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La Puerta
Rafael Gonzalez - I Concurso Monstruos de la Razón (Ociojoven) - 0 Comentarios - Puntuación: 68 puntos (VOTAR)
A simple vista no éramos más que un millar. Famélicos y ojerosos, a pesar de los cuidados. Habían colocado una gran pantalla de televisión, y todos la mirábamos con expectación.
La pandemia acabó el 2 de Enero de 2.025. Fue un regalo de Año Nuevo, con el que la radio estatal rompió semanas de continuo silencio. Para los supervivientes, fue como si Dios hubiese abierto los cielos y anunciado la salvación de los justos.

“El gobierno de emergencia informa que se ha restablecido el control sobre las redes de infraestructuras. En las próximas jornadas, se procederá a sofocar los últimos focos de infectados. Los servicios de gas y electricidad se normalizarán próximamente. Para facilitar su rescate, les recomendamos que señalicen su posición con un tela roja y permanezcan en lugar seguro hasta que lleguen las fuerzas de salvamento.
Fin del comunicado del gobierno de emergencia.”

Los soldados tardaron cinco días en llamar a la puerta de mi refugio. Sin embargo, no hubo tiempo para abrazos o emotivos saludos de agradecimiento. Entraron con las armas a punto, protegidos por respiradores autónomos, y no se calmaron hasta que volvimos a su tanqueta.
Pasé los siguientes meses en un campamento para supervivientes, instalado en el recinto de una base militar. Encerrado en un cubículo de aislamiento, sólo vislumbraba formas difusas a través de las paredes de plástico. Espectros temblorosos acompañados de figuras níveas. Durante las primeras semanas, me sometieron a suficientes pruebas médicas para hacerme odiar a cualquier persona vestida con una bata blanca. El miedo a que quedase algún infectado entre los supervivientes me hacía dormir con la cama apoyada contra la puerta.
Tras dos meses de reclusión, nos reunieron bajo la gran carpa central. A simple vista no éramos más que un millar. Famélicos y ojerosos, a pesar de los cuidados. Habían colocado una gran pantalla de televisión, y todos la mirábamos con expectación.
Entre vítores y aplausos de la ansiosa audiencia, apareció la jovial imagen de un joven locutor que anunció el final de la cuarentena.
“En cuanto los pelotones de limpieza y desinfección acaben con su tarea, los supervivientes comenzarán a ser realojados.”
Día tras día devoramos las exiguas gotas de información que nos llegaban. Reportajes rodados con decorados improvisados, que interrumpían la programación de videos musicales y viejas series de dibujos animados. Una mañana, aparecieron los listados de los demás campamentos del país. Mientras repasaban los nombres escritos en esos manojos de papel, muchos le dijeron adiós a sus últimas esperanzas de reencontrarse con parientes o amigos. Hombres y mujeres de cualquier edad se deshacían en llantos. Las noches se convirtieron en un coro de lamentos.
Por suerte, con el tiempo los espíritus se recuperaron del trauma. Se forjaron nuevas amistades. Organizamos fiestas de cumpleaños. Se celebraron bodas. Hasta que la televisión dio la gran noticia: volvíamos a nuestras casas. Tendríamos una semana para poner en orden nuestras cosas. Luego, viviríamos junto a los exiliados llegados de Asia y África. A salvo mientras la normalidad se restablecía.
Ocho meses después, la tanqueta del ejército se detuvo frente al portal, y el militar me entregó una bolsa precintada en cuyo interior tintineaban las llaves de mi casa antes de dejarme solo
Subí las escaleras en silencio. Todas las puertas del edificio estaban abiertas. Muchas habían sido forzadas violentamente.
Mi casa me recibió inmaculadamente limpia. No quedaba ni rastro de toda la basura que había acumulado, pero todos mis enseres seguían allí. Abrí las ventanas de par en par, puse el televisor (me gustaba la sensación de una voz que me hiciera compañía) y saqué sábanas limpias. Sobre los azulejos de la cocina distinguí residuos de un polvo azulado. El producto que usaban para eliminar restos orgánicos.
Al día siguiente, un soldado subió una bolsa con raciones de campaña para toda la semana. Desde la ventana vi a sus compañeros, vigilando continuamente.
“No conviene que salga a la calle, señor.” – me recomendó – “Aún quedan edificios precintados por limpiar.”
El segundo día me desperté en mitad de la noche. Intenté volver a dormirme, pero no pude conciliar el sueño. Sentía la lengua como un estropajo viejo dentro de la boca. En mi mente no cesaba de reproducirse el recuerdo de la última vez que vi a mis vecinos, al matrimonio Cean.
Fue durante la tercera semana. Cuando, acuciado por la falta de víveres, me descolgué a través de una ventana y entré por la terraza de los ancianos. Los encontré acurrucados, uno encima del otro. Al marido le cubría una nube de larvas blancuzcas que se derramaban por el suelo sucio y mugriento, extendiéndose hasta el cuerpo de su esposa. La señora Cean, su cabello rizado hecho un amasijo de sangre y pelo sucio, estaba encima del cadáver, en una estrafalaria postura que resultaba grotesca y retorcidamente erótica. Mientras llenaba la mochila de latas de comida y refrescos, no dejé de fijarme en que el señor Cean tenía grandes mordiscos en el rostro.
Me levanté, bebí un vaso de agua y eché un vistazo por la ventana.
Entonces lo vi.
A unas tres manzanas de allí, brillaba luz en otra casa. Con las farolas apagadas, su resplandor era un faro en medio de las tinieblas. Lo más parecido a un contacto humano que podía permitirme. Durante horas miré hacia aquella ventana, esperando ver algún rastro de la persona que estaba allí.
Me quedé dormido antes de lograrlo.
Durante los días siguientes, observar la ventana me sirvió de distracción antes de irme a la cama. Busqué mi cámara de fotos, pensando usar el zoom para disponer de una visión más cercana, pero las pilas estaban agotadas. Por lo tanto, me conformé con vislumbrar la sombra que se movía de cuarto en cuarto. Acuciado por un extraño sentimiento de vergüenza, apagaba las luces al anochecer y cenaba apoyado en el alfeizar, sin perderme detalle. Pasadas las doce dejaba de verle moverse, aunque la luz se quedaba encendida. Supuse que la necesitaba para dormir. Una noche tras otra, me sumía en divagaciones respecto a aquella persona. La curiosidad me hacía desear que los días pasaran. Seguramente, coincidiríamos en el mismo transporte. Quería tener la oportunidad de saludarle y presentarme.
Por la mañana, revisaba mis posesiones mundanas y me enfrentaba a la dura tarea de elegir cuáles de ellas no podía abandonar.. Según las instrucciones que nos había dado el ejército (una hoja de papel mecanografiada y pasada por alguna multicopista), me debía limitar a objetos de pequeño tamaño. Libros, ropa, álbumes de fotos, regalos casi olvidados, viejas cintas de música y cd´s cubiertos de polvo, recuerdos de parejas a las que ya nunca más volvería a ver... Poco a poco, acumulé cuatro bultos del tamaño de una maleta pequeña en el salón.
De vez en cuando, mis ojos repasaban los puntos que, como picaduras de viruela, recorrían la superficie de la puerta. Marcas de los tablones que claveteé al principio de la epidemia para fortificar la entrada. Mi barrera para mantenerme alejado de los constantes gemidos moribundos que soporté durante días. Esperando que el silencio me anunciase por fin la muerte de los infectados. Ansiando esa paz para mis nervios.
Aquello ya era pasado. Algo lejano. Algo para olvidar.
La quinta noche, un estruendo me despertó. Pegué un bote en la cama, incapaz de reaccionar.
Un nuevo estampido hizo que las nieblas del sueño se retiraran de ante mis ojos y salté hacia la ventana. Había sonado como un trueno, pero sabía perfectamente que no se trataba de una tormenta. Miré hacia el edificio de mi vecino, e intenté ver algo. La luz de las habitaciones seguían encendidas, pero no se distinguía a nadie.
Entonces, vi una sombra que se asomaba fugazmente a la ventana. Por su postura, deduje que era alguien intentando ocultarse. Debía de estar moviéndose pegado a las paredes.
¿Acaso había alguna otra persona en el edificio?
No me quedó mucho tiempo para seguir meditando qué ocurría. De pronto, las luces se apagaron.
Escuché el gemido brotar de mis labios como en sueños.
Para cuando quise darme cuenta, tenía medio cuerpo asomando fuera de la ventana. Sentía el frío al correr el aire sobre la piel empapada en sudor.
Entonces, dos destellos iluminaron la noche desde la casa de su vecino y un segundo después escuchó los estampidos de los disparos.
Luego, nada más.
Silencio absoluto.
Me pasé el resto de la noche en vela, aguardando alguna señal de mi vecino. Deseando que se encendiera una luz.
No ocurrió nada.
Por primera vez en mucho tiempo, tuve la sensación de estar oyendo ruido en el edificio. Un angustioso sentimiento comenzó a crecer en mi interior. Me pasé el resto del día metido en la cama, encogido bajo las sábanas. Daba vueltas y más vueltas, incapaz de pensar con claridad. Intenté distinguir algún sonido que no fuera mi propia respiración entrecortada. El esfuerzo fue en vano.
¿Sería aquello lo que sintió mi vecino?
¿Aguzó el oído, como hacía yo, para escuchar qué se movía en medio de la noche?
¿Habría vuelto a bloquear la puerta de su habitación?
El tiempo se me fue en esas divagaciones, y cuando quise darme cuenta el despertador comenzó a sonar. El sexto día por fin había llegado. Desatranqué la puerta de mi cuarto, y me aseé con rapidez. Sentía unas ganas intensas de volver a estar con otras personas. Hasta mi cubículo de cuarentena me parecía mejor lugar en aquel momento. Desayuné a toda prisa, y me eché la mochila a la espalda. Había decidido que era mejor esperar al camión del ejército en el portal.
Pero, al girar la llave, una imagen me asaltó de pronto. La visión de un infectado. Estaba esperando al otro lado de la puerta. Dispuesto para abalanzárseme. Los ojos inyectados en sangre. Enloquecido por la fiebre y las alucinaciones.
El sonido de la cerradura al volver a girar se me antojó un estruendo. ¿Quién podría dejar de escucharlo, en medio de semejante silencio? Me mordí el labio inferior. Mi mano sujetaba la llave sin atreverse a dar la última vuelta.
¿Había vuelto a oír algo, o sólo era el latir del corazón contra mis sienes?
“Están todos muertos.”
“No puede quedar ninguno.”
Pero, por más que repetía esas frases, no fui capaz de abrir la puerta. Notaba cómo los nervios se apoderaban de mí. Dominándome. Formando un nudo en mi estómago.
Cerré los ojos. Tomé aire profundamente, y lo expulsé muy despacio.
“Están todos muertos.”
Haciendo acopio de valor, me asomé por la mirilla.
Nada. El rellano estaba a oscuras.
Sentí que empezaba a marearme. Di un par de pasos hacia atrás y, antes de pensar en lo que estaba haciendo, apagué la luz. Me quedé sumido en penumbras. Contuve la respiración, e intenté captar la más mínima señal de actividad al otro lado de la puerta.
Ni un susurro.
Y, sin embargo, una parte de mi mente me gritaba para que no me fiase. Me decía que algo estaba acechándome ahí afuera.
Sin perder de vista la puerta, abrí un armarito. Busqué a tientas en su interior, hasta tocar unas correas de cuero. Me las pasé entre los brazos, ajusté los cierres y, mientras volvía a respirar con calma, cerré los dedos en torno a la culata del revolver.
Volví junto a la puerta, y rocé el manojo de llaves que seguía colgando de la cerradura.
“Abre la puerta. Abajo están los soldados. Te meterán en la tanqueta y te sacarán de aquí.”
Crispé la mandíbula, ignorando el vello que sentía erizarse en mi nuca.
“Abre la puerta”
Con sumo cuidado, amartillé el arma y la empuñé con fuerza, apoyándola contra la madera. Aún más lentamente, deslicé el último paso de la cerradura.
El pestillo dejó escapar un “clic”. En ese instante, creí escuchar un murmullo del otro lado.
Pero ya era tarde.
En mi garganta empezaban a resonar las primeras notas de un grito agudo y desgarrador.
El primer aullido de mi demencia.

Le doy a este relato
puntos

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