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A Treinta Pasos
Participante 3 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 102 puntos (VOTAR)
La tarde era deliciosa y los parroquianos se agolpaban en las concurridas mesas de una de las más selectas tabernas al norte del Támesis, dónde las luces y las suaves notas de un violín anunciaban más allá de sus puertas los encantos del acogedor salón.
Prologo
La tarde era deliciosa y los parroquianos se agolpaban en las concurridas mesas de una de las más selectas tabernas al norte del Támesis, dónde las luces y las suaves notas de un violín anunciaban más allá de sus puertas los encantos del acogedor salón.
Yo acababa de regresar de la guerra y tenía mil historias que contarle al bueno de Alfred; buenas y malas noticias, divertidas anécdotas y… bueno, allí estábamos.
— Trece puntos, Alfred… pero Paul estaba tan borracho que apenas sintió la primera punzada. Dos horas después deliraba, balbuceando algo sobre las enaguas de la viuda de Jack Tres Dedos…
Ambos estallamos en una sonora carcajada; una más en un mar de murmullos, risas y voces. Aún no imaginaba que aquella carcajada estaba a punto de cambiar mi vida para siempre.
— Por las barbas de Cristo… Pero si es Edward Robert Hound.— murmuró Alfred entre dientes, dedicando al Lord una sonrisa protocolaria mientras éste alzaba su copa desde la distancia a nuestra salud.
— ¿Hound? Espera un momento… ¿Eddie?— pregunté extrañado, girándome para ver mejor la mesa. Recuerdo que hice ademán de acudir a saludarle, pero Alfred me retuvo sujetándome del brazo.
— ¿Dónde crees que vas, Andrew?— masculló el anciano. Ese tipo ya no es el mismo que conociste de niño. Se caso con Emma Stuart después de la guerra; ahora tiene el titulo de Lord.
Hay muchas cosas que han cambiado en tu ausencia, ¿sabes?
Me giré para mirar a Edward de nuevo. No podía creerlo; Edward Hound, uno de mis mejores amigos convertido en un estirado Lord, rodeado de las más selectas personalidades de la capital.
Sin duda habían cambiado muchas cosas.
Edward y yo habíamos compartido juntos nuestra infancia, incluso juramos ir a la guerra al cumplir los veinte, pero antes de alistarnos Eddie se enamoró de Emma y rompió su juramento para quedarse con ella.
Pero, ¡al diablo con los juramentos! Yo había sobrevivido a la guerra y Edward por fin se había casado. A los dos nos iban bien las cosas ahora y estaba feliz de poder celebrarlo.
Apenas me importaba nada más.
— Eddie y yo nos conocemos desde niños. He sido siete veces su segundo en asuntos de honor. Recuerdo un duelo en Birmingham…
El camarero interrumpió nuestra conversación dejando sobre la mesa una botella de champán con una discreta nota, justo antes de alejarse con una indolente mirada.
— Disculpe… no recuerdo haber pedido esto.— protesté.
— Cortesía de Lord Hound.— respondió el apático camarero con profesional suficiencia.


Abrí la nota; excelente papel sepia y tinta negra, el trazo suave y estilizado de Edward era reconocible en la letra, aunque su firma había cambiado significativamente.
A la salud de un héroe.
Lord Edward Hound.
Ambos nos miramos de nuevo antes de alzar la vista hacia Eddie para agradecer el detalle con una pequeña inclinación de cabeza.
Si, recuerdo que nos observaba desde lejos con una altiva sonrisa bailando en sus labios mientras nos invitaba a compartir su mesa con un leve gesto de la mano, como suele hacer la nobleza; en fin, ya sabes.
Ni que decir tiene que aceptamos el ofrecimiento.
— Ni se te ocurra llamarle Eddie. Menos aún mientras esté rodeado de esa muchedumbre de estirados.— Guardé silencio y el semblante de Alfred de repente se volvió terriblemente serio.— Andrew… prométemelo.
— Por favor… — protesté, fingiéndome herido por aquella desconfianza.


Alfred suspiró aliviado y solo entonces aceptó acompañarme hasta la mesa de Hound. Y bueno, allí estaba Edward, ataviado con un excelente traje, rodeado de generales, ministros.... Todos sonriéndonos con una mezcla de superioridad, ironía y desprecio difícil de digerir.
En fin, no pude resistirme.
— Eddie, ¿cómo te va?


Alfred se desprendió de sus anteojos para acariciarse la sien con gesto cansado, anticipando la respuesta del Lord.
Nunca me lo perdonó.
Highgate Graveyard. Cinco horas después.
Aquella noche la niebla dominaba todo Londres, desplegando su gélido abrazo desde las entrañas de la tierra hasta las oscuras siluetas de piedra de los panteones familiares. No puedo sacar de mi cabeza esa imagen fantasmal del cementerio, alumbrado por la tenue luz de la luna.
— Pistola. Treinta pasos, dos disparos. – anunció Alfred, ayudándome a remangar las mangas de mi camisa mientras me hablaba —. Es todo lo que he podido arrancarle a ese malnacido.
Lancé una mirada curiosa al grupo de Edward, que bebía, reía y conversaba animadamente como si aquello ya estuviese hecho.
Treinta pasos era una distancia enorme para un duelo. Yo siempre me había batido a diez y jamás había presenciado ningún duelo a más de veinte pasos. Treinta pasos era un abismo, sobre todo para un tirador poco experimentado. Pero ese no era el caso de Edward, por supuesto. Su puntería era sublime, famosa en todo Londres; era capaz de destrozar un nido a veinte pasos, yo mismo lo presencié una vez, pero bueno, ésa es otra historia.
En fin, yo aún tenía buen pulso y una puntería bastante aceptable, pero no era rival para Hound. Al menos no a esa distancia.
— Me parece justo.— me escuché decir con tono glacial.
Fred apenas pudo guardar silencio durante un latido, visiblemente afectado por mi estúpida concesión.
— ¡Por el amor de Dios, Mac! ¿Has perdido la cabeza?— protestó mientras sus mejillas se encendían, ya completamente fuera de sí —. Conoces a ese hombre mejor que nadie. Sigue siendo el mejor tirador de pistola de Londres, ¿recuerdas?
Malhumorado extrajo de su equipaje mi pequeño estuche de armas de roble lacado y su vieja petaca de estaño.
— No necesito ni un paso más.— repliqué. Abrió la petaca y se la arrebaté de las manos con una sonrisa malintencionada, justo antes de que probase una sola gota. Le di un largo trago hasta casi apurar el contenido y derramé el resto sobre mis manos, simplemente para enojar a Fred.
Vaya si lo hice.
— Maldito seas, Andrew McQueen ¡mi mejor whisky de malta! Oh, Señor… hazte matar de una maldita vez.— protestó, arrojando tan lejos como pudo la vieja petaca.
Aferró mi estuche de armas y se encaminó con paso furioso hacia el padrino de Hound, sin duda para cumplir el trámite de examinar las pistolas del contrario.
Solté una larga carcajada que me sirvió para liberar la tensión que atenazaba mis hombros. Necesitaba relajar los nervios y el whisky de Fred era lo mejor que tenía a mano. Sé muy bien que no hay nada más sagrado para un escocés que su petaca de whisky, así que traté de justificarme de algún modo.
— ¿Eso era malta? Venga, ¿por quién me tomas?— grité aún sonriendo, ahuecando las manos alrededor de mi boca para que me escuchase desde la distancia.
— Por alguien que no puede distinguir la malta de los meados de Su Graciosa Majestad.— respondió malhumorado el bueno de Fred, apretando el paso sin siquiera girarse.
En realidad lo de la petaca tampoco me lo perdonó jamás.
Primera luz del alba.
La niebla no se había desvanecido aún, no lo haría a lo largo de todo el día, pero al menos nos permitía ver medianamente bien a veinte pasos.
Por el contrario a treinta apenas se distinguía una silueta oscura que aparecía y desaparecía entre las tinieblas, como si de un espectro se tratase. De hecho esa es una metáfora apropiada, teniendo en cuenta el lugar y el clima que nos rodeaba. Podía haberme batido con un fantasma y estoy seguro de que su aspecto no hubiese sido muy distinto al de aquellas sombras que proyectábamos en la niebla. Toda una locura.
En fin; los segundos dialogaron con el juez y acordaron encender un farol junto a cada contendiente, para mejorar la visión de disparo del contrario.
Mi siguiente recuerdo es el sonido de las campanas de la capilla de St. George anunciando las seis con un lúgubre tañido que permaneció flotando en la niebla durante un buen rato.
Hound y yo cruzamos nuestras miradas en silencio mientras tomábamos nuestras armas del estuche del juez y caminamos despacio hasta nuestras marcas dándonos la espalda. Ni una palabra, ni un solo gesto entre nosotros. Solo silencio.
Nos detuvimos en nuestra posición y esperamos a la voz del juez con el cañón de nuestras armas apuntando hacia el firmamento.
— A discreción, caballeros.
Era la señal. Me giré para buscar la silueta de Edward con mis dos pistolas todavía reposando sobre los hombros. Solo encontré una sombra oscura, débilmente iluminada por el farol, expectante; aguardando sin duda mi acción con esa calma que nace de la superioridad. Leí aquel gesto.
Me dejaba la oportunidad del primer disparo, en un acto de confianza, de honor o de caballerosidad. O eso era lo que yo creí entonces.
Tomé mi decisión. Abrí fuego hacia las entrañas de la noche, rehusando apuntar a Hound con el primer disparo.
Esas eran las leyes no escritas del duelo entre dos personas que no se desean ningún mal: un disparo al aire para limpiar con pólvora la ofensa y un posterior almuerzo entre los contendientes. Borrón y cuenta nueva.
En definitiva aquel disparo era como tender una mano a la concordia desde el campo del honor, sin dar lugar a ser tachado de cobarde. Y así debía entenderlo Edward.
Sin embargo un fogonazo brilló funesto en la distancia para arrancarme aquella idea de la cabeza y dejar mi hombro izquierdo hecho astillas. Me llevé la mano a la herida, sin entender el sentido de aquella respuesta.
Hound había apuntado al corazón y a pesar de la niebla, la oscuridad y la distancia no hizo un blanco perfecto por puro azar.
El dolor era casi insoportable y mi respiración se volvió débil y frenética al mismo tiempo.
— Levántate, McQueen.— gritó furioso. ¿Es que no te queda nada de orgullo?
Detuve la carrera del médico con un gesto y traté de sobreponerme a la herida de pie, como se esperaba que hiciera si decidía continuar.
Sudaba, tenía la boca seca y mi cabeza empezaba a arder.
Aún nos quedaba un disparo a ambos y el deseo de venganza que me dominaba en aquél momento era mayor que el dolor de la herida.
Cambié la pistola cargada a la mano derecha y traté de apuntar.
— ¿A qué esperas? ¡Dispara!
Pero mi mano bailaba alrededor de aquella sombra desafiante sin lograr detenerse en ningún punto. Había perdido el pulso y Edward lo intuyó a pesar de la distancia.
— ¿Lo ves? No somos iguales, Andrew. Nunca lo fuimos.
Estiró su brazo armado de nuevo hacia mí, muy despacio, con siniestra precisión. Sabía que no iba a tener una segunda oportunidad si disparaba antes.
Mantuve la respiración y cerré mi ojo derecho poniendo toda la atención del disparo en el izquierdo, que ahora buscaba la silueta de Edward sobre el martillo del cañón.
Apreté despacio el gatillo hasta que el disparo iluminó la oscuridad a mi alrededor con un relámpago de pólvora y fuego.
Un segundo después, Edward desaparecía entre la niebla de un inminente amanecer.
Para siempre.


Epílogo
Me equivoqué.
Nada es para siempre, Edward. Ni el orgullo, ni el odio; ni siquiera el amor dura eternamente. Todo eso es falsa poesía, sucias mentiras que suenan demasiado bien pero que no dan nada. Te lo arrebatan todo.
Tal vez el amargo sentimiento de culpa pueda durar toda una vida, pero no dura para siempre.
A la tumba uno solo arrastra polvo y huesos, nada más.
Los sueños se desvanecen en nuestra última hora y nuestros sentimientos se pierden lentamente en las tinieblas del recuerdo de aquellos que siguen con vida.
Nuestra amistad no era una excepción.
El débil viento del tiempo erosionó los buenos recuerdos, los momentos felices de nuestra infancia y arrastró todo aquello al abismo con una sola palabra equivocada. Cambiamos; nuestras vidas se separaron y cuando el destino nos reunió de nuevo se cobró su precio.
Todo se vino abajo en un instante.
Dos desconocidos con un pasado en común que quedaba demasiado lejos.
A treinta malditos pasos.

Le doy a este relato
puntos

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