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Era una noche tormentosa en una ciudad cualquiera
Andrés Javier Bisbal Buades - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 10 puntos (VOTAR)
La marea de personas que atestaban las calles de la ciudad contrastaba con el hecho de que nadie se relacionaba con nadie a pesar de la multitud existente.
Era una noche tormentosa en una ciudad cualquiera, en un país cualquiera. Las circunstancias que rodean esta historia hace que esos detalles carezcan de importancia, así como el tiempo en que se desarrolla, aunque el destino la sitúa en los principios del siglo más emblemático y esperado, el siglo XXI. Un periodo de promesas tecnológicas que no se sabía que alcance e influencia llegarían a tener en la Humanidad, si bien tal vez esas mejoras hacían que la gente tendiera a la individualidad y el anonimato, circunstancias que se reflejaban esa noche.

La marea de personas que atestaban las calles de la ciudad contrastaba con el hecho de que nadie se relacionaba con nadie a pesar de la multitud existente. Una marea de figuras unidas, sin embargo, por el mosaico de paraguas protectores de la lluvia, pero diferenciadas por el contenido de sus pensamientos que mostraban las inquietudes normales de los tiempos que se vivían.

La existencia de esos pensamientos, que hacían que cada persona no reparara de manera consciente en lo que sucedía a su alrededor, hacía que una figura que estaba semioculto por las sombras en la entrada de un callejón pasara desapercibida. Sin embargo, si alguien se hubiera fijado detenidamente en aquella figura habría notado que había algo que la hacía diferente. Lo primero que hubiera llamado su atención habrían sido las pequeñas cicatrices que marcaban su rostro, las cuales eran un preámbulo de algunas más graves que se habrían podido observar en su cuerpo. Pero las peores eran las que llevaba en su interior y que harían que una persona de poca entereza pudiera llegar a la desesperación de haber podido leer su mente.

No obstante, una persona observadora que hubiera podido leer sus ojos habría llegado a la misma conclusión, a la vez que hubiera descubierto la gran fuerza interior que hacía llevaderas esas cicatrices.

Esta figura ataviada con una gabardina que hacía que pareciera igual a la s demás, reflexionaba mientras las observaba pensando que él había sido una de ellas, que había vivido como ellos, con sus mismos deseos, inquietudes y hábitos. No había pasado tanto tiempo desde entonces, y sin embargo, parecía que había sido toda una vida.
De repente, la vista de su objetivo al otro lado de la calle hizo que abandonara sus pensamientos.

Era una pareja, de unos treinta años, y no pasaban desapercibidos.

Él, un hombre de complexión robusta que podía notarse a pesar del grosor de sus ropas de abrigo, con unas facciones varoniles que hacían pensar que su trabajo fuera el del típico modelo televisivo de colonias. Si él destacaba por estas características, la mujer que le acompañaba no era inferior en ese sentido.

Era hermosa, en el más puro sentido de la palabra, con una elegancia natural ensalzada por su rostro en el cual destacaban unos ojos azules que contrastaban con su melena color azabache. Si había una pareja que encajara a primera vista ésta era la indicada.

“Cada oveja con su pareja”, pensó con ironía la figura del callejón sobre el acierto que la presa que él perseguía había tenido con su víctima.

La pareja, que salía de un restaurante, se mezcló con la riada humana, seguidos por la figura de la gabardina.

Tras un corto trayecto llegaron a una discoteca en la cual continuarían su fiesta particular, “aunque no sin mí” pensó la figura que los seguía.
El caos inicial de luces, sonido y gente del local hizo que al principio no distinguiera a la pareja.

“Mierda” – pensó – “espero no haberlos perdido, de lo contrario...”.
No pudo evitar un suspiro interior de alivio cuando los distinguió en un rincón apartado, prodigándose todo tipo de caricias y besos que presagiaban el paso a un contacto más íntimo, que no podría tardar en llegar, lo cuál se confirmó al observar cómo se dirigían a los baños del local para seguramente atender sus necesidades, aunque no aquellas pensadas en un principio.

“Empieza el juego” – susurró la figura, siguiéndoles.

Una vez habían entrado en los aseos la figura se detuvo un instante e hizo una última comprobación de que no hubiera nadie observando y desenvainó la espada que llevaba oculta en su gabardina, comprobando además que la daga de su antebrazo izquierdo y los pequeños cuchillos de la parte trasera de su cinturón estaban correctamente colocados para ser usados en caso de necesidad.

Abrió la puerta despacio, con cautela, atento a cualquier ataque por sorpresa. Su reacción ante la aparición de su derecha fue casi instantánea, desplazándose lateralmente hacia la izquierda dirigiendo un golpe destinado a cortar desde la unión del cuello y la clavícula hasta el esternón. Afortunadamente, la misma celeridad que le hizo iniciar el ataque, le permitió parar la espada lo justo para que sólo cortara un poco la piel y apareciera un fino hilo de sangre en el cuello del pobre desgraciado que había acabado de esnifar una raya y que esbozaba un gesto casi cómico de sorpresa con unos ojos tan abiertos que junto a la mancha que aparecía en sus pantalones, mostraba que había salido de su “viaje” de una forma más rápida y brusca de lo que él habría deseado.

-¡Maldita sea, lárgate de aquí! -, le dijo el cazador al mismo tiempo que le agarraba sacándole del lugar.

“Si logra reaccionar, esto no tardará en atraer a la seguridad del local y a la policía. Habrá que ir por la vía rápida.”, pensaba mientras inspeccionaba las puertas de los diferentes habitáculos.

De pronto, pudo oír por encima del ruido de la música y de la fiesta un gemido lastimero que surgía del aseo situado más al fondo.

Sin más dilación se dirigió hacia allí, derribando la puerta de un fuerte puntapié que tuvo el resultado de golpear de paso a los que se encontraban dentro, lo cuál interrumpió el horrible acto que se estaba llevando a cabo. Ahí estaba la pareja que él había estado buscando, pero no realizando el acto que se hubiera dado en circunstancias normales.
La mujer llevaba un cuchillo de medianas dimensiones, cuya abundante sangre que manchaba la hoja, apenas dejaba entrever unos extraños grabados en la misma. El hombre estaba sentado con una horrible herida que le atravesaba la yugular de lado a lado, desangrándose de manera rápida como un cordero al que se prepara para el sacrificio.

Tras la sorpresa inicial, la mujer se recuperó de manera instantánea, girándose y propinando un golpe circular con el puño al inoportuno intruso, que hizo que saliera despedido hasta chocar con la pared detrás de él.

“Joder, ya había olvidado lo rápidos y fuertes que llegan a ser”, pensó mientras intentaba incorporarse. No tuvo tiempo para ello.

La mujer saltó encima de él, enarbolándole cuchillo que apenas pudo evitar que le hiriera en la clavícula izquierda. La proximidad de ella hacía que no pudiera usar con efectividad la espada, a la vez que le permitió observar el cambio que se había producido en la mujer.

Sus rasgos se habían envilecido, haciendo que su piel perdiera la tersura que antes había exhibido; su boca mostraba una mueca animal, por la cual escapaba la saliva que producía la emisión de unos gruñidos antinaturales. Aunque el cambio más dramático podía observarse en sus ojos, los cuales se habían ennegrecido y dilatado de tal manera que eran una sombra oscura que denotaban una falta total de humanidad, haciendo parecer que un cúmulo de nubes de tormenta hubieran oscurecido el cielo azul que había habido antes.

La fuerza que exhibía también mostraba ese cambio espectacular sufrido, esa misma fuerza que le mantenía inmovilizado y que le dejó la única opción de propinarle un fuerte cabezazo en su rostro, aprovechando la proximidad cada vez más cercana de éste al suyo para morderle la yugular. Dicha acción hizo que aflojara su presa, a la vez que emitía un gruñido lastimero.

La figura de la gabardina aprovechó ese momento para escurrirse a un lado y recuperar la verticalidad.

No había acabado de recuperar la posición cuando la “mujer” volvió a abalanzarse sobre él, pero esta vez estaba preparado.

Su finta lateral y el corte oblicuo descendente que efectuó casi rebanó de manera total la pierna de su atacante, y aprovechando el momentáneo respiro que le dio este ataque le dirigió a continuación una estocada directa que le atravesó el pecho a media altura con tal fuerza que la empaló contra una de las puertas que estaban detrás de ella.

Los espasmos agónicos que la sacudían, mezcla de sorpresa y rabia, se fueron apagando a la vez que se volvía a experimentar un cambio en su físico.

Sus facciones volvían a suavizarse y a adquirir aquellos rasgos exquisitos que antes poseía, volviendo el azul de sus ojos tras la tormenta que los había nublado. Pero la expresión de los mismos mostraban un gran miedo y tristeza, como si ella no hubiera sido la responsable de sus actos y sin embargo fuera la víctima de sus consecuencias. Tras ese breve momento, sus ojos se apagaron y murió.

La figura de la gabardina estuvo observando todo ese proceso en pie, impertérrito en apariencia, pero odiando esa mirada que siempre veía en última instancia en sus víctimas y que le hacían sentirse más como un asesino que como un cazador, a pesar de la justificación de sus actos.

El sonido de unas sirenas lejanas le sacó de sus pensamientos, arrancando la espada del cuerpo inerte y echando un último vistazo al hombre. Le había seccionado la yugular y se disponía a arrancarle el corazón para comérselo y así finalizar el ritual que, como siempre, les daba más fuerza y les permitía permanecer más tiempo en nuestro plano. Afortunadamente, pudo intervenir antes de que finalizara y acabar con “ella” de una manera definitiva.

Sin más dilación, salió de los baños dirigiéndose a la salida de emergencia para perderse entre el laberinto de calles, antes de que llegara la policía y le hicieran preguntas que él no pudiera contestar.

Cuando llegó a su escondite, un apartamento pequeño de un bloque marginal, se dispuso a curar sus contusiones y a prepararse para la próxima cacería, no sin antes haber derramado unas pocas lágrimas que aliviaban en parte su sufrimiento interior e hicieran que siguiera adelante con su misión.

Le doy a este relato
puntos

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