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El Club Faeriesworth
Alejandro Menéndez - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 123 puntos (VOTAR)
El Club Faeriesworth de Praha se encontraba en el 45 de la avenida Invernskä, a cinco minutos del río, en un solemne y duro edificio de poca altura.
Capítulo 1º; en el que se describe el singular Club Faeriesworth y se presenta, de refilón, al héroe de esta aventura

La Sociedad Filosófica Paennsworth de Caballeros Amigos de lo Arcano, también conocida como el Club Faeriesworth, se definía en sus estatutos como una sociedad cuyos fines eran el estudio de los sucesos que escapan a la ciencia cartesiana, sucesos paranormales en los que se englobaban, entre otros, la alta y baja hechicería, los espíritus, las hadas, los vampiros e incluso las civilizaciones perdidas. La defensa de la humanidad contra aquellos entes malignos que poblaban la noche se encontraba también en dichos estatutos.
En realidad el apodo de Club Faeriesworth le hacía mucha más justicia y definía mucho mejor la Sociedad. Este guasón (y popular) pseudónimo provenía de la corrupción del nombre del fundador, Henry Paennsworth y de la pasión de los miembros del Club por las hadas. La mayoría de los socios del Club Faeriesworth, denominación que ellos mismos habían acabado adoptando, eran señores acomodados (las mujeres tenían prohibido el ingreso y hasta el paso) más o menos fascinados por lo oculto, que se reunían para fumar, comentar las noticias de los periódicos y en general escapar de sus hogares durante unas horas. Muchos se especializaban en un tema concreto de su interés, como el doctor Harsby, químico, apasionado del mesmerismo, o el señor Michel Leisser, cazador de panteras, al que fascinaba la mitología africana.
Sin embargo, la mayoría de sus miembros apenas creían en aquello que estudiaban, sino que más bien deseaban que fuese cierto. El pueblo, o al menos aquellos que sabían de la existencia del club, veía esta Sociedad como un grupete de señores que se dedicaban a disertar sobre cosas que no habían visto, a especular sobre seres en los que no creían y, en general, a hablar sobre temas de los que no tenían ni idea.
El Club Faeriesworth de Praha se encontraba en el 45 de la avenida Invernskä, a cinco minutos del río, en un solemne y duro edificio de poca altura, como la reproducción de un monolito a pequeña escala. La avenida Invernskä, sin ser de las más transitadas de la ancestral ciudad de Praha, era recorrida asiduamente por carruajes de caballos e incluso a veces se veía algún automotor por sus calles adoquinadas.
La parte frontal del edificio del Club contaba con una verja tras las que reposaban unas jardineras ciclópeas repletas de lirios, ajos, algún tulipán ocasional y un fresal que se había salido de madre. Los lirios y los ajos eran defensas contra los espíritus y los vampiros, respectivamente. Los tulipanes le gustaban al presidente del Club, el señor J. Straci, y por eso los había mandado plantar. Lamentablemente no estaban muy aclimatados al tiempo de Praha. El fresal le había caído en gracia al jardinero, Thomas, y por eso no lo había arrancado cuando el arbusto empezó a colonizar las jardineras. Al secretario del Club, el señor Gerhard von Hochsteler, todo un formalista, no le gustaba nada tamaña violación de los Usos y Costumbres Históricos de la Sociedad, que especificaban clara y exclusivamente el uso de lirios y ajos como parte de las defensas del club contra sus posibles enemigos paranormales. Pero las fresas estaban muy ricas.
Si visitásemos el Club nos encontraríamos, tras la puerta de la verja, una pequeña escalera de piedra que conducía a la puerta principal, de ébano de Tanganica. Tras llamar al timbre aparecería Franz, el anciano mayordomo, impecablemente arreglado, al cual tendríamos que convencer de que no eramos ni un molesto acreedor ni un maligno licántropo. Franz era el más escéptico respecto a los temas arcanos de todos los moradores del edificio, pero ante todo era diligente y si su jefe, el secretario Von Hochsteler, le daba una orden, él la cumpliría sin rechistar. Una vez convencido Franz se haría cargo de nuestros abrigos y sombreros amablemente y nos guiaría por el recibidor hasta el salón principal, el centro neurálgico del Club.
Cómo no, una digna chimenea presidía este salón, en dura pugna con la enorme biblioteca que se alzaba hasta el techo en la pared opuesta. Alrededor de la chimenea veríamos varios socios sentados en cómodos sillones orejeros, leyendo el periódico, charlando con otros compañeros o simplemente dormitando. Al otro extremo veríamos otros tantos miembros alrededor de una mesa, jugando a las cartas, al ajedrez o comentando algún pasaje especialmente farragoso de un libro. Varios jarrones, armas de aspecto exótico, reliquias falsas, lámparas de helio ancladas a la pared, tapices, un reloj de péndulo y Bertie, la pequeña wyverna disecada, completaban la cálida decoración del salón principal.
No es mi intención aburrir al lector, así que dejaré la descripción detallada del edificio para otro momento. Por ahora basta con señalar que el edificio donde se asentaba el Club Faeriesworth contaba con muchos secretos, tres plantas, un desván lleno de ratones y un pequeño sótano con un minúsculo calabozo, estipulado por los estatutos, al que sólo entraba Franz un par de veces al año con el único propósito de limpiar.
Esta aventura comienza una fría tarde de un martes otoñal. Los árboles vestían de ocre y un ligero viento soplaba levantando las hojas de la avenida Invernskä. Uno de los socios subía por la calle hacia el Club; un joven de buen porte que caminaba ligero balanceando un bastón y silbando una tonadilla. Tras llamar al timbre del edificio salió Franz, el mayordomo, con su calva de fraile y su bigote recto y marcial.
-Buenas tardes, querido Franz. Hoy tenemos un precioso día de otoño, ¿no crees?
-Buenas tardes, doctor Helmayr. Ciertamente, aunque a mis huesos les sienta mejor el clima más benigno del verano -la vieja espalda del mayordomo pugnaba por doblarse por el peso de la edad, pero el sentido del deber de este lo impedía.
-Llamar verano al tiempo que hace en Praha en agosto es demasiado magnánimo, Franz.-El doctor Helmayr sonrió abiertamente. Franz no pudo sino hacer lo mismo.
-No puedo quitarle la razón, doctor.
Ahora que tenemos más cerca al doctor Helmayr podemos fijarnos mejor en su persona. Como ya hemos dicho era un hombre joven, médico de profesión, de poco más de treinta años. Tenía el cabello castaño y liso, bien arreglado, cubierto por una chistera. Su rostro era franco y amigable, y estaba cercado por dos largas patillas, perfectamente recortadas. No era especialmente atractivo excepto por sus ojos verdes, el único detalle pintoresco y llamativo de su faz.
El doctor Helmayr era un socio activo y entusiasta y, probablemente, el que más creía en los fenómenos misteriosos que centraban la atención del Club Faeriesworth. Cosa bastante normal por otra parte, ya que el doctor Chrystian Helmayr era -cosa que del todo ignoraban sus colegas-, un hechicero autentico.




Capítulo 2º; en el que se expone la trama principal de esta aventura y se sospecha de un criminal no natural

Franz se hizo cargo de los objetos del doctor Helmayr, mientras este pasaba al salón principal. Alrededor de una mesa, el secretario Von Hochsteler hablaba con el señor Muller, por encima de un libro abierto de religiones de la India. Por la expresión del señor Muller y un par de términos que alcanzó a oír Chrystian, el secretario Von Hochsteler se las había arreglado para reconducir la conversación hacía los tipos de interés y la política monetaria del gobierno. Chrystian les saludó con un gesto de cabeza y huyó de tan mortal trampa girando hacía la derecha. La acusación de traidor y mal amigo quedó flotando en la mirada desesperada que le lanzó el señor Muller. Afortunadamente el doctor Helmayr no la vio, ya que sus pasos se dirigían hacía los sillones situados enfrente a la chimenea. Allí se sentaban dos de los mejores amigos de nuestro doctor, el señor Oehler y el señor Leisser, charlando animadamente sobre una noticia del periódico.
Edward Oehler era un hombrecito bajo y rechoncho, con una expresión afabilísima, casi infantil, y unos ojillos traviesos y vivaces. El señor Oehler era un pianista y compositor de renombre, un virtuoso si se hacía caso a lo que los periódicos decían de él. Su momento de gloria ya había pasado, cosa que Edward prefería ya que así vivía mucho más tranquilo, y a pesar de ello seguía siendo muy respetado en los círculos musicales. Debido a su miopía llevaba unos anteojos redondos, y no tenía el más mínimo asomo de vello facial.
Su compañero, el experimentado y corpulento cazador de panteras Michel Leisser, tenía vello facial por ambos. Lo primero que uno veía al fijarse en el señor Leisser era una prominente y abundante barba, ya grisácea, cuidadosamente arreglada. Si uno se fijaba más vería otro detalle sorprendente: tres finas marcas descendían de su frente al pómulo, pasando por encima del ojo izquierdo, el cual era de cristal. Leisser decía que la cicatriz se la había hecho una mujer-leopardo de Tanganica, y siempre terminaba la historia con una mirada ensoñadora y media sonrisa, entonando “pero mereció la pena”. Lo cual no debería sorprendernos, porque una mujer-leopardo encarnaría las dos conquistas que más gustaban al señor Leisser: los felinos y las mujeres. Aunque tan prolífico y fanfarrón era difundiendo hazañas del primer tipo como discreto y caballeroso comentando sus affaires. El señor Leisser, un hombre algo mayor aunque fuerte y de ancho pecho, había cazado grandes felinos en todos los continentes (al menos en todos aquellos que contaban con grandes felinos entre su fauna). El famoso cazador francés Bombonnel había sido su maestro, y en un par de ocasiones compartió cacería de leones con Barbarín de la Tarasca. “Aunque la caza de la pantera es mucho más complicada que la del león”, terminaba siempre diciendo. Michel Leisser había pasado más de tres cuartos de su vida con un rifle en la mano agazapado en una selva de tierras extrañas.
-¡Querido Chrystian! Por favor, siéntate con nosotros. -Dijo Oehler, mientras le acercaba con un sillón.- Es toda una alegría, no te vemos desde hace un par de semanas.
-Muchas gracias Edward, buenas tardes. La consulta y ciertos experimentos con hongos me han tenido ocupado. Buenas tardes, Michel.
-Chrystian -Michel inclinó la cabeza y sonrió. Los tres eran viejos amigos y se permitían el familiar tuteo-. Le estaba comentado a Edward la noticia que ha salido en el Guardián de Praha. Ya han apresado al Monstruo del barrio de los pescaderos. Seguro que le encierran en Ifelba.
-Sí, he leído algo esta mañana acerca del tema. Parece que la policía por fin puede anotarse un punto -comentó irónicamente Chrystian, sentándose.
El barrio de los pescaderos se hallaba al sur de Praha, muy cerca del pequeño puerto fluvial de la ciudad. Era un barrio pobre, en el que las farolas de gas oxhídrico (sistema de iluminación pública ideado por un estrafalario doctor francés) siempre estaban fundidas, una niebla sempiterna mojaba los zapatos enfriando los pies y no era del todo aconsejable pasear solo durante la noche. Hacía un par de meses que se estaban cometiendo violentos crímenes en este barrio; la cosa empezó de manera discreta, pero pasadas un par de semanas la virulencia y la frecuencia de los ataques creció. Asesinatos, palizas brutales, robos, asaltos a mujeres; todo cometido por un solo ser según los (escasos) testigos. Durante dos meses la policía estuvo en jaque, primero ignorando el asunto como un crescendo puntual en la actividad normal de un barrio de clase baja, y luego desesperados por solventar un crimen que amenazaba con crear una revuelta en los barrios obreros. Durante el último mes las patrullas nocturnas y las detenciones ilegales habían crecido inusitadamente. Por fin todos los atropellos y las extralimitaciones habían dado su fruto, o eso deseaban tanto la propia policía como las gentes del barrio de los pescaderos.
-Algo olía muy mal en todo ese asunto -dijo el señor Oehler-, una agresividad demasiado gratuita.
-Mmm, no me extrañaría nada que el asunto todavía huela un rato más, amigo Edward. Hay algunas extrañas contradicciones en toda la historia y las declaraciones de las víctimas.
-¿Qué quieres decir, Chrystian?
-Que unos testigos dicen que su asaltante era alto y de aspecto prusiano, mientras otros dicen que es bajo y turco. Por no hablar de otro que decía que su agresor era una mujer. -Dijo Michel mientras se encendía un cigarro, adelantándose a la explicación del doctor Helmayr-. ¿No es así, Chrystian?
-Efectivamente. Me apostaría algo a que el pobre infeliz que está encarcelado nada tiene que ver con este asunto, si acaso tangencialmente, y si ha dado con sus huesos en la cárcel probablemente la culpa sea más del ansia del comisario por resolver esta serie de crímenes que de la culpabilidad del encerrado.
-Michel sostiene algo parecido, cree que es una banda de malhechores...
-Turcos, querido amigo. Les teurs están metidos en esto. Lo presiento.
-Otomanos, efectivamente, esa es la idea de Michel. Pero Michel, ¿no ves que los turcos no pintan nada en todo esto? ¿Por qué razón iban a venir a Praha a cometer semejantes atrocidades? Dios me libre de insultar la tierra del Gran Sultán, pero eso podrían hacerlo perfectamente en su país.
-Uno nunca sabe qué trama un turco hasta que es demasiado tarde -se empecinó el cazador.
Al señor Leisser no le caían bien los turcos, cómo se puede observar. La cosa se remontaba a hace bastantes años, e incluía unas cuantas jugarretas y una apuesta perdida.
-¿Y por qué crees que es una banda, Michel?-Le preguntó Chrystian.
-Bueno, todas las descripciones del atacante en cada caso son parecidas, aunque distintas entre los diferentes casos. Al que han apresado no es sino un miembro de la banda de turcos que está asolando el barrio de los pescaderos.
-Bien, estoy de acuerdo contigo en lo de la banda, -dijo Chrystian- pero como a Edward me extraña lo gratuito de los crímenes. Y el robo no es leitmotiv de este asunto, ya que en menos de la mitad de los casos se ha producido. La motivación de esa supuesta banda es todo un misterio. ¿Una copa?- Ofreció Chrystian en un inciso, mientras se servía un whisky.
-No, gracias, a mi médico no le gusta -contestó Oehler.
-Por favor -pidió Michel. Chrystian sirvió dos copas, le tendió una a Michel y saboreó la propia.
-Quizá haya entrado en juego una fuerza demoníaca -comentó medio en broma el señor Oehler.
-Bueno, no es una posibilidad que debamos desdeñar, aunque no me suena probable. Apenas sabemos nada del asunto.
-Humm, sí -replicó Michel, interesado en la idea-. Durante mis cacerías en África escuché muchos relatos con crímenes similares a los del barrio de los pescaderos, relatos acerca de criaturas no-muertas, zombis, que volvían a la vida animados por los más violentos deseos de sangre y vísceras humanas. Un viejo amigo, un mchawi (palabra que significa brujo) del lago Victoria, me enseñó incluso la poción con la que se devolvía la vida a los muertos y se les convertía en zombis. Aunque claro, estos cadáveres andantes no tienen el más mínimo rastro de intelecto, por lo que sería complicado que se uniesen en una banda.
-O incluso mejor; podría tratarse de una moderna versión de la Cacería Salvaje, -bromeó Edward- que ha decidido cambiar los aires bucólicos de los bosques nocturnos y, subiéndose al carro de los tiempos, ha convertido la moderna ciudad en el centro de sus actividades. En cualquier caso sería nuestro deber, como escudo de la humanidad contra las potencias abisales, pararle los pies.
-Jeje, y ¿serías capaz de acechar en la noche para cazar a tan abisales presas? -atacó Michel al pianista.
-¿Acaso dudas de mi valor? Una vez di un concierto ante el mismísimo Gran Sultán y toda su corte de turcos apuñaladores de espaldas que tanto aprecias. Y salí de allí sin un rasguño y con toda mi ropa. -La alusión de Oehler a la apuesta que perdió Michel silenció cualquier posible contestación por parte del cazador. Chrystian rió la broma. “Llevaba mi casaca”, dijo Leisser como para sí con media sonrisa, mientras le daba un sorbo a su whisky.
-No seas cruel Edward. Si saliésemos a cazar ciervos demoníacos y sabuesos infernales no nos convendría prescindir de un experto en materia de emboscadas como Michel.
-Eso es muy cierto amigos. Sus probabilidades de supervivencia, no ya de tener éxito, serían casi inexistentes sin mi concurso en tal empresa.
-¿Entonces he de ir a por mi sable y mi antorcha de quemar brujas?
-No diga estupideces, señor Oehler -el secretario Von Hochsteler irrumpió en escena. Al parecer el pobre Muller había conseguido escaparse por fin y ahora el secretario buscaba nuevas víctimas-. Estos reprobables crímenes no tienen nada que ver con asuntos místicos. Es un asunto exclusivo de la policía.
El secretario von Hochsteler, de nombre Gerhard, era un hombre más que orondo. Muchos miembros del Club, como buenos especímenes de la clase acomodada, sufrían de sobrepeso. El caso de Gerhard iba mucho más allá. Era un ser casi esférico, ancho como un barril; su cuerpo no conocía los ángulos sino que estaba construido a base de arcos y circunferencias, bastante turgentes, por cierto. Sus dedos, verdaderas salchichas, estaban atadas por anillos de oro haciendo las veces de hilos de un fiambre. En el centro de su abultada cara se dibujaba un fino bigotillo negro, mientras que un sempiterno monóculo protegía su ojo derecho. Su pelo ensortijado dividido por ralla a la mitad brillaba extático bajo una gruesa capa de grasa capilar patentada Doctor Peurich.
Gerhard von Hochsteler era un fanático seguidor de las leyes y los protocolos. Como vicepresidente de una importante aseguradora comercial tenía una pequeña fortuna y un inquietante conocimiento sobre accidentes fatales. De familia judía, era un fiel creyente, lo que le iba como anillo al dedo según varios socios de ideología conservadora. Lo que nadie se explicaba era qué hacía un ser tan material y ordenado en un club de aficionados a lo oculto. La mayoría de los socios intentaban huir de él y de su conversación, pero era innegable que su gestión del Club era perfecta. Von Hochsteler se encargaba con fervor de los aspectos mundanales, como pagar el alquiler del edificio u organizar los eventos anuales estipulados por los Usos y Costumbres Históricos de la Sociedad. Por esa razón siempre había salido reelegido como secretario durante los últimos ocho años.
-Y si quieren mi opinión sobre el asunto, los anarquistas están detrás de todo esto. El gobierno debería hacer algo de una vez contra esa odiosa Hermandad Internacional Acrática. No me extrañaría que esa panda de vagos del senado, e incluso los propios consejeros del Emperador Francisco José, fuesen espías saboteadores.
-Santo cielo, primero los turcos y ahora los anarquistas. Esto toma el cariz de una conspiración en toda regla.
-Ríase si quiere, señor Oehler. Cuando una bomba haga caer la monarquía en nuestra pequeña Austria veremos si ríe tanto.
-Le ruego me disculpe si le he ofendido, señor Von Hochsteler.
-No se preocupe, señor Oehler.
El secretario le dio una chupada a su puro. Un tenso y breve silencio se instaló entre los cuatro contertulios. El doctor Helmayr salió al rescate:
-¿Qué les parece jugar una partida de bridge?
El señor Leisser y el señor Oehler se mostraron conformes de inmediato, mientras que el secretario von Hochsteler consultó su reloj de bolsillo y se disculpó: “Me temo que tengo trabajo importante, señores. Otra vez será”.
Todos los miembros del Club sabían que el secretario era pésimo jugando a las cartas. Este lo sabía, y como odiaba perder siempre evitaba jugar. Esta triquiñuela se usaba a menudo por lo que los miembros más asiduos del Club Faeriesworth habían terminado por convertirse en unos tahures. Lamentablemente para usar este pequeño truco se precisaba que el secretario atacase con su conversación a más de dos miembros.
Y así siguió el resto de la velada, con los tres amigos jugando al bridge.

* * * * *
Cuando el doctor Helmayr salió del Club Faeriesworth hacia su casa casi había anochecido. El doctor seguía dándole vueltas al asunto. Existía la posibilidad, aunque remota, de que realmente hubiese algo más en todo aquel asunto, algo que escapase a la autoridad policial. “Si ese fuera el caso, alguien debería hacer algo”, meditó.


Capítulo 3º; en el que las cosas empiezan a tomar un extraño cariz y el doctor Helmayr decide investigar el asunto

Al día siguiente Helmayr se levantó temprano, como de costumbre. Todavía faltaban un par de horas para que abriese su consulta médica. Todos los días empezaban con la misma rutina; tras asearse y vestirse se retiraba a su “estudio privado” durante media hora (a estudiar y despejar la mente, solía decirle Helmayr a su asistenta, la Tía Grimm), y después bajaba a desayunar.
El desayuno era uno de los sencillos y escasos placeres con que se regalaba Helmayr. Lo que más le gustaba era el final: leer los periódicos del día mientras tomaba una taza de café.
Aquella mañana de miércoles cogió el primer periódico con el que tropezó su mano. Esta es la noticia que aparecía en primera página:


¡Sorprendente giro en el caso del Barrio de los Pescaderos!

La Jefatura de Policía de Praha, por medio de su comisario jefe, ha comunicado a este periódico que esta medianoche el señor J.P., detenido como sospechoso principal de los crímenes del barrio de los pescaderos, se ha suicidado en su celda. El comisario jefe no ha querido hacer ninguna otra declaración.
Sin embargo, ha llegado a conocimiento de los audaces reporteros de este periódico que el sospechoso suicida, un marinero de origen germano que en un perverso acto de mentira no dejó de proclamar su inocencia, ha puesto fin a su vida tragándose su propia lengua. Antes de tan dramático fin, que probablemente el pueblo de Praha no deplore (y en opinión de este periódico no debería), el señor J.P. estuvo gritando a pleno pulmón durante un buen tiempo, despertando a sus compañeros de castigo. Estos han comentado que se hallaba como trastornado, golpeándose contra las paredes como un poseso.
En opinión de este diario, esta conducta casa perfectamente con la de un criminal demente capaz de los horribles crímenes que se le imputaban. Sin que sirva de precedente este periódico desea felicitar a la Jefatura de Policía de Praha, aunque lamenta que se haya tardado tanto tiempo en esclarecer este misterio, y que la muerte del principal sospechoso haya impedido la realización de un juicio acorde al sentimiento civilizado y tradicional que siempre ha caracterizado al pueblo de Praha.


El resto de los periódicos del día ocupaban su primera plana con titulares semejantes. La policía había archivado el caso y declarado oficialmente culpable al marinero J.P. Que la ley permitiese esto no estaba muy claro, pero la gente deseaba olvidarse del tema y nadie protestó. Sin embargo el instinto le decía a Chrystian que el asunto del barrio de los pescaderos no había terminado. Si acaso había mutado, para convertirse en un problema mucho más insidioso.
Chrystian pasó toda la mañana atendiendo pacientes en su consulta. Casi todas sus visitas notaron en él un aire ausente y pensativo. Cuando a la hora de comer, una vez terminada su jornada de trabajo, el doctor se sentó a la mesa, le era totalmente imposible sacarse el tema de la cabeza. Mientras comía desganadamente el postre llegó a la conclusión de que algo oscuro y misterioso, de origen no natural, se escondía tras los crímenes del barrio de los pescaderos, y decidió que debía investigar el asunto. La policía no iba a hacer nada más.
Helmayr no se consideraba a sí mismo un guerrero ni un detective. Sin embargo sabía algo acerca de los peligros del más allá, y había estudiado cómo combatirlos. Si se equivocaba y el monstruo del barrio de los pescaderos había muerto en una celda aquella noche, al menos liberaría su conciencia e instinto de un peso que, de ser cierto, se le aparecía terrible.
El doctor le dio instrucciones a la Tía Grimm de que no se le molestase, y se encerró en su estudio privado. Éste, como bien habrá adivinado el lector, no era otra cosa que su sancta sanctórum, el clásico laboratorio de los hechiceros donde estudian y meditan y realizan sus experimentos. El de Chrystian era una pequeña habitación sin ventanas que comunicaba con su dormitorio a través de una pequeña y obviable puerta. El estudio se asemejaba más a un cuarto de estar que al típico laboratorio arcano lleno de frascos con seres flotando en formol y aparatos chisporroteantes. Era un lugar recogido, con mucha madera antigua y algo de terciopelo, con suelo de parquet. Al fondo de la habitación se situaba una amplia mesa y al lado un cómodo butacón, mientras que a los lados se erguían varios armarios y estanterías con unos pocos volúmenes mágicos. Helmayr no contaba con muchos tratados esotéricos; su biblioteca “común”, situada en la planta baja, era mucho mayor. De hecho su laboratorio médico, que comunicaba con el despacho donde atendía a sus pacientes, era muchísimo más amplio y estaba mejor surtido.
Helmayr eligió varios libros de las estanterías, los puso en la mesa, al lado de todos los periódicos que hablaban sobre el monstruo, y comenzó su investigación. Cuando abrió uno de los grimorios sintió un breve estremecimiento de emoción y respeto. Le pasaba siempre que practicaba la hechicería.
Chrystian se había convertido en hechicero un poco de rebote. El penúltimo año de carrera hizo un largo viaje por las costas orientales del Mediterráneo. Visitó las Repúblicas del archipiélago Mediterráneo, la gran ciudad de Constantinopla, las ruinas maravillosas del antiguo Egipto e incluso llegó a poner el pie en la capital del Gran Sultán. Pero fue en la bulliciosa Alejandría donde se encontró con Lady Ekaterina de Kurt, la que se convertiría en su maestra. Aquella augusta y misteriosa mujer inició a Helmayr en los secretos de la Alta Hechicería. Normalmente los hechiceros, los pocos que quedaban, seleccionaban aprendices adolescentes, ya que el estudio de la magia era arduo y complejo. Helmayr nunca tuvo muy claro por qué había sido escogido, y de hecho ni siquiera se explicaba cómo había aceptado convertirse en un estudiante de magia, cuando toda su vida había sido un escéptico.
Pero al final había accedido, y durante seis años, de la mano de Lady Ekaterina, estudió las Altas Artes y vio cosas que jamás habría pensado que existiesen. Aunque Lady Ekaterina le enseñaba tanto como le ocultaba. Chrystian nunca supo a qué orden pertenecía su maestra (y él, por extensión), si es que pertenecía a alguna. La sabia y poderosa mujer nunca hablaba de su pasado y nunca respondía a las preguntas de Helmayr acerca de temas personales. Sin embargo entre ambos existía un afecto real, un profundo respeto basado, paradójicamente, en la confianza.
Un día, del que hacían cinco años, Ekaterina se despidió de Chrystian. Hasta la fecha no la había vuelto a ver.

* * * * *
Al cabo de varias horas, un Helmayr en chaleco y con la camisa remangada apenas había avanzado nada. No había encontrado ninguna posible motivación para el monstruo, ni había llegado a ninguna conclusión definitiva acerca de la naturaleza del mismo. Trabajó con la hipótesis de una secta o logia mágica que buscaba víctimas para un ritual, o un espíritu abisal que necesitaba alimentarse de seres humanos, pero no había ningún patrón claro. Después probó a escudriñar las energías místicas de la ciudad mediante un simple hechizo, pero tampoco dio resultado. No encontró ninguna alteración extraña en el tejido mágico. Estudió sus libros buscando alguna pista, sin éxito.
La única información interesante la obtuvo de los periódicos: muchas víctimas habían señalado el aliento etílico que exhalaba su agresor, fuese cual fuese la descripción física de este. Helmayr decidió que lo mejor era ceñirse a los datos que tenía claros. Quizá el monstruo no tuviese ninguna motivación especial. Quizá el alcohol servido en las tabernas del barrio de los pescaderos estuviese adulterado. “Sea lo que sea, no voy a avanzar mucho más aquí.” pensó Helmayr, “Lo mejor es que vaya al Club para consultar la biblioteca. Además, me vendrá bien el paseo para despejar la mente”. Así que el buen doctor-hechicero recogió su estudio, se puso su abrigo, guantes y chistera y se dirigió al Club Faeriesworth. Con su bastón como fiel acompañante.
La noche era fresca, lo normal en un otoño de Praha. Al llegar al Club Chrystian se encontró con un coche de caballos que esperaba frente al edificio. En aquel instante salia el señor Oehler del Club.
-Vaya, Chrystian, justamente le acabo de dejar una nota a Franz para ti. No contaba con verte hoy. ¿Cómo tan tarde? Es casi la hora de cenar.
-Querido Edward, me temo que un pequeño enigma se ha colado en mi mente, y no podré dormir hasta que lo resuelva. Necesito consultar la biblioteca.
-¿A estas horas tan intempestivas? ¿No te habrás tomado en serio nuestra conversación de ayer, no?
Helmayr rió. -Más o menos, amigo. Aunque no es nada de lo que te tengas que preocupar, al menos por ahora. Mi pequeño desorden obsesivo se contenta con un par de acertijos en cada estación del año.
-Bueno, entonces no me preocuparé. Cuento con que hayas resuelto a tu particular esfinge para el sábado. Marie se ha alegrado mucho cuando le conté de ti ayer, y me ha pedido que vengas el sábado a comer a casa. Aunque en realidad creo que quiere pavonearse del fonolector que ha comprado.
-¿Por fin has accedido, eh? Bien, cuenta conmigo para el sábado. Estoy seguro de que encontraré un hueco para ver a tu encantadora esposa y a tus adorables diablillos.
-Hasta el sábado pues, si no nos vemos antes. Ahora si me disculpas tengo el coche esperando fuera, y hace un frío de mil demonios. Adiós.
-Adiós Edward. -Tras despedirse de su amigo el doctor Helmayr entró en el Club Faeriesworth.
Una chirriante voz le saludó cuando puso los pies en el salón principal.
-Buenas noches, Chrystian.
El doctor Harsby. El doctor Stephan Harsby, químico, profesor de la Universidad de Ciencias de Praha. Un hombrecillo encorvado, correoso, con el rostro comenzando a mostrar manchas de la edad y mirada sesgadadamente escrutinadora. Tenía el pelo lacio y algo canoso. Aquel día había algo raro en su rostro: una sonrisa.
Helmayr se quedó momentáneamente fuera de juego, aunque se recompuso los suficientemente rápido como para que nadie se diese cuenta. A la última persona que esperaba encontrarse en el Club era al doctor Harsby. Y le extrañaba aún más el aparente buen humor de este, y su (demasiado) familiar saludo.
-Buenas noches Stephan. Casi siento que debería darte la bienvenida por el regreso al Club. Lleva desde el verano sin honrarnos con una visita.
-Oh, no se me enfade, amigo, la ciencia me ha mantenido muy ocupado. Es una esposa exigente. Qué le voy a contar que no sepa usted, doctor. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que he vuelto, jeje.
-Se le ve exultante, doctor Harsby. Me alegro. ¿Hay alguna razón particular para su regocijo? -El tono de Helmayr era perfectamente correcto y amable. No le caía especialmente bien el doctor Harsby, pero tampoco le importaba charlar un rato con él. Curiosamente eso era algo que le pasaba mucho a los miembros del Club Faeriesworth. Harsby no tenía ningún amigo en el Club, aunque nadie le rehuía abiertamente y preferían su conversación al silencio. Por poco, todo sea dicho. El doctor Harsby solía adoptar muchas veces un tono de voz demasiado aseverativo, que a Helmayr le recordaba vívidamente al tono que usaban los profesores más pagados de sí mismos cuando corregían a algún alumno especialmente torpe. Harsby pertenecía a esa raza de profesores que se trasmutan en dioses de un particular infierno educativo cuando pisan el estrado. En los últimos tiempos adoptaba esa pose muy a menudo, por lo que los socios del Club se alegraron secretamente cuando dejó de aparecer.
-Ninguna en concreto. La vida me sonríe. Es algo bello. Si a eso le unimos que mis investigaciones químicas han dado abundantes y sabrosos frutos, puede comprender mi alegría. Pero estoy divagando, perdóneme. Sospecho que el jerez puede estar dándome demasiado “empuje”, jeje.
Chrystian estaba realmente anonadado. Jamás en su vida había visto así al doctor Harsby, no sólo sonriendo, sino encima hablando de forma desenfadada... y ligeramente achispado! “Esto es del todo inaudito”, pensó Helmayr.
Alguna vez, en confidencias entre amigos, los miembros del Club Faeriesworth bromeaban con que el día que Harsby sonriera, el mundo se acabaría.
“Pero no. Nos equivocamos. La sonrisa de Harsby es mucho peor que el fin del mundo”.
-¿No se nos une a Muller y a mi? -El doctor Harsby señaló a uno de los sillones libres que estaban alrededor de la chimenea.
Helmayr reparó entonces en el señor Muller. Embutido en el sillón, casi fagocitado entre dos almohadones, el señor Muller miraba suplicante al doctor Helmayr. “No me abandones otra vez”, parecían decir sus ojos. Helmayr se sintió ligeramente canalla por lo que iba a decir, pero al menos le reconfortó saber que no mentiría. Se prometió salvar al señor Muller de una conversación aburrida la próxima vez.
-Ojalá pudiese, pero tengo que consultar unos libros de la biblioteca. Como usted ha dicho la ciencia es una esposa exigente.
-Bien, bien, como quiera. Usted se lo pierde, amigo, jeje.
Helmayr se giró hacia la puerta mientras un escalofrío le subía por la espina dorsal, provocado por la risita de Harsby. Sin embargo no pudo avanzar.
-Ehh, disculpe que le moleste, doctor. ¿Le importaría mucho si le robo durante unos minutos al señor Muller? - Helmayr enfatizó el “le robo”, para dar a entender a Harsby que no “necesitaba” que le acompañase él también a la biblioteca.- Necesito que me oriente sobre, eh... los gnomos domésticos, especialmente los de jardín. Usted ha estudiado mucho sobre gnomos domésticos, ¿no, señor Muller?
El señor Muller asintió como un niño al que preguntan si quiere recibir sus regalos de Navidad. Al ver la presteza con la que se levantaba Muller, la alegría de Harsby desapareció durante un instante, bajo su habitual mueca de soberbia.
-No, no, claro, puede llevárselo.- La sonrisa había vuelto al rostro del doctor, pero ya no era tan grande como antes.
La expresión de alegría de Muller compensaba a Helmayr con creces. La recién liberada víctima aprovechó para ir a las cocinas, a ver si podía conseguir unas pastitas de té.
Por su parte Helmayr subió al segundo piso, donde se encontraba la biblioteca principal del Club Faeriesworth. La biblioteca del salón contenía los volúmenes más vistosos, aquellos destinados a quedar bien con las visitas, amen de alguna que otra novela ligera. Pero los libros útiles estaban en la biblioteca principal, que ocupaba varias salas conectadas, sin puertas, en el segundo piso. La biblioteca era un lugar que invitaba al recogimiento y al estudio, de techo bajo, enmoquetada, con mucha madera noble y cálidas lámparas de helio de luz verdosa. Y un gigantesco volumen de libros perfectamente ordenados gracias a la diligencia de Franz.
La enorme biblioteca era objeto de reverencia entre los socios. Todos adoraban aquella estancia, aquel paraíso de leyendas y tratados. Uno podía encontrar los volúmenes más peregrinos en las estanterías; podría leer, por ejemplo, 237 recetas populares de cocina para combatir demonios; las especias, el ajo y otras hierbas, que tuvo una breve época de fama como manual para amas de casa en la Transilvania del siglo pasado, o Las violentas, verídicas y vindicantes profecías de Muyriki Dos Focas, que reunía en unas pocas hojas las visiones de cierto adivinador de la Helada Tierra más allá de Laponia, cuyo único interés era que el profeta -que nunca acertó a adivinar nada- vivía muy lejos. Incluso contenía una copia del famoso grimorio El libro de Abra Nelim del siglo XV. El único género con el que no contaba la biblioteca era con novelas. A los socios les parecía demasiado prosaico e irreverente introducir este tipo de obras en tan querido refugio. Por la misma razón no pasaban mucho tiempo en la biblioteca, aunque lo deseasen. “Estar en la biblioteca” tenía un carácter casi sagrado para los miembros del Club Faeriesworth.
Helmayr cogió cuatro volúmenes de gran espesor y los colocó en una mesa. “Estos bastarán por unas horas”.
A la hora y media apenas se vislumbraba a Helmayr, oculto en la mesa tras un castillo de libros y legajos apilados en precario equilibrio.


Capítulo 4º; en el que el Club Faeriesworth recibe a unos indeseables visitantes, apareciendo un defensor inesperado, y conocemos la dignidad de un barrio obrero


Una fuerte discusión despertó a Helmayr. Sobresaltado, miró a su alrededor sin saber dónde estaba. Entonces vio la mesa repleta de libros y se ubicó; estaba en la biblioteca del Club Faeriesworth. Por la luz que entraba por las ventanas cubiertas supuso que ya era por la mañana. La mañana del viernes, para ser más exactos: Helmayr apenas había salido de la biblioteca del segundo piso en dos días, enfrascado como estaba intentando desentrañar el misterio.
La discusión continuaba en el piso de abajo. Helmayr se colocó las ropas y se atusó el pelo, en un intento fútil de aparentar digno. Cuando bajó al piso inferior se encontró a Franz, el mayordomo, paraguas en mano, atravesado en el vano de la puerta principal, y junto a él estaba el señor Norton y otro socio del que Chrystian no recordaba el nombre. El mayordomo le negaba el paso acaloradamente a varias personas. Helmayr no pudo discernir quienes eran los visitantes tan poco deseados, aunque alcanzó a ver un par de destellos metálicos. Temiéndose lo peor se acercó a la entrada.
Y su miedo se hizo realidad. En la entrada del Club Faeriesworth se alzaban cinco hombres, acorazados con abultadas armaduras metálicas, más propias de la edad media que del siglo del vapor. Llevaban al cinto enormes espadas bastardas; un par de los soldados ya las habían desenvainado, y el resto acariciaba nerviosamente la empuñadura. El jefe del destacamento, que miraba con desprecio a Franz y al resto de los socios, llevaba un bajorrelieve dorado en el pecho de su coraza y en los antebrazos, para diferenciarse de sus soldados. Estaba claro: eran una patrulla del Magistratum.
Explicar qué era el Magistratum es complicado. Era una especie de secta-religión-orden militar, independiente de cualquier otra religión organizada. Se decía que en los tiempos de su nacimiento en tierras germanas, hace más de quinientos años, eran una orden de caballería destinada a proteger a la humanidad de los demonios y los monstruos. Algo así como una mezcla entre los Caballeros de la Tabla Redonda y los malogrados Templarios. Con el paso del tiempo fueron obteniendo poder, a la vez que desarrollaban sus extrañas creencias y sus exóticos ritos. Sus formas se tornaron inquisitivas y dictatoriales; en muchas regiones se alzaron sin disputa como jueces todopoderosos, quemando y ajusticiando con casi total impunidad. Por otro lado, sus éxitos contra brujas, vampiros y demonios fueron sonados. Nadie sabía qué hacía el Magistratum en el interior de sus fortalezas ni que medios utilizaba para encontrar a sus enemigos. Pero eran efectivos, y esa habilidad para combatir el mal fue la principal causa de su rápida expansión; a los supersticiosos mandatarios de la época no les importaba que se maltratase un poco a sus súbditos si se impedía una plaga de licántropos, por ejemplo.
A día de hoy, en el que se sabía que los licántropos no existían, el Magistratum había perdido algo de visibilidad en la sociedad, pero seguía siendo poderoso. Sobre todo en la Alta Germania, donde mantenía su fuerza primigenia.
En el resto de naciones el Magistratum logró sobrevivir gracias a su otra habilidad, mucho más apreciada por los gobiernos actuales que la capacidad de exorcisar fantasmas: la ciencia del éter. Los magistrati eran capaces de construir complicados artilugios tales como pequeños destructores navales o cañones automáticos, que se alimentaban con éter, una extraña fuente de energía que sólo el Magistratum sabía obtener. Todos las invenciones del Magistratum llevaban inscritos extraños glifos, que según se decía, servían para canalizar las fuerzas del éter. Los magistrati decían que su manejo del éter era “científico”, con un poco de ayuda de las Fuerzas Herméticas a las que parecían adorar. Por supuesto el pueblo llano, que solía sufrir las purgas y tropelías de estos discutibles defensores, veía tal ciencia como poco menos que brujería de la mala. Alquimia y cábala se solían nombrar cuando uno se refería a la ciencia del éter.
Los científicos tampoco veían con buenos ojos el secretismo de esta orden, que se negaban a compartir sus conocimientos. Algunos sabios de la época intentaron replicar la ciencia del éter por su cuenta, con desiguales resultados.
Aquel día los Guardianes del Magistratum, los tipos armados que se afanaban en entrar en el Club Faeriesworth, se encontraban en misión contra las fuerzas del mal.
-Se lo he dicho mil veces, no les voy a permitir el paso, caballeros. El Club Faeriesworth no desea su presencia -decía Franz en el momento en el que Helmayr llegaba.
-Mi rango es sargento, y estoy aquí en misión oficial del Magistratum -contestó fríamente el jefe de la patrulla-. Voy a pasar, me lo permita o no un vejete.
-Señor -intervino Chrystian, evitando deliberadamente el título de sargento-, esa no es forma de hablarle a un caballero.
El sargento echó un vistazo de pies a cabeza a nuestro doctor y resopló con desprecio:
-¿Otro más? -El sargento apoyó su mano en el pomo de su espada, y lanzó una mirada terrible a los socios del Club -Les aseguro que no tendré el más mínimo inconveniente en ordenar a mis hombres que les obliguen a apartarse por la fuerza.
Helmayr miró al sargento durante un segundo, e ignorándole ostensiblemente se volvió hacia el mayordomo.
-¿Por qué nos molesta el Magistratum a estas horas, Franz?
-Dicen que los señores miembros tienen algo que ver con los crímenes del barrio de los pescaderos. Es una ofensa intolerable.
“Los crímenes... ¿Acaso el Magistratum también está interesado en el monstruo? ¿Y por qué ahora, que parece que todo ha acabado? Quizá mi intuición no esté tan desencaminada, después de todo”. El sargento bufó molesto por el desprecio que le hacía Helmayr.
-¡Mi paciencia no aguantará mucho más, se lo advierto!
-Disculpe, señor, pero es de buena educación mantenerse en silencio cuando dos personas hablan -Chrystian le habló al peligroso sargento como quien enseña modales a un niño, con un leve deje irónico-. En cualquier caso, ¿no se suicidó el martes de madrugada el autor de los crímenes?
El sargento sonrió con desprecio. -No finja. Me molesta que me tomen por estúpido.
-Entonces debe haberse pasado molesto la mayor parte de su vida -contestó Helmayr.
El sargento, rojo de ira, desenvainó su espadón. Y sus soldados se prepararon para la refriega. Franz alzó el paraguas.
Y entonces, con precisión milimétrica, como si estuviese preparado, el secretario Von Hochsteler hizo su aparición de la nada. Iba perfectamente arreglado y orondo, como siempre. Helmayr se preguntó si dormía en el Club.
-Disculpen caballeros. ¿Puedo saber qué pasa aquí? Soy el secretario Von Hochsteler. ¿Puedo ayudarles en algo?
El sargento estudió al secretario. Viendo su aspecto de banquero el sargento estaba seguro de que podría asustarle un poco para que le permitiese pasar. Incluso puede que lo convenciese de forma civilizada y todo.
-Vengo en misión oficial del Magistratum. Se me ha ordenado inspeccionar la sede del Club Faeriesworth, todas sus dependencias, y entrevistarme con el presidente, Joseph Straci.
-Me temo que el segundo punto es del todo imposible. Nuestro señor presidente, el señor Straci, se halla de viaje por Suiza junto con el señor tesorero, el señor Semyonof. Respecto al primer punto -Helmayr contuvo la respiración; estaba seguro de que el secretario permitiría el paso a los guardianes. Sabiendo el poco aprecio que tenían estos por los hechiceros, prefería tenerlos lo más lejos posible -, tampoco va a ser posible. Las puertas de la Sociedad Paennsworth de Caballeros Amigos de lo Arcano -Von Hochsteler recalcó el nombre- solamente están abiertas para sus socios e invitados, y ustedes, caballeros, no son ni socios ni invitados. Los estatutos de nuestra sociedad son muy rígidos al respecto.
-Entonces será mejor que nos invites, pequeño burgués -siseó el sargento.
-Me temo que no. Esta no es la primera vez que el Magistratum nos ofende con sus acusaciones de brujería. Nosotros nunca nos hemos metido con sus creencias y como pago no dejan de intentar que se nos clausure la Sociedad Paennsworth de Caballeros Amigos de lo Arcano. Que ese es su nombre, por cierto, y no Club Faeriesworth.
Helmayr estaba impresionado por la digna y férrea actitud del secretario. Era bueno tener a un hombre tan obsesionado por los estatutos de su lado. Por su parte el sargento estaba a punto de ebullición.
-El pueblo de Praha, y aun el mismo Emperador, ha dado autoridad al Magistratum para obrar contra las fuerzas del mal.
-El pueblo de Praha y el mismo Emperador os han entregado esas atribuciones, que vos impusisteis, como parte del pago por vuestros servicios industriales. Desde luego no esperan que hagáis esas atribuciones efectivas. Estoy seguro de que si presento una queja ante el tribunal superior no sólo me darán la razón sino que por fin obtendremos una ley para que nos dejen en paz.
-Presenta tu queja entonces, pero hoy pasaremos.
-No le quepa duda de que la presentaré. Y la encabezaré aludiendo a la violación del permiso que nos dio el propio alcalde hace dos años, publicada en el anexo de la ley de sociedades civiles de Praha, que expresa claramente la posibilidad de negar el paso a la sede de cualquier sociedad civil lúdica, como es el caso de la Sociedad Paennsworth de Caballeros Amigos de lo Arcano, a cualquier persona no perteneciente a las fuerzas vivas del orden, o que en su defecto no posean un permiso especial de la adjudicatura civil. Por supuesto, sino están conformes, pueden esperar un par de minutos, que calculo es lo que tardarán los agentes de la prefectura de policía que he mandado llamar. Me gustará ver cómo les explican que están buscando en este respetable club a un criminal que ya está muerto y enterrado.
El sargento taladró los ojos del secretario. Éste logró mantener el duelo de miradas durante unos buenos segundos, aunque al final desvió la mirada, incómodo, fingiendo limpiar su monóculo. El sargento envainó su espada, se giró y se marchó por la avenida, seguido de sus soldados. No dijo nada, y esa quizá fue la peor amenaza que podía hacer.
-Bien señores, no hay nada más que hacer aquí. Vuelvan al interior del Club, por favor, no queremos dar un espectáculo. Franz, limpie esto un poco. Señor Helmayr, la próxima vez intente ser más amable, eso no mata a nadie. Su falta de tacto podría haber provocado un molesto incidente.
El señor Von Hochsteler movió su esférico cuerpo de vuelta al despacho. Helmayr lo miró irse con algo parecido al respeto, y regresó a sus estudios en la biblioteca.

* * * * *

La tarde de ese mismo viernes, tras agotar infructuosamente la enésima pista, Helmayr llegó a la conclusión de que estaba enfocando mal el asunto. Decidió que lo mejor era ir directamente a investigar a la zona donde se habían cometido los crímenes. Sabía, por las declaraciones de las víctimas, que el atacante había bebido antes de cometer sus crímenes, así que supuso que un buen lugar para comenzar sus investigaciones serían las tabernas del barrio de los pescaderos. Como el robo estaba entre los delitos del misterioso monstruo, se vistió con sus ropas más caras y elegantes, ya que podía tener la suerte (?) de que éste se decidiese a atacarle. También cogió un abrigo de cuello alto que le permitiese embozar el rostro, por si acaso, para poder pasar sin ser reconocido. Cogió su bastón, salió a la calle y paró el primer carruaje que apareció.
El barrio de los pescaderos se situaba al sur de Praha. La proximidad al río creaba una niebla baja, muy húmeda, que apenas levantaba un palmo del suelo. El ladrillo rojo con que se habían construido los pétreos edificios del barrio presentaba un color sucio y opaco. Eran edificios compactos, de no más de cuatro plantas, repletos de aristas. El barrio de los pescaderos había sido un importante barrio industrial hace algunas décadas, pero actualmente casi todas sus fábricas estaban abandonadas. Era un barrio humilde y digno, asolado por la pobreza y por los problemas que esta conlleva.
Cuando Helmayr puso el pie en la primera taberna que encontró, La Perla del Rey Alphonse, notó perfectamente cómo las miradas de todos los parroquianos convergían a él. “Bueno, al menos sé que llamo la atención”. Se dirigió a la barra y, tras pedir una cerveza, llevó la conversación con el camarero a los crímenes y al principal sospechoso. El camarero no se mostró muy hablador y Helmayr apenas sacó nada interesante de la conversación. Tampoco obtuvo ningún dato observando a la concurrencia de la taberna; obreros, pescadores y pescaderos, rufianes y parados, todos bajo el mismo techo y todos ocupándose de sus asuntos.
Helmayr visitó cinco tabernas más; en la tercera una jovencita le ofreció sus servicios, mientras que en la cuarta un viejecillo borracho le retó a una pelea. Pero en lo referente a sus investigaciones no obtuvo ningún resultado. La gente se mostraba esquiva y cauta; por un lado parecían aliviados de que hubiese regresado la calma, pero por otro no acababan de convencerse de que el monstruo realmente se hubiese suicidado.
El doctor empezaba a pensar que su imaginación le jugaba malas pasadas cuando de camino a su sexta taberna una voz le llamó desde su espalda.
La noche era oscura y fría y la humedad del río la empeoraba. Las farolas de gas oxhídrico, al menos las que funcionaban, creaban pequeñas islas etéreas de luz cansada en el río negro que era la calle. Los pasos de dos personas resonaban por los adoquines, aproximándose.
Helmayr se volvió. Dos figuras se le acercaban desde el fondo de un callejón, dos figuras esquivas que parecían tomar forma a partir de la bruma. Helmayr llevó su mano derecha a la empuñadura del bastón.
-Disculpe, señor, no hemos podido evitar oír que está usted interesado en el monstruo, verdad? -Las dos figuras se hicieron visibles; eran dos hombres, uno pequeño y el otro alto, y ambos nervudos. Su aspecto rufianesco y sus expresiones burlonas y peligrosas pusieron a la defensiva a Helmayr. El que hablaba era el pequeño.- Nosotros podríamos decirle dónde encontrarlo, si nos acompaña.
-¿Y por qué razón no me lo pueden decir aquí mismo, caballeros? -El tono de Helmayr era serio y seguro.
-Por aquí hay muchos oídos, señor, y algunos de ellos informan directamente al monstruo, señor. No querrá que el monstruo sepa que le persigue, verdad?
-Me da exactamente igual si se entera, caballero. En cualquier caso, si algún informador del monstruo estuviese escuchando esta conversación ya se habría dado cuenta de que yo tengo interés en él, y de que ustedes cuentan con información que podría comprometer su seguridad, por lo que parece. Por tanto no veo el motivo de escondernos, si ya podemos haber sido descubiertos.
-Ehhh... -El bajito intentó seguir el razonamiento de Chrystian. El alto, viendo a su compañero dudar, decidió romper la conversación.
-El señor es muy listo. Veremos si es tan listo con la garganta abierta -el maleante sacó una navaja de resorte. Muy grande-. Acompáñanos al fondo del callejón, coopera, y te dejaremos salir vivo. Ponlo difícil y te abro una sonrisa nueva bajo la antigua.
El bajito, viendo que se había acabado la hora de la sutileza, sacó un cuchillo trinchador. Los dos se acercaron lentamente, con las armas dispuestas, vigilando los movimientos de Helmayr. Las ropas del doctor Helmayr atraían a los ladrones, pero no a los que él necesitaba atraer, al parecer.
-¿Y bien, señor? -El alto soltó toda su carga de veneno y desprecio en la última palabra, como si fuese un insulto.
-No hay razón para ponerse así de violentos, caballeros. Permítanme sacar mi cartera.
Helmayr introdujo su mano derecha bajo la pechera de su chaqueta y sacó un papel con un extraño signo inscrito en él. Extendiendo la palma con el papel hacia sus atacantes pronunció enérgicamente una corta y extraña frase. Una fórmula mágica. Un brevísimo y fuerte destello surgió del papel mientras éste se consumía en un haz de luz. Los rufianes quedaron instantáneamente confundidos, atónitos, sin saber qué hacer. Helmayr aprovechó la ventaja y se lanzó contra el atacante alto, propinándole un fuerte bastonazo de revés con la izquierda. Cuando el pomo del bastón impactó contra la mandíbula sonó un feo crujido. Aprovechando la inercia del movimiento llevo su mano derecha al pomo del bastón y, accionando el cierre de seguridad, liberó la hoja escondida de un estoque. Helmayr apoyó la punta del arma en la garganta del asaltante bajito.
“Espero que nadie más intente robarme esta noche. Debería haber cogido más de una runa de confusión.” A Helmayr no se le daban mal los hechizos que afectaban la mente, pero todavía necesitaba usar runas. Se tranquilizó un poco recordando que tenía otros glifos de reserva.
-Y bien, querido amigo, ¿hay algo que quieras contarme?
Poco a poco el ladrón volvió en sí. El ver a su compinche inconsciente en el suelo y tener una hoja presionándole la nuez ayudó bastante.
-Eh... ¿sobre qué?
-Sobre el monstruo -Helmayr esbozó una sonrisa lobuna.
El ladrón tenía mucha experiencia en atracos, tanto delante como detrás de la navaja. Sabía que hacerse el héroe no funcionaba nunca; todo lo contrario, era la peor opción con diferencia. Así que ni por un instante se le pasó por la cabeza mentir.
-No sé nada, señor. Sólo queríamos atraerle para robarle, pero no era nuestra intención hacerle daño -bueno, aquello sí era mentira.
-Venga, seguro que sabes algo. Vives por aquí, ¿no? ¿Qué se cuenta acerca del monstruo por las tabernas?
-Pero señor, realmente nadie sabe nada. Nosotros mismos hemos intentado detenerle, la gente del barrio ha hecho sus averiguaciones, y nos hemos descubierto nada. El monstruo esquivaba nuestras patrullas con tanta facilidad como las de la policía.
-¿Habéis intentando encontrar al monstruo?
-¡Pues claro, qué se cree! ¿Que vamos a permitir que un loco viole a nuestras mujeres, dé palizas de muerte a nuestros amigos, asesine a nuestros padres y robe a nuestras víctimas? ¡Este es un barrio con orgullo, señor!
Chrystian quedó impresionado por la vehemencia del rufián.
-¿Qué creéis que ha pasado?
-Me encantaría pensar que todo ha terminado, pero no me lo creo. Un amigo de mi hermano conocía a Jonas, el alemán al que querían cargar el muerto. El amigo de mi hermano decía que Jonas era un bruto y un borracho, pero que jamás haría tal sarta de locuras. La gente no se pone de acuerdo en cómo es el monstruo. Algo huele muy mal. -Y el hombre bajito escupió al suelo con desprecio.- Ni los curas ni la policía pueden ayudarnos.
“Los curas. Ahí está”. Helmayr bajó su estoque.
-¿Porqué mencionas a los curas?
El ladrón se tomó su tiempo para responder. Cuando lo hizo parecía embarazado. -Señor, esto que ha pasado no es natural. No lo es. Ustedes, los señores de la alta sociedad, con sus abrigos calientes y sus automotores y toda su sapiencia no se dan cuenta de que hay cosas raras. Se meten con las creen

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