Pasaban pocas horas desde el alba. El día estaba claro y despejado, ninguna nube cubría el cielo. En una colina, montado sobre un majestuoso caballo y rodeado de sus soldados, se encontraba Arget, un paladín del imperio Galdtiano. Su mirada, se encontraba fija sobre los muros del castillo de Delus, la capital del reino del mismo nombre, con la cual, el imperio se encontraba en guerra. Al pié de la colina, Arget vió llegar montados sobre caballos, cinco hombres vestidos con las armaduras del ejército Galdtiano. Su mirada seria, ocultaba la alegría que en realidad sentía al ver llegar a parte de sus tropas, ya que ello significaba que probablemente las cosas estaban yendo bien en el frente.
-¡Arget, señor, traemos noticias del frente!- Exclamaron los soldados al llegar donde se encontraba nuestro paladín. -¡El enemigo ha retrocedido, hemos tomado las murallas, los pocos hombres que quedan se han atrincherado dentro de los muros del castillo!-
-Perfecto soldados, ya solo tendremos que abrirnos paso hasta la sala del trono para reclamar nuestra victoria.- Dijo Arget. Tras ello, se giró y exclamó a los soldados que le acompañaban en la colina:
-¡Hermanos, preparad las armas, mañana, sobre ese castillo, hondeará la bandera del imperio, porque hoy, Delus, será nuestra!- Los soldados acompañaron el final del discurso del paladín con gritos de guerra, estaban preparados para todo. Arget y sus hombres empezaron a cabalgar hacia el castillo.
Esta misión se la había encomendado el Emperador Gardet en persona a nuestro heroe. Le había confiado el destino de la batalla final, de una guerra, que había durado aproximadamente dos años. Arget sentía sobre sus hombros la respondabilidad del imperio, pero en su cabeza, solo rondaba un pensamiento: El hechicero Galdux. El Emperador en persona, le dijo que un poderoso hechicero era la mano derecha del Rey de Delus. Le dijo tambien, que era capaz de crear sombras de la nada, sombras que destruían todo a su paso, sombras de muerte.
Arget llegó con sus soldados a las puertas de las murallas del castillo, al pasar con su corcel, todos los soldados le abrian un hueco apartandose y se inclinaban mostrandole respeto. Con un gesto, hizo que se levantaran, y pronunció sus órdenes:
-¡Soldados! ¡Dividios en grupos! ¡Rodead el castillo, quiero todas las puertas flanqueadas, nada de ataques sorpresa! ¡El grupo mayor, venid conmigo, entraremos por la puerta principal y nos abriremos paso hasta el trono!- Los soldados se colocaron en formación y rodearon el castillo enseguida. Los soldados de Arget, abrieron finálmente las puertas del castillo y se introdujeron en él, repartiendo cortes de acero a todo enemigo que se interponía en su camino.
Los Galdtianos se abrieron paso por el castillo como un cuchillo que corta la mantequilla. Pronto, consiguieron llegar a la antesala del trono. Los soldados avanzaban confiados: Si no habían matado a todos los enemigos ahí atras, los que intentaran huir, caerían bajo el acero de los compañeros que esperaban rodeando el castillo.
Pero de pronto, el interior del castillo se oscureció, cubriendolo todo en penumbras. Unas sombras, que avanzaban por el suelo y las paredes, iban cubriendo los cuerpos de los soldados, que poco a poco, iban cayendo fulminados al suelo. Enseguida, el sorprendido Arget, se vio rodeado de estas malignas sombras; pero cubrió con su mano izquierda un amuleto que llevaba colgando del cuello. El amuleto era un sol, simbolo de Sonne, el dios sol, el cual protegía el bien, la justicia, y el honor, con el cálido abrazo de su luz. Tras esto, del amuleto de Arget surgió un resplandor de luz blanca, que disipó las sombras y la penumbra.
Al frente, tras los cuerpos de sus hombres caidos, vio una figura erguida, cubierta por unas túnicas negras. El hombre, tenía la cara cubierta por un largo pelo blanco y una barba de las mismas características.
-¡Tu luz me da risa muchacho!- Pronunció el anciano tras una pequeña carcajada. Tenía una voz de hombre mayor, que sonaba ronca y profunda.
Este gesto no hizo más que provocar a Arget, el cual dijo:
-Tu debes ser ese hechicero del que hablan, Galdux.-
-Así es, veo que eres más listo de lo que pareces, jajaja.- Bromeó el anciano. Su tono de voz denotaba la ironía de sus palabras.
-Pues entonces rendios, no tenéis nada que hacer contra la luz de Sonne. Su luz busca nuestra victoria en el día de hoy, y así será como ocurra. El mal nunca prevalece, tenedlo en cuenta, y rendios antes de que os atraviese con mi acero, anciano.- El hechicero volvió a reir.
-¿Ahora me vienes con tus cuentos acerca del bien y del mal? ¿No te das cuenta de que no es más que una patraña?-
-No me dejáis otra opción.- Dijo entonces Arget, colocando sus dos manos en el mango de su espada, y preparandose para acometer contra el hechicero.
-Vamos, adelante, ataca si crees que eso es lo correcto, pero antes, dime: ¿Cual crees que será el bien para los soldados de Delus? ¿De verdad crees que ver su reino sometido será su bien? Y sobre lo que pensaréis hacer después con los hombres del reino que queden en pie ¿Creeis que eso es el bien?-
-No conseguiras embaucarme con tus viles mentiras, sucia y vieja sanguijuela, preparaos para la muerte, pues es vuestro próximo destino.- El hechicero volvió a reir.
-¿Acaso no ves que el bien es relativo? Es decir, cada persona tendrá su propio bien, y buscará cumplirlo. Eso quiere decir que si para una persona algo esta bien, y para otra, su bien es contrario a ese, la primera estará haciendo el mal para la segunda. Es por ello, que el bien, como concepto general, no existe. Es decir, estás luchando por el capricho de tu querido Gardet, no por ninguna causa mayor.-
-No oses hablar del Emperador en ese tono, sucia vivora. Ya estoy harto de tus artimañas, preparaos, porque os mandaré al infierno con cartas, sucio rastrero.- Arget alzó su arma y se preparó para finalmente cargar contra el hechicero, pero antes de eso, el hechicero pronunció unas palabras:
-Adelante pues, pero decidme...- De pronto, Arget noto un frio atravesandole el estómago -El mal nunca prevalece ¿Verdad?- Concluyó el anciano.
Cuando Arget bajó la vista a su torso, pudo ver la punta de una espada envuelta en sombras, saliéndole del estómago, junto con sangre, mucha sangre. Poco a poco notaba como le fallaban las fuerzas y sus piernas caian por su propio peso. Con una torpe caida, el cuerpo de Arget chocó con el suelo de la antesala. El paladín, notaba como poco a poco el frío lo iba envolviendo. Todas sus extremidades le pesaban, sus músculos no le respondían, pero, consiguió reunir la fuerza suficiente para alzar la cabeza, y ver la cara del hechicero. Cuando lo miró a la cara, Arget notó en el una sonrisa, una sonrisa de satisfacción. Entonces, lo comprendió todo, pero ya fué demasiado tarde... |