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Muerte del santo
Carlos Arrieta Suárez - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 80 puntos (VOTAR)
Nunca confíes en tu suerte si te enfrentas al dios del cambio.
La pequeña aldea de Griminhagen estaba devastada, todas las casas ardían con fuerza, los malditos nórdicos campaban a sus anchas violando y matando, saqueando y quemando. Pero eso no duraría mucho.

Demasiada sangre, demasiados muertos, demasiada lucha…pero merecía la pena, a mi alrededor yacían los cadáveres de unos doce o trece de aquellos malditos nórdicos, mi sagrada espada y mis benditas balas habían dado buena cuenta de su impureza, mi fe había triunfado sobre su maldita herejía, Sigmar estaría contento.

No hacía ni unas horas, aquellos engendros habían atracado en la playa cercana en sus malditos Drakkars y habían caido sobre la pequeña aldea como una ola de muerte y destrucción. Habían quemado todos los edificios con muchos de sus habitantes aún dentro, los demás habían sido descuartizados, algunas mujeres habían sido violadas y luego atadas a postes muertas y desnudas. Los símbolos del dios cuervo lucían en aquellos sacrílegos maderos. Pero un pequeño niño había conseguido huir, había llegado corriendo a la taberna de el Cerdo hundido y me había avisado. Le di unas monedas y me marche, dios sabría que le pasaría a aquel niño, un orfanato de mala muerte y una vida como mendigo lo más probable, pero ya no se podía hacer nada. Cargue mi pistola y desenfunde mi estoque bendecido por un sacerdote de signar en una iglesia cercana no hace poco. Monte a mi caballo y galope hacia la aldea en llamas, el humo se alzaba a lo lejos y cuando llegue los bárbaros estaban sentados alrededor de una pequeña hoguera bebiendo y comiendo, había dos que estaban luchando entre si con las manos desnudas.

Deje mi caballo a unos metros de las casas y me escondí detrás de una cabaña carbonizada, me arrastre sigilosamente entre los restos de la aldea, acercándome más y mas a los nórdicos. Ahora todos se estaban peleando por no se que premio. De los que estaban peleando antes solo quedaba uno, al otro le había cogido la cabeza y se la había aplastado repetidas veces contra una roca. Todos se estaban peleando como estúpidos, era el momento idóneo. Encomendé mi alma al sagrado Sigmar y salí de mi escondite de un salto, corrí durante dos metros que se me hicieron eternos, durante aquel espacio de tiempo contemple como uno de mis enemigos me señalaba y trataba de avisarles, ese fue el primero en caer, mi pistola se movió veloz, apreté el gatillo y una pequeña bala de plata hizo explotar la cabeza de mi contrincante. El sonido del disparo alerto a los demás que inmediatamente cesaron su trifulca y me observaron con ojos horrorizados, la mayoría salto hacia sus armas…demasiado tarde.

Dos estúpidos se lanzaron hacia mi con las manos desnudas. Pero nunca confíes en tu suerte si te enfrentas al dios del cambio, en el trayecto hacía mi uno de ellos transformo su mano en una enorme bola de pinchos. Agarre mi pistola por la culata y me lancé hacia delante. Al instante me agache esquivando aquel corrupto apéndice y descargue mi estoque sobre el pecho desnudo de mi rival, la sagrada hoja de gromril enano atravesó con facilidad la frágil piel de nórdico acabando con aquel ser en un segundo. El otro bárbaro trato de placarme, pero con la espada aún dentro del otro interpuse el cuerpo entre mi y el otro nórdico, este choco contra el cadáver quedándose a un metro de mi desarmado y desprotegido, extraje el arma del cadáver al tiempo que mi pistola impactaba en la cabeza del corrupto esparciendo sesos por doquier.


Examiné mí alrededor de un vistazo y contemple a nueve bárbaros del caos tratando de agarrar sus armas y matarme. Salte al más cercano que intentaba en vano agarrar una lanza que estaba debajo de los cuerpos inerte de cuatro campesinos. Le atravesé la cabeza de una estocada y me volví al tiempo para parar una espada de acero oscuro repleta de intricados símbolos. Descargué la culata de mis pistola sobre la rodilla de mi rival, que con un grito de dolor se trato de agarrar la pierna, soltando su arma en el intento, un rápido tajazo le abrió una enorme herida en el torso y en la cara. Cuatro menos, quedaban seis que ya estaban armados y me miraban con odio.

Uno de ellos portaba una pequeña maza de pinchos, dos de ellos pequeñas hoces de granja, uno de ellos una enorme espada, y los otros dos hachas de una mano. Me fui alejando poco a poco de ellos en un vano intento por que no me rodearan. Los segundos pasaban y se acercaban lentamente hacia mi, rodeándome inexorablemente, así que hize lo que menos se esperaban, cargué al que estaba más a la derecha, mi estoque voló veloz, pero su el mango de la maza bloqueo mi espada por encima de su cabeza, descargue mi pierna sobre sus genitales, el hombre cayo entre llantos de dolor pero antes de que su cabeza tocase el suelo se la aplaste con mi pistola. Tras mi cabeza escuche un leve silbido y me agache dando una vuelta sobre mi mismo justo a tiempo para no perder la cabeza por el hombre de la espada enorme, mi espada giro conmigo y destripo a aquel hombre. Salté hacía atrás para ganar espacio, pero los cuatro restantes se lanzaron de cabeza a por mi, me atacaban de frente sin reparos en sus vidas. Bloquee sin parar decenas de golpes, el acero bailaba entre las llamas y yo no paraba de retirarme sin cesar de mover mi espada arriba y abajo, a derecha y a izquierda bloqueando las mortales hojas de metal que trataban de matarme.

-¡POR SIGMAR!, ¡MORIR ENGENDROS!-chille descargando mi furia.

Bloquee un golpe alto de una hoz y velozmente moví mi arma hacia abajo cortando la mano del portador. Pero aquel gesto costo caro, antes de poder girar mi arma la otra hoz se incrusto en mis costillas y salio veloz llevándose consigo una buena porción de piel, sangre y de mi vida. El dolor era intolerable, pero tenía que hacerlo, por todos los muertos, por Sigmar y por el imperio. Escondí el dolor en los lugares mas recónditos de mi cabeza y continué luchando, ebrio de batalla y febril y mareado por el corte. La furia inundo mis actos y ataque sin parar me movía como una sombra, estaba en cuatro lugares a la vez, al que había perdido la mano le despache rápidamente, pero aún me rodeaban tres. No se durante cuanto, pero fue mucho el tiempo que duro nuestra danza de acero. Bloqueaba cada uno de sus golpes y respondía con veloces estocadas. El primero en caer fue por mi pistola, tras bloquear uno de sus golpes desvié su arma asta el suelo y allí la clave con la pierna, después le arroje la pistola la cabeza al que me atacaba por detrás. Haciéndole perder el equilibrio, mi espada fue veloz y certera, y su cuello frágil. Me di la vuelta y bloquee el hacha del otro contrincante. Dos, dos rivales, no era nada, pero la herida de mi estomago seguía supurando sangre a borbotones. Me sentía cansado así que no perdí tiempo y ataque, mi espada trató de rebanarle la cabeza al más cercano pero su hacha bloqueó mi ahora lento acero. Una hoz hendió el aire en busca de mi hombro, pero me agache y rodé por el suelo a tiempo. Le propine una patada al de la hoz en el pie tirándolo al suelo, me levante y pisándole ataque al superviviente. Su hacha bloqueo unos cuanto de mis golpes pero al final no fue lo suficientemente rápido y cayo muerto. Note fuerza en el pie, lo sacudí violentamente asta que encontré lo que buscaba, la cara de mi rival crujió con el golpe de mi tacón, tranquilamente me di la vuelta y lo despache con mi espada. Ya esta, había cumplido.

Demasiada sangre, demasiados muertos, demasiada lucha…pero merecía la pena, a mi alrededor yacían los cadáveres de unos nueve o diez de aquellos malditos nórdicos, mi sagrada espada y mis benditas balas habían dado buena cuenta de su impureza, mi fe había triunfado sobre su maldita herejía, Sigmar estaría contento.

El dolor volvió, y muy a mi pesar me derrumbe, en ese momento sentí todo a mí alrededor. El ardor del fuego en mis mejillas, sangre que abandonaba mi cuerpo. Los restos de los cadáveres esparcidos por el suelo, el frío del aire nocturno, y sobretodo la leve lluvia que caía ahora sobre el lugar…si…la hermosa lluvia. Después todo fue oscuridad.


***

-Dieter mira, un cazador de brujas-dijo el hombre pateando un cadáver vestido con ropas típicas de cazador de brujas-Creo que aún respira.

-Mátalo-dijo el otro hombre al observar el semblante del hombre.

-¿Por qué?, es un hombre santo, mira lo que ha hecho-dijo el hombre abarcando la zona con las manos.

-Como si ha matado a todos los demonios del mundo, ese hombre me ofreció violar a mi hija a cambio de no quemar a mi esposa por hereje. La violo, y después quemo a mi esposa, a mi hija y a mi casa, y no me quemo a mí por escape, putos cazadores de brujas.

Le doy a este relato
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