Le dijeron que un viaje le sentaría bien; entonces empacó y partió. Viajar parecía buena idea; sobre todo porque no volvió a tener paz desde el momento en que encontró aquella fotografía entre los papeles olvidados, y los recuerdos empezaron a pintarse tímidamente regresando a su conciencia.
Pero en realidad él, Cuore, pensaba que aunque el viaje lo consumiera aún más, era la oportunidad para descubrir al final quién era y demostrar así a todos que estaba en lo cierto; y más aún, demostrarlo a los que creyéndolo loco le sugirieron viajar para librarse de él.
Salió pues sin rumbo fijo, llevando consigo la imagen que sustentaba sus teorías junto con el recuerdo incierto de una tierra cubierta por la niebla, y la determinación de no detenerse ante nada hasta hallar las voces perdidas de su memoria. Y sin embargo allí estaba, con los ojos llenos de lágrimas, en medio de un lugar sin nombre.
***
En un punto de su viaje sin itinerario, había visto a aquella muchacha sentada enmedio del campo, y ella le había ofrecido ver en el interior de una cajita que tenía junto a ella.
Aquel simple hecho había cambiado todo, pues él aceptó poner su ojo derecho sobre el orificio de la base; y cuando lo hizo, se maravilló al ver dentro la imagen de una minúscula joven, desnuda sobre una sábana de seda púrpura, sonriendo y moviéndose lentamente al compás de la música que resonara en la imaginación de quien la viera. En cierto momento, la aparición extendió sus piernas para mostrar lo que guardaba entre ellas. Pero en lugar de lo esperado, allí se encontraba una mariposa del mismo color que la sábana, batiendo lentamente sus alas, como si acabara de salir del capullo.
Entonces Cuore ya no pudo ver nada, pues unas repentinas e inexplicables ansias de llorar le nublaron los ojos; y rompió por primera vez el silencio de aquel valle con la confesión nadie le había creído:
* Soy el príncipe de un reino que consumió el fuego.
La dueña de la caja no respondió nada. Simplemente tomó de nuevo el artefacto y condujo a Cuore a través del campo, hasta el lugar donde ella vivía: una casa grande de piedra, de una sola planta. La única peculiaridad de aquella casa eran sus habitantes, Carpio y Crava, los guardianes de la muchacha; pues no hacían otra cosa más que leer, escribir e investigar. No era clara cuál era la relación entre ellos; bien podían ser esposos, hermanos o ambas cosas. Lo más probable era que lo hubiesen olvidado, compenetrados en sus estudios.
Carpio se encargaba de construír artefactos para el regocijo de los hombres; y a quien se lo reprochara, simplemente respondía:
* Hubo una época en que volar también fue una diversión.
Crava apuntaba fórmulas y experimentaba con diferentes sustancias, para propósitos tan diversos como el color de sus filtros. Fue ella quien le dijo a Cuore que la jovencita se llamaba Sístole.
* Pero no te hagas ilusiones – le dijo –: está tonta del corazón.
Según Crava, habían encontrado a Sístole años atrás, en el mismo sitio donde Cuore la había hallado esa mañana, y con la misma cajita que le había enseñado a él. En aquella ocasión no pudo explicar de dónde venía o si tenía padres; y seguía sin poder hacerlo. Ellos la acogieron en su casa por pura compasión y luego, por curiosidad científica. A la fecha, habían determinado que tenía alrededor de veintiún años; que escribía, leía y hablaba con facilidad, y que no parecía extrañar nada de su vida anterior a la llegada a aquella casa. Estaba físicamente sana, demostraba tener una inteligencia promedio, y poseer facilidad para aprender y realizar las tareas que le encomendaban. Pero había algo en su manera de percibir el mundo y los hechos que la rodeaban, que indicaba que no había superado una edad emotiva de tres años.
Cuore escuchó aquellas explicaciones pensando en otra cosa. Lo que más le importaba en ese momento, era que Carpio y Carva eran además historiadores; por tanto podían ayudarle a encontrar su reino perdido. Les mostró la foto que llevaba con él, y ambos coincidieron en que recordaban haberla visto antes; pero debían consultar otras fuentes para orientarse mejor. Por lo pronto, le dijeron, podía quedarse como un huésped más y descansar todo lo que quisiera.
Se quedó. Los primeros días se aburrió hasta la depresión. Le entristecía el silencio de los días, y el frío que la niebla le metía en los pies. Todo era brumoso y gris, todo menos el recuerdo de la joven en la cajita y de su piel morena sobre las sábanas púrpura. Desde que la vió, le oprimía el pecho el presentimiento de que si alguna vez lograba encontrar su reino, ella estaría esperándolo en él. Pero la espesa niebla que cubría aquella región irreal le recordaba que muchas veces confundimos nuestros deseos con presentimientos.
En realidad, hacía ya mucho tiempo que los deseos eran lo único que lo sostenía. En las horas muertas de su trabajo como pasante en un bufete, soñaba frecuentemente con ser alguien. Tal vez ello tenía algo que ver con el temor que lo invadía en las tertulias, cuando la convesación giraba sobre recuerdos de infancia, porque él no tenía ninguno. A veces lo asaltaba el pensamiento de que no tener recuerdos era igual a no ser nadie.
Por eso era que no quería soltarle la mano a las evocaciones que sucitó en él el hallazgo de la fotografía: recuerdos de un incendio, de una travesía por el campo, de él mismo pequeño, pero vestido con trajes como los de los emperadores de los cuentos. Todo era difuso y presentía que no habrían ya rastros de aquel esplendor, pero aún así, quería saber; aún a costa de quedarse varado en aquella casa de piedra, esperando una respuesta que tal vez no obtendría.
Para hacer más llevadera la espera, empezó a seguir a Sístole a todos lados, con la esperanza de que le regalara la cajita o que le explicara dónde la había obtenido. Pero no logró nada, como tampoco Carpio y Carva lograban, aún, ubicar la localización del reino que él reclamaba como suyo.
Tal vez por ello, para no no dejarse vencer por la desilusión y porque no tenía nada mejor que hacer, era que seguía al pendiente de Sístole. Poco a poco se dio cuenta de que, en realidad, la muchacha parecía ser lo único palpitante en aquel espacio frío y etéreo. Era ella quien susurraba canciones en las mañanas y llenaba de calor las habitaciones a las que entraba; ella la que pintaba dibujos en las paredes contraviniendo la escueta racionalidad de Carpio y Crava. Tenía la mirada limpia de los que no conocen el sufrimiento. Reía de vez en cuando, jamás por convencionalismo; y seguía con ojos de gato curioso los pequeños cambios los muchos días: una gotera nueva en el techo, un tono diferente en el cielo, un sonido diferente en las pisadas de Cuore.
A veces él y ella hablaban. Ella le contaba historias: la de la mujer que miraba en la oscuridad, la del hombre que cazaba sonidos y la de los pastores que cuidaban un rebaño de violetas. Cuore creyó recordarlos, pero no supo ubicar el recuerdo. Le preguntó quiénes eran, dónde estaban esos personajes. “Existen”, le dijo ella, encogiéndose de hombros. Entonces él le contó lo poco que recordaba, le habló del castillo gris en ruinas que había visto cuando era pequeño. “Tiene que ser real”, explicó, “porque los recuerdos no se inventan”. Sístole lo escuchó en silencio, suspiró y le acarició la cabeza, como a un niño. Cuore sintió una pausa de asombro y felicidad: al fin, alguien parecía entender.
Por eso era que empezó a dolerle la indiferencia que los dos científicos parecían mostrar hacia Sístole. Le daban techo y comida; pero la tenían allí, como un libro finalizado que no se quiere volver a leer. Él pensaba que la muchacha se consumiría irremisiblemente en la soledad y el tedio, sin una caricia, sin una palabra amable, sin que nadie se preocupara por ella; y todo con la justificación de la inmadurez que le proclamaban Carpio y Crava; inmadurez que para ellos era igual a inutilidad.
Sin embargo, ni Cuore ni nadie sabían que durante la primavera, Carpio había hecho un ratón de cuerda para regalárselo a Sístole. Y todo el mundo ignoraba que de vez en cuando Sístole se metía bajo la mesa de trabajo de Crava, y si no habia nadie alrededor, a veces la estudiosa sonreía y le cantaba, bajito, canciones de cuna que ella se inventaba. Pero tales eventos se daban cada vez con menor frecuencia. La sinuosidad del cuerpo de Sístole confundía a Carpio, pues no correspondía a la ternura infantil que veía en ella; mientras que Crava se sentía ridícula al cantarle a alguien que ya casi no cabía bajo la mesa, y una tristeza desilusionada se apoderaba de ambos científicos al ver a aquella niña grande y hermosa, pero idiota.
Cuore pensaba de manera distinta. Había llegado a la conclusión de que aquella estupidez que le achacaban, no era otra cosa que pureza de sentimientos, falta de malicia, confianza generalizada. Y lo que más le sorprendió de todo esto, fue que le gustó. Le gustó como le gustaba el olor del aire en las mañanas frías, el tacto del sol de media tarde.
Una noche se dió cuenta de que ya no le estremecía el recuerdo de la joven sobre sábanas púrpura, ni el alma se le aguaba de ansiedad y nostalgia al pensar en los fragmentos inciertos de su pasado. Su reino se le fue borrando del horizonte, y empezó a vislumbrar el pasado perdido de Sístole. Tal vez ella también era una princesa, la princesa de un reino que el viento había arrasado. Y entonces comenzó a pensar en un futuro, no de él, no de ella, sino de ambos: reyes de cualquier tierra que pisaran. Por eso sentía incendiarse cada vez que ella regresaba a mediodía, sonriente y olorosa a flores y hierba fresca, como si trajera el jardín pegado a la piel.
Y es que en su constante vigilancia había descubierto por qué todos los días, a media mañana, Sístole se diluía de cualquier lugar y desaparecía hasta poco después de mediodía.
Sístole iba al jardín. No a ver las flores, sino a quien las cuidaba. Se pasaba observando en silencio al jardinero, mientras él limpiaba las malezas, podaba las ramas viejas y espantaba a las serpientes que miraban golosas sus brazos. Ninguno de los dos decía nada. Al terminar, él se lavaba las manos en la fuente, e iba acercándose hacia Sístole. Entonces ponía el índice izquierdo a la altura de la boca de la muchacha. Ella ya sabía qué hacer: colocaba aquel dedo entre su boca, y mordía.
* Más fuerte – pedía él, cerrando los ojos.
Ella mordía con más fuerza, hasta que él suspiraba y abría los ojos, como regresando de un sueño. El jardinero le regalaba entonces un pétalo rojo, y los dos se retiraban como si nada hubiese pasado, dejando el espacio y el aire cargados de una ansiedad sin dueño.
Pero ahora Cuore los había visto, escondido entre la hierba. Ahora Cuore lo sabía y le dolió, y mucho; porque fue entonces que supo por completo que ella, y ninguna otra cosa, era el latido que le hacía falta a su corazón.
No pudo volverla a ver de la misma manera. Sintió odiarla, pero en el fondo, descubrió que lo que sentía no era más que compasión y odio por sí mismo; y un miedo terrible a algo que no supo definir. Tanto Sístole como el jardinero vivían en un estado de completo candor, sin atormentarse por el pasado, ni el futuro, ni siquiera el presente; sin sentir temor, ni rabia, ni malicia. Peligro, peligro. Al mirar aquellos ojos limpios no se encontraba más que inocencia. Alguien más miraba en ellos y en la inocencia, no hay remordimiento.
En su desesperación, Cuore le pidió a Sístole que dejaran aquel lugar; le ofreció buscarle un nuevo reino, llenárselo de flores y de pájaros. Le prometió que la cuidaría y le daría todo el cariño que le estaba siendo negado por sus tutores. Argumentó y conspiró contra Carpio y Crava; ponderó hasta el cansancio la felicidad que les esperaba de decidirse a pisar los caminos que llevaban fuera de aquella casa. Pero la muchacha no daba signos de entender, y cuando entendió, no dio signos de querer seguirlo.
Fue por ese tiempo que Sístole le volvió a mostrar la cajita donde se veía a la joven desnuda, y él no la quiso ver. En realidad Cuore ya no quería nada, y habría dado todo por que dejara de llover y poder marcharse de allí, para tratar de reencontrar su motivo para vivir. Pero la lluvia no se iba, o se apaciguaba por tan poco tiempo que volvía en el lapso de ponerse la capa y caminar del corredor a la puerta principal. Sístole regresaba mojada a medio día, y la humedad de sus ropas le dolía a Cuore en el pecho. Carpio y Crava decían siempre que estaban a la espera de una gran noticia, pero él ya no los escuchaba. De hecho, todos los sonidos empezaban a volvérsele el ruido intermitente de la lluvia.
Hasta que un día, Cuore escuchó el grito. Un grito triste, profundo y lejano, que pronto fue seguido por otros, más tristes y cercanos, y todos venían de una misma boca: la de Sístole. Él no tuvo necesidad de verla para saberlo. Salió entonces de su habitación y sintió que despertaba de un letargo triste a una realidad dolorosa: la muchacha lloraba sin pudor, sentada en el suelo, faltándole el aliento para pedir que fueran al jardín.
Los que fueron encontraron al joven jardinero, pálido como un lirio, con los labios morados y los ojos llenos de tristeza por Sístole. Estaba muerto, sí, pero hay veces que a la tristeza ni la muerte la espanta. Una serpiente dorada se deslizaba, alejándose del cuerpo; y la sangre había dejado de brotar del índice de su mano izquierda.
***
Lo velaron con todos los honores que no tuvo en vida. Cuore intentó no sentir el duelo que reinaba en la casa; pero era imposible porque éste se colaba por todas las rendijas de su habitación, en el olor triste de las flores y la cera quemada, en los discretos rezos de Crava, en los sollozos de Sístole. Con la penumbra se le hizo insoportable el temor de estar solo a la hora de la velación de un muerto. Salió de su encierro y soportó estoicamente los oficios de aquel día y el silencio de los días que vinieron. Al pasar por la sala, un reflejo púrpura le llamó la atención entre las cenizas de la chimenea, y al acercarse comprobó que alguien había quemado la cajita mágica de la joven desnuda. Ni siquiera sintió lástima, y fue entonces cuando supo que si no se iba pronto, se volvería loco por la falta de anhelos.
Crava por su parte temía también a la locura: a la de Sístole, pero por anhelar lo imposible. Por eso trató de hacerla olvidar al jardinero y su muerte, e intentó cantar para que como en otros tiempos, la muchacha se durmiera a sus pies bajo la mesa. Pero consiguió todo lo contrario: Sístole se enfureció, tiró de un manotazo el filtro del amor verdadero que la mujer preparaba en ese momento, y nunca más volvió a acercarse a ella
“Todo se está yendo al carajo”, pensó Carpio, al encontrar a Cuore meditando en la manera de irse de una casa donde nadie quería ya hablar con nadie. Así que sin hacer anuncios, le mostró un mapa y unos dibujos bastante antiguos, que recién había recibido de un amigo geógrafo. Si se les miraba con suficiente esperanza, se podía reconocer en ellos la misma estructura de los restos que aparecían en la fotografía del supuesto reino de Cuore. “Pero te advierto”, le dijo, “que allí ya no encontrarás a nadie”. Cuore suspiró, y afirmó que de todos modos iría.
* Aunque sea para saber que existo – concluyó.
***
La lluvia seguía cayendo, y Cuore esperaba una pausa para irse y al fin, conocer su reino. Sístole también contemplaba la lluvia, apoyada contra el portal.
Cuore la vió al pasar y se paró junto a ella, sin saber cómo iniciar una despedida. Pero entonces fue ella quien habló sin mirarlo. Le preguntó si podía ir con él.
Antes de que él pudiera responderle en medio de una pausa de felicidad, ella se explicó detrás de un velo de lágrimas:
* He crecido.
**** FIN **** |