Cuatro horas antes, cuando aún Jorge no había llegado, vinieron los técnicos y colocaron todo. Fue una labor silenciosa, sin mayores contratiempos. La casa era amplia, las panorámicas del comedor eran claras, en parte debido a la buena luminosidad de la habitación.
Mercedes los había dejado trabajar tranquilos. Mientras, se había dado una ducha y había elegido las mejores prendas que tenía. Después, cuando ya se habían ido, preparó la cena. Un trozo de carne al horno con papas. Pan fresco y vino. Lo usual. Incluso había tenido tiempo para encender el televisor, apagarlo, y ponerse a leer el diario de la tarde. En la sección de espectáculos recomendaban una obra de teatro y un par de recitales. Poco antes de llegar Jorge la habían llamado desde la central para cerciorarse de que los técnicos hubieran cumplido con su labor de manera satisfactoria.
-Sí, han venido- respondió ella-. Creo que todo está en orden.
-La llamaremos después, para darle el ok.
Tuvo que bajar al supermercado cuando se dio cuenta de que no quedaba sal. Cuando regresó, Jorge ya había llegado de la oficina.
-¿Cómo te fue?
-Bien. Normal.
Veinte años de la misma pregunta, y la misma invariable respuesta. ¿Qué son veinte años en la vida de dos personas? Veinte años de oficinas, de ascensos y descensos, de jefes y subalternos, de mujer esperando ansiosa, de esposa esperando sentada siempre en la misma esquina del mismo sillón de la misma casa del mismo edificio de la misma ciudad de la misma vida. ¿Tedio? Ya no. Ni siquiera eso. Más bien algo cercano a la resignación. La peligrosa resignación del pájaro atrapado en la jaula, que ve pasar, día tras día, a otros pájaros que revolotean por el patio.
-Ya está la cena.
-Bien.
-Quiero algo especial esta noche, Jorge.
-Mercedes..., no estoy para juegos...
-Es sólo que te duches antes de cenar y te pongas la camisa que te regalé para nuestro aniversario. Está encima de la cama.
-¿Sólo eso?
-Sólo eso. Nada más. Creo que no es tan inoportuno.
-Si eso te hace feliz...
¿Qué podía entender Jorge de las cosas que a ella la hacían feliz? Esa mañana, cuando aún Jorge dormía, ella lo contemplaba desde su costado. Hacía ya un tiempo que no estaban juntos, que no se tocaban. Mercedes se lo había insinuado unas cuantas semanas antes, y Jorge le había respondido que lo dejara en paz, que no tenía fuerzas, que estaba para otra cosa. Era evidente que tenía otra mujer. Tal vez una de esas gatas de oficina que aparecen siempre en los malos programas de humor de la televisión. Esas femmes fatales indecentes que se inclinan en los escritorios de los jefes dejando entrever los pechos encorsetados y las nalgas firmes. Mujeres con un perfume dulce y una promesa entre las piernas. Mujeres en busca de un rápido espaldarazo que las posicione mejor y con más sueldo.
Cuando despertó, Jorge sabía que Mercedes lo había estado observando. En realidad no la vio, pero lo sabía. La mayoría de las personas, en algún momento u otro, tienen esa sensación. Tal vez lo había estado observando durante toda la noche. Al menos, eso era seguro, durante toda la madrugada. ¿Sospecharía algo? Él no había querido que aquello ocurriera. Simplemente no pudo evitarlo. ¿Cómo se vuelve a amar a una mujer como Mercedes, desgastada, encerrada en su mundo, después de haber amado a otra como Cecilia? Él no quiso que aquello ocurriera, pero después sí lo quiso. Después pretendió olvidarlo, pero enseguida quiso recordarlo, mejor aún, vivirlo de nuevo. Una y otra vez durante seis meses.
Suena el teléfono.
-¿Mercedes?
-Efectivamente.
-Díganos la clave.
-Algo especial esta noche.
-Bien. ¿Cómo está todo?
-Todo está bien. Espero instrucciones.
-Sincronice su reloj conmigo. Ya. ¿Lo hizo?
-Sí.
-Bien. Ahora tenga en cuenta muy bien lo que voy a decirle. En primer lugar, a partir de ahora usted hará todo tal cual yo le ordene. ¿Entiende?
-Sí, señor director.
-Observe el reloj que le hemos dado. ¿Sí?
-Sí.
-Está corriendo hacia atrás, ¿verdad?
-Sí.
-Bien. Ese es el tiempo que usted tiene para realizar su labor. Cuando el reloj llegue al cero, es decir, cuando se termine la cuenta hacia atrás, usted deberá realizar su trabajo. ¿Entiende?
-Por supuesto.
-Recuerde que todo debe ocurrir como lo planificamos. Cualquier desajuste con lo que hemos acordado podría terminar en la recesión inmediata e irrevocable del contrato. Por su propio beneficio, ajústese a las reglas.
-Entendido.
-Muy bien señora Mercedes. Ahora quedan seis minutos y cuarenta segundos.
-Sí. Los veo.
-Tome las cosas con calma. Al colgar con nosotros vuelva con su marido, no hable más de lo normal, lo que hablaría con él en cualquier situación. No deje traslucir nada.
-Señor director..., en cuanto al dinero...
-Eso ya lo conversamos. Si todo sale bien el dinero irá a la cuenta que usted nos envió. Nadie podrá quitárselo nunca. Pero antes hay que hacer lo que hay que hacer. Recuerde, cuando falte un minuto la llamaremos. No debe atender. Tan sólo dejará que el teléfono suene dos veces. A partir de ese momento, y durante un minuto, tendrá que abocarse a su tarea. Recuerde, por lo que más quiera, no atienda el teléfono si vuelve a sonar, y no deje que su marido se mueva. Alguien puede querer llamarlo. Váyase ahora. Quedan cuatro minutos y medio.
Jorge no puede explicarse el odio que siente hacia Mercedes. Es un odio repentino, irracional. En realidad él es capaz de reconocer que quien se equivoca no es ella. Tal vez por eso sucede lo del odio, por una especie de envidia moral. O tal vez sea por el hecho de tener que ponerse esa ridícula camisa, y tener que asistir, en su misma casa, donde debería poder estar en paz, a ese ridículo ritual de cenar con su mujer.
Él no quiere cenar la estúpida carne al horno con las estúpidas papás que su estúpida mujer le cocina. Él quiere estar entreverándose con Cecilia ahora mismo, sin explicaciones, ni palabras, ni comida, ni nada. ¿Es eso tan incomprensible? Deberá esperar al miércoles, piensa. Después se da cuenta de que nadie le ha prometido un miércoles. Ni siquiera le han prometido un martes, o sea, un simple mañana. Debería dejar de hacer todo eso del baño y la camisa y la cena e ir ya mismo en busca de lo único que de veras puede hacerlo sentir bien. Debería..., pero...
-¿Quién era?
-Alguien de una compañía de encuestas o algo así... Querían saber si tenemos hijos y si los vamos a afiliar al seguro médico.
-A esta hora con esas estupideces... Menos mal que no los atendí yo.
-¿Qué te vas a servir?
-Más bien poco. No tengo mucho apetito.
-Te queda muy bien la camisa, Jorge.
-¿Qué dices?
-Que te queda muy bien la camisa.
-Sabes..., desde hoy he notado que estás muy extraña. Tú nunca harías ese tipo de comentarios. ¿Sucede algo?
-No..., para nada..., sólo decía.
-En realidad todo esto es muy inusual, ¿no crees Mercedes?
-No sé a qué te refieres.
-Al hecho de que estemos aquí, cenando juntos, vestidos como si fuéramos a salir...
-Es sólo que me ha parecido bien hacer algo distinto.
-¿Has corrido los muebles?
-¿A qué te refieres?
-No sé..., algo aquí se ve raro.
-No los he corrido. O tal vez sí. Hoy he estado limpiando. Tal vez algo no esté en el lugar en el que está siempre.
-Quisiera que me expliques a qué se debe todo esto.
-¿No lo recuerdas, Jorge?
-¿Qué debería recordar? Nuestro aniversario es en noviembre.
-Hoy hace veinticinco años que nos conocimos. Las bodas de plata. El cuarto de siglo.
-Claro..., bueno, felicidades... Te juro que me acordé en la mañana, pero después se me ha pasado.
-Lo importante es que estemos juntos, ¿verdad?
-Sí Mercedes..., mi amor.
En cuanto dijo eso, Jorge sintió el peso de la culpa. Mentía. Una y otra vez. Le mentía a Mercedes, le mentía a Cecilia, se mentía a él mismo. ¿Y qué otra cosa podía hacer? ¿Acaso le quedaba alguna chance? Si se volvía honesto de repente alguna de las partes podía verse perjudicada. Y esa parte sería Mercedes, porque a Cecilia la amaba.
-Cenemos, Jorge.
-Señor..., te damos gracias por los alimentos de nuestra mesa, que nunca nos falten, y que tu amor esté siempre entre nosotros y nuestros seres queridos. Y que..., y que..., que podamos estar juntos otros veinticinco años...- sus palabras se iban apagando hacia el final, como si fueran conscientes de que aquello no debía ser dicho.
-Amén.
Suena el teléfono. Mercedes se levanta con fingida intención de atender. Sabe que cuando suene una vez más la persona que está del otro lado cortará de forma abrupta. Es tan sólo la señal del ok. De ahora en adelante tiene un minuto.
-¿Quién era?- preguntó Jorge.
-Nadie- responde Mercedes desde la cocina-. Cortaron en cuanto tomé el tubo.
-Algún bromista...
Mercedes buscó algo en el cajón de los cubiertos. Trató de hacer poco ruido. Le quedaban cuarenta segundos.
-Odio a los tipos que no hacen otra cosa que molestar- dijo Jorge-. La próxima vez atiendo yo.
Mercedes volvió de la cocina con el cuchillo en la mano. Era un cuchillo de carnicero, de mango blanco y hoja plateada, filosa. Un regalo de alguno de los amigos de Jorge. La mitad del tiempo había pasado. Le quedaban treinta segundos para hacer su trabajo. Jorge estaba allí en frente, sentado a la mesa, dándole la espalda. La cuestión no podía ser más sencilla.
Es increíble la cantidad de cosas que pueden suceder en treinta segundos.
El teléfono suena. Jorge se da vuelta rápidamente diciendo que va a ser él el que atienda. Mercedes debe esconder el cuchillo rápido, dándose vuelta. Además, debe llegar primero al teléfono. Es evidente que alguien quiere advertirle a él lo que está pasando. Jorge, que ha visto que Mercedes atenderá primero aún en contra de su deseo, vuelve a la mesa. Antes toma el control remoto de arriba de la biblioteca y enciende el televisor. Noticieros. Pasa rápidamente de canal en canal. Deportes, animales copulando, Hitler dando un discurso. De pronto recuerda el programa que le habían comentado en la oficina; un programa con casos reales de asesinatos, una cosa extraña, pero que es la sensación del momento: un canal que le paga a los asesinos para que ejecuten a sus víctimas en frente de las cámaras. ¿Cuál era el canal?
Jorge marca el 38. Algo extraño ocurre en la pantalla. Después de dos o tres segundos de mirar extrañado al aparato, se da cuenta de que aquella casa es su casa, aquel mueble es su mueble, y aquel que está sentado a la mesa no es otro que él mismo. Y la que aparece corriendo desde la otra habitación, con un cuchillo en la mano, no es otra que su mujer. Desde la pantalla puede verse un reloj que cuenta hacia atrás. Para lo que vaya a ocurrir, sólo restan cuatro segundos. |