Mi perro, que siempre durmió a mis pies, recibió el patadón acostumbrado de mi desperezamiento. Pero el rito habitual de que se lanzara sobre mí para chuparme absolutamente toda la cara y de que recibiera un cross de mi puño derecho, no se reprodujo esta mañana. Mozart se desplomó como un peluche con apenas poner yo en movimiento mis articulaciones. Sospeché muy pronto que algo no iba por sus carriles habituales, y no se trataba de mi tren eléctrico, que permanecía sobre sus vías de plástico, como es rutina, en un rincón de la habitación.
Cuando me hube incorporado sobre la cama, comprendí a la perfección. Mendelsohn tenía los ojos que se le salían de las orbititas. Digo más, se le salieron cuando rocé su hocico con uno de mis estilizados pies, aún desnudos. Me calcé las medias y me agaché ante su cuerpito inmóvil. Su cogotito había sido retorcidito como si se hubiese tratado de una toalla mojada que hay que secar a como dé lugar. Calculé que le habrían dado tres o cuatro vueltas. Llamé a Wagner por su nombre y no me respondió. Su mirada tenía un nosequé. Los ojos, posados en el suelo, parecían perdidos. ¿Qué querían decir? ¿Por qué extraña causa no se animaban o no podían expresar ese sentimiento atribulado que yo intuía escondido en ese mirar disperso, evasivo? Tal vez sólo pretendía exteriorizar un humilde, superficial, insignificante, patético, impertérrito "guau". Le di una palmada de aliento, mas permaneció impasible a mi gesto. Dejé tendido a Vivaldi sobre el suelo con la convicción de que se encontraba emperrado en hacer el muertito toda la mañana.
Me acerqué al toilet para cumplir con mis primeras necesidades fisiológicas. Allí estaba mi madre: flotando en la bañadera, petrificada, con un rictus de desagrado en el rostro. El agua de su baño de inmersión había tomado una rara coloración rojiza. Supe entonces que fui un engañado toda mi vida. Siempre concebí, ingenuamente, que las sales de baño de mi progenitora eran incoloras. Le espeté que debía sentir pudor de hacer la plancha desnuda por completo delante de su propio vástago; fundamenté científicamente mi recriminación preguntándole si no había leído a Edipo cuando se refiere al famoso complejo de Freud. Hizo entonces lo que siempre ha hecho: me ignoró con olimpismo ejemplar. Le advertí que era tarde para ella y que llegaría con retraso a la oficina. Se mantuvo en su pertinaz mutismo, de modo que me despedí de ella con un portazo, decidido a que si no cejaba en semejante actitud, yo le pagaría con la misma moneda. Revisé mis bolsillos, pero no encontré ni un centavo. Debía hacer algo para ganar dinero.
Me dirigí a la cocina. Cenar todas las mañanas es indispensable para mí. Atravesaba la puerta cuando lo vi. Mi padre, boca abajo, desplomado sobre la alfombra. Su desmayo era evidente. Es que él suele levantarse a orinar de madrugada, pero detesta prender las luces y a veces se choca las paredes. El baño quedaba para el otro lado, así que supuse que el hemi-responsable de mi deliciosa existencia no sólo se había dado un golpe brutal sino que, además, andaba muy desorientado. Lo que no comprendí del todo, lo admito, es por qué tenía tantas puñaladas en la espalda. Quizá decidió dar una feroz batalla a los mosquitos. (Las tabletas destinadas a ahuyentar a estos crueles insectos, recordé, se nos habían terminado la noche previa). Como fuera, preferí no reanimarlo. La siesta, para él, siempre fue sagrada; sobre todo desde cierta ocasión, cuando era niño, en que se quedó toda una noche encerrado en la iglesia por jugar a las escondidas después de hora.
Tomé mi cena de leche chocolatada y bizcochitos oreados y fui hasta la pieza de mi hermana. Si hay algo que disfruto en este mundo, eso es despertarla gritándole malas palabras al oído. En puntitas de pie me arrimé a su lecho. En un suave alarido le dije: "¡patilluda!". Mas los pelos de su cabezota no se erizaron, sus dientes no castañetearon, sus manos no se crisparon, su mandíbula no se descalzó. No esta vez. Era el colmo. Mi hermana ya no se conmovía con mis estridentes susurros. "Tal vez se volvió adicta a los implantes capilares", lucubré. Lo que más bronca me dio fue ese orificio de bala que se había hecho en medio de la frente. ¡Los adolescentes de hoy hacen cualquier cosa para llamar la atención!
La situación me superaba. Todos se habían complotado contra mí. La adrenalina amenazaba con coagular dentro de mis venas. Yo era como una olla a presión que tiene la válvula tapada y ha pasado una imprudente cantidad de horas a centímetros del núcleo solar. Cada uno de mis poros me enviaba un mensaje confuso: «Mátalos. Asesina a tu repugnante familia». Pero, gracias a Dios, que me ha otorgado una o dos almas pacientes y serenas (no así unos poros), la moderación se impuso a los impulsos destructivos. El espíritu domeñó al cuerpo. Apolo venció a Dionisos. ¡Qué gesto! Decidí no matarlos. Por esta vez.
Debía darles una nueva oportunidad, conseguiría que reflexionen, la educación se impondría por fin al embrutecimiento que auspician las autoridades del municipio. Mi familia me ignoraba del modo más drástico e inconcebible. Sin embargo, mi magnánima grandeza les permitiría rehabilitarse.
Los denuncié a la cana, nada más. Por intento de asesinato contra mi persona. A Chopin, que, a partir de su condición indiscutible de can, no puede ser arrestado, le propiné una tímida trompada que le hundió el tabique nasal. (No podía resultar privilegiado: un coscorrón a tiempo salva muchos dolores de cabeza, incluso de barriga). La traición representada por el pichicho me asombraba en extremo por su perfecta exactitud y obstinación. Lo he subestimado estos dos cachorriles años.
Al llegar la policía, confesé. Mi familia no había intentado asesinarme, pero yo necesitaba llamar inmediatamente la atención de los queridos uniformados y sabía que sólo podía conseguir tal cosa por medio de una grave denuncia (el crimen los excita hasta lo extraordinario) o mediante la promesa de que obtendrían pingües ganancias perpetrando conmigo cualquier ilícito. Considerando mis opciones, elegí usar el primero de los dos señuelos, por ser el más directo, el que menos explicaciones requería. ¡Y funcionó! Así que les dije lo que sabía:
1. que la confabulación ya había comenzado al momento de levantarme, esa misma mañana;
2. que no habían depuesto su actitud ni por un instante, ni aún habiéndolos violentado, tal el caso por ejemplo de Ravel;
3. que desconocía la o las causa/s por las que individuos hasta hoy racionales tomaban actitud semejante para con el declarante (o sea yo).
Les preguntaba a estos buenos hombres si podía levantar algún tipo de cargo contra mis parientes --algo así como incumplimiento de los deberes paternales, maternales y hermanales-- justo cuando me comunicaron una terrible novedad: no podría hacerlo. Y todo nada más que porque mi perro, mi padre, mi madre, y mi hermana habían sido a-se-si-na-dos. Los dos agentes del orden y el desgraciado cronista de estos hechos lloramos hombro con hombro la desaparición tan temprana de Tchaikovsky y los demás. Ellos prometieron, con cara de Peter Pan, investigar el suceso. Yo me prometí enterrar con mis propias manos el cadáver calentito de Bach, junto a sus flores predilectas, en el fondo.
Las pesquisas en torno a la masacre parecen, hoy por hoy, estar muy bien encaminadas. El autor confirmado del macabro hecho es un coreanito, cadete de una pequeña pizzería de un barrio algo lejano. Falta apenas determinar su maquiavélico motivo y la falsedad de su maquiavélica coartada. La policía, la cámara de senadores y el juez trabajan intensamente sobre la hipótesis de que todos fueron envenenados. Si bien para mí es tranquilizador que nuestras autoridades estén tan empeñadas en lograr esclarecer el caso y que se haga justicia, no hay noche que no me golpee la frente y me repita a mí mismo que ya nunca, pero nunca más, podré darme el lujo de arriesgar mi vida encargando una hamburguesa ─ni siquiera una común sin aderezos─ a esa siniestra casa de comidas. |