Bajo el valle que oculta a los descendientes utópicos, surge la mujer que liderará el declive generoso. No habla desde tiempo gerencial excéntrico, más juzga a quien debiera lo que el misticismo no puede. En el momento que se detiene súbitamente por el corpóreo haz de luz, comprendo que guiñar aberraciones humanas culminantes no es tarea mía. Porque jamás tuve derecho, y ahora que por mi culpa se aleja de los manantiales apolíneos, vuelvo a descubrir la exactitud ecuánime con que se venden los óvalos cernidos. Comprendo al instante la gloria crónica por la que sube montañas de hierro y fuego colmado. No fue ayer cuando se marchitaron los peces crípticos por su frente, sino que ante la vorágine existencial prefiero decir la verdad. Quizás me esté atreviendo a venderos por argento lo que en verdad no alcanza el susodicho nombre de las mil maravillas. Es algo que afronto con dignidad.
Nos conocimos en el punto cardinal equinoccio en donde pululan libremente las doncellas de piel de cuero. Los polos custodiados por cromatismos cadentes no quisieron exagerar ni un ápice nuestra complicidad enmarañada. Tuve sus labios en un espacio fútil que jamás vuelve en si tras los rayos fluyentes de la nórtica historia, más en ese mismo punto sentencié un complejo curvilíneo que las madres tupidas no son capaces de mirar. Luego sólo fue momento para valorar al lacayo, en estrecha relación con las vertientes sintomáticas cuan valor execrable supone engendrar joyas de barro. Tras un yugo que se vertía a la magnitud jovial de la mañana, ella despertó de la inocencia que por entonces tejían con sinceridad el enjambre de moscas coptas. No quiero decir que por entonces no tuviera la sincera devoción de vaciar catapultas en direcciones que solo el astro crítico sabe desentramar, pero sí es cierto que cuando bebía de su alma vivaz, jugaba a la divina comedia de liquidar por delicia.
Tiempo después, al contemplar magnificente el dolor que cubría en octava silábica aquel sueño supe que no duraría más. Era demasiado obvio: cuando se cortan tubérculos cubiertos de maleficencia contagiosa lo poco que se consigue es derramar curiosas veleidades. Se juzga a quien contrae cúbicos encuentros en la duodécima fase, sin saber si quiera que lo que de verdad se debe contemplar es una benigna destrucción harto singular. Yo no fui capaz de hacerlo con ella, y ahora que cubro de mentiras los gozosos minutos lúcidos del mar embravecido, prefiero contentarme con las hordas de pusilánimes. En este instante, el relámpago sórdido de la memoria vuelve a cruzar los abismos de la indiferencia para abordar verdades inconfesas. Quisiera esconder la entidad calamitosa de ese relato en ventanas que sólo se abren cuando el vendaval sopla en afán de borrar su ímpetu huidizo. Pero por más que intento degollar la síntesis de un encuentro ígneo, desfallezco.
Supe que su suma armonía pitagórica traería calamidades sin cese. Y no me equivoqué. La integridad de su contoneo hacía que el más alto de los líderes espirituales cayera de forma imperecedera a los manantiales del deleite. Todo cisne negro quiso beber con delectación de los resquicios de sus entrañas. No hubo quien no pasara por la horca y supiera muy bien con qué se estaba jactando. El veneno que brotaba de sus lenguas se condensaba sincrónicamente en el encéfalo narcótico de sus intenciones. No bastaba con hablar y saber detallar. Había que catar con presteza aquel pecado apetecible para cualquier boca sedienta de fruición.
Se despejó la ficción cuando el lobezno cubrió de sangre marchita los lazos que se auguran silenciosos. No fue mi intención consagrada, más el sacrilegio fue convertido en pan de Judas cuando se sumaron en procesión la ira y el divertimento malsano. Multipliqué las horas perdidas por cuentos de mal aliento y el cónyuge desesperado me dio razones inexactas de virtudes de las que no quiero dar cuentas. Ahora me hundo en la más mísera de las glorias ofuscadas por la razón controvertida, pero sé que en cuanto la aurora dibuje el trapecio en órbita, la huida será inminente. No habrá tiempo para la murmuración indeleble, todo lo contrario. Al compás que marquen los gemelos volubles se hará sentencia epónima. ¡Gloria al termómetro apocalíptico sin tiempo aun para susurrar coacciones inconexas!
El palpitar de su cuerpo se hizo atropelladamente mecánico cuando el chuchillo reveló su virtud más temible. Exhaló suspiros pétreos que se grabaron en mi retina como sustancia híbrida perpetua. Se resquebrajó con el hielo curtido en mares de lágrimas acérrimas. La emulsión vitalicia dejó fluir su pavor concupiscente en términos inversos. No era el momento que esperaba, puesto que la retroacción del verdugo la puso a las puertas de la sátira más oscura. Mientras él erigía su propósito draconiano, sentía ella en su ser el albor póstumo del camino perecedero. La hilandera escindió con suma perfección el temido instrumentó de su existencia, y de ese modo llevó con si la turbulencia de sensaciones postreras. Al fin se alcanzó la elipsis integral. La balada agnóstica con que se empañó el momento no fue plato de buen gusto. Quise olvidarlo. No pude. Desde aquel fatídico día no fui capaz de borrar de mi cabeza el epílogo místico de la doncella.
La existencia misma de ese tropiezo universal conlleva la liquidación bucofaríngea de lo que se mostró en retablos de expiación. No debió jamás haber pronunciado algo tan exacerbado que hundiera la glándula sagaz en los orbes ilícitos. Cuando pienso en ello, la cordura me atormenta en cordialidad antropomórfica. Me bastaría un simple anhelo de balances para acometer la desdichada codicia, pero creo que en cuestión de glicógenos sexagesimales no soy muy afortunado. Dejaré que sea el más vívido contrapunto a la sordidez lo que haga endeble la máquina erigida en factores ecuánimes. La resolución me dará campos de labranza tópica y será entonces cuando sigilosamente contemple el cadalso celebérrimo.
Se suman vueltas agnósticas a la contingencia universal. El encuentro trinitario es inminente.
Los verdugos de la laicidad copiosa no escapan a los juicios boyantes de los que temen haber encontrado la multiplicidad del terciopelo. Me lo confesó él, que tras la contraluz zoogenia se acicalaba en avenencia cósmica. No quise alentar teogonías de cobre incierto, así que dediqué mi podredumbre a concebir en litio el abecedario de las antípodas. La metafísica del concilio perpetuo no basta para comprender cuan iracunda es la partitura de los sentidos. Acredité como puede a quienes emulando al tábano quieren alcanzar la hora dichosa. Tras ello, el bocado subyacente se acometió siguiendo los dictados náuticos de la aureola ardiente. Los ojos de cristal láctico resplandecen a la orden preescrita por quien dirige el embrollo citológico. Ella permanece en el vértice enfático. |