La estación de St Pancras, ubicada en el norte de Londres (entre el edificio de la nueva Biblioteca Británica al Oeste y la Estación King´s Cross al Este), era por aquel entonces la cabecera sur de la Midland Main Line, y el principal punto de partida de los servicios ferroviarios hacia East Midlands, hacia Sheffield via Leicester y hacia otras partes de Yorkshire.
Pero además, el edificio principal era utilizado desde el 14 de Noviembre de 2007 como cabecera de los servicios de trenes Eurostar hacia el Canal de la Mancha, a partir de la finalización de la nueva infraestructura ferroviaria denominada “Channel Tunnel Rail Link” (Enlace del Túnel del Canal) o CTRL. El CTRL era una línea de alta velocidad que unía la ciudad de Londres con el extremo británico del Eurotúnel.
Para esta remodelación, el artista británico Paul Day había diseñado una enorme escultura de bronce de nueve metros en la que se podía ver a una pareja de jóvenes enamorados besándose. La escultura reflejaba la idea de lugar de encuentro entre personas…
Pero en este horrible día de Julio de 2008, sólo iba a contemplar muerte y desconcierto…
La extraña comitiva llegó muy de mañana, en el primer tren del alba.
Eran tres hombres jóvenes con maletas ligeras, de aspecto completamente anodino. Demasiado anodinos… Ojos expertos habrían reconocido de inmediato que eran espías.
El más alto y corpulento iba el primero, con una pálida cabeza de jugador de rugby al que habían golpeado demasiadas veces. Su mandíbula rota y mal curada no le dejaba hablar muy bien…pero tampoco era amigo de hablar mucho. Sus manos encallecidas solían tener más que decir que sus palabras…
El tercero era mucho más pequeño, un tipo bajo y rechoncho de piel negra con cara de pocos amigos. Un antiguo boxeador de Liverpool que nunca pasó de mosca, hasta el día en que abandonó el deporte y se hizo amigo de la cerveza. Y de las armas de fuego. Ahora ganaba dinero escoltando a peces gordos a través de las calles de Londres, generalmente hombres peligrosos de la mafia o la política internacional, y con demasiada frecuencia abriéndose paso a tiros. Y a él no es que le importara mucho.
Pero el más importante de los tres era sin duda el del centro. Alto y espigado, de tez cobriza y nariz aguileña, sus ojos negros recorrían el gran salón de la Estación de St. Pancras como un cazador que aguarda a sus presas. Consciente de su natural superioridad sobre todos ellos.
Su nombre era Alexei Bondenza, contable de la vieja Perestroika, y uno de los amigos fieles de Mikhail Gorbachov. En los últimos años de la URSS fue director de la Oficina de Cuentas del Estado (en realidad poco más que una cortina de humo para derivar fondos a proyectos secretos de investigación), y Bondenza controló personalmente innumerables instalaciones de experimentación humana (con sujetos considerados “enemigos del Estado”, por supuesto). Nunca tuvo piedad, ni le importó lo que tuviera que sacrificar por el poder. Eliminó a sus rivales, denunció por sistema a aquéllos que le hacían sombra, y ganó una fortuna inmensa a costa de sus hermanos.
Con el auge de la Perestroika, esas viejas instalaciones pretendidamente científicas fueron cerradas una tras otra, y el pobre Bondenza tuvo que buscar amigos importantes que salvaran su responsabilidad.
Y eligió al mismo Gorbachov.
Haciendo uso de antiguos lazos de cuando ambos eran niños, el contable logró salvar sus finanzas secretas, evitando que el Ejército se divirtiera encerrándolo. Dos años después estaba viviendo como un millonario en plenos Campos Elíseos, despilfarrando el dinero que le había llevado veinte años robar.
Pero entonces, ¿cómo había llegado a esta infausta situación? ¿A tener que huir de noche a Londres para salvar el cuello?
Por culpa de rumores. “Los malditos rumores…”
Hace dos semanas, un topo del Servicio Secreto Francés en Rusia alertó de las intenciones del Kremlin de cobrarse el cuello de Bondenza. Según parece, quienes ahora ocupaban los altos cargos en la Federación Rusa eran hijos de antiguos represaliados en aquellos campos de exterminio. Y hay deudas que no se olvidan…
De modo que el viejo contable tuvo que empezar a moverse de nuevo. Buscó protección, pero Francia le ignoró conscientemente (evitando un conflicto internacional que no les apetecía en absoluto). Sólo el MI6 se mostró interesado. Bondenza aún poseía ficheros de sus terribles investigaciones con humanos, y sobre todo una agenda en la que había apuntado unos cuantos secretos de los principales mandamases del Kremlin. En aquellos tiempos, esos datos fueron su salvación. Hoy en día ya no valían demasiado, pues casi todos los nombres allí escritos se habían jubilado años antes (y a nadie le importaba hoy si habían torturado a mujeres o niños cuando eran jóvenes). Sin embargo, también se explicaba en esa agenda el destino de muchas partidas de oro en lingotes que se destinaron a sufragar las investigaciones de Bondenza, y de las que se había perdido la pista con los años.
Así que el Servicio Secreto Británico le prometió seguridad, a cambio de todos sus archivos.
El contable aceleró el paso, cansado de esta historia, y deseando estar por fin en algún lugar seguro. Tenía órdenes de presentarse ante el responsable del MI6 en Londres, entregarle sus viejos datos (que traía en una caja de seguridad dentro de su bolsa de viaje), y luego desaparecer para siempre en una solitaria (y bien protegida) casa de campo en Dover, que ellos le regalaban.
Un trato perfecto.
Y si para ello tenía que soportar a dos espías de pocas palabras y malos humores… bueno, era un precio razonable.
De pronto, notó una urgencia intensa y enorme: era su vejiga, llamándole en silencio.
– Tengo que ir al baño – les dijo a sus guardianes, y éstos le miraron incrédulos.
– ¿Ahora? – preguntó el más pequeño –. El coche nos espera en la puerta. Ya meará en el Cuartel General…
– Si pudiera esperar al Cuartel General no diría esto, pero me hace falta ir ahora.
Y se desligó de la comitiva por sí solo, marchando a toda prisa hacia los aseos. Los dos espías se encogieron de hombros, y fueron tras él.
El baño era grande y limpio, como acostumbran a ser los lugares públicos ingleses. Suelo de mármol y grifería plateada, con tres cabinas y cuatro urinarios de pared, un enorme espejo y un pequeño lavamanos. Pulcro y sencillo, sin demasiados alardes (a diferencia de los franceses, que gustan de cubrir todo de dorado a fin de que no se vean los años y las arrugas). Bondenza se colocó de cara a la pared, mientras sus fieles guardaespaldas fingían lavarse las manos.
Y entonces llegó la muerte.
Sonó un agudo pitido, y ambos guardaespaldas se retorcieron de dolor. Gemían, convulsionaban, temblaban cada uno de sus miembros y sus partes, hasta que les llegó la fría paz de la otra vida. Bondenza se volvió hacia ellos, con el terror más absoluto pintado en la cara, y supo que él tampoco duraría mucho más. En ese instante salió de una de las cabinas un gigantesco negro de cabeza rapada, ojos fríos de un azul eléctrico, y colmillos puntiagudos sedientos de sangre. Y en su cráneo lucía un extraño tatuaje: un escorpión, dibujado con tinta de plata, que abría sus mortales pinzas sobre aquellos ojos inhumanos.
Este ser grandísimo era la muerte encarnada, la maldición, y el contable lo supo tan pronto como lo vio aparecer…
Epílogo
El resultado llegó a oídos del MI6 en apenas quince minutos: Alexei Bondenza estaba muerto, igual que los agentes encargados de protegerlo.
Los detalles concretos tardaron un par de días más, pero no fue importante: la droga con efecto diurético que habían vertido en la comida del ruso, para atraerlo a aquel baño concreto; los nanobots cargados de ácido sulfúrico que vertieron en la de los espías, y que se activaron a una específica señal ultrasónica, consumiéndolos desde el interior; la maleta con los antiguos archivos soviéticos, robada por el asesino; los datos sobre un negro sospechoso huyendo en un todoterreno verde; o la cabeza del contable, que no encontraron por ningún sitio.
Muchos papeles, muchos datos, pero una única conclusión evidente: los rusos se habían cobrado al fin su venganza.
El jefe del Servicio Secreto Británico saltó furioso de su amplio sillón de cuero negro, y se juró algo a sí mismo: esto tendría represalias…
Segundo epílogo
Esa misma noche, había fiesta en el Bar de Kt´ll, en la cara sur del planeta Salakk, más allá de la Nebulosa Stirk.
La Banda de Galarr celebraba fiesta un año más, y sus créditos pagaron las consumiciones de todos los clientes de la noche. Tenían mucho que festejar.
Cada año aldarano, los ciento ochenta miembros de la terrible banda de asesinos se reunían de manera ceremoniosa en el amplio local, y bebían hasta caer borrachos como cubas. Disparaban sus armas–láser al techo, gritaban como animales, rompían mesas y sillas de forma descontrolada, y acababan durmiendo en el suelo cubiertos de su propia basura y sus vómitos.
Una auténtica juerga.
Y cada vez, un nuevo miembro era admitido, teniendo para ello que pasar una compleja prueba de maldad y barbarie. Si no demostraba de lo que era capaz, el resto de la Banda se permitía el lujo de matarlo y burlarse de sus restos.
Esa noche, un potente tubo de luz se abrió ante ellos, cubriéndolos del cegador brillo de la teleportación. Y de su seno brotó un gigantesco humanoide de piel negra y ojos claros, luciendo en su cráneo un vistoso tatuaje con forma de escorpión de plata. Y tan pronto como vino, se echó a reír.
Su cuerpo empezó a mutar, a encogerse y ensanchar por los lados, mientras le crecían no menos de diez tentáculos informes acabados en punta. Su rostro aparecía alargado y plano, lleno de un extraño pelaje más similar a plantas, y sus ojos se volvieron redondos y saltones, sin dejar de mostrar ese inhumano azul eléctrico.
Y seguía riendo. Cada vez más alto, más agudo y chillón… pero nunca dejaba de reír.
– ¿Y bien, Hullock? – le preguntó un altísimo aldarano de piel de roca, que a todas luces era el jefe de la banda –. ¿Qué has conseguido?
– Te gustará lo que voy a decirte, Luub – contestó el recién llegado –. Esos humanos estarán pronto en guerra, y tendremos muchas buenas muertes con las que entretenernos. Rusia y el Reino Unido son ahora enemigos otra vez, y dentro de nada caerán en la Guerra Nuclear. ¿No os parece magnífico?
– ¿Eso es todo? – añadió un pequeño zuumir con cara de asco –. Eso ya no es divertido, idiota. Es demasiado fácil engañar a los humanos. Llevamos cincuenta años jugando con ellos, y siguen cayendo igual.
– Eso es cierto – admitió el jefe –. ¿O es que no sabes nuestras aventuras de cuando éramos jóvenes? Bahía de Cochinos, la Crisis de los Misiles, la Guerra del Golfo, la epidemia del SIDA… Ya no está de moda hacer que los humanos se maten entre ellos…
– Pero… gran Luub – balbuceaba el diminuto ser –. Os prometo que esto será lo nunca visto… Una gran Guerra Mundial que acabe con todos los hombres y deje un mundo despoblado…
– ¿Y entonces con qué pasaremos el rato? – gritó un largo enjaabar, con su duro abdomen de quitina tumbado en el suelo –. Tú eres tonto, chaval. La idea es jugar con ellos pero sin matarlos a todos, porque entonces nos quedamos sin juguetes. ¿O por qué te crees que tuvimos que dejarles que descubrieran los antibióticos? ¡Porque si no ya no quedaba ni uno solo en la Tierra! Igual que terminamos con la Guerra Fría y el comunismo, para que no lanzaran las malditas bombas atómicas. ¿Y tú quieres una Guerra Nuclear? ¡Imbécil!
– Pero… Pero… gran Luub… No comprendo entonces… Yo creí que disfrutabais con la muerte y la sangre…
El gigantesco monolito de roca que era el líder de la turba sonrió (o mostró la mueca más parecida que pudo a una sonrisa). Pasó una enorme manaza sobre el cráneo peludo del aspirante, como una sospechosa caricia, y cuando habló, lo hizo de forma extremadamente pacífica. Como calmando su propia conciencia.
– Hullock… Hullock… ¿Qué os enseñan en la escuela? Claro que me gusta ver morir a humanos sin sentido, como las tontas hormigas que son… Ése fue el motivo de que matáramos a los aguafiestas de Kennedy y Luther King… Pero tampoco me apetece quedarme sin ninguno… ¿Cómo nos íbamos a divertir entonces? ¿Sólo matando a idiotas como tú…?
Dicen que el pequeño ser aún tuvo un segundo para comprender su destino, pero no le dio tiempo a nada más. Y la comprensión por sí sola no puede salvarte.
Veinte rayos láser impactaron al unísono en su cuerpo, quemándolo y reduciéndolo a cenizas. Y mientras el escaso montículo de arena caía desparramado por el suelo mohoso, las carcajadas volvieron a sonar, burlonas.
– ¡Menudos fichajes que nos traes, Luub! – chilló el enjaabar –. ¡Ahora tendremos que limpiar ese desastre y matar a unos cuantos humanos más, a ver si así podemos arreglarlo!
– ¡Tú sí que sabes cómo pasarlo bien, Haalar!
Tercer epílogo
De modo que ésa es la historia, mi señor Lucifer.
Ese individuo ridículo y manipulador que fue Hullock ha estado a punto de provocar una Tercera Guerra Mundial que extinguiera a todos los humanos. Una catástrofe como no se ha visto nunca, y que nos habría entregado un sinfín de almas cautivas para toda la eternidad.
Y ahora tendremos que esperar a la siguiente oportunidad para hacernos con la Tierra…
Un mal revés de la Fortuna, mi señor. Tendremos que seguir preparando las calderas, porque tan real como que existimos que algún día nos convertiremos en dueños de toda la realidad.
Mientras tanto, tenemos el alma de Hullock para jugar con ella. Serán muchas y horribles torturas las que le dedicaremos en este largo, largo tiempo…
Ya lo he comentado con los diablos de cuernos negros para que se ocupen de él… como merece…
Permiso para retirarme, mi señor… Tengo pendiente unos asuntos en las tinajas de aceite hirviendo… Ya sabe… Hitler y Stalin, que siempre están revolucionando a los otros… Y ahora encima se les ha unido ese liante de Saddam… De verdad que no sé lo que vamos a hacer con estos tipos…
F I N
Y en algún lugar del Cielo, un batallón de arcángeles supo de las maldades de Lucifer en el plano terrenal… y decidieron que había llegado la hora de plantarle batalla… |