Busca
 
Dragonlance - Timunmas
Reinos Olvidados - Timunmas
Warhammer - Timunmas
Warhammer 40.000 - Timunmas
Terror - Timunmas
Fantasía Épica - Timunmas
La Rueda del Tiempo - Timunmas
Biblioteca - Timunmas
Tolkien - Minotauro
Ucronías - Minotauro
 
Selecciona Editorial
Escribe tu E-mail
 
 
Starters, de Lisa Price (Destino - Literatura Juvenil)
 
Scyla Ebooks
 
Minisite METRO 2033
 
Literatura de Terror
 
Minisite sobre las novelas de Halo
 
Scyla, Timun mas y Minotauro en Facebook
 
Planeta de Libros
Un piano
Sergio Rodríguez Narváez - Relatos de Scyla: Terror - 0 Comentarios - Puntuación: 0 puntos (VOTAR)
Él advirtió que el obstáculo a vencer era el piano, así que decidió destruirlo...
Hace veinticinco años, mientras paseaba con un sobrino por una calle de Matamoros, Tamaulipas, bajo un sol abrasador, divisé una casa en ruinas. Tenía dos pisos, estaba cubierta de grietas y graffiti y carecía de cortinas. Mi sobrino advirtió la forma en que yo veía la casa, así que al punto, sin exagerar su acento norteño —yo soy capitalino, aclaro—, me indicó que los Murguía habían construido la propiedad y la habían habitado durante ochenta años, hasta que tragedias diversas acabaron con todos ellos.
Dichas tragedias tuvieron que ver con un piano finísimo traído de Alemania, que sería tocado por Eulalia, primogénita de no sé qué generación de los Murguía. Ella se había enamorado del instrumento en Berlín y, tras empeñarse en tenerlo, su padre lo adquirió y lo mandó a México. Eulalia tomaba a la sazón lecciones de piano, pero resultó que sus maestros dejaron de ser necesarios una vez que el piano llegó. Fue como si el instrumento tuviera algún poder incomprensible que volvía virtuoso a quien lo tocara. El caso es que, por años, Eulalia no hizo más que tocar el piano; interpretaba piezas de todo compositor imaginable, ya fuera fácil o difícil, y desatendía otros aspectos de su vida, como, por ejemplo, el sentimental. Tuvo pretendientes, pero a todos los rechazó sin haberles prestado mucha atención, pues el piano estaba antes que nada. Hubo un galán que se juró tenerla a cualquier precio; él advirtió que el obstáculo a vencer era el piano, así que decidió destruirlo; aprovechó una breve salida de todos los Murguía para infiltrarse en la casa, llegar al cuarto de música y, hacha en mano, pretender destruir el instrumento. No sé sabe qué pasó, pero el hecho es que el piano permaneció intacto, mientras que el vándalo acabó en una esquina, partida en dos la cabeza por un hachazo.
El evento tuvo mucha difusión; jamás se explicó lo que pudo haber pasado, pero a Eulalia sólo le importó que su piano se mantuviera a salvo. El asunto del pretendiente se olvidó y la intérprete fue escuchada por un cazador de talentos, que se propuso convertirla en concertista internacional. El problema fue que, evidentemente, Eulalia tendría que llevar su piano a todas partes. El cazatalentos hizo una prueba con otro piano y descubrió, horrorizado, que la chica era más bien mediocre cuando tocaba un piano que no fuera el suyo. La avaricia lo condujo a querer comprar el instrumento, costara lo que costase, pero la familia se negó rotundamente, apoyando a Eulalia. Entonces, el hombre decidió recurrir al delito; se alió con una banda de ladrones y planeó sustraer el piano. Ahora bien, cuando los cacos irrumpieron en casa una noche, amagaron a la familia e intentaron llevarse el piano, algo —se ignora qué— les pasó que los hizo atacarse unos a otros hasta quitarse la vida. El caso es que el piano permaneció intacto.
Pasaron los años y el vigor de Eulalia se fue mermando. Un observador agudo señaló que el piano le “robaba” la vida, cosa que nadie quiso creer. Emeterio, hermano de Eulalia, convencido de que una fuerza sobrenatural guiaba los acontecimientos, llamó a un amigo sacerdote y, a solas en el salón de música, le pidió que bendijera el instrumento. Ni una gota de agua bendita lo mojó, pues el hombre de Dios cayó fulminado por un infarto, hecho que impresionó tanto a Emeterio que lo volvió loco; murió años más tarde en un manicomio.
Gradualmente, todo aquel que quiso oponerse al piano afrontó un destino funesto. Llegó el momento en que Eulalia se quedó sola en casa, soltera y sin hacer más que tocar el piano. Los habitantes de los alrededores se acostumbraron a tal grado a oír las piezas, que a la larga dejaron de percibirlas. Alguien notó, por fin, que los conciertos habían cesado. Se corrió la voz, se comprobó que ya no se oía el piano y, claro, se coligió que Eulalia había muerto. Un grupo de valientes, alentados hasta por la presidencia y la policía municipales, decidió averiguar lo que había ocurrido; no tuvieron que forzar la cerradura porque, sorpresivamente, ninguna puerta estaba cerrada con llave, de modo que se internaron con cautela en la casa y subieron al cuarto de música.
Mi sobrino concluyó su relato diciendo que no encontraron ni rastro de Eulalia, y que el piano se veía radiante y parecía demandar un nuevo intérprete. Pero nadie quiso reemplazar a la desaparecida. La casa se mantuvo desierta, el tiempo empezó a deteriorarla, se esperaba pacientemente que un día se viniera abajo.
Mi sobrino se detuvo de pronto, extendió un brazo y tensó el índice; señalaba una ventana más o menos percudida.
—Ahí está —me dijo en un susurro.
Agucé la vista, di un paso al frente y luego retrocedí. Había visto parte del piano y había sentido miedo.

Le doy a este relato
puntos

Nombre
Comentario
     Introduce el código
 
 
Cazador de almas (Dembski-Bowden, Aaron) - Warhammer 40.000
Cazador de almas
Autor: Dembski-Bowden, Aaron
Ríos de Londres (Aaronovitch, Ben) - Fantasía
Ríos de Londres
Autor: Aaronovitch, Ben
El camino de la magia. Antología (Adams, John Joseph) - Fantasía
El camino de la magia. Antología
Autor: Adams, John Joseph


     
Grupo Planeta