El ruido de los cascos de los caballos golpeando contra el suelo de piedra es como un trueno en el patio de la prisión. Cuatro jinetes detienen el galope furioso de sus monturas en medio de la neblina nocturna. El resplandor de las antorchas que desde los muros combate con temblorosa luz las tinieblas de la carcel revela a cuatro guerreros, cuatro soldados vestidos de acero y cuero. Uno de ellos, el de la capa azul de seda, se desentiende de su montura y se dirige con largas zancadas hacia la pequeña y maciza puerta que da paso al interior del edificio. No hay necesidad de llamar siquiera, el enjuto y malcarado alcalde de la prisión ya la está abriendo a toda prisa.
-Habeis llegado rápido, mi señor- Dice el alcalde con voz pastosa por la falta de sueño- Pensé que esperaríais hasta mañana-
-Yo no duermo, ¿qué teneis para mí?- El alcalde rebusca en sus bolsillos y saca un colgante, pequeño y simple, una pequeña medalla plateada grabada con una medialuna sobre la que se marca una estilizada huella de un pié descalzo.
-¿Pertenece al prisionero?- pregunta el capitán, con voz tensa.
-No, mi señor, pertenecía al prisionero. Si os place, ahora os pertenece a vos- el alcalde hace una reverencia mientras sonrie arteramente. El capitán guarda el colgante en su puño cerrado.
-Llevadme ante él
Recorriendo los tortuosos pasillos de la carcel ni uno ni otro dicen una palabra. El capitán camina sumido en sus pensamientos y el alcalde es lo bastante astuto como para saber que no le conviene interrumpirlos. Por eso cuando llegan hasta una puerta concreta de una celda concreta, extiende la mano antes de abrir la puerta. El capitán deja en esa mano una bolsa llena de tintineantes monedas. Visto y no visto el alcalde hace desaparecer la bolsa en sus bolsillos y abre la puerta de la celda.
-Les dejaré solos, mi señor-
Cuando se marcha el alcalde, el capitán entra en la celda, deja que sus ojos y su olfato se acostumbren al lóbrego interior. Una figura permanece recostada contra la pared. El capitán se acerca y la zarandea con el pie. El bulto no parece responder, así que el capitán sale al pasillo y coge una antorcha. Cuando entra ve un hombre acurrucado, con la ropa rota y manchada de sangre reciente. Se acerca despacio y cuando está a punto de tocar al prisionero, este con un gran espasmo se pone en pie de un salto y lanza un rugido salvaje que hace caer de culo al capitán.
-¡Cabrón!- dice el capitán desenfundando su daga.
-¡Paz, paz!- responde el prisionero con voz ronca entre carcajadas- ¡Perdona a este desdichado!
-¡Estás loco!... ¿Por qué has hecho eso, prisionero?
-Por diversión...-la expresión del capitán lo dice todo- Es decir, me han hecho prisionero esta tarde sin motivo, me han fastidiado sin decirme el porqué, es normal que me tome esta pequeña venganza visto que no puedo hacer otra cosa, ¿no?- responde el prisionero mientras agita la ennegrecida cadena sujeta a su tobillo, que la mugre de la celda había camuflado hasta entonces.
El capitán observa al prisionero a sus anchas. Llama la atención su aspecto: un tipo alto y musculoso de piel aceitunada, el espeso pelo recogido en un despeluchado moño en la coronilla, de rostro tosco pero simpático, debe tener unos treinta años. Los labios, más oscuros que la piel, no son de tono rosado o amarronado, son verdosos, pertenecen a una boca ancha de blancos y afilados dientes. Sin embargo, no es su peculiar boca ni su prominente musculatura lo más singular del prisionero, no: Lo más llamativo de esta persona son sus orejas. Un par de orejas puntiagudas apuntando no hacia arriba sino hacia atrás.
-¿Eres un semielfo?- pregunta el capitán mientras manosea en su puño el pequeño colgante- ¡Responde!
-Podría decirse que sí
-Eres el semielfo más feo que he visto en mi vida
-¡De eso no hay duda! Aunque muchos tipos hay más feos que yo y no se les encarcela por eso- responde riendo el prisionero- ¿Qué quieres de mí?
-Dime si ésto es tuyo- dice el capitán mostrando el colgante en su mano. El prisionero se echa la mano al cuello y palpa en busca de la cadena del colgante. No la encuentra, por supuesto, e inmediatamente una expresión de furia cruza por su cara como una nube delante del sol. Un tenue brillo rojizo tiñe las pupilas de sus ojos. Tan fiera es la expresión y tan rápido el cambio que el capitán tiene que contenerse para no dar un paso atrás. En cambio alza la barbilla y deseando que la cadena del prisionero sea fuerte, repite la pregunta -Digo, que si ésto, es, tuyo... ¡Contesta prisionero!
-¡Claro que es mio, me cago en todo! ¡¿Para qué preguntas si lo sabes de sobra?!
-¿Quién te lo ha dado?- el prisionero resopla furioso -¡¿Quién te lo ha dado?!- el prisionero toma aire, parece controlar su ira.
-Mi padre- el capitán asiente, examina la reacción del prisionero y le devuelve la medalla.
-Toma, no la necesito- dice el capitán mientras busca en su falquitrela -Tengo la mía propia- de su mano se balancea una medalla igual. El prisionero no da crédito a sus ojos. Mira el colgante y luego se fija en las orejas del capitán, unas orejas completamente humanas.
-Pero... tú no eres semielfo...
-¡Por supuesto que no, sucio mestizo! ¡Soy hijo del patricio de Corgo, hidalgo de pura cepa!- El capitan cierra el puño -Este colgante pertenece al elfo hijo de puta que aprovechando la confianza de mi padre, entró en la corte con sus canciones y sus... mamarrachadas y... ¡Y sedujo a mi madre, deshonrándola, maldita sea su estampa!- Ahora es el prisionero el que abre los ojos como platos y observa enmudecido -Lo recuerdo como si fuera ayer, yo tenía cinco años, pero recuerdo perfectamente el momento en que mi padre repudió a mi madre y la echó a la calle semidesnuda, en pleno invierno... La volví a ver a los pocos días, cuando trajeron su cuerpo congelado para enterrarla...- El capitán respira profundamente -Mi padre no pudo perdonarse a sí mismo y fué, hasta que murió, un hombre triste... Por eso he jurado venganza, me he consagrado a ello desde que ocurrió hace veinte años, y tú me vas a decir donde está tu padre o sufrirás, sufrirás mucho...
El prisionero se sienta en el suelo, junto a la pared, suspira tranquilo mientras se acomoda y finalmente dirige una mirada de camaradería al capitán.
-El caso- dice el prisionero -es que yo también le estoy buscando... No para matarle, no, porque, en fin... para los que somos mestizos es muy dificil echar raices, y al fin y al cabo es mi padre. Si tienes suerte tu familia te acepta y puedes tener una vida más o menos normal, aunque en la calle te marginen, pero en mi caso, mi familia materna... en fin los elfos y mi familia...- dubitativo, mueve la cabeza -Como te lo explico... Mira como te he dicho que soy un semielfo ¿verdad?
-Si
-Y es verdad, soy mitad elfo, solo que la otra mitad soy...
-Dilo de una vez
-Orco- El capitán se queda sin palabras, no estaría más sorprendido si el prisionero le hubiera dicho que su madre era un centollo macho.
-¿Cómo es posible...? Quiero decir, eso no puede ser, los elfos y los orcos son enemigos naturales... Bueno, en realidad los orcos son enemigos naturales de todo el mundo...- El capitán observa al prisionero con mucha atención. Éste, se somete al escrutinio acostumbrado a esa reacción en la gente. Finalmente el capitán sale de la celda y vuelve con dos taburetes -Siéntate, cuéntamelo todo
-¡Ah! ¡Gracias, que gusto!- el prisionero se acomoda en el taburete con evidente alivio -Se que parece una tontería, pero sentarse como mandan los dioses, en una silla, es un placer para el culo y el espíritu.- El prisionero cierra los ojos, se frota las sienes con una de sus manazas e inclina la cabeza para escupir -No eres el primero que me pregunta esto, ni mucho menos, no tengo inconveniente en contar de donde vengo, solo que... en las ciudades y tratando con humanos es más diplomático aludir tan solo a mi parte élfica. Es más fácil decir soy un semielfo y llevarse bien con la gente a decir: soy un semiorco y que todo el mundo agarre disimuladamente la bolsa con una mano y la daga con la otra. Y no es que esos hijos de puta arrogantes con orejas puntiagudas caigan mejor al personal, que va, es que son menos molestos, dedicándose como se dedican a corretear por el bosque cantando canciones y a recitar su linaje, que los orcos, que piensan que no hay nada mejor para abrir el apetito que una buena pelea. Además los elfos son guapos ¿como pueden ser malvados...? Capullos- El prisionero vuelve a escupir -Mi padre no es malvado, es un pervertido sinvergüenza que se cepilla todo lo que lleva faldas. Esa medalla que tienes es el símbolo de su linaje, y debiera decir del mío si mis estirados parientes élficos me reconocieran como tal. Corresombras, esa es la gens: la luna y el pie descalzo. El caso es que mi madre era un orca agraciada, desde la perspectiva orca, hija del chamán de la tribu. Mi padre, que se llamaba Conrrado a todo esto, era, y es, un adelantado de los elfos, que vino a establecer los términos de la tregua después de la guerra en las montañas. En fin, me gustaría decir que mis padres se enamoraron y todo eso, pero la realidad es que mi padre era un pervertido y mi madre una frescales. La tregua fue un éxito pero nueve meses después nací yo. Al principio se quedaron perplejos en la tribu, mi abuelo el que más. Pensaron que yo era mitad humano, porque los orcos también tienen orejas puntiagudas, pero cuando cagué mi primera mierda... Ahí mi abuelo estuvo fino, detectó el tufillo élfico en cuanto abrió el pañal (para que veas que aunque los elfos digan que su mierda no huele, canta como la que más). Mi madre no podía decir que era una frescales a mi abuelo, aunque a mí me lo confesó el día que dejé la tribu, así que le dijo a mi abuelo que la habían forzado. Mi madre, por cierto se llamaba Sluga, me enteré hace unos años que murió poco después de que yo me fuese- el prisionero suspira entristecido -Por lo menos murió en combate, como ella quería... Sluga se llamaba. Sluga “Aplastacráneos” la llamaban en la tribu. Brindaría por ella si tuviera con qué, fue una buena madre. El caso es que la “violación” fue la escusa perfecta para volver a la guerra contra los elfos, mi tribu llevaba nueve meses en paz y los jóvenes empezaban a aburrirse. Como mi abuelo era el chamán de la tribu a mí me reconocieron como uno más, aunque toda la vida tuve que luchar (literalmente) para ser aceptado. Intenté ser más orco que nadie, aprendí a manejar la espada y el cuchillo, el arco ni tocarlo, aunque me llamaba poderosamente la atención. A los doce años maté a mi primer humano en combate, como todos los trasguillos de mi edad, solo que el mío tenía un espadón enorme, un mandoble fantástico. Lástima que al caer al suelo bajo el peso del cuerpo y la armadura se partiera. En fín lo afilé y la corté gran parte de las guardas y es la espada que sigo llevando ahora, bueno, si estubiera en la calle. El caso es que cuando cumplí veintiún años aún no había conocido orca, no se si me entiendes, y había quedado claro que para gustarle a las chicas de la tribu tenía que ser más verde... Me refiero al color ¡no te rías!
-Perdón
-Como iba diciendo, mis inquietudes en la tribu no tenían salida... ¡Coño, intento acabar de contarte lo de mi padre! ¿Cómo quieres que lo haga si te sigues riendo como una hiena?.... El caso es que decidí marcharme de la tribu. Mi madre aparte de contarme la verdadera historia de su “affaire” me dió dos cosas, una esa medallita y dos... el diario de viaje de mi padre. Recorriendo el camino, digamos, a la inversa encontré el muy alto reino de Lion'Dureal, que es como los elfos dicen: Villarriva la Vieja. Al principio me disparaban flechas como para dejarme como un alfiletero, pero yo fuí saltando de roca en roca y gritando el nombre de mi padre hasta que dejaron de disparar para escucharme. Después que me oyeron, me encerraron en una celda hasta que mi padre acudió a sacarme. Sorprendentemente se acordaba de mi madre... bueno, sorprendentemente no, al fin y al cabo no se acostaría con muchas orcas. Lo quiero decir es que la recordaba con cariño, y ese cariño se extendió a su hijo mestizo. Conrrado Corresombras es un elfo abierto de mente, eso no se puede negar, y lo es sin saberlo, que tiene más mérito por que al nó presumir de ello su virtud es llana y sencilla, al alcance de todos. Es un tio simpático. Viví con los elfos un tiempo, aunque siempre me trataron como escoria. No me importaba mucho por dos razones: una, que mi padre viajaba mucho en embajadas y yo le acompañaba como escolta, y dos, que las sutiles y complicadas mofas en verso de los elfos acababan rápido en cuanto hablaban los nudillos. No se recita igual con los dientes rotos y los labios hinchados. Pero al final uno se cansa de tener que pelear por cualquier cosa y de no tener amigos. Por eso me fui. Me gano la vida como escolta, guardia de caravanas, mercenario, gladiador... Los humanos sois igual de racistas que los demás, pero entre los profesionales de la espada una vez demuestras que los tienes bien puestos eres aceptado. Tengo algunos amigos, en serio.
-¿Y tu padre?
-Ahí está lo malo, ha desaparecido- el prisionero alza las palmas de sus manos, para mostrar su franqueza.
-Mientes- dice el capitán con los dientes apretados.
-Es cierto. Los elfos de Lion'Dureal me escribieron para decírmelo. Mi padre fue a explorar la Tierra del Fuego más allá de los Montes Draconianos hace cinco años y no ha vuelto. Los elfos, que aunque hijos de puta son muy cumplidos, le dan por muerto y me hicieron llegar una carta con el pésame. Pero yo creo que está vivo y voy a buscarle. En el camino hacia el sur paré aquí, en una posada, estaba cenando mientra repasaba el diario de mi padre con el colgante en la mano cuando un capullo de guardia tiró mi cena al suelo y dijo que estaba preso. Se sentía muy gallito con sus cuatro amigotes, pero yo le demostré el error en que se hayaba. Fue en ese momento, cuando estaba repartiendo el pan entre los pardillos, que aparecieron seis u ocho guardias más, y después de la consiguiente paliza me desperté aquí. Así, que ya lo sabes todo. ¿Qué vas a hacer?
-¡No lo sé!- el capitán mira a su prisionero, se pasea nervioso, como azogado -¿Tú vas a ir a buscarle?
-Desde luego, en cuanto pueda
-Pues yo iré contigo- Al prisionero no parece hacerle gracia la oferta. Piensa a toda velocidad.
-No creo que funcione, al fin y al cabo, quieres matar a mi padre...
-Sí, pero si no voy contigo no saldras de la celda...
-Me has convencido- dice el prisionero después de pensarlo -pero con una condición: que no dirás a tus hombres el motivo de la expedición.
-¿Y eso que importa?
-Importa mucho: voy a intentar convencerte para que no mates a mi padre y será más fácil si el orgullo masculino no se mete por medio.
-¡Ja! No me convenceras
-Si no lo juras no hay trato...- Ambos se miran unos instantes
-Trato hecho- dice el capitán mientras se levanta para marcharse -Partimos mañana, ve a tu posada y coge tus cosas.
-Este puede ser el comienzo de una bella amistad...
-Que amistad ni que... Estás chalao semiorco- el capitán hace ademán de irse.
-Dime al menos como he de llamarte
-Capitán Nearco, patricio de Corgo.
-Mucho gusto Nearco, a mi puedes llamarme Podark
-Te llamaré Semiorco y punto- El capitán sale rápidamente. En la celda el prisionero silva una cancioncilla y se arrima a la pared para mear.
-Bueno, ya tengo un nuevo amigo...-dice antes de atravesar la puerta y marcharse.
Y esto es el FIN (o el principio) |