Llovía, y mucho, aunque eso quedaba patente al echar un vistazo a mis ropas, encharcadas de arriba abajo, tanto que el frío me calaba hasta los huesos, algo poco agradable la verdad. No me quedaba más remedio que refugiarme en alguna parte hasta que descampase o dejasen de caer calderos de agua.
Las calles del pueblo estaban desiertas, sombrías, la noche se había apoderado de ellas, y tan solo un resplandor desentonaba en aquel oscuro lugar, era las luces de la taberna del pueblo, un buen lugar donde refugiarse y tomarse una cerveza hasta que descampase.
Obviamente me dirigí hacia allí sin dudarlo, al entrar todos se giraron hacia mí con caras extrañas. – Vaya viento…- Murmuró un hombre de la barra mientras todos volvían a su posición original.
La luz era tenue, creando un ambiente de penumbra, pero era algo habitual a lo que estaba acostumbrado, porque nunca había mucha luz.
Fui directo a una mesa de la derecha del bar, a espaldas una de las ventanas que daban al exterior desde donde tenía una visión de todo el local, en donde solía sentarme siempre. Esperé a ser atendido, más el camarero no mostró la menor intención de salir de detrás de la barra, y como me apetecía una cerveza no me quedaba otra que acercarme a pedirla, pero cuando me levanté busqué en los bolsillos la cartera, pero estos estaban vacíos, sin duda no era mi mejor día… Al ver que no tenía dinero me volví a sentar sin poder pedir nada a esperar a que el cielo dejase de castigarnos con aquella lluvia infernal. Por suerte pasaba inadvertido para la mayoría de los presentes, porque estar en un bar sin tomar algo me resultaba vergonzoso.
La única persona que parecía fijarse en mi era una joven de cabellos rubios, ojos verdes, muy guapa la verdad, pero yo tenía mujer e hijos, y aquello no era reclamo suficiente como para poner en riesgo mi asentada vida. Sin embargo ella miraba insistentemente hacia mí, aunque no parecía que estuviera coqueteando conmigo, ¿o sí? Daba lo mismo, no tenía intención de hacer ninguna tontería.
Un rayo iluminó la taberna, seguido de su característico retumbar haciendo que volviese a la realidad, debía volver a casa, me estaban esperando. Las luces parpadearon hasta que finalmente se apagaron dejando el lugar en la completa oscuridad, el murmullo de la gente no se hizo esperar, reclamando algo de luz para poder seguir bebiendo. Aquello no era raro, así que el dueño no tardó en encender algunas velas dando un aspecto del lugar de lo más lúgubre. Una vez más la puerta se volvió a abrir, y los comentarios de los presentes dieron la bienvenida al recién llegado. Este vestía un traje negro, elegante, su pelo también era negro y engominado hacia atrás, con rostro serio y unos ojos oscuros que irradiaban furia. Sin duda no era del pueblo, sería un viajante y se le habría estropeado el coche. Paseó sus intimidantes ojos entre los presentes, hasta que se toparon con los míos, ¿quién demonios era? Se puso a andar hacia mí, mientras un escalofrío recorría todo mi cuerpo, ¿que quería de mí? ¿Acaso lo conocía? Igual venía a preguntarme alguna dirección.
- ¿Hola?- Dije con cara de circunstancia al ver que se sentaba frente a mi, y esperaba que me explicara que quería.
- ¿Nos vamos?- Preguntó como si me conociera mientras me miraba fijamente con esos ojos que brillaban pese a ser tan oscuros.
- ¿Irnos? ¿A dónde?- Pregunté sin entender nada de lo que pasaba.
- Veo que aun sigues apegado a este lugar, pero la prórroga se ha terminado.- Dijo cogiéndome de la mano con fuerza.
- ¡Pero que coño haces!- Grité intentando llamar la atención de los demás, pero ninguno se miró hacia mi, ¿qué estaba pasando?
- Nadie puede oírte.- Dijo aquel extraño esbozando una sonrisa, no podía entender nada, o por lo menos hasta que escuché la realidad.- Porque ya estás muerto. |