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Noche y niebla
Juan Mari Sauras Pelegrín - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 84 puntos (VOTAR)
La solitaria figura recorría las neblinosas calles con decisión y rapidez, creando un halo de tenebrosa majestuosidad.
Aquella noche la luna brillaba grandiosa y espléndida, sola en un infinito mar de negrura. La sombría luz que emitía quedaba eclipsada por la luz artificial que arrojaban las farolas, insulsa y sin vida. La niebla se difundía y extendía por el suelo como un fantasmal y aterrador ejército que hubiese venido a henchir de terror los corazones de los mortales. Las múltiples callejuelas de la ciudad, normalmente abarrotadas de gente con el único objetivo de divertirse en las discotecas y bares de los alrededores se hallaban desiertas en esos momentos, vacías de vida.

No del todo tal vez.

La solitaria figura recorría las neblinosas calles con decisión y rapidez, creando un halo de tenebrosa majestuosidad mientras la niebla se apartaba a su paso igual que las aguas se apartaron al paso de Moisés y los suyos. La extraña figura, lo suficientemente alta como para intimidar y con un porte que hacía suponer que era un hombre, se fundía con la oscuridad como una sombra gracias a los oscuros ropajes que vestía, lo cual aumentaba el aura sombría que envolvía su cuerpo.

El extraño ser cruzaba callejas como si no tuviese rumbo fijo, algo que contrastaba enormemente con su acelerado paso. En un par de ocasiones se detuvo como si pensase el camino que debía tomar a continuación, pero tras unos pocos segundos continuaba su rápido avance. El único ser que se cruzó en su camino en todo aquel rato, un flaco gato callejero, le dirigió unos maullidos entre furiosos y asustados, y tras una mirada del hombre, este se alejó rápidamente de él. Así continuó un momento más, pero entonces un hombre emergió de entre las sombras y se plantó delante de él, bloqueándole el paso. Blandía una navaja de varios centímetros.

-Te has equivocado de calle amigo-dijo con un tono que pretendía ser burlón, pero que delataba los nervios del ladrón ante el aspecto de su “víctima”-.Ya estás soltando la pasta y cualquier otra cosa que lleves si no quieres que te raje.

El hombre dibujo una sonrisa por toda respuesta, una sonrisa divertida y cruel al mismo tiempo.

-Me temo que hay un problema-declaró-, y es que no me apetece mucho librarme del peso de mi cartera, así que lo mejor será que te apartes de mi camino para que no haya percances, ¿entiendes?

El ladrón pareció titubear durante unos segundos, pero después respondió:

-Muy bien, tú lo has querido.

El ladrón se lanzó hacia él, dispuesto a clavarle la navaja en el estómago, pero este se quedó donde estaba mientras esperaba la acometida del caco. Entonces, como un felino, saltó por encima del ladrón, que solo pudo observar atónito como aquella criatura aterrizaba ágilmente detrás de él y a continuación le rompía el cuello. Con una perversa e inhumana sonrisa dibujada en su rostro, se dispuso a marcharse, hasta que se percató de que allí había alguien más.

El hombre se dio la vuelta rápidamente. En circunstancias normales no se habría preocupado mucho por el hecho de que alguien presenciase aquel crimen, pero aquel olor…Allí estaba ese repugnante e inconfundible olor. Un olor salvaje, bárbaro y animal. Ese olor evocaba una naturaleza salvaje y antigua como el mundo.

Observó como una grácil figura hacía su aparición. Al igual que él, vestía ropas negras que hacían que su silueta se fundiese con la oscuridad del entorno. A juzgar por su complexión, era una mujer. Avanzó unos pasos, y entonces se quitó la chaqueta con capucha que llevaba, descubriendo su rostro. Aquel rostro era muy hermoso, tuvo que admitir él. Pero aquella belleza tenía algo especial, era una belleza salvaje como la luna, los bosques o las montañas. Una belleza que pocos se atreverían a tocar. El cabello, corto y negro, le daba un aspecto exótico. Su figura, delgada y atractiva, haría hervir de envidia a muchas modelos que se suponía que eran guapas. El hombre se permitió una sonrisa. Era una lástima que aquella belleza tuviese que llegar a su fin en una noche tan bella como ella misma. Pero que se le iba a hacer, era ella la que había tenido la temeridad de cruzarse en su camino.

Con una encantadora sonrisa dibujada en su rostro, ella dijo:

-Hola, parásito chupasangre.

-Hola, asquerosa bola de pelo.

Aún con esa sonrisa en el rostro, ella se transformo.

Soltó un aullido inhumano mientras su boca se desencajaba y aumentaba de tamaño hasta convertirse en un hocico animal lleno de afilados dientes. Todo su cuerpo aumentó considerablemente de tamaño, rompiendo y haciendo jirones sus ropas. El pelo le creció rápidamente por el cuerpo, y en manos y pies le crecían afiladas y mortíferas garras. Durante unos momentos que a él le parecieron milenios, la trasformación fue consumándose sin que ella parase ni por un momento de lanzar aquellos horribles aullidos. Contempló la escena con repugnancia, preguntándose como los hombres lobo podían resistir el dolor cada vez que se transformaban.- “Gajes de ser unas bestias sarnosas”-pensó.

-¿Vas a tardar mucho?-preguntó con voz socarrona-. Porque entonces voy a tomar un aperitivo.

Por toda respuesta recibió un gigantesco rugido y aterrador rugido.

Entonces la mujer lobo se alzó sobre sus patas en toda su grandeza. Medía casi dos metros de alto, y su pelaje, negro como el azabache, tenía la belleza que había tenido en su aspecto humano. Sus dos ojos brillaban en la oscuridad como monedas de oro deslustrado. Un hilillo de baba le caía por la comisura de la boca, y sus garras le daban un aspecto aún más mortífero. Lanzó un grito de ira y de libertad, y a continuación le miró con ojos maliciosos.

-La presentación no está mal-el tono de voz era tranquilo, pero se mantenía en tensión, igual que un gato a punto de saltar sobre su presa-.Veamos que tal te las arreglas en la práctica.

Con un rugido, la mujer lobo se lanzó sobre él con la intención de destrozarle con las garras. Él saltó hacia una de las paredes y luego se impulsó en ella para aterrizar un largo trecho detrás de la loba. Rápido como el rayo, nada más aterrizar sacó de su cinturón un cuchillo de plata y lo lanzó contra la mujer. Este atravesó rápido como el viento el espacio que los separaba y se clavó en el brazo izquierdo de la loba, que aulló lastimeramente. Sin darle tiempo, se lanzó contra ella rápidamente, y en cuanto llegó hasta ella le lanzó un puñetazo al hocico que le hizo dar un paso atrás. Rápido como una serpiente sacó otro cuchillo de plata e intentó clavárselo en el pecho, pero ella consiguió apartarse a tiempo y solo le hizo una herida superficial. Lanzando un rugido de rabia, la licántropa le golpeó con el brazo derecho, lanzándolo varios metros hacia atrás. Aturdido, intentó levantarse, pero la loba de un salto cayó sobre él. Apresado como estaba, solo pudo observar como el rostro de la mujer lobo se iba acercando lentamente al suyo. El aliento le apestaba como un pozo de podredumbre, y en sus ojos se leía el ansia de morder su carne que la poseía. Desesperado intentó soltar sus brazos de las garras que los apresaban, pero la fuerza de aquella criatura era superior a la suya. Aquella boca seguía acercándose, y estaba tan cerca que incluso podía ver los restos de carne que tenía entre los dientes. Impulsado por el instinto de supervivencia que se había apoderado de él consiguió deslizar las piernas, por suerte libres, hasta debajo del estomago de la loba, y tras flexionarlas impulsó a la loba hacia delante, ganando un momento de respiro. Respirando fuertemente se levantó despacio al mismo tiempo que la mujer lobo, que se había golpeado la espalda contra el asfalto. Ninguno se movió, limitándose a observarse mutuamente. Al cabo de unos segundos, la loba se lanzó nuevamente contra él.

Pero esta vez él no sacó ningún arma, ni intentó esquivar su acometida. Liberando su parte más animal y primitiva, cargó a la licántropa al mismo tiempo que ella cargaba contra él, como en una justa de caballeros. El choque fue brutal. La loba lanzó una terrible dentellada contra su hombro, que le obligó a lanzar un grito de dolor. Con la ira ardiendo en los ojos, el vampiro le mordió en el cuello, clavándole profundamente los largos colmillos. Ella lo estampó contra la pared con tanta fuerza que varias grietas aparecieron el muro, a lo que respondió un puñetazo dirigido con terrorífica fuerza a su rostro peludo. Así siguieron durante un largo rato, continuando una guerra que existía desde hace siglos, hasta que los dos, derrengados y cansados, cayeron al suelo derrotados por las múltiples heridas que habían sufrido en la pelea. La mujer lobo fue adquiriendo lentamente su aspecto humano, mientras el vampiro observaba sorprendido la hermosura de la mujer. Cuando la metamorfosis finalizó y todo rastro de la salvaje bestia desapareció bajo el cuerpo delgado y bonito de mujer humana, ambos se miraron durante unos pocos segundos, y el vampiro esbozó una sonrisa, tal vez la primera sonrisa verdadera que aparecía en su rostro en toda la noche.

-No peleas mal para ser una bestia sarnosa-dijo-, aunque en cuerpo humano no estás nada mal. Deberías permanecer así durante las peleas, tus rivales las disfrutarían más.

-Y tú deberías limarte esos colmillos tan pequeños, son patéticos.-respondió fríamente ella-Más vale que te vayas ahora, o en cuanto me recupere te arrancaré ese rastrero corazón tuyo y me lo comeré.

-Y yo me lo creo. Dudo mucho que puedas vencerme, nuestro poder está muy igualado. Por mucho que nuestras razas estén enfrentadas desde hace siglos, no creo que la guerra se vaya a resolver con nuestra pelea, así que lo mejor será que cada uno siga su camino.
Por un momento pareció que iba a replicar, pero al parecer se lo pensó mejor, y solo pudo hacer un leve gesto de asentimiento.

-De acuerdo, pero procura que nuestros caminos no vuelvan a cruzarse, podría no tener tanta misericordia contigo.

Acto seguido, vestida tan solo con los jirones de ropa que habían soportado el combate, se marchó a buen paso, fundiéndose el la oscuridad.

Él por su parte, preguntándose por que había dejado escapar al ancestral enemigo de su raza, al que se suponía que odiaba con todas sus fuerzas, pero extrañamente feliz por el resultado de los acontecimientos, continuó su camino como si nada hubiese ocurrido, perdiéndose en la noche.

Le doy a este relato
puntos

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