El mas bajo de los dos hombres abrió mucho los ojos.
Jamás en su larga vida había visto algo semejante. En los últimos cien años las ratoneras que los humanos llamaban ciudades habían cambiando hasta limites inconcebibles.
Su compañero no mostraba de forma evidente su sorpresa, pero tras siglos de compartir vivencias, mas por necesidad que por deseo propio, sabia que ese pequeño alzamiento de sus pobladas cejas y una delgada arruga en las finas patas de gallo de sus acerados ojos eran el equivalente al grito de asombro en una persona común.
Al menos sus anticuadas ropas no llamaban la atención. Jamás en su vida había visto tal variedad de etnias y vestimentas. Incluso la joven que acababa de pasar ante ellos, vestida como una de las antiguas novias de su amigo, les había mirado con algo mas que interés.
Observo la farola con las parpadeantes luces rojas y verdes. Estaba claro que durante el ultimo siglo la electricidad había sustituido por completo al gas y el automóvil se había convertido en el medio de transporte por excelencia. Aquella extraña farola parecía ser un medio para mantener la marea de metal bajo control.
Llevaban un rato observando el caudal de gente desde la sombra del edificio que habían construido sobre el sótano donde se habían estado hibernando y solo cuando el hombrecillo verde apareció por sexta vez su compañero pareció a decidirse a cruzar la calle, no sin precauciones.
No pudo evitar darse la vuelta en mitad del camino de rayas blancas al sentir el calor del sol en la nuca. Sonrió. Durante el ritual pensó que jamás volvería a notar su caricia.
Cuando el hombrecillo verde desapareció para ser sustituido por el rojo algunos coches pitaron, pero sus conductores decidieron de simultáneamente, de manera no tan espontánea, no meter prisa ante las fieras miradas de aquellos dos extraños ancianos.
Sin mas problemas llegaron al otro lado a salvo y los coches circularon otra vez. El bajito noto que alguno de los viandantes que les había visto cruzar la calle incluso les miro con desdén por un momento al pasar a su lado, pensado que a lo mejor eran un par de provincianos. En otros tiempos la plebe simplemente bajaba la cabeza ante quienes entendían que eran superiores. Era posible que el sentido del peligro de los humanos estuviese embotado por su civilización. Aquello les beneficiaba.
Se miraron. ¿Y ahora que? Conocían dos o tres lugares donde se reunían los suyos, pero no era seguro que siguiesen abiertos tras tantos años.
Evidentemente algo tenia que haber salido mal durante el ritual. Quizás una palabra mal entonada o pronunciada a destiempo. Su deseo había sido esconderse cinco o seis años, durante la guerra para escapar de los bombardeos y las purgas, pero el periódico que habían encontrado junto al portero que dormitaba en la entrada del edificio marcaba una fecha mas que sorprendente. Se habían despertado mas de mas de medio siglo después de lo deseado. No pensaba decir palabra alguna, pero desde siempre la magia no le había gustado. Demasiadas cosas podían salir mal, como en aquella ocasión. Al menos estaban enteros.
Un agradable olor llego a su nariz. Inspiro para asegurarse y siguió con sus ojos la dirección que le marcaba el mas agudo de sus sentidos. Veinte metros calle abajo, en mitad de la multitud de transeúntes, sus ojos se centraron en el pequeño tenderete, apenas una mesita con un tapete, donde una vieja sentada en una silla de lona y acero vendía pequeños paquetitos que contenían... tabaco.
Bien por la civilización.
Espero unos segundos pacientemente mientras que su compañero parecía estar perdido en sus pensamientos.
Una de las primeras sorpresas que tuvo al conocerle, siglos atrás, era que le sol no le dañaba, a pesar de lo que decían las leyendas, pero su metabolismo se volvía mas lento, costándole pensar. Tardaría un rato en decidirse que hacer.
Le dejo que tomase una decisión mientras que se puso en movimiento. Prefería que otros pensasen por él.
Lo primero que pensó es que el dinero que tenia el bolsillo seguramente ya no valdría por lo que no podía comprar directamente el tabaco tendría que encontrar otra manera. Tardo unos segundos en encontrar la solución. En mitad de la marea de personas pudo ver como un hombre vestido con elegante traje que intentaba imitar un corte de tipo italiano, pero con una tela de muchísima menos calidad que las usadas por los ítaloamericanos de principios de siglo pasado, daba un par de monedas a la señora y compraba un paquete.
Estudio los movimientos del hombre. Como abría el envoltorio, como se llevaba un cilindro del deseado tabaco y lo encendía con un pequeño ingenio. ¿Qué era aquel olor? Ah, si, gas. Un pequeño recipiente con gas y una chispa. Ingenioso.
A su alrededor muchos que también llevaban los pequeños cilindros de tabaco, pero ya había elegido una presa.
Para sus ojos aquel humano se movía a cámara lenta. Avanzo unos paso para ponerse en su camino y cuando paso a su lado extendió la mano en una suave movimiento, como el ataque de una serpiente. El hombre tardo muchas calles en darse cuenta que le habían robado la cartera, el tabaco y el mechero.
Necesito tres intentos para encender el cigarro y aspiro con felicidad. Sintió la mirada reprobatoria de su amigo que tan silencioso como siempre se había colocado a su lado.
- Lo necesitaba. – Respondió con mas sorna que con deseo de disculpa y comenzó a curiosear en la cartera. No estaba mal. Si el tabaco se vendía por unas monedas en un puesto callejero no podía ser muy caro y el billetero contenía al menos doce billetes de distintos tamaños. El tipo estaba forrado. Encontró un par de fotos. Dos niños pequeño y una de... . Vaya. Enseño la foto a su acompañante. La esposa era muy hermosa.
El hombre alto asintió con un gesto de aprobación, alabando el gusto del fumador. Siempre había sentido debilidad por las morenas de cuello sinuoso, como el de un cisne.
Espero mientras que el cigarro se consumía. A su alrededor pudo ver todo tipo vehículos y personas ante ellos. Siempre le habían gustado las ciudades, en contra de lo que su naturaleza podía hacer pensar. El campo y los bosques eran tan aburridos. Eso de corretear en pelotas a la luz de la luna ya era cosa de otros tiempos. La verdad es que las leyendas poco tenían que ver con la realidad.
- ¿Qué hacemos?
Su compañero tardo varios minutos en responder, pero ya estaba acostumbrado a estos laxos periodos. Mientras aspiro y expulso con gran placer el humo de su primer cigarrillo en setenta años. Embelesado en observar la transitada calle se sorprendió un poco cuando el alto hablo.
- Recuerdo una mujer que permitía que sus chicas pasasen la noche con los nuestros. Si aun existe ese sitio es posible que siguiesen la tradición oral de los servidores.
Ah, si, la ley de Aigor. Siempre había un Aigor. A lo largo de las eras siempre había uno dispuesto a traicionar a la humanidad para servir a un ser de las tinieblas. Era casi un estatus que pasaba de padres a hijos. Incluso en Praga tenían una sede social para imponer sus derechos a patrones demasiado duros con sus servidores. Es realmente difícil ser un científico loco sin un jorobado que te ayude robando tumbas. De igual forma siempre habían existido burdeles donde, siempre que no se sobrepasasen ciertos limites, poder apagar instintos no solamente sexuales.
- Ya recuerdo. ¿Crees que seguirá abierto?
Solamente encogió los hombros y se adelanto unos pasos, adentrándose en una calle lateral.
A ojos vistas sus rígidos movimientos se agilizaron al adentrarse en la sombra y alejarse de la luz del sol. Aun quedaban cinco o seis horas para el ocaso y entonces seria pura poesía en movimiento.
El hombre bajo en muchas ocasiones envidiaba sus poderes, pero ambos eran cara y cruz de una misma moneda oscura. Dependiendo del lugar y del momento incluso podría vencerle, pero en la jerarquía de su mundo su compañero siempre estaría por encima. Era lo mejor. A los del linaje de su amigo se les daba mejor lo de pensar. Podían trazar planes a lo largo de las generaciones de humanos usando la manipulación en lugar de la violencia, lo que al final acababa beneficiando a todos. Un cuerpo sin cabeza ya no tiene mucha utilidad pero un humano vivo siempre puede ser una herramienta válida.
Salieron a una amplia plaza iluminada en parte por el sol donde varios grupos de chiquillos correteaban en el reducido espacio abierto, chillando en sus alegres juegos bajo la mirada de sus atentos padres.
Este era el precio de la civilización industrial. Ahogar los pocos espacios abiertos para vivir en edificios colmena. Lo que mas les llamaba a atención era la variedad de tiendas que podía encontrar en los plantas bajas de los edificios. Ultramarinos de todo tipo ofrecían sus mercancías.
Y librerías. Adoraba las librerías. Con decenas de libros en cada una de ellas.
Le encantaba leer. Era como viajar sin moverse del sitio. Su favorito sin duda era Julio Verne, pero sus libros eran difíciles de conseguir. Lamentaba enormemente los años perdidos en su analfabeta juventud. Muchos años después de compartir por primera vez lecho con una mujer aprendió a leer y escribir.
Se detuvo en seco, cayendo al suelo un segundo cigarrillo aun apagado de su boca. Su acompañante tardo unos segundos en detenerse y dio unos pasos atrás para ver que había llamado su atención.
- No es posible.
Su acompañante no dudo ni un segundo y entro en la tienda, dejando al fumador solo y casi asustado. No era posible lo que estaba viendo. No podía creer que sus secretos de sus especies se vendiesen con total libertad en una tienda cualquiera.
- Eh, disculpe... joven.
El chaval sentado tras el mostrados lleno de coloridas figurillas de plástico y dados de diferentes formas levanto la vista de la lista de pedidos. Y la siguió levantando hasta que finalmente sus ojos se encontraron con los el tipo mas alto que había visto en su vida.
Se encogió, algo amedrentado. Algo pareció resonar en su cabeza.
- Si... claro... perdone estaba distraído... – Miro disimuladamente a su alrededor. No había nadie en la tienda. – Oiga, no quiero ofenderle, pero ¿usted es Christopher Lee, no?
Parpadeo varias veces. En su larga no vida nunca le habían confundido con otra persona. El era... EL, con mayúsculas. No había opción al equivoco. Intento recomponer su ego.
- No conozco ese nombre.
La voz había sonado como un látigo, casi ofendida, con un extraño acento difícil de identificar, quizás eslavo, y el vendedor se encogió aun mas cuando el desconocido sonrió mostrando unos dientes exageradamente blancos.
- Tan solo he honrado tu miserable tienda con mi presencia para preguntarse sobre esos... libros del escaparate – Extendió un largo dedo señalando una de las estanterías donde podían verse varios volúmenes colocados de manera vertical.
El joven respiro tras media de hora de interrogatorio. Varios clientes habían intentado entrar, pero una sola mirada de aquel extraño personaje les hizo cambiar de idea.
Parecía que la curiosidad del alto anciano había quedado satisfecha.
- Muchas gracias por su tiempo.
Se dirigió a la puerta como quien tal dignidad que parecía estar atravesando la alfombra roja del Teatro Chino.
Joder, cuando se lo contase a sus amigos. Un tío clavado al puto Fu Manchu había estado en su tienda. No había comprado nada, pero había sido lo máximo. Este tío si que sabia crear una situación tensa. Ojala pudiese llevar una sensación similar a sus partidas.
Se alegraba de que abandonase su tienda, pero por otro lado parecía que esta dejando escapar la oportunidad que conocer algo mas grande que... ¿Pero que estaba diciendo? Ni que fuera un bujarron. Cierto que tenia cierto encanto casi aristocrático... pero también podía percibirse algo ¿siniestro?
Se fijo en que el hombre estaba aun en la puerta. Pareció dudar unos segundos en el exterior y volvió a abrir la puerta, aunque no llego a entrar del todo.
- Por cierto, una ultima pregunta.
- ...¿Si?...
- ¿Quién es ese Christopher Lee?
Unos minutos después salió a la calle y como era de esperar estaba solo. Su acompañante no estaba en la puerta de la tienda.
Seguramente, con su agudo oído, escucho su conversación desde el exterior hasta que su curiosidad había quedado saciada. Sin duda ahora estaría atendiendo asuntos mas prosaicos.
Podía “ver” su rastro claramente. Apenas camino unas decenas de pasos y se adentro en la fresca penumbra de un bar con aspecto de jamás pasar por tiempos mejores. Allí estaba, sentado con una pared a su espalda y con tres cerveza sobre la mesa, dos de las jarras ya vacías, ojeando un periódico.
Incluso en mitad del todo el ruido y movimiento del lugar interrumpió su lectura y levanto la vista al sentir que entraba por la puerta.
- Buenos días, ¿puedo atenderle?
El camarero tras la barra se limpiaba las manos con un mugriento trapo, no dejándose intimidar por su mirada. Estaba claro que a diario trataba con tipos mas raros y peligrosos que aquel estirado.
Sonrió levemente. Un hombre de principios que no se deja impresionar. Y como no podía ser de otra manera estos hombres siempre eran soldados, religiosos, médicos o, en el mejor de los casos, posaderos. Gente de carácter en todo caso.
Recorrió con la mirada la lista de precios estampada en la pared llena de unos espejos tan sucios que incluso podía ver su reflejo.
- Sangría. Una jarra grande. Sin hielo. Me gusta beberla del tiempo. ¿Seria tan amable de llevármela a la mesa de aquel caballero?
El camarero pareció dudar. En los treinta años que llevaba sirviendo bebida nadie recordaba haberle visto tratar con a un cliente. Incluso alguno de los parroquianos miraron casi sorprendidos al escuchar su respuesta.
- Si. En un momento le llevo su bebida... Señor.
Una de las ventajas de su estirpe era la de pasar desapercibido si lo deseaba. Ni uno sola persona de los que llenaban el concurrido local le lanzo una sola mirada cuando lo atravesó.
Se sentó, mirando con curiosidad el periódico.
- ¿Deportes? ¿Tienen un noticiero solo de deportes?
- Y no es el único. Al final de la calle hay lo que ellos llaman un quiosco de prensa. Ya no hay chavales repartiendo periódicos por la calle. No te puedes imaginar la cantidad de información que esta al alcance del pueblo llano y...
El camarero trajo la jarra e hizo un pequeño asentimiento con la cabeza, a modo de casi reverencia. En su camino de vuelta al mostrador paso al lado de una caja que estaba colgada en la pared y apretó un mecanismo situado en su lateral.
Ambos enmudecieron al ver que de su interior surgieron imágenes y ruidos.
No habían pronunciado palabra algunas en las últimos cuatro horas. El ocaso ya había llegado y su paseo les había llevando hasta un parque que no había sido destruido por el avance de la ciudad.
El fumador recordaba aquel sitio. Era distinto ya que ante el banco donde estaban sentados se encontraba un pequeño templo egipcio. Ciertamente no llegaba a comprender la razón de alguien lo hubiese construido allí, pero en su mente podía ver con claridad una escena de lucha a la luz de la luna con un líder de una manada rival en este mismo lugar. Habían pasado noventa años pero podía verlo como si estuviese ocurriendo ahora mismo. Tan solo las formas de los árboles eran algo distintas. Era como una isla de realidad donde anclar su mente.
- Es increíble. Jamás vi tanta maldad.
- Y lo peor es que a nadie le importaba.
- Nadie presto atención hasta que comenzaron hablaron de deportes....
- Creía que nosotros éramos el MAL. La Némesis de la luz. Ya sabes, asaltamos por la noche, matamos, raptamos vírgenes, planes malvados para conquistar el mundo, resucitar muertos, y todas esas cosas... pero esto es...
- Es otro nivel de maldad. Algo casi cósmico. He estado en mas guerras de las que puedo recordar, pero nunca vi nada parecido. Es como si el mundo estuviese podrido...
Saco un cigarrillo antes completar la frase. Se quedo mirándolo durante unos segundos y finalmente lo tiro sin encender, levantándose del agrietado banco de piedra donde estaban sentados.
- Tenemos mucho que hacer.
- ¿Qué?
- Trabajo. Tenemos mucho trabajo.
- ¿De que estas hablando? ¿Qué vamos hacer nosotros dos en un mundo tan loco?
A veces se preguntaba como era posible que hubiese llegado a ser el príncipe de las tinieblas. Bastaba alejarle de su castillos y sus zingaros para que perdiese el norte.
- Somos seres de otra época y tenemos que encontrar un lugar en este mundo.
Su compañero pareció dudar, sacando una foto de su bolsillo, mirándola con detenimiento.
Si no fuera por que era imposible casi se diría que le habían pillado en plena acción, ya que el hombre de la foto era una replica completamente exacta de su amigo. Estaba sobre una mujer a punto de morderle en su cuello desnudo, con el traje de faena completo, incluida capa de forro rojo.
- Podría hacerme actor. Doy el tipo.
- No seas tonto, las cámaras de fotos usan espejos. No podrían verte.
- No, me han dicho que ya no. No funcionan así... ahora son datales... o algo parecido – En su voz había un anhelo.
- Da igual. No es eso. Me refería a un nuevo comienzo.
- ¿Uh?
- El ser humano es el único animal que adapta su entorno en lugar de adaptarse. ¿Y que somos nosotros sino sus depredadores? Tendremos que adaptar nuestro entorno. Si nosotros no podemos cambiar el curso de la humanidad ¿quién podría hacerlo?
Por primera vez en quinientos años, desde la muerte de su amada, el conde sonrió de manera sincera. Malévola, pero sincera.
- Si. Tardaremos años, quizás siglos....
- Y si hay algo que nos sobra es tiempo. |