Abrió los ojos al escuchar la llamada.
Al principio, los párpados le resultaban increíblemente pesados. Aquello se debía a que era la primera vez que los abría. Era un recién nacido, ¿o había estado profundamente dormido hasta aquel instante?
Sentía frío. Intentó mover sus piernas para desentumecerlas, pero no las encontró. Su cuerpo era aún demasiado etéreo como para poseer extremidades.
Sin embargo, y a pesar de que ni siquiera él supo cómo lo hizo, se puso en pie. Era una nueva sensación para él, tan fascinante como aterradora; a punto estuvo de caer un par de veces hasta que logró estabilizarse. Una vez hecho, miró a un lado y a otro intentando saber dónde se encontraba.
Lo que sus ojos descubrieron fue una interminable explanada, tan homogénea como el albo cielo que lo cubría. El terreno era de un gris lechoso, conformado en su totalidad por arena blanca que engullía sus pies.
Y es que ahora tenía pies. El ente había comenzado a tomar forma, aunque seguía desnudo y vulnerable ante el hostil mundo que le esperaba más allá. Se observó a sí mismo, fascinado de la transformación que estaba sufriendo.
De nuevo sintió una fuerza que lo llamaba. Ahora le pedía que caminase.
Miró sus pies y, con una angustiosa incertidumbre, avanzó uno de ellos. La arena dificultaba el avance, pero poco a poco pudo acostumbrarse al movimiento, dando comienzo a una dura travesía.
En un primer momento, lo único que acertaba a ver era el horizonte, que observa impasible su duro caminar. Sin embargo, según se iba moviendo, iban apareciendo a un lado y a otro protuberancias en la arena. Todas eran iguales, y cuando se acercó a una de ellas descubrió que era un ente idéntico a él. Todos se encontraban acurrucados en la arena, profundamente dormidos hasta que recibieran la llamada.
—Están esperando a convertirse en sueños —dijo una voz, a su espalda. Cuando se giró, se encontró con un pobre viejo. Su rostro grisáceo se escondía tras una descuidada barba. Tenía el lateral del labio continuamente alzado, como si se riera de algo sin parar. Vestía un jersey negro de lana gorda, y sobre él una gabardina marrón y harapienta hacía juego con sus mitones deshilachados, dando el aspecto de un vagabundo.
—¿Por qué no despiertan? —preguntó al viejo, que después de aquella declaración parecía haberse perdido en sueños.
—Porque todavía no han recibido la llamada —respondió, girándose hacia el lugar que perseguía el recién despierto.
—¿Soy yo, acaso, un sueño? —aquella era una pregunta un tanto retórica, pues ya lo había supuesto al comenzar la tertulia con aquel singular personaje. No obtuvo una contestación—. Y tú, ¿qué eres? —el viejo se rió amargamente.
—Sólo soy un vagabundo— desveló con los hombros caídos—: un sueño olvidado ya hace tiempo, condenado a deambular por este mundo onírico hasta que muera.
El sueño ahora se apenó. Temía no llegar nunca a donde escuchaba la llamada, pues ésta le causaba una inexplicable ansiedad. Sentía la necesidad de ir a su lado.
—Ven conmigo —invitó resuelto el sueño—. Yo sé cuál es el camino. Puedo escuchar la llamada —aseguró, feliz. De nuevo, el vagabundo se rió: su experiencia conocía ya lo que ocurriría si acompañaba a aquel sueño.
—No puedo atravesar la barrera que separa el sueño y la vigilia. Ya no —confesó—. Sólo puedo animarte a continuar tu viaje, porque no será nada fácil.
Lo empujó, obligándole a reemprender el camino. Aunque siguió andando, el sueño giró la cabeza para preguntar al vagabundo.
—¿Y cómo pasaré la barrera entre el sueño y la vigilia? ¿Cómo podrás ayudarme si no me vas a acompañar? —de nuevo, el viejo rió. Parecía que todo le resultaba divertido.
—Sólo recuérdame —respondió gritando el viejo pues la distancia ya era más que considerable— con que recuerdes mi nombre, será suficiente —se quedó pensando un momento, como si dudara de su propio nombre—. Tengo muchos, pero recuérdame como Inocencia... o Ilusión— el viejo parecía dubitativo— ¡bah! Me da igual cuál elijas, esos son mis dos favoritos.
Su voz terminó por perderse, junto a su figura, tras una densa masa de nubes.
“Esto debe de ser la barrera” se dijo el sueño. Una inmensa niebla, de contornos perfectamente definidos, se alzaba frente a él como un muro blanco. Respiró hondo, y se introdujo en él con paso firme.
Caminó. Caminó durante tantas horas, quizás días, que perdió ya toda noción de tiempo o espacio. La niebla todo lo cubría, y ahora ya no escuchaba la llamada.
En realidad, no escuchaba absolutamente nada. Ni siquiera el silencio. Aquella ausencia absoluta le oprimía los oídos, poniéndolo muy nervioso. Pataleó contra el suelo, pero la arena se tragaba cualquier sonido. Dio palmadas enérgicamente, pero la niebla cazaba el ruido antes de que pudiera calmar sus sedientos oídos.
Cuando ya no pudo más, terminó por pararse y sentarse en el suelo, a llorar. Estaba demasiado cansado; sus músculos no parecían querer continuar. Ahora que no escuchaba la llamada, no encontraba motivo alguno para seguir errando por aquella hostil tierra.
Recuerda mi nombre
El sueño se asustó al escuchar aquella voz. No era un sonido real, pues no había sentido que entrase por sus oídos; sin embargo, habría sonado nítidamente en su cabeza. Acompañando a la voz, la cara del vagabundo se materializó en su mente, completando el recuerdo.
Recuerda mi nombre
La voz suplicó, una y otra vez, hasta el infinito. El sueño pronto se hartó de aquella monótona perorata, e intentó apartarla de su mente.
Exasperado y rabioso, volvió a levantarse y arremetió contra la niebla. Golpeó y arañó, fintó y giró; pero jamás consiguió herirla. Siempre sabía apartarse oportunamente del alcance de su mano; y de igual modo podía acercarse por su espalda hasta rozarle la nuca, en un descarado acto de mofa.
Cuando no pudo más, el sueño frenó, jadeando. Las lágrimas volvían a inundar su rostro. La desesperación se había apoderado de él...
Inocencia, Ilusión
¿Inocencia, Ilusión? ¿Qué tenían esos dos nombres de especial que pudieran sacarlo de allí? ¡Si sólo eran palabras!
Inocencia, Ilusión
Al rememorarlos, una imagen totalmente desconocida apareció ante él.
Estaba viendo un mundo hostil, mucho más que el suyo; lleno de humo y oscuridad, y de demonios sin alma ni corazón que lo maltrataban de tal manera que la misma tierra gemía de dolor.
Y en medio de aquel infierno una diminuta figura, un insignificante niño, miraba a su alrededor triste y perdido. El sueño se compadeció de aquel niño, solo e inerme ante aquel aterrador mundo en el que le había tocado vivir. Parecía que sus ojos habían perdido algo. Algo tremendamente importante.
Inocencia, Ilusión
Algo le decía que era aquello. Debía llevarle esas dos palabras al niño para que pudiera sobrevivir en aquel infierno. Tenía que llegar a su lado para poder ayudarle. Para poder darle esperanza.
De nuevo, encontró algo por lo que seguir. Ahora que las fuerzas y la determinación habían regresado, la niebla se había vuelto menos densa...
... Y podía escuchar de nuevo la llamada.
Pero no sólo oírla. Al girarse en la dirección correcta, vio una luz cegadora que lo dejaba maravillado. Feliz, dio los últimos pasos de aquel duro viaje. Dejó que la luz lo rodease, fundiéndose con ella...
El sueño se hizo realidad. |