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1942
participante 1 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 36 puntos (VOTAR)
No, usted tampoco me creerá, también dirá que la guerra pudo conmigo, que mi mente fue más débil que mi cuerpo, no me creerá, como ninguno de los que escucharon mi historia en los dos años de reclusión que llevo aquí por abandonar mi puesto... El general
No, usted tampoco me creerá, también dirá que la guerra pudo conmigo, que mi mente fue más débil que mi cuerpo, no me creerá, como ninguno de los que escucharon mi historia en los dos años de reclusión que llevo aquí por abandonar mi puesto...
El general Invierno golpeaba más duramente que nunca, habíamos tenido batallas a cuarenta grados bajo cero, algunas armas quedaban inservibles si nos descuidábamos, los vehículos se convertían en chatarra si no estaban en continuo movimiento. A pesar de eso nosotros, acostumbrados al frío y a las penurias, estábamos mejor preparados que nuestros enemigos, muchos de los cuales eran jóvenes de familias ricas que nunca habían salido de sus cómodas habitaciones salvo para ir a fiestas y a recepciones de la alta sociedad germana. Los continuos temblores de tierra provocados por los bombardeos hacían imposible dormir más de dos horas seguidas, muchos camaradas caían agotados para morir después de frío en mitad de calle, con el único consuelo de saber que su arma y su munición podrían servir a otro para detener a la bestia fascista. En estas condiciones infrahumanas, que hacían aún más miserable esta maldita, aunque necesaria, batalla en la que llevábamos meses sin dejar de combatir, seguíamos como lobos furiosos, buscando alguna presa en la vasta estepa siberiana, protegiendo la fábrica de tractores, que en las últimas doce horas había cambiado de mando seis veces, alimentándonos de la carne cruda de un caballo que yacía a unos metros de nuestra posición. Sabíamos que este punto estratégico podía ser clave no sólo en esta batalla, que según nuestro periódico estaba siendo un ejemplo de valor y resistencia ante el mundo, sino también algo decisivo en la guerra, por lo que resistíamos sin saber cómo, pensando en las familia que habíamos dejado atrás, las partidas de ajedrez, los paseos o cualquier otro grato recuerdo de nuestros hogares, que quizás estuvieran ya reducidos a escombros.
Apenas nos quedaban municiones cuando una granada cayó cerca de mi batallón destrozando a tres de mis compañeros; el zumbido posterior me tuvo un tiempo, que calculé que fueron tan sólo unos segundos, desorientado, sin reconocer el lugar en el que me encontraba, sentía que uno de mis camaradas había caído encima mía, cuando empujé para apartarlo noté que no pesaba tanto como se podría suponer por su aspecto robusto, y vi que la explosión le había dejado sin piernas. Lo eché a un lado y comprobé horrorizado que seguía consciente, por lo que gasté una de las pocas balas que aún me quedaban en terminar con su sufrimiento: las lágrimas de sus ojos justo antes de dispararle todavía inundan mis sueños cada vez que duermo, esa extraña expresión en su rostro de horror y esperanza me resulta hoy tan nítida como aquel fatídico día. Conseguí levantarme a duras penas para ver a unos cuantos soldados localizar al enemigo que había lanzado la granada y deshacerse de él con una ráfaga de ira y plomo, mientras otros aprovechaban el desconcierto para huir a una posición más segura, tal vez con la idea de no volver a combatir, aún sabiendo que eso podría costarles una temporada de trabajos forzados en Siberia, adonde tantos otros habían ido por el simple hecho de estar en contra de la política dominante, o sencillamente por resultar sospechoso a cualquier comisario político.
Entonces, aturdido por el estruendo y cubierto de polvo y sangre fue cuando los vi...en el exterior, dos hombres con un extraño vestuario que no había visto antes caminaban tranquilamente por la calle principal de la ciudad, como si aquel infierno de cañones y bombas no estuviera ocurriendo en aquel instante; o como si se supieran inmunes a cualquier ataque, al observar que uno de ellos llevaba un aparato con una gran mira telescópica, según podía deducir desde el lugar en el que me hallaba, y aún con un molesto zumbido en los oídos, pensé que era el francotirador que los alemanes habían enviado para cazar al camarada Zaitsev, cuya eficacia en acto de servicio había superado las mejores previsiones de nuestro alto mano y las peores pesadillas de los alemanes, minando gravemente la moral de sus tropas, por lo que su captura se había convertido en algo cercano a una cuestión de estado. Así que fui, esquivando las balas y los escombros, hasta la puerta de la fábrica, y disparé dos veces contra ellos, sin embargo, parecía que ni siquiera escuchaban las balas, que no les afectaba el nausebando olor de los cadáveres en descomposición que inundaban las aceras, sobreponiéndome de la sorpresa como pude, y aún con un enorme zumbido en mis oidos, vi que ninguno de los dos llevaba armas de fuego a la vista, así que decidí acercarme pues esa presa podía valerme pasar de ser secretario de mi unidad del Komsomol a ser acreedor de la medalla de Héroe de la unión soviética; corrí lo más rápido que pude, apuntándoles con mi rifle y gritándoles casi al oido las palabras en alemán que me habían enseñado en la NKVD:

Fritz!!Hitler Kaputt!!

Pero actuaban como si yo no estuviera allí, ya empezaba a pensar que eran de esos brujos que Hitler mandaba en busca de objetos esotéricos cuando vi un resplandor en la parte alta de un edificio. Era el alemán. Antes de tomar cualquier decisión, o de poder esconderme, recibí un balazo en el hombro que me derribó al instante; estando en el suelo vi un pequeño objeto rectangular al que se acercaban los extraños hombres, al acercar mi mano para estudiarlo detenidamente el alemán volvió a dar otra muestra de su certera puntería y me destrozó la mano desde su elevada posición. Entonces mi instinto de supervivencia pudo más que mi curiosidad, y me hice el muerto, pero aún estando al borde del desvenecimiento, con un dolor infernal en el hombro y en la sanguinolenta masa de carne en la que se había convertido mi mano, pude ver cómo uno de los hombres se agachaba a recoger el pequeño objeto que yacía cerca de mí, pulsaba un botón y pronunciaba una extraña frase:

"Quizás ahora hayamos obtenido alguna psicofonía".

Le doy a este relato
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