Era la noche en que todo era posible. Una miríada de estrellas brillaba sobre la ciudad adormecida mientras las lunas proporcionaban luz suficiente para las fiestas que celebraban los nobles desvelados. Arrebujada en la oscuridad y vestida de sombras, una figura se deslizaba por los tejados desiertos.
Saltando sobre las calles iluminadas, venas doradas que fluían por la gran urbe, zigzagueando por las azoteas, planas o de inclinados tejados, y sorteando las pequeñas plazoletas donde nadie comadreaba ahora, la persona ataviada de ajustada seda negra y sin ninguna capa ondeando tras ella que sirviera de estorbo, se aproximaba con cada furtivo paso al monte desmochado que dominaba la costa de la ciudad.
Las casas, y con ellas el intangible camino, desaparecieron con brusquedad al elevarse de pronto las laderas de la montaña. La figura se apoyó en una afilada chimenea, una de las muchas que sobresalían de aquella mansión señorial enclavada entre una multitud de palacios que miraban al cerro entenebrecido, atisbando por encima de los plácidos jardines que tapizaban las faldas, entrelazados sus senderos por la pendiente y murmurando las fuentes de sus alamedas sin ningún espectador que se deleitara con el sonido.
Había pocos edificios que despuntaran, iluminados, entre el follaje, pero a la persona que esperaba pacientemente en el tejado de la mansión tan solo le interesaba el que coronaba la cima.
Cuando un grupo de vigilantes pasó por delante de la casa y se alejó por el sendero que se curvaba siguiendo los perfiles del terreno, la negra figura efectúo un arriesgado saltó, inimaginable para la mayoría de personas, que le permitió salvar la cancela que cercaba el parque y, culminándolo con una cabriola para aumentar el impulso, se aferró con ambas manos a las ramas altas del ciprés erguido en el límite junto a la verja. Con un nuevo impulso llegó hasta un estilizado álamo que tenía enfrente y así, valiéndose de su pericia y con la escasa luz de la bóveda celeste para guiarle, fue recorriendo las copas de los árboles cercanos, encaminándose a través de las arboledas hacia la cúspide.
Sus manos navegaban por las hojas de oro y cobre, mudos testigos del otoño, entumecidas a cada momento más debido a la fría brisa que acariciaba su cuerpo y hacía patente lo avanzado de la estación, adquiriendo mayor frescor conforme la silueta ascendía directa al edificio que miraba al resto la villa con altivez desde su privilegiada posición.
La Cámara del Consejo, el nombre que recibía la construcción, consistía en un conjunto de tres titánicas cúpulas concéntricas, una encima de otra y la inferior siempre más amplia, sostenidas por anillos de columnas que abrazaban delgados ventanales y curvadas balconadas. Una amplia vía de pulidas piedras circundaba la estructura nacarada, interrumpida a intervalos regulares por caprichosos parterres con cerezos y flores del color del ocaso. Empero, la persona escondida entre los árboles no reparó ni en los adornos florales, ni en las estatuas doradas que realzaban la excelente mampostería de los muros; reparó en las parejas de guardas que custodiaban el edificio desde el cual se gobernaba la metrópolis.
Los fanales de luz mantenían el paseo bien alumbrado, incrementándose alrededor de la avenida que ascendía desde las calles, y a su albor se sumaba el de las esferas tornasoladas que enfocaban el edificio, sin dejar un solo rincón para ocultarse. Sin embargo, el acechador tenía muchos recursos propios y gozaba, además, de ayuda del interior. En uno de esos parterres, a cuyos lados permanecían impasibles los guardas, se había escondido una pequeña pócima rellena de una solución humeante, lista para activarse cuando la figura lo requiriera.
Y el momento había llegado. Un humo acre, espeso y de tonos encarnados tomó forma entre los arbustos que bordeaban al cerezo, la difusa columna se encaramó hasta abrazar las hojas que persistían en las ramas, envolviendo en su ascenso a la pareja de guardias y atrayendo la atención de los que se encontraban cerca.
Al tiempo que los centinelas se apresuraban buscando el origen de la humareda, la persona con el ajustado traje negro enlazó una finísima cuerda entre un adorno de la barandilla que orlaba la cúpula y el árbol desde el que observaba, gateando luego por encima de un par de guardas que se enfrentaban al humo. Ninguna sombra se había proyectado sobre el empedrado cuando la furtiva figura se inclinó tras la baranda labrada, a salvo de las miradas de los soldados.
La cúpula en que le estaba posado se ondulaba suavemente hasta rozar el siguiente círculo de columnas, pero el objetivo del agazapado esperaba bajo la última cúpula. Era sencillo para una persona como aquella escalar el siguiente nivel y proseguir por la fachada para llegar directamente a la sala acordada, pero sería arriesgado y no tendría opción de completar su tarea si algún guardia alzaba la vista y descubría la mancha negra sobre el muro blanco. Por ello reptó por el domo bañado en oro, con el cuerpo pegado al suelo hasta que se adentró en el interior del edificio por una ventana a propósito mal cerrada.
Atravesó la espartana sala en la que había irrumpido sin levantar ningún sonido y enfiló un desierto corredor decorado con molduras en las paredes y moquetas inmaculadas sobre el suelo. Las muestras de austeridad no existían dentro de los pasillos de la Cámara del Consejo, y lienzos, esculturas y jarrones se sucedían al tiempo que la negra figura los recorría, remontando anchas escaleras de mármol y trasponiendo antesalas con labrados umbrales de oro y brillantes lámparas de cristal.
La vigilancia se limitaba al exterior, por ello no encontró a ningún guardia, ni a ninguna persona, mientras acudía a su cita por vacíos pasillos iluminados escasamente por una lucerna medio encendida en una encrucijada, un candil sobre un aparador, o un rosetón que proyectaba su luz fragmentada sobre las baldosas.
Precisamente, de cara a un ventanal en el último piso, con su contorno recortado por la guirnalda de reflejos del mar en los cristales tintados, se encontraba la persona que lo había convocado. El misterioso acechador caminó con sigilo atravesando el suelo taraceado, tal y como venía haciendo desde que entrara en el edificio, pero no había cubierto ni la mitad de la distancia que mediaba entre ellos cuando ésta se giró con un insignificante revuelo de sus vestiduras y abandonó la contemplación del mar.
—Rogalno, te has retrasado más de lo que preveía —anunció la mujer con el rostro aún velado—. Hay cosas que únicamente pueden realizarse en un momento concreto, y la misión que voy a encomendarte debe ser concluida antes de que rompa el alba.
—Lo lamento, Maestra, no tengo excusa —Rogalno inclinó levemente la cabeza, avanzando un paso—. La vigilancia se ha incrementado aquí tanto como en la Ciudadela.
Los finos rasgos del joven quedaban dibujados por la claridad que despedía la ventana, los de la mujer no, pero él creyó percibir que en su rostro nacía una sonrisa.
—No olvides que somos meras gotas vagando en un océano, una ínfima parte que no cuenta para la vasta totalidad. Hay acciones que no controlamos pero con las que tenemos que lidiar, corrientes y mareas imprevistas ajenas a nuestra voluntad. El mundo no se frena por nadie. Que eso no te impida realizar tu labor —concluyó, el tono se había vuelto tan afilado como la daga que extrajo de su toga mediante un diestro movimiento.
—Dadme la seña y antes del amanecer se habrá cumplido —prometió el joven alargando la mano para recibir el arma. La examinó apenas un segundo antes de introducirla en su pelliza: una hermosa y peligrosa hoja con un halcón de marfil como empuñadura.
—Considérate señalado. Esta tarde hemos hablado del asunto, poco, pero es mejor que no conozcas más —sugirió con un ribete de amenaza—. El objetivo es introducirte en la celda de Calisa Amarallo y allí… digamos que al salir la daga no lo hará contigo; ella ya conoce perfectamente el motivo. Será el primer eslabón de una cadena de acontecimientos al que nadie debe relacionarnos. Su celda se encuentra en la Torre Grana, en el Barrio Oeste, no es necesario que te diga que no debes ser visto. Arribar hasta ella es difícil, pero confío en el resultado de tus anteriores trabajos, Rogalno.
—Parto ahora mismo, Maestra. Prometo no hacer esperar a la señorita Amarallo.
El joven se giró dispuesto a marcharse, pero la mujer le detuvo con un carraspeo.
—Una última cosa: no asesines a ningún vigilante de la Torre, no quiero la firma de mi gremio allí. Intenta que lo de Calisa parezca un incidente, un desliz fatal. Su madre lleva tiempo importunándome, no es menester que añadamos leña a la hoguera inconscientemente. Ya puedes partir, Rogalno, y que Nuestra Luna te ilumine.
Rogalno abandonó la sala aprisa, preparado para cumplir a la perfección la orden de uno de los Principales de la ciudad. Por el pasillo imaginó a su Maestra girada de nuevo hacia el ventanal, contemplando tranquilamente las aguas nocturnas sin preocuparse por lo que iba a sobrevenir. Buscó y encontró el estudio por el que había entrado y se escabulló entre el marco y la ventana, teniendo cuidado de cerrarla desde fuera.
No se presentaron problemas al salir del edifico, después de una bajada por la cúpula y un breve recorrido por la cuerda, el enviado retornó al cobijo en la espesura. En esta ocasión no necesitó distracción pues lo más complicado y ruidoso había sido unir árbol y gárgola sin que los centinelas advirtieran el agudo chirrido del garfio. La cuerda seguía atravesando la ronda por encima, sin oscilar, y así continuaría hasta deshacerse por causas naturales y esparcirse el polvo gracias al viento.
Las campanas de los disparejos templos desperdigados por todo el entramado de la ciudad repicaron anunciando la medianoche cuando la figura sorteaba los árboles, surcando en esta ocasión el césped de los jardines y saltando por encima de la verja de regreso a los tejados.
La negra mole quedó a su izquierda durante el recorrido por el Barrio Antiguo y continuó en la misma posición mientras el Barrio de Ensalzados, morada de las familias de arcaico linaje, desfilaba bajo sus pies. Y cuando la Calle Salbadar se presentó ante él, el conjunto de torres y alas de la Mansión Amarallo descolló a su diestra. Las vidrieras dispersaban el manto de tinieblas a su alrededor, los pendones con el escudo heráldico flameaban en las almenas, fuegos de artificio explotaban en una vorágine ingobernable de formas y colores, y hasta él, situado cuatro calles más al sur, llegaba el sonido de la música y los cantos. La bruja de Nelvara y su marido el clérigo concedían una fiesta, a la que seguramente habrían acudido las personas más relevantes de la ciudad. El matrimonio intentaría encubrir con el jolgorio el escándalo familiar, dispersando los rumores y tirando de sus hilos de influencia, pero ignorando el aciago destino que iba a tejerse para su hija menor antes de que la noche envejeciera más.
—Veremos a que dioses rezas, clérigo, y cuantos conjuros ejecutas, bruja, al intentar cambiar su suerte cuando lo descubráis —les planteó con los ojos fijos en la mansión.
Una explosión de puntos glaucos con forma de ave fue la única respuesta que pronunció la residencia de los Amarallo, cejando momentáneamente los ojos del oscuro observador, que maldijo y continuó furioso su camino.
Al cabo de poco tiempo llegó a los distritos más nuevos, con las manzanas cuadradas distribuidas en damero hasta las colinas que cerraban la ciudad por el norte. El río que, fragmentando la ciudad, desembocaba en medio del puerto, surgió en una cinta de destellos al alcanzar el siguiente grupo de casas. El puerto mercantil, a diferencia de su hermano oriental que se asentaba en la otra ladera del monte y era empleado para viajes de pasajeros y el solaz de los adinerados, bullía de actividad incluso de noche como era propio de la ciudad más grande de aquella parte del mundo. Testimonio de ello daban las turbulentas aguas que se agitaban al paso de los navíos y grandes buques que se cargaban entre los embarcaderos, rumbo a puertos lejanos.
Rogalno reemprendió la marcha, atajando en dirección noroeste por las azoteas. Desde allí cruzaría el río siguiendo los edificios que se agolparan en los bordes de los puentes y entraría en el Barrio Oeste. Pero dos siluetas danzaron de improviso a varios tejados de distancia; probablemente serían ladrones o asesinos, mucho más comunes en los barrios modernos que en las zonas antiguas. Sin embargo la orden de su Maestra no excluía a ninguna persona, ni siquiera a miembros de su organización, por lo tanto se resguardó en las sombras de un ostentoso frontón y esperó a que la oscuridad engullera a sus compañeros.
Cruzó el río sin esperar más. Las calles se volvían irregulares de nuevo en la otra ribera, albergando la zona industrial de la ciudad, y por lo tanto mucho más fáciles de recorrer por los tejados, si bien componían una ruta más desconcertante en el suelo. Pronto las campanas volverían a tintinear por el cambio de hora, aunque ésta vez no todas, y pese a que habría tardado el doble de tiempo caminando por las calzadas no se sentía orgulloso del tiempo.
La Torre Grana se levantaba como un mástil en mitad de un mar de olas color teja. Roja como sangre seca y sobria como una simple columna de piedra, su planta pentagonal no invitaba a nadie a entrar. Había un imponente portón en la base que daba a una plaza, las siguientes aberturas, ventanas poco más anchas que una saetera, no aparecían hasta dos plantas más arriba y el tejado era un afilado pináculo sin entradas. No se veían centinelas ni luces en las aspilleras, pero Rogalno sabía que la lúgubre prisión los poseía por docenas.
Sutil como una sombra de aire, serpenteó por encima de la única casa aledaña a la torre y fue ascendiendo empleando un canalón y su propia fuerza. Finalmente sus manos se cerraron en torno a un gastado alféizar y adoptó una posición fetal hasta caber encogido en el orificio del muro al que se abría la ventana. Un cuchillo le sirvió para forzar el cerrojo de la contraventana y, con esfuerzo, introdujo todo el cuerpo dentro del almacén al que daba.
Conocía perfectamente la distribución del recinto, ya que su gremio poseía los planos de los edificios importantes, y sabía que detrás de la puerta se prolongaba un pasillo que torcía a la derecha, separados los tramos por un rastrillo de hierro desde el cual se veían las puertas de las celdas, en una de las cuales estaba la Amarallo. Dos guardias, uno en cada lado de los barrotes, se encargaban de controlar los calabozos. Dos guardias que no podía matar y una puerta para la que no tenía llave le separaban del final.
Medio sonriendo, accionó el picaporte del almacén y salió sin más. El vigilante del exterior hizo ademán de torcer la cabeza alertado por el ruido, quedando el giro incompleto al ser golpeado por una bola de acero unida a un cable enrollado en la mano de Rogalno. Inconsciente y con la mandíbula quebrada el guardia se desplomó justo después de que la esfera tornara a la mano de Rogalno. Cuando el agresor se detuvo delante de la cancela, a la vista de su siguiente víctima, el guardia ya retrocedía con un estilete medio desenvainado. La bola de acero atravesó los barrotes, orbitó alrededor del cuerpo del guardia, y se detuvo golpeando por un lado su cráneo. En cuanto cayó al suelo, Rogalno tiró del cable y lo fue arrastrando hasta poder alcanzar el cinturón con la mano. Tentó buscando las llaves, y extrajo un manojo del que separó la más grande para abrir el pasador que fijaba el rastrillo al suelo. Se guardó la esfera y el cable en un holgado bolsillo y subió lentamente la pieza de hierro, intentando que chirriara lo mínimo. Los hombres no habían hecho ningún ruido y no quería delatar ahora su presencia por un simple roce metálico.
De su pelliza sacó dos ampollas de líquido azul y obligó a beber a los guardias, aquello curaría sus heridas sin dejar marca y les devolvería el conocimiento… pero tardaría varios minutos y también dejaría una espesa jaqueca. Escogiendo una llave al azar, anduvo hacia la última celda del pasillo y probó. Continuó eligiendo llaves hasta que una produjo un chasquido dentro de la cerradura y entró sin más preámbulos.
No sabía porqué, pero por alguna extraña razón había imaginado a Calisa Amarallo acurrucada en el rincón más alejado de una celda mugrienta y rezumante de humedad con una diminuta claraboya cortada por barrotes que apenas dejaría pasar la luz y un simple catre de madera para descansar. En cambio, la estancia en la que se internó no armonizaba ni con la agrietada puerta de la celda ni con su imagen mental.
Calisa Amarallo estaba acurrucada, sí, pero en una cómoda poltrona de suaves líneas asentada en una alfombra de lino que se extendía desde la cama con dosel hasta las vidrieras que se abrían a los campos de cultivo occidentales. Las paredes no eran de piedra enmohecida, sino que estaban forradas en madera veteada al igual que la chata bóveda de la que pendían ahusadas lamparillas. Y en la sala flotaban los acordes de un arpa y el aroma de rosas frescas.
—Los privilegios de la alcurnia —se dijo para sí Rogalno. ¡Le habían concedido una cámara mágica! Un espacio fuera de las dimensiones para adecuar el cautiverio a sus caprichos. Lo único que cuadraba con su imaginación eran los ojos llorosos de la joven y las mejillas arreboladas cubiertas a trazos por los mechones rubio rojizos.
—¿A qué vienes? —exigió Calisa alzando su perfecta mandíbula e incorporándose del diván dignamente para encararse con el joven a pesar de llevar sólo un fino camisón con unos pocos pelitriques en las mangas.
Rogalno no pensaba caer en sus demandas, era él quien tendría que hacerlas en todo caso. Dando un paso hacia delante en su mano brotó la daga arrancando centelleos a las lámparas. No se detuvo, recreándose en el brillo lagrimoso que apareció en los ojos de la noble y en el temblor que conquistó sus manos pálidas. Calisa, como si lo hiciera de forma casual, rodeó el asiento parapetándose con él. Las colgaduras de las vidrieras rozarían su espalda si daba un paso atrás.
—¿A qué…? —repitió antes de detenerse al ver el mango con forma de halcón que Rogalno le ofrecía.
Dio la impresión de aliviarse un poco, pero no demasiado. Todavía temblando se adueñó del arma. Le dio dos contundentes vueltas a la empuñadura y la desenroscó devolviéndole a Rogalno la hoja desnuda. Ahora el halcón parecía una figurilla de marfil común de cuya base se desprendieron dos varillas de distinto tono. Calisa se alejó del diván sin dar importancia al joven de negro y fue a un aguamanil situado en la mesilla junto a la cama. Vertió agua en el único vaso que había y sumergió la varilla más clara, que burbujeó enturbiando el agua hasta diluirse por completo. La joven bebió en cuanto cesó el borboteo.
Rogalno pensaba qué lo que traía era veneno, pero Calisa dejo el vaso vacío y colocó el halcón sobre la cama sin ningún síntoma de intoxicación, dejándole atónito. Le habían ordenado no preguntar, pero él quería saber más.
—¿Y la otra? —indagó como de pasada refiriéndose a la varilla que continuaba en la empuñadura.
Calisa sonrió sarcásticamente al examinarle de los pies a la cabeza.
—Veo que eres un simple mensajero ignorante. En realidad nadie debería saberlo hasta que mañana acabe todo pero… en fin, si hablas más de lo debido tu superiora se encargará de desollarte vivo —Calisa volvía a mostrarse altiva. Reclinada en la poltrona, sonrió otra vez antes de continuar—. Acabo de tomar un antídoto, querido, para la otra tira que tanto te interesa.
Calisa continuó explicándole el plan que habían urdido ella, su Maestra y un par de interesados más. Al día siguiente, el Principal que se encargaba de la cárcel y que la supervisaba, acudiría para desayunar con ella y revelarle los pormenores del juicio por haber intentado asesinarle. Mientras charlaba y comía con su casi asesina, compartía bebida y alimentos en un intento de demostrar que no se traían cubiertos de ponzoña como venganza. Calisa aprovecharía aquello para envenenar la bebida, concluir su anterior labor inacabada, y salir inmune gracias al antídoto que acaba de tomar. El halcón, un objeto arcano capaz de paralizar temporalmente a una persona, le daría los segundos justos para diluir la varilla. Después todo quedaría en manos de la suerte, con ella todavía pendiente de ser juzgada ante la ley por un intento de homicidio.
—Y yo pensado que pretendía suicidarse —musitó Rogalno.
—Espero que el día en que tome tal decisión se encuentre muy lejos —manifestó Calisa con voz fría—. Ahora vete, tendrás que estar lejos de aquí para evitar que puedan relacionarnos.
Rogalno no discutió. Abandonó la celda, la cerró, devolvió las llaves al guardia, bajó el rastrillo, y escapó por el almacén sin ningún testigo. Casi una hora más tarde estaba en su casa solariega preparándose para dormir con la cabeza llena de conspiraciones, asesinatos y jóvenes que se transformaban en víboras.
Dio gracias por poder jugar en el bando que tramaba todo desde las sombras; apenas era un burgués que acaba de lograr un poco de fama y dinero, y con suerte lograría mantenerse a él y a su propia fortuna lejos de las maquinaciones el suficiente tiempo para disfrutar de aquella rica y próspera ciudad por el día e interpretar por las noches llenas de intriga y ambiciones el papel oscuro.
Cuando se aproximaba el mediodía y el joven partía rumbo a una elitista calle repleta de establecimientos de lujo, por una coqueta damisela se enteró con fingido asombro del asesinato de uno de los gobernadores de la ciudad en la Torre Grana aquella misma mañana. No obstante, no tuvo que fingir cuando también le contó, junto a la promesa de pasar aquella noche por su casa, que la joven Calisa Amarillo también había muerto. Los rumores sugerían que ambos habían sido envenenados pero, extrañadamente, en cada uno el veneno era distinto. |