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Participante 6 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 20 puntos (VOTAR)
Por fin el inspector Ponce pudo irse a casa después de un largo día de calor y problemas, pero bajo la ducha restauradora intuyó que esa noche no iba a poder descansar todo lo que quería y necesitaba. Se acostó sin siquiera tocar el libro que lo tenía atr
Por fin el inspector Ponce pudo irse a casa después de un largo día de calor y problemas, pero bajo la ducha restauradora intuyó que esa noche no iba a poder descansar todo lo que quería y necesitaba. Se acostó sin siquiera tocar el libro que lo tenía atrapado, y menos aún el control de la televisión. Tampoco le dio para escuchar esa canción del compacto que le habían prestado. Se quedó dormido enseguida.
Una vez más su olfato no lo engañó. El timbre del teléfono lo encontró a las cinco de la mañana en plena doma de una arisca potranca de largas crines y ancas perfectamente redondas. Todavía no había amanecido. Sudoroso y desilusionado como el niño al que le quitaron el dulce, salió resistiéndose del sueño y levantó el tubo:
—Ponce, ¿quién habla?
—Inspector, habla Jaume. Disculpe la hora, pero tengo un 520 aquí cerca de su casa.
—¿Un 520? ¡Mirá que suerte! Yo tengo un 405 del ´98 todo rotoso...
Jaume festejó con pocas ganas la infaltable chanza acerca de los códigos de llamados de la Policía Metropolitana. Ponce seguía con su débil protesta.
—No me digas que no das abasto con un 520; es de los llamados más simples.
—Es que hay algo raro, si no, no lo hubiera molestado, esté seguro —A él también lo habían sacado de la cama en la madrugada.
—Siempre hay algo raro, Jaume. ¿De qué se trata ahora?—bostezó.
—Bueno, no puedo explicarle por teléfono; tal vez estoy metiendo la pata, pero creo que tendría que darse una vuelta por aquí, Inspector.
Ponce prendió la luz, miró la hora y se entregó, resignado. De todos modos, sabía que no iba a poder conciliar el sueño, y menos subirse otra vez a la potranca de largas crines que quién sabe por qué praderas andaría retozando ahora.
—Está bien; dame la dirección —Iba a anotarla, pero era una calle cercana y eligió memorizarla—. En un rato estoy ahí. Si viene la Técnica, que no toquen nada hasta que yo llegue. Ya voy.
Ahora el sol empezaba a dar señales de vida por la ventana de la sala. Se vistió, tomó un café bien cargado, se ajustó el correaje de la pistola y se dispuso a empezar una nueva jornada. No se sentía cansado; después de todo había dormido casi cinco horas. Fue caminando hasta la dirección señalada por su asistente; unas pocas cuadras a través del silencioso barrio y encontró al patrullero detenido frente a un viejo aunque conservado edificio de dos pisos, con la luz centelleante encendida y el chofer semidormido al volante. Pasó de largo y saludó al imaginaria en la entrada. Tres o cuatro vecinos con los más graciosos atuendos conversaban en voz baja en el palier, al pie de la escalera. Al verlo venir se callaron y le dejaron paso.
El apartamento era en el primer piso, por escalera. Apenas entró se topó con Jaume que le tendió ceremoniosamente la mano, hecho que siempre le causaba gracia.
—¡Inspector! No lo esperaba tan pronto.
—Qué tal, Jaume. Mostrame ese 520 que te tiene tan preocupado.
—Sí, cómo no; pero el caso es que no estoy seguro si es suicidio o no...
—Bueno, hombre, ¿a qué te creés que vine? Si no hubieras tenido dudas, a esta altura estaría ... —estuvo a punto de relatarle sus andanzas con la potranca del sueño y no dijo más nada— Jaume no se dio por enterado. Se lo veía bastante nervioso, más que lo usual, y Ponce, al principio convencido de que era un caso de rutina, empezó a olfatear que había algo más. Apretó la tecla de ponerse a trabajar dentro de su cerebro, y siguiendo a Jaume entró en el dormitorio.
El cuerpo del hombre estaba caído de bruces sobre la cama; el brazo izquierdo extendido con la mano colgando, abiertos y estirados los dedos en el aire. El derecho, recogido bajo el abdomen, dejaba asomar por el otro lado apenas la punta oscura de un revólver de pequeño calibre, posiblemene un 22. Estaba desnudo, a no ser por el slip blanco bajado hasta los muslos, y con algunas salpicaduras de sangre.
El olor de la habitación le produjo como siempre una mezcla de sensaciones muy fuertes, combinación de estímulos y desagrado. Según su método, dividiría la tarea en tres partes: la visual, la tactil y la olfativa. Con meticulosa mirada Ponce fue abarcando todo el ambiente, a la vez que preguntaba a Jaume cómo lo habían descubierto. La vecina del apartamento contiguo había oído el disparo y luego un estrépito de vidrios rotos, por lo que pasado un rato y habiendo llamado por teléfono, asustada, al occiso, sin obtener respuesta, decidió comunicar el hecho a la Policía. Seguramente la mujer era una de las que aguardaban en la planta baja; después hablaría con ella.
—¿Y qué es lo extraño, Jaume? —encaró al sargento.
—No sé, Inspector, pero hay algo que no me cierra. A lo mejor es sólo intuición mía. Mire la posición del cuerpo...y el slip...
Mientras escuchaba el relato, Lo que faltaba; que Jaume tuviera intuiciones también, Ponce intentaba hacerse una composición de lugar y tiempo, reconstruir la vida del tipo tomando en cuenta todos los detalles que mostraban las paredes, los cuadros y el mobiliario. El apartamento estaba decorado con buen gusto, aunque bastante pasado de moda. En su momento debía haber sido muy bonito, y además las cosas eran todas de buena calidad, desprendiendo todavía cierta jerarquía a pesar de los años.
Ahora se concentraba en el diálogo mudo con los objetos que le iban relatando pormenores y secretos del muerto. Abundaban las fotografías de obras teatrales pegadas o colgadas en las paredes y sobre una cartelera con bordes de bronce, y en un programa enmarcado leyó un nombre que le sonaba familiar. Se acercó a una de las fotos donde la cara del actor lucía en primer plano, y al mirar la fecha y el nombre de la obra escritos al pie, asociando los tres datos, supo entonces de quién se trataba. Sí; ahora tenía bien claro quién era el tipo: un buen actor de teatro, televisión y hasta con incursiones en alguna película. Y más claro todavía cuándo y con quién él mismo había visto esa obra casi treinta años atrás. Trató de contener la oleada de recuerdos que se agolparon en un momento, o por lo menos mantener separados los personales de los que le podían servir para la definición del caso. Fue una buena época... de las pocas...
Los datos seguían aflorando a su memoria. Se había enterado por los diarios de la noticia: hacía cosa de diez años el hombre había perdido un hijo en un accidente; su esposa, transtornada, fue internada en un hospital siquiátrico donde falleció al poco tiempo sin haberse recuperado nunca, y desde entonces no se había sabido mucho más de él. De personaje muy conocido que fuera, de pronto había desaparecido del mundillo teatral, y sólo de vez en cuando era citado en las páginas especializadas, pero ya como crónica antigua.
Otra historia de tragedia y soledad, sentenció Ponce sin dejar de hurgar en los cajones de la mesa escritorio, en el placard y en cuánto lugar le pareciera propicio para asegurar la evidencia del 520. No había señales de violencia por ninguna parte, salvo los restos de una botella de buen whisky y un vaso grande hechos añicos entre el lecho y la mesita de noche, probables causantes en su caída del ruido subsiguiente al disparo que alertó a la vecina.
—¿Vos creés que hay algo turbio?
—No sé; pero si este viejo era marica, no lo descarto. Siempre se están matando unos a otros.
“Este viejo” tenía aproximadamente la misma edad que yo. Y estoy absolutamente seguro de que no era marica. Volvió a tener dudas sobre el coeficiente intelectual de Jaume.
En ese momento llegaron los de la Técnica, dos viejos conocidos del Inspector quienes lo saludaron y se abocaron indolentemente a su tarea. El más veterano abrió una valijita sobre una silla y sacó dos pares de guantes, una pera de goma, varios sobrecitos de plástico, una tijera, unos frascos con líquidos de colores, una lupa, una linterna y otros enseres que fue depositando sobre la parte libre de una mesa escritorio junto a la pared opuesta a la cama. Ponce cambió algunas impresiones con el otro y luego bajó para interrogar a los vecinos. De ellos no obtuvo nada diferente de lo que había imaginado sería la vida del desgraciado. Hombre de costumbres solitarias, austero y huraño sin llegar a ser descortés, rara vez conversaba con alguien y su contacto con el mundo exterior parecía restringido a unas cartas que retiraba diariamente de su casilla junto a la escalera. Los domingos, con lluvia o sol, salía muy temprano sin más equipaje que una vieja libreta, y volvía antes del anochecer. Los inquilinos suponían que el destino de los domingos era el cementerio, y uno de ellos bromeaba, macabro, que en uno de esos viajes se quedaría para siempre.
Aparentemente recibía escasas visitas, pero pese a ser un hombre todavía con muy buena figura, ninguna de ellas era femenina. Se volvió célibe, apuntaba para sí el Inspector que escuchaba atentamente. No se tenian noticias de hijos ni de parientes cercanos. Cuántas similitudes, carajo.
Cuando regresó al piso, ya los colegas casi habían finalizado y Jaume llamaba a la Morgue para que vinieran por el cadáver. Le hizo una seña para que demorara la llamada; ese era el tiempo preferido por el Inspector Ponce. En esos minutos posteriores al trabajo de la Técnica y antes de que se llevaran el cuerpo, él podía usar sus propios métodos, que tan buenos resultados y fama le habían dado.
—Gracias, muchachos —los despidió, un poco extrañado de la celeridad con que habían terminado —.¿Algo raro?
—No; lo de siempre. Rutina pura, y algunas chanchadas. Está todo en el informe.
—Mejor así. Déjenme todo acá, yo después hablo con los de Laboratorio.
Sobre la mesa habían quedado una serie de bolsas con algunos efectos personales: la billetera, una libreta de direcciones, un par de llaveros y los documentos. En otras dos bolsas destinadas al Laboratorio, un trozo recortado del acolchado y el revólver, y en un sobre, una ficha con el informe provisorio. Leyó el nombre, calculó la edad, apenas dos años mayor que yo, revisó la libreta, sopesó los llaveros. Sonrió contemplando lo escueto de la información. Una vida en cuatro líneas.
Se agachó junto al cuerpo, del otro lado de la cama, y estuvo un rato observándolo detenidamente. Su cabeza unía piezas sueltas a toda velocidad. Le pidió a Jaume que lo ayudara y entre los dos lo giraron, dejándolo boca arriba. Ponce no se impresionaba ante estos trágicos cuadros, sólo los olores lo conmovían. Jaume, en cambio, dio un respingo de asco al ver el rostro desfigurado del muerto y miró hacia la pared sin decir nada. Conocía los procedimientos de su jefe, aunque nunca dejaban de sorprenderlo.
Boca de mina de Hoffman, pensó el Inspector mirando los bordes estrellados del cráneo alrededor del orificio de entrada de la bala. Todavía se percibía la aureola y el olor de la pólvora, pero había otros efluvios que no lograba identificar. Después lo haría, en la tercera etapa.
La actividad del Inspector no se limitaba a eso solamente, sino que sus manos seguían palpando objetos y sus ojos recorriendo el lugar. Entre la cama y el placard había un pequeño televisor con el aparato de video debajo. Alguien habría tropezado con los cables, desconectándolos. Colocó los enchufes en el toma, y esperó unos segundos para accionar los controles. En segundos, una hermosa mujer desnuda se contorsionaba sobre un sofá acariciándose los pechos exhuberantes. Otra potranca, suspiró Ponce. Buscó la caja vacía del casete y la encontró caída bajo la cama, semioculta por los flecos de la colcha. En el lomo se leía: “Video Eros Sensacional – Las travesuras de Daphne”.
—Mirá vos; los de la Técnica se la saltearon ...—Jaume asentía con la cabeza sin quitar los ojos de la imagen, visiblemente excitado.
—O no le dieron importancia.
Como un juego vinculado al caso, Ponce se propuso encontrar otra omisión de los técnicos, y comenzó a palpar sobre el acolchado, bajo los pliegues que formaba el ya frío cuerpo del actor. Detrás de la almohada, casi caído contra la cabecera, encontró lo que buscaba y se lo mostró a su ayudante con una mueca.
—Me parece que estos se tienen que jubilar, ya no están para nadie —y Jaume miraba de boca abierta el control remoto del televisor en la mano del Inspector.
—Y eso no es nada —proseguía envalentonado Ponce —fijate bien.
Inclinado junto al cadáver, hizo como unos pases de prestidigitador y metiendo la mano debajo del colchón sacó una libreta negra muy ajada. Jaume no salía de su asombro y se echó a reír.
—Pero, Inspector, usted esta película ya la vio...
—Algo de eso hay, pero en realidad lo que vi fue la punta de la libreta escondida cuando encontré el control. Vamos a ver ...
Faltaba todavía la etapa olfativa –la exclusiva de Ponce–, pero apenas hubo hojeado unas páginas del cuaderno, se puso serio de pronto y se sentó al borde de la cama leyendo con atención. Allí estaba en pocas palabras la vida del tipo, más precisamente sus últimos años. No llegaba a ser un diario, pero había apuntes y anotaciones muy íntimas. De tanto en tanto Jaume lo veía morderse el labio inferior o atusarse el bigote, removiéndose incómodo. Ponce leía y movía los labios en silencio. Estas cosas podría haberlas escrito yo mismo, cuántas veces... Pasó las hojas hasta el final, titubeó un momento y cerró la libreta, guardándola en un bolsillo de su gabardina.
—¿Dice algo sobre matarse? —preguntó el otro.
—Me sorprende que no lo haya hecho antes.
—A lo mejor lo intentó y no resultó.
—Es posible... todo es posible, todo es probable. Llegado a esa situación no me imagino cómo el tipo era capaz de abrir los ojos todos los días.
No estaba tan endurecido como se creía; todavía había cosas capaces de conmoverlo, y mucho. Lanzando un suspiro se levantó y se abocó a la tercera etapa de la pericia. Pensaba en la bolsa con el pedazo de tela; suponía por qué la habían recortado para enviarla a analizar; ahora lo confirmaría.
Hizo que Jaume cerrara una ventana que daba al pozo de aire, y poniendo ambas manos como orejeras a los lados de la cabeza, entornó los ojos y levantó el rostro. Husmeaba con la nariz palpitante como un sabueso, en todas direcciones, y de tanto en tanto se detenía, respiraba hondo y volvía a empezar. Jaume lo miraba callado, muy serio. Siempre con los ojos cerrados se fue acercando otra vez al lecho de muerte. Algo lo reclamaba desde la colcha junto al agujero dejado por las tijeras de la Técnica.
Le extrañó que ninguno hubiera hecho más comentarios acerca de eso ni sobre la posición de la ropa interior. No les importa. Lo único que les interesa es determinar si es muerte natural o crimen; después, lo que haya detrás, los motivos, las circunstancias, los terribles dramas, les importa un bledo. Claro, están curados de espanto, pero aún así...
Le vino a la mente un caso ocurrido hacía unos meses. Un sujeto asesinó a su madre a martillazos porque ésta lo interrumpió en plena acción con una muñeca inflable. El horror iba de la mano con los detalles: la pieza tapizada de fotos de Play Boy y el tipo que había usado preservativo para, según declaró, tener más realismo y no ensuciar el adminículo...
Se recordó como de doce años, encerrado en el baño con una revista de aquéllas –no existía el video–, cuando su madre lo sorprendió. Después, una larga conversación donde se habló de todos los pormenores del mito de Onás.
Repentinamente abrió los ojos y se incorporó tan de golpe que Jaume se sobresaltó.
—¿Qué pasa, jefe?
—¡Los periodistas, los periodistas...!
—¿Qué pasa con los periodistas?
—Pasa que van a venir apenas sepan de quién se trata, aunque se supone que no pueden publicar un 520 —Conocía bien los arreglos de algunos policías con la Prensa y la Televisión—. Esta noticia, si dan todos los detalles, va a vender muchísimo. A la gente le encantan las miserias de los demás, y a este pobre desgraciado lo van a resucitar para después crucificarlo de nuevo.
—Y bueno...él se lo buscó —fue el poco feliz comentario de Jaume.
Ponce lo miró con desprecio, pero no se sentía capaz de hacer que el otro pudiera comprender medianamente la magnitud de lo que significaba cerrar una vida pública en esas condiciones.
—Cerrá la boca —dijo casi con rabia. Hubiera querido estar muy lejos de allí.
Todavía faltaban venir el juez, el forense, la gente de la Fiscalía, y cumplirse la operación que pomposamente se designaba como “levantamiento de cadáver”. Toda la burocracia que se precisaba para que alguien que ya ni siquiera existía pudiera descansar en paz.
Pensando en eso tomó la determinación. Se paró frente al muerto y lo miró durante un momento, como buscando su aprobación acerca de lo que iba a hacer. Tiró de la punta de la colcha y con ella cubrió parcialmente el cuerpo; le dolía sobremanera esa imagen.
Acto seguido, y siempre bajo la avergonzada y expectante mirada de Jaume, sacó el revólver de la bolsa y limpió cuidadosamente todo vestigio de huellas dactilares en el arma, volviéndola a colocar en su sitio.
Mientras Jaume hacía la llamada desde el celular, levantó de la mesa el informe provisorio y después de releerlo, sacó su lapicera y tachó algunas líneas, sustituyéndolas por otras. Cuando vinieran los judiciales tendrían que atenerse a su informe; dado el prestigio de que gozaba era muy improbable que dudaran de su declaración, reflejada claramente en el informe. En el peor de los casos, le preguntarían cualquier duda que tuvieran , y él sabría qué contestarles. Después fue hacia la ventana y la volvió a abrir. No quiso mirar hacia afuera; se imaginaba a los vecinos atentos, pegados a las cortinas, intentando captar alguna infidencia, alguna revelación que alimentara sus morbosidades por un largo tiempo. Jaume lo miraba intrigado, pero Ponce no le dio tiempo a nada.
—Escuchá bien, y anotá para no equivocarte: llamás a Central y les decís que ordenen la captura de una mujer de pelo claro como de cuarenta y cinco años, alta, muy bonita; ...esperá... cambiá alta por de mediana estatura, en relación con el crimen de un conocido artista de teatro retirado, les das el nombre, con quien mantenía una relación amorosa desde...no, mejor poné sentimental. Fue vista en la madrugada del día de la fecha salir del edificio sito en... ahí ponés bien la dirección...—Y siguió dándole instrucciones al desorientado asistente. Luego fue hasta el aparato de video, extrajo la cinta, la colocó en la caja y la guardó en el otro bolsillo.
—Asunto cerrado; vámonos. Está de turno el juez Fonseca; quién sabe a qué hora se le ocurre venir. Mañana hablo con él. Dale, dale.
Jaume obedecía por no ocurrírsele otra cosa; abrió la boca como para preguntar Qué mujer, pero el tono de voz del Inspector no le dejaba alternativa y no dijo nada.
Al salir del edificio, los vecinos ya no estaban en la entrada. El agente de guardia disimuló el cigarrillo al saludar; el chofer del patrullero masticaba unas galletas y por la esquina se aproximaba la camioneta de la televisión. Ponce miró el tímido sol alumbrando la suciedad de la calle y empezó a caminar canturreando en voz baja: Espere por mi, morena, espere que eu chego já. O sonho é santo porque trae você pra mi...
Cuando llegara a la próxima esquina comenzaría a elaborar una estrategia para capturar nuevamente a su potranca. Tanteó la caja del video en el bolsillo y aflojó el correaje de la pistola.

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