La tienda de lámparas es un lugar extraño, sombrío a pesar de lo que podría pensarse. La vejez lo cubre todo, y un hombre sin edad limpia incansablemente cada objeto mientras espera que entre algún cliente. Ya no hay demasiados. Sobre todo desde que abrieron aquel gran supermercado que tiene de todo. Algunos amigos, de los pocos que le quedan vivos, entran de vez en cuando, y hablan tristemente de cosas que nunca volverán. El tiempo todo lo devora.
Cada mañana que paso por allí, siento los ojos del viejo sobre mí. Pero es sólo por un segundo. A veces siento como si me pidiera ayuda. Algo tan simple como comprar una lámpara, la que sea. Todas están rebajadas. Pero es solo un segundo. Luego paso de largo y me pierdo en el metro para ir a trabajar.
No sé porqué, pienso en él. No creo que viva demasiado holgado. Nunca se ve a nadie con él, por lo que, si no es viudo, su mujer no puede ni moverse de casa. Lo imagino caminar lentamente hacia ella, devorada por una enfermedad de esas de las que te mueres de olvido. Él, desesperado, intentará hacerle recordar como se toma la sopa, para finalmente, y con toda la paciencia del mundo, acabará dándosela él, como si fuera su hija. Y sentirá una enorme desesperación que no podrá sacar. Es en esos momentos cuando echa a la muerte de menos. Que bonito sería un día no despertar, y ya. Que todo terminé como empezó, sin avisar, sin pedir permiso. Como no recodar ese cuerpo joven y ardiente que se le entregaba sin reparo. Esa mirada inteligente que lo reprendía en los momentos que los que él se tomaba dos copitas de más y gastaba un par de bromas pesadas. Pero enseguida, ese olor a vejez que impregna cada rincón de la casa, lo devuelve a la realidad. Y aunque no lo hace, siente ganas de llorar. Luego comerá algo sin tener hambre, y si hay toros en la tele estará toda la tarde sentado en el sillón, junto a ella, que también clava sus ojos en el aparato sin entender nada de lo que ve. De vez en cuando, ella recordará cosas de otro tiempo y se levantará a buscarlas por toda la casa ante la quietud desesperada de él. Un día más. Con suerte, un día menos.
Al día siguiente no puedo evitarlo, y al pasar frente a la tienda entro. Sus ojos se clavan en mí furtivamente, pero es solo un segundo, porque enseguida el animal comercial que lleva dentro se abalanza sobre mí, y cordialmente comienza a enseñarme las lámparas. Ni una mota de polvo. Hay una que me gusta, pero las demás se han quedado en otro tiempo. El anciano me observa fijamente, y durante un segundo, un escalofrío recorre mi espalda. Es un hombre inquietante. Intento buscar otra lámpara que me guste. El hombre se da cuenta y me dice que abajo hay más. Asiento y lo sigo escaleras abajo. No hay demasiada luz, pero sí la suficiente como para ver unos estantes llenos de lámparas aún más antiguas que las de arriba. Algunas están mordisqueadas por las ratas. Debe de haber algunas enormes aquí abajo. El hombre comienza a contar anécdotas de aquellas lámparas, mientras, imperceptiblemente, se mueve hasta ponerse detrás de mí. Siento sus ojos en la espalda, perforándome. Pero antes de que mi inquietud se transforme en una educada huida, un terrible golpe en la cabeza me lleva al mundo de las sombras.
Si nunca hubiera despertado, todo sería más fácil, más llevadero en esta situación absurda que me conduce, inevitablemente, hasta la muerte. Casi nunca las cosas son como uno las imagina. La cabeza me duele, pero eso es lo de menos cuando escucho unos extraños pasos que se acercan hacia mí y descubro que su esposa no tiene una de esas enfermedades de las que te mueres de olvido, sino un hambre insaciable. |