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Emilio Rascón Pérez - Relatos de Scyla: Fantasía - 1 Comentarios - Puntuación: 138 puntos (VOTAR)
El noble guerrero envainó su espada y se acercó lentamente a la mujer. Ella admiraba el porte de su vengador, sin duda debajo de esa armadura se escondería un hombre atractivo. El noble agarró suavemente por el hombro a la mujer, se agachó ligeramente par
La desconsolada mujer corría por los bosques como un gamo perseguido por una jauría de perros, en verdad así era, estaba huyendo de los asquerosos villanos que habían asaltado su caravana y asesinado a todos sus seres queridos. Notaba la cercanía de sus perseguidores, oía sus gritos lascivos, sus pisadas en las proximidades, veía algunas sombras que se acercaban peligrosamente. A ella la querían como trofeo de su fechoría, querían poder desahogar sus instintos más básicos.
A la joven se le acababan las fuerzas, le dolía el pecho, creía que se le iban a romper las piernas por el esfuerzo, le costaba respirar. Los asesinos estaban muy cerca de ella, escuchaba su respiración agitada, el tintineo de sus armaduras, casi podía notar el aliento de sus perseguidores en su nuca. Tenía que seguir corriendo, detenerse significaría entregarse a algo peor que la muerte.
Llegó a un claro del bosque, en el centro había una gran casa en ruinas, podría haber sido un palacete de un gran señor en otros tiempos. Se podían ver estatuas carcomidas por el tiempo en lo que antes hubiese sido el patio de la casa, lo poco que quedaban de las paredes estaban invadidas por enredaderas, había cúmulos de desperdicios en donde antes estarían las majestuosas puertas. Pero era un refugio donde la joven podía intentar esconderse.
Entró en una gran sala invadida casi en su totalidad por el bosque salvaje, algún escurridizo ser corrió a refugiares en su madriguera. Entonces vio la imponente figura de una estatua de un majestuoso guerrero con su espada desenvainada y capa al viento, lamentó que ese guerrero no fuese de carne y hueso. La chica no tenía donde esconderse, no había salidas, las posibles escapatorias estaban taponadas por las rocas caídas. Los villanos entraron en la sala, estaba condenada. Deseaba que todo fuese rápido, pero sabía que no iba a ser así.
Uno de sus perseguidores se acercó a ella con una daga en la mano.
- Vamos preciosa, sólo queremos divertirnos un poco – tenía la cara desencajada por una lasciva sonrisa, iba a disfrutar de lo lindo con esa mujer –.
La joven cerró los ojos, no quería ver lo que le iba a pasar, las lágrimas empezaron a resbalarle por su cara. Escuchó el silbido de una espada cortando el viento y luego algo que golpeaba el suelo. Abrió los ojos, la estatua había cobrado vida y acababa de matar al hombre que se le estaba acercando. Ahora la estatua lucía una dorada armadura, una reluciente espada plateada y una capa roja ondeante. Era su héroe, su vengador, él iba a acabar con todos aquellos cerdos, el dorado guerrero haría justicia. El guerrero acabó con todos los villanos con golpes rápidos y certeros, no dejó a ninguno vivo.
El noble guerrero envainó su espada y se acercó lentamente a la mujer. Ella admiraba el porte de su vengador, sin duda debajo de esa armadura se escondería un hombre atractivo. El noble agarró suavemente por el hombro a la mujer, se agachó ligeramente para poder mirarla a los ojos.
- ¿Eres tú, amada mía? Llevo largo tiempo esperándote como te prometí, como juré que haría.
La joven se sonrojó, aunque las palabras le contrariaron y notaba algo raro en su salvador. Le intentó mirar a los ojos a través de la visera de su armadura, pero, para su espanto, el guerrero no tenía ojos. Era un fantasma, una armadura vacía animada por un ser maldito y condenado. Gritó de horror.
- ¡Yo no soy tu amada! ¡Suéltame! – propinaba golpes inútiles a la mano que le aferraba el hombro cada vez con más fuerza – Te lo suplico, suéltame – notaba el frío intenso del fantasmal ser en su brazo –.
- Por fin nos hemos reunido. Podremos estar juntos por toda la eternidad – el fantasma acarició la cara de la joven con la mano que le quedaba libre –.
La joven se sentía cada vez más débil, parecía que su vida escapaba lentamente de su cuerpo sin que ella pudiese hacer nada. Intentó gritar, intentó liberarse de su captor, pero nada podía hacer.
Estaba en la misma sala en ruinas de antes, veía su propio cuerpo en el suelo y el de los hombres que momentos antes la estuvieron persiguiendo. Veía al guerrero, pero ahora sí que veía los ojos del fantasma, eran como relojes de arena, parecía que podías ver el infinito a través de ellos. Para él el tiempo se había detenido hace mucho, condenado por alguna maldición a esperar a su amada que jamás regresaría. Notó la presencia de otras jóvenes fantasmas, jóvenes como ella que habían cometido el error de refugiarse en esas ruinas, jóvenes que harían compañía al noble guerrero hasta que su verdadera amada regresase.

Le doy a este relato
puntos

Casanova dice:
27/06/2008
Muy bueno, un poco cruel el final =(

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