recordaba nada. Intentó moverse pero estaba atado de pies y manos en una silla. Poco a poco sus ojos se acostumbraron y pudo enfocar a las figuras. Eran tres. Entre ellas había un elfo al que reconoció.
-Ave- dijo en un murmullo. Tenía la garganta reseca. Entonces se acordó de lo que había pasado.- ¡Ave!- repitió, esta vez gritando- ¡Traidor!
El elfo bajó la cabeza, en acto de arrepentimiento. Turo se fijó en los otros dos. Uno de ellos era Notas. Al otro no lo había conocido, pero con tan solo haber oído hablar de él le bastó para identificarlo.
-¿Sabes quién soy, legendario Turo?- preguntó.
-Cuchillo Banjou- dijo Turo, como si masticara el nombre. Asintió sonriendo- Mano derecha del jefe de los Banjou.
-Exacto. Veo que mi importancia está extendida- dijo con voz socarrona.
Turo escupió.
-¿Qué queréis de mí?
-Turo, Turo.- dijo Notas mientras se acercaba a él y le levantaba el mentón.- No seas impaciente. Eso es un gran defecto para un asesino.
El asesino le miró furibundo.
-La verdad es que eres alguien muy poderoso, ladrón de almas.- dijo Cuchillo- Y, por consiguiente, peligroso. Ese poder tuyo te ha logrado muchas misiones, en las que no has fallado y por las cuales tu reputación ha aumentado mucho, casi tanto como la de nuestros mejores hombres.
-¿Y es ése el motivo? ¿La envidia?- preguntó Turo mientras sonreía burlonamente.
Notas le golpeó la cara pero no logró borrarle la sonrisa.
-Tememos que algún día te entrometas en nuestro camino, así que hemos decidido eliminarte ahora que podemos- continuó Cuchillo- Pero eso esperará. ¿Sabes? Hemos descubierto como robarte ese inestimable poder tuyo.- Turo palideció de golpe- ¿Asombrado? Ahora haremos los preparativos y en unas horas tu vida habrá acabado. Entonces mi jefe obtendrá tu don y se volverá invencible.
Soltó una fuerte carcajada y salió de la sala. Notas se acercó a la entrada y, tras hacer un ademán a Ave, salieron de la sala, dejando a Turo solo en la sala. El asesino gritaba maldiciones, muchas de ellas dirigidas a la traición del elfo. Tras una hora de gritar enfurecido, se durmió, vencido por el cansancio.
Turo despertó sobresaltado. Alguien traqueteaba con las cuerdas que le sujetaban las manos. Intentó girarse para identificar al sujeto pero la posición en la que estaba atado a la silla se lo impedía. Intentó forcejear pero entonces se dio cuenta de que las cuerdas empezaban a aflojarse. Lo estaban desatando. Cuando las cuerdas se soltaron completamente el asesino relajo los brazos y se miró las amoratadas manos, abriéndolas y cerrándolas para que circulara la sangre. Quien lo había desatado empezó a liberarle las cuerdas de los pies. Esta vez Turo pudo verlo.
-¡Tú!- gritó rabioso- Maldito perro traidor.
Ave terminó de soltarle las cuerdas y se retiró unos pasos, en cuclillas.
-¿Vienes tú a acabar conmigo? ¿Así de siervo eres?
-No. - respondió el elfo, con la cabeza inclinada.- Vengo a liberarte.
-No te creo- dijo Turo secamente- Ya no puedo confiar en ti.
-Lo sé. Lo siento de verdad.
Turo lo observó un rato al elfo, el cual estaba acuclillado, inclinado, arrepentido.
-¿Por qué lo hiciste?- preguntó, ya calmado.
-Entiéndelo, Turo. Yo soy un miembro de la organización. Si no hago lo que me dicen me matarán, o algo peor.
-¿Y por que me estás salvando ahora?- inquirió el hombre.
-Te debo la vida, Turo. Mi lealtad y mi amistad. Y te devuelvo a ti lo que aquella vez me diste. La vida.
Turo se acercó al elfo. Se agachó junto a él y lo ayudó a levantarse. Entonces lo abrazó.
-Amigo mío, estás perdonado.
Ave sonrió, con una felicidad radiante.
-Vamos, amigo.- dijo el elfo, a la vez que se separaban.- Debemos salir de a...
Su frase quedó cortada en un gorgoteo. Turo vio como la punta de una hoja atravesaba el pecho de Ave. La hoja desapareció y Ave cayó al suelo. Notas se encontraba de pie en la entrada.
-Ha traicionado a los Banjou. La muerte es el castigo.- dijo mientras sonreía con una mueca burlona.- Y en cuanto a ti. Supuse que esto pasaría y todos los miembros del pueblo han sido avisados. No podrás escapar.
Notas se lanzó contra Turo y le hirió en la pierna. Éste ignoró el golpe, encendido de ira, y se abalanzó contra su enemigo. Su ojo rojo destelló y, una vez localizada el alma, el asesino puso la mano derecha sobre el hombro de Notas. Un escalofrío recorrió todo el cuerpo del asesino Banjou y el alma comenzó a ascender por el brazo de Turo hasta introducirse en su ojo. El corazón de Notas se detuvo en el acto.
Ave tosió sangre. Turo, ya en sí, se acercó a su amigo.
-Vamos, Ave. No te mueras. Vamos a irnos de aquí y a dejar a esta maldita organización.
Ave se quitó la cinta de los ojos, mostrándole unos ojos de color azul cristalino, y lo miró decidido.
-Turo, quítame el alma.- dijo con voz aguda.
Turo se quedó boquiabierto ante la proposición del elfo.
-No digas bobadas, hombre. Aún puedes sobrevi...
-Turo, me estoy muriendo. Soy asesino, y sé reconocer una herida de muerte. Me ha perforado el pulmón. No me queda mucho. Quítamela antes de que se pierda.
Turo bajó la cabeza, con el rostro empañado en lágrimas.
-Vamos, amigo mío. Hazme este último favor. El alma te ayudará a salir de aquí. Coge la puerta de la izquierda y ve recto hasta la primera pared, gira a la derecha y encontrarás una salida oculta. Sálvate. Así podré irme en paz.
Turo se secó la cara con la camisa y asintió pesadamente. Observó el alma. La frente. Puso las manos sobre ésta.
-Buen viaje, Ave.
-Gracias- dijo éste, antes de que su alma pasara al ojo de Turo y su corazón se parara.
El cuerpo quedó inmóvil, decorado con una sonrisa de satisfacción en el rostro del elfo. Turo se levantó y, cogiendo la espada de Notas, abandonó la sala. Comenzó a andar siguiendo las indicaciones de su amigo. Tras unos cinco minutos llegó a la salida. Una escalera metálica que ascendía a lo que parecía ser una entrada de cloaca. Iba a ascender cuando, de repente, unas palmadas lo frenaron. Turo se giró. La cosa no había acabado. Observó como Cuchillo se acercaba, aplaudiendo lentamente.
-Bien, legendario ladrón de almas. Lo has hecho muy bien. Pero éste es tu fin. Aquí te quedarás.
Turo le estocó pero Cuchillo desenvainó rápidamente una daga y desarmó a su atacante.
-No puedes conmigo, asesino de pacotilla. Soy la mano derecha de la Unión de los Banjou. Morirás.
Con una velocidad increíble, Cuchillo llegó hasta el hombre y dirigió la daga hacia el corazón de éste, pero el arma se detuvo en seco. El miembro de la Unión observó su mano, incrédulo. El ojo de Turo brillaba intensamente. Las dos almas habían salido a la vez y, unidas, comenzaron a rodear el cuerpo de su enemigo, paralizándolo.
-Este es el poder de las almas- dijo Turo, sonriendo.- Ahora, muere.
Las almas se contrajeron y el cuerpo retorcido del Banjou cayó al suelo. Las dos almas se desvanecieron en el aire y Turo recuperó la de Cuchillo antes de que ésta abandonara el cuerpo.
El asesino ascendió las escaleras. Recorrió las calles con cuidado. La luz mortecina del alba estaba apareciendo. Entró en un establo y invocó el alma que le quedaba. Ésta, con la forma traslúcida del asesino, tomó las riendas de un caballo y se alejó trotando hacia la salida Este del pueblo. Varios caballos aparecieron unos minutos más tarde, persiguiendo al supuesto fugitivo. Turo aprovechó y montó un caballo, que condujo lentamente hacia la salida contraria. Envuelto en una manta, el asesino pasó sin ser reconocido.
Ya fuera del pueblo espoleó al caballo y comenzó a trotar por una colina. En lo alto se detuvo y observó el pueblo. Vio como varios individuos, posiblemente miembros de la Unión, volvían al pueblo después de que el hombre al que perseguían hubiera desaparecido misteriosamente del caballo. Turo observó el horizonte, detrás del pueblo. El sol aparecía grande y brillante, y los campos empezaban a bañarse de la cálida luz solar. El asesino retomó las riendas y comenzó a bajar la colina por el lado contrario. No sabía a donde se dirigía, pero sabía que pasaría tiempo antes de que pudiera detenerse.
La banjou había iniciado la cacería. Y él era la presa. |