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Lluvia
Jorge Holgado Torres - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 17 puntos (VOTAR)
Los ojos se me llenan de lagrimas, de rabia , de frustración, de alegría.
Lluvia.

La lluvia cae gota a gota, suavemente, cubriéndonos con su perenne silencio sepulcral. Hiriente intermedio entre el crujir y repicar de los cañones que nos hostigan sin piedad durante días, semanas, meses…
El tiempo pasa inimaginablemente lento cuando uno está atrapado en esta sucia y húmeda trinchera, intentando imaginar algo que no sean ni el hambre ni el frio, con metralla ardiente que vuela por encima de nuestros ya castigados hogares como único abrigo. Hogar, extraña palabra que suena a hueco en nuestras cabezas ¿Qué es el hogar? No creo recordarlo ya, demasiado sufrimiento, demasiadas heridas sin cicatrizar y demasiados amigos perdidos en una contienda fruto de las maquinaciones de gente mundialmente famosa, acomodada en su cálidos y confortables despachos, jugando con las almas de incontables seres “inferiores” de una manera terroríficamente anónima. Qué nos cabe esperar si a cada paso que intentamos dar por este reino del caos y la angustia corremos el riesgo de acabar en el dulce regazo de la muerte. Si, la muerte suena tentadora cuando la sientes acogerte en su cálido abrazo libre de dolor y de penurias pero entonces es cuando algo tira bruscamente de ti, el aire vuelve a entrar ardiente en los pulmones, quemándote como si de una brasa incandescente se tratara, te vuelves a despertar, un nuevo renacer para despertarte en el mismo mundo injusto y cruel al igual que al principio de los tiempos que según los representantes de un el que puede ser o no un falso dios, en el barro ¿Irónico no? Cuesta imaginar un dios tan cruel, que permite que su supuestos hijos vayan a acabar en esta orgía de miserias y podredumbre.
En ese momento de renacer lo único que se te ocurre es llevarte las manos a la cabeza para encontrarte lo que podría haber sido tu vía rápida de escape de este cenagal, ahí está, completamente destrozada y humeante contra un lateral de tu aboyado casco, el cual te ha separado de tu ya irreconocible hogar por quizá menos de 3 mm de hierro. Los ojos se me llenan de lagrimas, de rabia , de frustración, de alegría… Maldigo el día en que le prometí a mi sollozante madre – No llores, te prometo que volveré cuando todo esto acabe ¿Vale?-. Podre ser considerado mentiroso por algunos pero hombre de palabra soy y no pienso morir hasta volver a ver otra vez la sonrisa de mi madre, abrazar a mi padre, jugar con el pequeño Julian al balón…¿Por qué las lagrimas vuelven a acudir a mis ojos Padre? ¿Por qué no puedo recordar el sonido que hace un rio de agua cristalina al correr, Madre? Como en infinidad de otras ocasiones lo único que nos queda es volver a levantarnos. Al alzar la vista me encuentro una mano tendida hacia mí, seguidamente unos ojos marrones me sonríen desde una cara cubierta de barro y suciedad, recuerdo haber hablado con este chico en un par de ocasiones sobre nuestras vidas antes de que a un desquiciado individuo le viniera a la cabeza la idea de tener más de lo que podía abarcar. Solo me dio tiempo de esbozar levemente la que hubiera sido mi primera sonrisa en meses antes de ver ante mis ojos como una bala, probablemente de una Gewher alemana atravesar su cráneo de lado a lado. Mi mirada se perdía ahora en los últimos vestigios de vida que se escapaban de sus ya opacos ojos, mi cerebro no entendía lo que estaba sucediendo, su mano todavía me estaba estrechando la mía mientras el resto de su cuerpo se precipitaba a la que sería su fría y oscura sepultura. Hice bien en no haberle preguntado nunca su nombre…eso deja cierto margen al remordimiento.
La lluvia sigue cayendo, inmutable a la vida y la muerte de las personas, ha caído desde el principio de los tiempos y caerá hasta su final es algo inevitable, al igual que la muerte… He llegado tras mi estancia y experiencia en esta absurda guerra a la conclusión de que lo que en verdad nos atormenta es la manera de la cual moriremos y no la muerte en sí ya que oí en cierta ocasión de alguien sin identidad, un rostro sin facciones, una vida sin nombre que la muerte nos reta a través de la vida, nos reta a superarnos, a combatirla con todas nuestras fuerzas para prepararnos para la etapa posterior. No pienso que vencerla sea la inmortalidad ni mucho menos, simplemente pienso que es el modo de pasar a otro estado, solo una puerta que tenemos que aprender a abrir.
Entonces, una luz resplandeciente me cegó, era cálida como ninguna otra, pensé que mi momento había llegado pero la lluvia seguía cayendo sobre mi alzado rostro. El sol asomaba tímidamente entre las oscuras nubes las cuales parecían disolverse como si de ligero humo se trataran.
Empecé a escuchar gritos eufóricos en la lejanía y lentamente bajé la vista para llegar a enfocarla en soldados de identidad perdida al igual que la del compañero que yacía inerte a mis pies, igual que la mía. Corrían con sonrisas y un inmaculado comunicado oficial en las manos. El sonido llegaba amortiguado a mis oídos como si me encontrara en el interior de una cámara estanca, me costó concentrarme en lo que decían hasta que lo discerní.
Un peso se alivió en mi corazón pero eso no me hizo sentir más ligero sino que me obligó a postrarme de rodillas en el movedizo suelo de la trinchera. De la camisa de mi compañero caído asomaba un pequeño escrito, con mano temblorosa lo conseguí rescatar de entre sus sucias prendas, lo alisé un poco para encontrar un pequeño poema, si podía llamársele así a ese par de versos torcidos.


Cuando mi alma alcance el reposo deseado
me convertiré en un simple pensamiento.
Acabare por siempre en comendado
A madre Tierra, A padre Tiempo.


El cielo se había despejado dejando paso a un cielo de un azul tan puro que no es comparable ya que nunca había sido y nunca volverá a ser, cerré los ojos mientras las lagrimas corrían por mis mejillas para encontrase con una melancólica sonrisa.

-Madre, vuelvo a casa-

Entonces la lluvia cesó.

Le doy a este relato
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