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Ládir y el alquimista
Javier Serrano Manzanares - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 78 puntos (VOTAR)
Ahora el hombre disfrutaba del miedo del niño. Alimentaba su espíritu infernal con degeneradas risotadas, con el castigo físico y psíquico que estas infligían en la presa que se debatía entre sus manos.
El resplandor de un relámpago reveló por unos segundos un rostro sonriente oculto en la penumbra de una alcoba. A través de los sucios cristales de la ventana se podía discernir una cortina de agua que golpeaba contra el alféizar. El restallar del rayo y el rugir del trueno amortiguaban cualquier ruido que la sigilosa figura pudiera originar.
La alcoba emanaba una penetrante pestilencia etílica. Al fondo, contra la pared, un catre se vencía bajo el aplastante peso de un obeso personaje, que roncaba y se revolvía en deformes sueños de ebriedad. Aquel cuartucho, decorado por el moho que cubría las paredes de madera semi-podrida, se estremecía ante los temblores producidos por la tormenta.
Y en el lado opuesto a la puerta, entre la ventana y la cama, la figura desgarbada de un muchacho recién entrado en la pubertad, se desplazaba al ritmo inverso de los fulgores, siempre envuelto en las sombras, si bien alguna vez la luz desvelaba su posición. A pesar de los ronquidos del durmiente, el ladronzuelo se acercaba en silencio a la bolsa de dinero que colgaba del cabezal de la cama.
Ládir no confiaba en las tormentas, sabía cuan traicioneros eran los rayos. Además, todo aquel ruido le llenaba de extrañas sensaciones, que erizaban el vello de sus enjutos brazos. Era el estómago el que le obligaba una y otra vez a acometer estas empresas tan arriesgadas..
Pese a su corta edad, el ladronzuelo gozaba de buena fama entre el sector marginado, sus rápidos reflejos a la hora de robar le habían granjeado el apodo de Manos-ágiles. Muchas fueron las personas que le habían alquilado sus servicios como ratero en alguna ocasión, muchas intrigas pagadas con exiguas monedas o con extraños objetos, que caían descuidadamente en sus manos cuando ejecutaba sus encargos.
Sin embargo seguía temiendo supersticiosamente las tormentas.
El trabajo de aquella noche se presentaba tarea de novato. Desde un principio había visto cómo el gordo personaje bebía grandes jarras de aguamiel, cómo soltaba grotescas risotadas entre la algazara de la taberna y se embriagaba irremisiblemente. Se dijo que aquel constituía un blanco fácil para sus fechorías.
Se coló en la taberna apenas retirada su víctima. Luego siguió sus tambaleantes pasos hasta la habitación. Tan borracho se encontraba, que Ládir entró después de él sin que se apercibiera de su presencia.
Y ahora se hallaba a punto de perpetrar su robo.
-¡Oye, bribonzuelo, qué se supone que estás haciendo con mi dinero! –La zarpa aprendedora y la ronca voz del borracho lo capturaron en un espasmo de sorpresa.
Ládir gimió bajo la presión de su apresamiento. Si hubiera habido más luz, se habrían podido ver los rubores que pintaban su cara sucia, que mostraba los incipientes signos del acne. Se quedó mudo de espanto mientras contemplaba los ojos inyectados en sangre de su gordo opresor.
- ¡Contesta, qué hacías con mi dinero! – El tono inquisidor se tornó desvariado.
De pronto pareció como si el estado ebrio del hombre se hubiera extinguido, siendo remplazado por otro de agitación demencial. Las manos incrementaron su presa hasta que los huesos crujieran. Ládir prorrumpió en plañidos de dolor. El obeso capturador desorbitaba sus ojos de loco furor, articulaba ininteligibles palabras. Era cual si el demonio se hubiera metido en su cuerpo voluminoso.
-¡Mi dinero!- rugió una voz que en nada se asemejaba a la que oyera momentos antes.
Entonces agarró al pequeño Ládir y lo arrojó contra la ventana en un impulso de extrema locura.
El cristal y la madera crujieron y se disgregaron en una lluvia de astillas entre la cual Ládir balanceaba sus miembros y gritaba desaforadamente. Instantes después, ventana y persona se precipitaron contra la enfangada calle, con un sordo chapoteo. En el piso de arriba, enmarcado en la oscuridad de la noche, el contorno obeso del borracho profería hoscas advertencias:
-No vuelvas por aquí o la próxima vez romperé tu asqueroso pescuezo.
Ladir sintió un asfixiante estallido en los pulmones tras el impacto. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, inmovilizándolo por completo. La desagradable voz de su atacante llegaba a él confundida con los rumores de la tormenta. A poco remitió el dolor, entonces se percató de que en sus mejillas se habían formado dos torrentes, mezcla de sangre y agua. Los cristales al golpear contra la ventana le habían infligido cortes a lo largo de su cuerpo endeble.
Aunque no tuvo tiempo de reflexionar acerca de ello. El chirriar de una rueda de carro le hirió los oídos. Echado en el sitio donde había caído, el ladronzuelo vio la ancha rueda de un carro que se abatía sobre él. Sólo sus reflejos de comadreja le hicieron actuar con la rapidez necesaria para esquivarla; no obstante, sus cabellos fueron aplastados a su paso.
Al punto una bota de pieles interceptó su mirada despavorida. Dirigió la cabeza con gran dolor hacia arriba y sus ojos recorrieron la aguerrida persona de un soldado con tanta lentitud que parecía tratarse de un gigante de plata.
- Muchacho, apártate del camino.
Esto dijo, y le asestó una patada en el trasero. La fuerza del golpe empujó al pequeño ladrón contra una pared de piedra. Allí se quedó inmóvil, como un ornamento de la propia estructura del edificio. Todo el cuerpo le temblaba.
El soldado lo miró furibundo y siguió su camino.
Manos-ágiles tardó mucho tiempo en recobrar la calma y templar sus nervios. Esa noche los dioses no estaban de su parte. Estaba seguro de que nunca antes había tenido tanta mala suerte en su trabajo. Esto acabaría con su reputada fama.
Pronunció una interjección despectiva y se alzó; debía ganarse el pan de ese día.
Dejó atrás aquella calle de infortunio, andando bajo la lluvia sin la menor consideración hacia ella. Transitó por las principales vías de la ciudad, la vista atenta a cualquier persona distraída que mostrara su bolsa. Decenas de harapientos yacían resguardados en los portales. Sus ronquidos y sus voces cascadas resonaban en el aire. Muy poca era la gente que deambulaba por los contornos bajos de la ciudad; la que lo hacía, parecía susceptible a cualquier contingencia, aflorando su talante violento.
-Oye, tú, apártate- se espetaban los unos a los otros.
-¡cretino, rufián!- los insultos era el lenguaje más utilizado.
Ládir, avezado a la vida miserable, conocía las noches inacabables de su ciudad: los rateros comenzaban a realizar su trabajo; las prostitutas enseñaban sus rostros acicalados a los hombres; Los borrachos consumían cantidades de alcohol suficientes como para llenar una fuente; gente malquerente rondaba tabernas y lugares de corrupción. Eran las noches habituales de una ciudad decadente, viciada, dominada por la flaqueza del espíritu emponzoñado.
Pero esa noche era distinta. La gente era distinta. Ya no reconocía Ladír a todos esos seres que se empujaban como animales salvajes, cuyas miradas encendidas por el odio denotaban terribles pasiones que embargaban el alma, cuyas bocas se abrían como fauces babeantes. Era como si de pronto una nube cargada de maldad se hubiera establecido en la ciudad, contaminando a sus habitantes con sus infernales exhalaciones.
De todo esto estaba consciente el pequeño ladrón sin que le afectara en su comportamiento, si bien notaba toda esa multitud como perteneciente a otro mundo, a otro plano. El torturador miedo y la roja excitación suscitaban en él sensaciones capaces de enloquecer a la más cuerda persona. Veía a toda aquella gente como monstruos de la naturaleza, engendros de una ciudad envilecida. En los entresijos de su mente retumbaban las reprensiones con que se atacaban los unos a los otros. Su carácter infantil no podía asimilar aquella violencia de un modo racional.
El llanto anegó sus ojos.
-¿Estás idiota, niñito?- le zahería continuamente el pandemónium de voces atroces, surgidas de la más pura mordacidad-. Vuélvete a casa y tómate tu biberón.
No era el significado de las palabras lo que dañaba, era la forma de entonarlas, golpeando como una bofetada, la inquina con que se pronunciaban, la expresión del semblante, el crispar de las manos, el fruncir fiero del ceño, el rictus asesino de los labios. Era el conjunto de una vorágine colectiva lo que le conmocionaba, la maldad que anidaba dentro de ellos, cobrando vida poco a poco en sus cuerpos poseídos, contaminándolo todo a su alrededor.
Ládir se vio invadido por una imperiosa necesidad de huir de allí, de alejarse y dejar atrás la furiosa turba. Sus cortas piernas prorrumpieron en frenéticas zancadas. Los pies se hundían en el lodo de la calle a medida que se internaba más y más en los intrincados barrios, el salpicar de sus sandalias lo cubrían de manchas que la lluvia esparcía en su holgada vestimenta. El aguacero le azotaba en los ojos, dificultando la visión. Las callejas se sucedían sin orden ni concierto, sus hediondas basuras y excrementos se introducían por sus fosas nasales como agudo taladro. Ante sus ojos los edificios aparecían deformes, lúgubres, bamboleantes.
El ladronzuelo cayó al suelo en medio de exhaustos jadeos. Su cabeza era un torbellino de sombras, pesadillas mareantes y locura oscilante. La negrura lo engulló.


Sus párpados se entreabrieron, la luz rosada del alba inundó sus ojos. Manos-ágiles se halló tendido en el barro, casi enterrado en él. Se sentó efectuando movimientos muy lentos. La costra de barro que eran sus labios se desconchó al distendirse en una sonrisa.
-Ha sido demasiado real para ser un sueño- dijo su voz aguda.
Acto seguido miró al cielo tamizado de azul mientras sus manos frotaban inconscientemente su estómago hambriento.
-Dioses, Si no como algo moriré de hambre.
Lo que había acontecido en la víspera constituía para su mentalidad poco desarrollada, una serie de hechos misteriosos, producto de la tormenta más que de otra cosa. La inmadurez de la adolescencia o la superstición, o puede que las dos, no le permitían elucubrar cuestiones más profundas. Pronto eso quedó relegado a un segundo plano de importancia de su pensamiento candoroso, donde las tinieblas se tornaban luz y los problemas se evaporaban como la bruma al amanecer.
Luego que se hubo convencido a sí mismo de que sólo era mala suerte, el ladroncillo encaminó sus pasos hacia el mercado, donde de nuevo tendría oportunidad de poner a prueba sus habilidades y restaurar su honor. Emitió una risita pícara al imaginarse cómo los rostros de las personas se contraían al palpar su bolsa y encontrar vacío en su lugar. Para Ládir robar era un arriesgado juego a la vez que divertido. Sus ojos se avivaron de júbilo.
Sin embargo, en cuanto arribó al mercado su gozo se trocó pesar. La señal llegó en forma de guijarro, que rozó sus cabellos enmarañados. De nuevo la amenaza incierta, el peligro inminente, descendieron sobre su pequeña figura, sin darle tiempo a reflexionar sobre lo sucedido.
Lo siguiente, fueron dos impactos que le robaron un respingo. Los pétreos proyectiles llenaban los espacios con ominosos zumbidos; de sus lanzadores nada podía saberse. Hasta que aparecieron.
-¡Te vamos a matar!- vociferaba un grupo de muchachos famélicos, de ropas bailantes por la carencia de carnes. Sus semblantes se asemejaban a máscaras de furor, todas las facciones desencajadas.
Debía desaparecer de allí. Manos-ágiles, hostigado por el temor que le suscitaban las amenazas de aquel grupo de muchachos, imprimió en su carrera la fuerza de todo su cuerpo frágil. El tumulto que lo seguía arrojaba piedras con increíble impulso. A la distancia en que se encontraba Ládir, cuando el valor le permitía mirar hacia atrás, vislumbraba un amasijo de cuerpos que clamaban, sin forma; que parecía arrastrase en lugar de correr.
Un desconocido se cruzó en su carrera y él suspiró aliviado al chocar con su cuerpo.
-Noble señor, ayud...
El hombre lo cogió por la pechera y lo lanzó a un lado. Había en su faz aquella expresión violenta y enloquecida.
-Te voy a romper la crisma como no mires por donde vas- le amenazó con el puño alzado en su dirección.
La algarabía de voces tronantes se oía ya muy cerca de Ládir. Se zafó como pudo del hombre y emprendió la huida del todo desconcertado. Ahora no tenía tiempo para dudas. Los proyectiles pasaban zumbando a su lado.
Mientras corría su voz se alzaba en desesperadas súplicas de ayuda. Los habitantes de la ciudad, las caras transfiguradas de ese modo horrendo, alentaban a los perseguidores; otros le obstaculizaban el terreno. Prontamente la calle se convirtió en una enredada selva de brazos que se extendían hacia él y de salvajísimos alaridos, que retumbaban por toda la ciudad. Parecía que estuviera en un mundo extraño donde él era distinto, como un animal al que todos quieren capturar.
El ladronzuelo corrió y corrió hasta que los finos músculos de sus piernas se movieron de forma mecánica. Creía que el corazón le iba a estallar cual caldera al rojo vivo. Había perdido el sentido de la orientación, la voluntad de actos. El pavor desmesurado de su ser lo condujo por segunda vez a otra callejuela aislada y ahí se derrumbó. Quería alejarse de todo. El último pensamiento que tuvo antes de sucumbir a la extenuación fue que nunca robaría en noche tormenta.
Ahora que de alguna manera infantil había expiado su falta, los perseguidores podían atraparlo y hacer con su cuerpo lo que su mente perversa quisiese.

Ignorando el tiempo que se mantuvo en la placida inconsciencia, de repente notó que era alzado y zarandeado con saña. Al abrir los ojos discernió un bulto borroso que no le era desconocido. Una gran boca desdentada y negra se dilataba en medio de la borrosidad.
-¡Por fin te atrapo, granuja!- le chilló al oído.
Recobrando paulatinamente los sentidos, enfocaron sus pupilas al que de ese modo le maltrataba y reconocieron en él a un antiguo tendero al que nunca llegó a pagar. En el rostro del pequeño ladrón se grabó un signo de culpabilidad, que nada cambió en el comportamiento del agresor.
-Quiero mi dinero ¿me has oído, sabandija inmunda? Lo quiero ahora-. Las manazas del hombre se enroscaron en torno al débil cuello del muchacho, que pataleaba en el aire de dolor.
Frente a él sólo veía una figura gigantesca, sucia y aterradora, que parecía tener todos los demonios en los ojos y todas las podridas intenciones del infierno en la mente. Su inmensa boca cariada amenazaba con tragarle la cabeza de un bocado. Los dedos apretaban más y más. El cuello del pequeño empezaba a crujir, alarmante. No había salvación.
El semblante enajenado del captor miraba la faz lívida y aterrada del ladrón. De la bocaza babeante salían palabras inconexas que aludían a dinero, muerte, tortura y un sin fin de viles planes expuestos con lujuriosa satisfacción. Ládir hubiera llorado si el horror se lo hubiera permitido. Su voz estaba bloqueada, su respiración contenida, su mente paralizada.
Ahora el hombre disfrutaba del miedo del niño. Alimentaba su espíritu infernal con degeneradas risotadas, con el castigo físico y psíquico que estas infligían en la presa que se debatía entre sus manos. Los ojos reflejaban toda clase de exultación demoníaca.
Entonces la mente arredrada del ladrón se puso a funcionar. Las manos hurgaron los bolsillos secretos de sus ropajes y aferraron un alfiler. En aquella desesperación, exacerbada por la amenaza de muerte, Ládir logró encadenar sus funciones de manera instintiva e impulsiva. En un acopio de valor sacó el alfiler y lo clavó dos terceras partes en el ojo del captor, dejándolo allí sepultado.
Tan salvajes alaridos emitió el maligno agresor, tan denodadamente se retorcía en el suelo, que Ládir huyó atemorizado ante la perspectiva de haberlo matado. Cómo logró desembarazarse de la garra atenazante no supo aclararlo, solamente corría con la cabeza embotada por la resonancia de los gritos y dos voces en contienda:
-Lo has matado- atacaba la una.
-Yo no quería- se defendía la otra.
“Todo el mundo se ha vuelto loco en esta ciudad como por obra de un hechizo o quizás por algo peor, la cólera de algún dios agraviado” se decía, apesadumbrado.
El joven ladrón estaba soportando muchas cargas más de lo que una mente de su edad podía soportar. Aquella vertiginosa serie de sucesos inexplicables lo estaban zambullendo en un mar tormentoso de locura del que difícilmente podía salir a flote. ¿Por qué la gente se trataba así? ¿Por qué la gente ya no era la de antes? ¿Por qué la gente era malvada? ¿Qué innombrables demonios los habían poseído?
Esto y las imágenes de cientos de rostros turbados, deformes por la cólera, matándose como bestias irracionales, era lo que se cruzaba obcecadamente por su cabeza, como una sombra martilleante de terror e incertidumbre.
Ya le escaseaban las fuerzas mermadas en la brutal desbandada.
Ládir tenía miedo de parar y enfrentarse a una ciudad hostil. Desconocía el motivo del cambio, mas el profundo terror desvanecía cualquier reflexión. Le sobrevino un cruel mareo, seguido de náuseas. El descomunal esfuerzo le había robado las exiguas energías que almacenaba en su interior. Cada latido de su acelerado corazón significaba un tremendo golpeteo de dolor en sus sienes. Era más agradable –pensó- morir, que seguir viviendo.
Largo tiempo anduvo el ladronzuelo, semejante en todo a un conejillo asustadizo, escondiéndose en la oscuridad de los portales, ocultándose de los amenazadores viandantes y apartándose de la muchedumbre rencorosa. El espectáculo que se ofrecía delante de sus ojos hinchados del lloro y del sobresalto, lo sumió en una suerte de angustia vital. Demasiados hechos violentos para un joven que todavía no había conocido mayores horrores que los que te deparaba una vida marginal.
Sin duda algo malvado y funesto se hallaba envuelto en aquel extraño suceso, que tenia a toda la ciudad desquiciada, al borde de la enajenación total. Se percibía el tufillo acre de la brujería.
En las calles, atestadas de personas aullantes, se estaba penetrando en un estado inferior de barbarie. La noche anterior los insultos y amenazas flotaban en el ambiente; horas más tarde el puño golpeaba la piel y el acero brillaba a la luz del sol. Los hombres no parecían hombres sino bestias desalmadas que desgarraban, mordían, gruñían y morían entre espasmos delirantes. Toda la ciudad era un infierno caótico donde sus habitantes patéticamente se abandonaban al desenfreno y los más depravados instintos afloraban al exterior.
Algunos corrían con los brazos alargados en actitud de coger algo invisible, otros se arrancaban los cabellos hasta sangrar, pocos eran los que no proferían agonizantes alaridos. También las mujeres participaban en este enloquecedor desbarajuste, y los niños y los ancianos y las nobles personas y los sabios y los clérigos; todos ellos protagonistas de crímenes. La absoluta degeneración del alma.
-¡Quitádmelos, quitádmelos!- rogaba un soldado que se retorcía en el suelo, sacudiéndose intangibles espectros.
Muchos eran los seres que yacían como hipnotizados, con la mirada en el infinito y la sonrisa indeleble, ajenos al pánico general. La mayor parte de la gente sufría alucinaciones que transformaban a sus mejores amigos en enconadas criaturas o que se creían perseguidos por indecibles engendros. Las espadas entrechocaban con metálico fragor por rincones y plazas. La sangre lo mancillaba todo con su roja presencia.
-Arrepentíos, pecadores, el fin de los tiempos se abalanza sobre nosotros- exhortaba la voz delirante de un sacerdote encaramado a un tejado, alzados los brazos al cielo.
Una flecha silbó, se clavó en el pecho del religioso y acalló así sus arengas.
Ládir creía enloquecer de espanto ante la demencial visión de aquel satánico entorno. Andaba de un lugar a otro, mirando en todas direcciones muy nerviosamente. Sus pasos eran rápidos, furtivos, como los que empleaba a la hora de escapar de un robo. Debía encontrar un lugar seguro donde ocultarse antes de que alguien desahogara en él sus demenciales impulsos y lo matara entre terribles sufrimientos.
Resultaba imposible la tarea de averiguar quién estaba poseído por aquel estado inhumano y quién no. Se podían distinguir pequeños grupos que luchaban ordenadamente contra la villanía malsana, pero la barahúnda arrasaba impíamente las oposiciones, reduciéndolas a amasijos sangrantes.
La Locura, el Caos, se habían apoderado de las calles, repartiendo el desastre y la desolación a su paso. Moverse en medio de esa pesadilla era lo mismo que pagarse el viaje con el barquero Caronte, No conseguiría nunca llegar a los arrabales, donde hallaría la protección de sus nuevos compañeros de raterías, así que el joven Manos-ágiles decidió ponerse a salvo de aquel horror en algún diminuto espacio que pasara desapercibido a los crueles ojos de la Muerte.
Llegó la noche, la epidemia enfermante no tenía síntomas de conjurarse. Ládir estaba, al fin, acurrucado en el hueco de una ventana de un sótano, camuflada tras un montón de cajas vacías, en la parte alta de la ciudad. Su cuerpo era un tembloroso matojo de nervios que se conmovía ante el más ínfimo ruido. En esos momentos de horror, el roer de una rata podría asociarse al surgir de las hordas asesinas del infierno; cualquier sombra podría tratarse de un espíritu comedor de almas. Tal era su penoso estado.
La congoja abrumaba el jovial corazón de Ládir. Un amargo sentimiento de culpabilidad trastornaba su ya debilitada razón. La voz acusadora de su interior le repetía una y otra vez, con ribetes sarcásticos, que él tenía la culpa de que cayese una maldición sobre la ciudad.
Los dioses se habían irritado al desafiarlos en medio de una disputa y habían repartido la discordia; porque él sabía que en noche de tormenta la gente debía permanecer en sus hogares hasta que las voces atronadoras enmudeciesen al amanecer.
Y él había causado el enojo de las caprichosas deidades al desoír las advertencias y dedicarse al hurto.
En voz baja, imperceptible, el ladronzuelo elevo unas plegarias para calmar la ira de los dioses desairados. Eso debería de bastar. Su pecho se extendía y comprimía al ritmo asustado de su agitada respiración. A causa de las lágrimas derramadas ante tanto espanto, sus ojos se habían convertido en dos bolsas hinchadas. El rostro estaba jalonado por dos regueros secos, que se perdían bajo la tela de sus vestiduras. Todo lo acontecido desde que la mala fortuna tocara su hombro, constituía un trago amargo para un joven inexperto, que, pese a que se había visto envuelto en enigmáticos entuertos y situaciones embarazosas más de una vez, no había conocido el miedo ni la derrota en su corta vida de ladrón. Sobre todo, para lo que no estaba preparado era para que los demonios del Armagedon se abatiesen, en su búsqueda, sobre la ciudad.
¿Quién lo estaba?
Otra persona hallaría una explicación lógica sobre la tragedia que se cernía en la ciudad, si la locura o el ansia desmedida de matar no se hubiera introducido en su ser; no Ládir, cuyo miedo supersticioso, nacido, desde corta edad, de innumerables noches de soledad y días de sombríos misterios y amenazas informes en boca de todos, le hacía estremecer de terror, arrebujarse más en su escondrijo y martirizarse con tenebrosos remordimientos.
En verdad, mas que un castigo a su desvergüenza para con los dioses, aquella pesadilla informe suponía una verdadera prueba de entereza, un bautismo de fuego, de exigida madurez, tan necesitada para forjar su hombría; pues un sombrío mundo de increíbles aventuras habría de perseguirle infatigable durante toda su vida.
Pero el era joven e inexperto en los azares del destino y era mucho lo que aun tenia que descubrir.
Aunque no tuvo tiempo de dedicarse a tales devaneos. De repente, una nítida luz iluminó el interior del sótano en cuya ventana había encontrado cobijo. Su primer instinto fue el de apartarse como un ratón asustado, pero luego la experiencia de ladrón le acercó sin temor de ser descubierto porque sabía que desde una estancia iluminada no podía distinguirse el exterior en penumbras. Aquello le produjo risa y en seguida su cerebro ladronil se puso en funcionamiento, desterrando las demás preocupaciones. Así de voluble era el comportamiento de un niño.
Por unos momentos la claridad deslumbró sus ojos, que guiñó fuertemente y restregó hasta que las pupilas se acostumbraron. Luego los observadores ojos danzaron en derredor al espacio iluminado de lo que parecía ser un laboratorio. Ládir emitió una ovación en voz muy baja, presa de incontenibles deseos de poseer los objetos de oro y plata que allí veía. Sus ojos centelleaban con un brillo especial.
-¡Por fin un poco de suerte!-se regodeo.
No cabía duda de que lo que enfocaban sus ojos era el laboratorio de un alquimista. Por paredes y suelos, pintados de extraños colores, estaban representados los signos más hipnóticos e increíbles. Del techo colgaban fanales que esparcían su luminosidad en poderosos haces, que conferían al lugar un aspecto lúgubre y misterioso a la vez. Todo aquello estaba impregnado de un maligno halo que reprendía violentamente las miradas curiosas. La maldad se podía palpar, incluso respirar.
Pero Ládir estaba cautivado por el resplandor lujurioso del oro y todas esas consideraciones carecían de sentido ahora. Miraba con intensa ansia los instrumentos arcanos del alquimista sin sospechar las desastrosas consecuencias que amagaban.
- Con esto viviría como un rey- se decía ebrio de placer.
Y sólo estaba allí, esperando que sus manos lo cogiesen, invitándole con su atrayente brillo.
Sobre una mesa con forma de estrella de cinco puntas inscritas en una circunferencia, descansaban decenas de matraces de fondo plano, con una capa de oro recubriéndolos, que contenían líquidos coloreados. Algunos de esos líquidos reptaban a través de largos y retorcidos serpentines de refrigeración y caían en anchos cristalizadores, donde bullían, arrojaban espesas nubes y silbaban. También las retortas se cubrían del esplendor del oro, sus variopintas formas conectaban sinuosos circuitos de tubos, vasos de comunicación y probetas. Los líquidos saltaban de un recipiente a otro, cambiando de color, estallando y destilándose.
En esto una puerta giró sobre sus goznes, dejando paso a una silueta enteca que vestía una túnica de brocado negro con arabescos dorados. Ládir supo que era el alquimista sin vacilación alguna. De pronto sus sueños de riqueza se desvanecieron por entre el complejo rezumante de ahí debajo.
El alquimista avanzó hacia los redondeados matraces de plata con una amplia sonrisa. Su luenga barba puntiaguda apuntaba al suelo, confundiéndose con la mata de cabellos que le caía por los hombros y la espalda. Las cejas pobladísimas dejaban atisbar dos ojos malignos cuyo brillo infernal era el reflejo de su alma ennegrecida. De su figura encorvada y seca emanaban las mismas oleadas malévolas que del laboratorio. Ládir pensó que allí se estaba elaborando la hechicería responsable del caos de se había adueñado de la ciudad. Su pesar se esfumó con la rapidez con que desaparece un rayo. Irrumpió la alegría.
Entonces su mente se vio engrandecida por magnas empresas, de valerosos guerreros y gloria eterna. Por un instante pensó que todo eso sería el premio a su arrojado acto de matar al alquimista y liberar la ciudad de su demoníaca iniquidad. Pero sólo fue eso, un instante; rápidamente retornó de las esferas de la gloria y chocó contra la realidad. ¿Cómo él, un vulgar ratero, podría vencer al poderoso alquimista?, Si en verdad fuera él quien había hechizado la ciudad.
-Ládir, creo que has oído demasiadas historias de brujería- se convenció a sí mismo de que el honor y la gloria no eran para él. –Preocúpate de cómo robar esas riquezas sin ser descubierto y deja la espada para la mano fuerte que la sepa empuñar.
De esta manera dejó su cabeza de pensar en sueños de poder y se centró en la escena de abajo. De nuevo los ojos espiaron con avidez las bullentes y burbujeantes retortas.
El negro alquimista recorría los recovecos de su instalación en crítica inspección. Sus manos resecas ajustaban tubos, trasladaban frascos de un sitio a otro y vertían los componentes, que siseaban humeantes al mezclarse. Los finos labios del viejo se arrugaban y ensanchaban al son de una acalorada conversación.
-Te digo que debes agregar ya el alcaloide- decía una voz femenina.
-Todavía no- la contradecía otra, mas agresiva, que correspondía a la empleada por el alquimista.
-Hazle caso a ella- atacaba una ronca tercera voz.
Ládir contempló con estupor cómo el alquimista discutía consigo mismo utilizando tonos diferentes. Ahogó una risilla al pensar que estaba totalmente trastornado. Aunque algo dentro de él le hacía estremecerse de temor.
El malvado viejo andaba alrededor de sus recipientes borboteantes, ejecutando aspavientos unas veces, echando raros polvos otras. Esperaba algún sombrío resultado de aquel complejo temblante que susurraba.
-Dentro de poco el resto de los habitantes de esta mísera se agitará en las nebulosas pesadilla de nuestra droga -se regodeaba la voz del alquimista.
-Tu corazón está podrido- le reprendía la voz ronca.
-Si no revisas las reacciones echarás a perder nuestro trabajo- exclamaba la voz femenina.
-¡Callaos, necios!- se impuso el alquimista.
En sus ojos se alzaban en dos fogatas de ira. Su semblante se contraía por el esfuerzo de la lucha interior. Era como si le costara contener a las otras voces que pugnaban por la supremacía. Ládir observaba minuciosamente, la risa trocada en preocupación. El alquimista era mucho más peligroso de lo que suponía. “De modo que mis sospechas eran ciertas” pensó para no delatarse, “tendré que hacer algo para evitar peores males ¿Pero qué?”
No podía permitir que ese desalmado infectara de nuevo la ciudad con su inmunda brujería. Debía pararlo antes de que desatara el Fin de los Días en los ya desvariados ciudadanos y las calles acabasen anegadas en sangre. ¿De que le serviría entonces tanto oro?
Era consciente de que su nula fortaleza física era un gran impedimento para lo que se dispusiera a hacer. Debía ingeniar algo para compensar esa falta. Su mente astuta de comadreja empezó a idear un plan, excitada por heroicos impulsos. Lo aconsejable por el momento era contemplar el desarrollo en el laboratorio mientras se devanaba los sesos en busca de algo que pudiera servir a sus fines.
-¿Has visto lo que ha creado tu odio?- censuraba la voz ronca.
-Sí lo he visto- repuso el alquimista-, mi alma se hincha de gozo al ver cómo se matan unos y otros, de ver que existe un placer superior, el de la muerte. ¡Mueran todos los seres del mundo en lenta agonía!
El pequeño Ládir perdió de vista al malhechor tras una columna, pero oía su voz empapada de odio y escuchaba sus taimadas carcajadas rebotar contra las paredes. Tanta mezquindad le repugnaba.
-!Sí, sí!- gritaba, vehemente- los hombres se arrancan las entrañas, destruyen sus hogares, inmolan sus familias. La cólera, la furia, la sangre y el horror se han esparcido por todos los rincones de la ciudad. ¡Maravilloso!
-¿Es que nunca se saciará tu sed, maldito?- se revelaba la otra voz.
De pronto sucedió algo incomprensible. Ládir sintió que le surcaba un escalofrío por todo el cuerpo y que la sangre se le helaba cuando vislumbró tres figuras semejantes en aspecto y vestimenta que salían de detrás de la columna. ¡Eran tres alquimistas gemelos como gotas de agua! Después de oír sus voces acertó a pensar que cada uno de esos seres correspondía a los distintos tonos que antes oyera. Era como si la triple personalidad del viejo se hubiera desdoblado en tres copias exactas de carne y hueso. El sudor bañó su cara y resbaló por el cuello.
Los tres alquimistas se separaron para realizar extrañas tareas. Cada uno de ellos mezclaba líquidos y conectaba tubos cual si siempre hubieran sido tres y no uno. Después que acabaran las operaciones, habían obtenido una sustancia viscosa no más abundante que una pinta de vino, que se revolvía con un brillo macilento dentro de un recipiente de cristal, sostenido en sus manos eufóricas.
-He aquí la agonía, el sufrimiento atroz de la humanidad- entonó casi en éxtasis la figura que pertenecía al alquimista primitivo.
El tubo de ensayo desprendía fulgores a la luz tenue del fanal. Su contenido se remezclaba con un ominoso chapoteo.
- Ahora lo verteremos en la fuente principal que surte a las acequias y pozos- calculó la femenina copia.
-¡Si, que discurra por los canales y tuberías, que llegue a todos los hogares y provoque grandes males!- se regocijaba
Esa, pensó Ládir, era la infame manera de repartir el caos de la que se valían los negros brujos. Tanta maldad sólo podía tener cabida en seres inicuos salidos del más profundo averno. Aún no comprendía cómo podía una persona ser tres y tres personas ser una. Estos pensamientos suscitaban indecibles aprensiones en su mente juvenil.
“Supongo que con la hechicería se consiguen cosas como estas o peores” era mejor pensar.
Arrebatar a los alquimistas la poción envenenada: Esta era la idea que se cruzaba por su cabeza persistentemente. Ahora que sabía cuales eran los planes de los viejos depravados, estaba obligado a pasar a la acción. Cierto era que su animosidad inflamada de valor se había superpuesto al terror. Aunque en lo más profundo de su pecho albergaba pavorosas impresiones de todo lo acaecido hasta el instante. Si se parase un rato a recapacitarlo acabaría tan loco como el resto de la ciudad.
Entonces ocurrió algo que lo llenó de terror. Estupefacto observó cómo los tres alquimistas se fundían en uno al igual que lo hacen tres sombras. Los contornos se recortaban contra la figura principal, avanzaban hacia ella y, finalmente, penetraban en ella como si fuera aire. Nada se alteraba en su faz. ¡Ni rastro de dolor o de cualquier otra sensación! Parecía que aquellos tres cuerpos encajaban en una malsana alma, triplemente fragmentada para constituir así tres focos de corrupción, independientes, pero a la vez, extrañamente ligados. Ládir tragó saliva en un amago de frío sobrecogedor.
El alquimista embutió las manos en las bocamangas de la túnica y abandonó el laboratorio con una pérfida sonrisa cincelada en el rostro y la muerte brillando en la mirada. Por el pasillo podía oírse el rumor desalmado de sus risotadas.
El joven ladrón se quedó paralizado unos instantes, si bien reaccionó merced a su plan. Debía anticiparse a él y llegar con antelación a la fuente. No hubiera sido necesario si hubiese podido seguirlo, pero dada la peligrosidad de ser sorprendido, desitió. Quién sabe en qué asquerosa criatura podía convertirle su brujería.
Al ponerse en pie las rodillas le flaquearon, todo el cuerpo se tambaleaba. Tan abstraído se encontraba espiando que no había recordado el hambre y la debilidad que le aquejan desde el día anterior. Hizo acopio de fuerzas. Embravecido, a los pocos minutos se hallaba deslizándose por los umbríos callejones de la ciudad. Muy bien sabía él que ese no era momento de cobardía y lamentos. Solo los más valerosos siguen adelante.
A su paso escudriñaba una turbamulta sumida en las desfiguradas penumbras de una alucinación. Algunos edificios eran pasto de las llamas. El rugido de la multitud se volvía enloquecedor. Los cuerpos caían al suelo mutilados por frenéticos luchadores, que derramaban sangre con sus espadas. La agonía vibraba en las calles.
Ládir tenía el rostro congestionado por la flaqueza, los ojos desmesuradamente abiertos. Su insignificante figura era una escurridiza sombra que sorteaba cadáveres. A su alrededor se desplegaba un escenario de muerte y destrucción. Ya un grupo de aullantes pasaba casi rozándolo. Ya un individuo aislado chasqueaba sus fauces con intención de devorarle. Más de una ocasión, el frío acero le susurro una melodía fúnebre a escasos milímetros de su piel.
Al fin arribó el tembloroso Manos-ágiles a la fuente. Estaba situada en una plazoleta atestada de retorcidos yacientes. El fuego proyectaba las fantasmales siluetas de las congregaciones de gente que danzaba al son de la muerte, en degenerados ritos. Durante todo el camino había estado desarrollando su aguzado ingenio y ahora era el momento de demostrar su valía. Se recostó contra el borde de la fuente, la cabeza colgando, las manos en ademán estrangulatorio, simulando que se había quitado la vida con sus propias manos. Lo mejor, la expresión de muerte que iba a imprimir a su cara, se sonrío, burlón. El hedor punzante de un muerto tendido cerca de él, anegado en agua, penetraba intensamente por sus narices, asfixiándole.
Fingir, crear desconcierto y actuar con la celeridad del rayo; Tales eran cosas que ya había practicado cientos de veces en el pasado. Era su especialidad, por lo que le llamaban Manos-ágiles. No podía defraudar.
-Ahora no me falles-. Más que una amenaza dirigida al viejo era una inyección de auto confianza para sosegar su nerviosismo.
Si el alquimista hubiese tardado un minuto más, Ládir hubiera estallado en desquiciadas carcajadas y se hubiera abandonado al macabro festín del entorno. Tal era la crueldad de aquellos alaridos y la sonoridad de los estertores que llegaban a sus oídos desde todas partes. Pero no fue así, el tenebroso mago apareció de repente, como si la oscuridad lo hubiese escupido. Desde lejos podía apreciarse el centelleo espectral de sus ojos complacidos por el dantesco espectáculo originado.
Se movía con lentitud, seguro. Dimanaba tanta maldad que se mezclaba sin llamar la atención por entre las masas malogradas. Llegó a la fuente en menos tiempo de lo que tarda un corazón en latir diez veces. Su espíritu estaba altamente regocijado ante el espectáculo que sus artimañas habían originado.
Ládir observaba atentamente por el rabillo del ojo lo que el alquimista realizaba. Ahora si se notaba su increíble malignidad abarcándolo todo, como una aureola venenosa extendida por el viento. Fatídico, pensó que no sería lo suficiente valeroso para finalizar su empresa. El corazón le palpitaba con violencia y el pulso le presionaba las venas, sin embargo permaneció allí inmutable, sin mover una pestaña, como exigía su representación.
El alquimista se hallaba tan sólo a pocos centímetros de él. Sentía su túnica rozarle el brazo. Los nervios y el temor se apoderaron de su cuerpo, paralizándolo como una estatua. El tubo de ensayo resplandecía a la luz del fuego, confiriendo a su contenido una aterradora apariencia. La mano que lo sostenía temblaba de júbilo.
Entonces lo hizo. Fue un impulso. Se irguió de un salto y robó de las manos del alquimista el tubo, ante su sobresalto, todo en uno, veloz como una centella. Luego rompió a correr sin mirar atrás mientras las amenazas del brujo llegaban a él amortiguadas por el enorme griterío.
-¡Vuelve aquí, renacuajo del diablo!- bramaba la airada voz del alquimista.
-¡Devuélvenos eso!- coreaban las otras dos voces desde el interior de su alma.
Los planes se le habían torcido tan inesperadamente que el mago cayó
presa de un aturdimiento incierto, en tanto que el muchacho se perdía en medio de la negrura. Jurando y renegando a todos los dioses retornó a su guarida, totalmente consumida por la cólera la esencia de su triple ser.
- Bien, bien, bien, esto es solo un pequeño contratiempo sin importancia- repetían todas las voces a la vez, con furor y desdén-. Esto hará más satisfactoria la hora final que le espera a esta condenada ciudad. Provocaré los mayores sufrimientos que sus endebles cuerpos puedan soportar.
Ládir aún gemía a causa de la electrizante punzada que le había descargado el cuerpo del alquimista al arrebatarle la poción. Solo un leve roce con su aura maligna y el costado derecho se había entumecido, doloroso. ¿Qué sucedería si lo llegaba a tocar con sus manos sarmentosas? Contenía las lágrimas para no desmoronarse, si bien el dolor le surgía en oleadas devastadoras. En cambio otras veces reía histérico su triunfo. Pasar de un estado a otro era un simple transito.
Apenas transcurridos unos minutos su victoria se tornó amarga derrota. De esto se apercibió en cuanto su frenesí se hubo calmado. Poseía la pócima emponzoñada, sí, pero ello significaba que el hechicero volvería a elaborarla. Lo único que estaba provocando era un retraso fatídico. Debía acabar con el alquimista y con sus aviesas intenciones.
Mas he aquí que, por obra de dioses propicios, por obra de su inteligencia astuta, el ladronzuelo halló el método de vencer a su enemigo sin enfrentarse directamente a su nefasto poder. Se palpó uno de los bolsillos interiores, esbozada una traviesa sonrisa, que anunciaba malos presagios para el alquimista.
Sin más dilación encaminó sus pasos a la guarida del mal.
No se equivocaba, el alquimista estaba de nuevo inmerso en los macabros experimentos, su semblante descompuesto por la rabia y sus labios cuchicheando sin cesar mil maneras de torturar a aquel escurridizo ladronzuelo que se había interpuesto en sus planes de venganza. Los alambiques y retortas temblaban y siseaban a un tiempo, despidiendo nubes de humo centelleantes. Los líquidos hervían, se condensaban, obedeciendo a una sombría tonada de muerte, que provocaba intensos escalofríos en el Manos-ágiles.
Ládir sacó la cerbatana de marfil que en una ocasión había sustraído de una espeluznante morada en una de sus primeras correrías junto a sus nuevos colegas de profesión, unos muchachos de su edad, que rondaban los mismos lugares que el.
-Guárdala, alguna vez la puedes necesitar- le había vaticinado su buen amigo Frewl. “Cuanta razón tienes”, le felicito mentalmente.
Sus amigos le habían contado que ciertas sectas las utilizaban para envenenar a los traidores. Ahora se encontraba solo y no contaba con que ellos le ayudaran en ese trance fatal. Puesto que él guardaba el veneno preparado por el alquimista, le pagaría con su misma horrenda moneda.
-Veremos quién baila mejor de los tres –se mofó en un intento de aliviar la repulsión que invenciblemente contagiaba ese lugar.
Improvisado el dardo, una astilla acerada, Ládir procedió a empaparlo de la viscosa materia. Lo sostenía con ostensible aprensión. No respiró por miedo a inhalar el mortífero producto hasta que lo introdujo en el interior de la cerbatana. Tal hacía sin perder de vista al alquimista, que se movía por el laboratorio inquieto, como si detectara el peligro.
“-Debo tirárselo antes de que se divida en tres o será imposible derrotarlo”-meditó, preguntándose si cada uno de los tres seres sentía el dolor por separado o si el dolor se transmitía de uno a otro.
Observó a través del cristal, buscando la manera de abrir la ventana sin llamar la atención del mago. Confiaba en que el bullicio absorbiera cualquier ruido que pudiera hacer. Los pelos se le erizaron al pensar lo que el alquimista podría hacer con él si lo descubriera al otro lado de la ventana. Inconscientemente se apartó de ella. La cerbatana temblaba en sus manos, con el proyectil dentro. Solo tendría esa oportunidad.
El tiempo apremiaba, por los gestos y cadencias de sus trabajos, reconoció que llegaba el momento de la división en el cual el alquimista se triplicaría.
-Tengo que actuar-. La desesperación se apropiaba de él.
Abajo las tres voces discutían estentóreamente.
Entonces una roja bruma de valor cegó sus actos. Con incontenible furia por todo lo que le había hecho pasar, el miedo, el dolor, la confusión, Ládir asestó una patada al cristal, que se desintegró hacia dentro en millones de fragmentos. Antes de que el mago, mudo de espanto al ser sorprendido en su propio escondrijo, reaccionara, sopló con un potentísimo esfuerzo, fruto de su furor, el dardo, que silbó un segundo y se hundió después en el cuello.
Las manos del alquimista lo extrajeron pero ya era demasiado tarde; el veneno galopaba en sus venas, recorriéndolas en insoportable quemazón. Sus ojos dimanaron más odio que nunca cuando identificaron al niño que le había asaltado en la fuente, tanto que este cayó desmayado al suelo, no teniendo oportunidad de ver el espectáculo que estaba a punto de ocurrir. No obstante fue mejor así.
Lo que sucedió a continuación fue una horripilante escena que habría dejado temibles secuelas en la más ruda persona. El alquimista se separó en sus tres facciones. Cada una de ellas reaccionó de un modo violento, desbordando malignidad. Sus voces atronaban como una tormenta. El resto de sus cuerpos era un amasijo convulsivo.
Se enzarzaron en un holocausto de golpes, mordiscos y arañazos. Los alambiques y los matraces reventaron en el tumulto, despidiendo el vapor que contenían, algunos ácidos se liberaron y el fuego comenzó a lamer la madera. Los materiales inflamables estallaron, repartiendo un aguacero de vidrios y brasas candentes.
Los tres seres habían intentado resistir con su malvado poder los efectos del veneno, si bien habían sucumbido a sus tormentos de la forma más atroz. Era como si aquello hubiera servido para canalizar su enorme perversidad sin que ellos hubieran sido capaces de medirlo.
Cuando el laboratorio empezó a explosionar y a arder, arrojando cristal, líquidos en ebullición, ácidos y vapores, se formó una densa nube tóxica que lo envolvió todo. Los magos rompieron en desvariados alaridos de intensa agonía al incrustarse los vidrios en sus carnes, al deshacerse la piel y al escaldarse sus miembros. Luego desaparecieron bajo la confusión.
Con ellos, todo el oro.
Ládir recuperó el sentido en medio del griterío desgarrador. Tosía profusamente a causa del humo que escapaba por la ventana. Abandonó aquel lugar de pesadilla entre mareado y compungido; a pesar de su hazaña sentía un vacío dentro de él. Pensó que ser héroe era otra cosa muy diferente.
En el espacio de unas horas, le habían defenestrado, pateado y perseguido; había presenciado como el infierno abría sus puertas y todos sus horrores danzaban regocijados en su anhelado festín del Juicio final. También había combatido a un mago perverso, se había enfrentado a la muerte y su bello sueño de oro y riquezas se había desvanecido frente a sus ojos como un espejismo.
-¡Me encanta la vida de ladrón!

Le doy a este relato
puntos

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