Teñida de un espectro luminoso magenta con derivaciones similares a la sangre que fluye oxigenada y pura en las arterias, la cúpula celeste me vigilaba desde las alturas del cosmos en un tiempo indefinido sin estaciones concretas. A mis pies, una ladera descendía suavemente hasta donde mi vista podía otear. Al Sur, divisé una montaña escarpada y yerma alta como una inmensa columna que luchase por tocar la luna. En el firmamento, las estrellas centelleaban y rodeaban al astro rey conformando figuras concéntricas y desconocidas que parecían los pasos de un baile eterno. Emergiendo de una nube densa azulada, que contrastaba con la cúpula roja, apareció un dragón alado que escupía brasas y humo en cada una de sus inspiraciones. Era una bestia pesada y antediluviana pero lograba moverse con soltura y gracia mientras surcaba el aire. Sobrevoló mi cabeza a miles de metros del suelo y los pequeños guijarros ariscos danzaron junto a mis botas oscuras. El ambiente era sofocante aunque me encontraba bajo la sombra de un sauce, el único árbol sobre la colina. No había más señales de vegetación salvo la rosa roja pasión que descansaba inconsciente en el regazo de mi mano izquierda. Apreté los nudillos y una púa se me clavó en el pulgar. Sentí crecer el dolor mientras el dragón de volador se perdía tras la gran montaña con varios giros fuera de todas las leyes físicas. Sus movimientos, en contraste con el cielo de color sangre, me recordaron las volutas inquietas que conformaban otrora el cabello sedoso de mi antigua amada. La pena me agarró el corazón como un puño helado. No sabía dónde estaba ni que hacía allí pero me costaba pensar con claridad. Alcé la cabeza y vi que a poco pasos había un ataúd negro abierto. Yacía sobre una mesa de porcelana blanca sin ruedas. Sin saber la razón, me di cuenta de que conocía a la muerta antes de verla. De todas formas, con un gran esfuerzo similar a nadar contra corriente, me acerqué con pisadas cortas. Mis ojos curiosos me obligaron a mirar el interior de fieltro esponjoso. Era ella, pero yo ya lo sabía. Estaba diferente, su piel había perdido el brillo, cardenales por falta de riego le recorrían la cara, tenía los párpados bajados de una manera artificial, estaba envuelta en una túnica harapienta y olía a putrefacción. Aun así era ella y eso me conmovió en lo más profundo de las entrañas. Mis piernas flaquearon y me postré de rodillas agarrándome a los bordes del cajón de madera para no perder la consciencia. La rosa resbaló de mi mano y con dos volteretas se estrelló en el firme de arena muerta. La recogí temiendo que se ensuciara. La acerqué a la nariz para aspirar su olor. No entendía nada, lo único que sabía es que aquello era real y dolía tanto como la peor tortura. Por fin, dejé la flor sobre el regazo de la túnica harapienta a la vez que las lágrimas resbalaban por mis mejillas. Me puse de pie y aproximé la mano a la cara de la chica, aunque retrocedí en el último momento cuando de su boca apareció una rata blanca como la nieve. Grité y salté hacia atrás. Aullé de miedo y furia. Entonces, mientras retrocedía bajo la cúpula celeste choqué contra alguien que aguardaba en mi retaguardia no sé por cuánto tiempo. Tal vez llevaba ahí desde el principio de todo.
—Me gusta tu cazadora —dijo mientras se encendía un cigarro con un llama que emergía del extremo de su pulgar.
Anduve hacia atrás de nuevo y me quedé a medio camino de aquel enigmático sujeto y de la rata, que ahora mordía las orejas de la que antes era mi amada.
—Las cosas por aquí son extrañas, ¿verdad?
Lo miré atentamente, irradiaba algo exótico y desconocido que atraía y repelía al mismo tiempo. Me llamó la atención su elevada estatura acompañada de unas triangulares espaldas de boxeador joven. Mas, su cara no mostraba edad alguna, estaba recorrida por algunas arrugas aunque se mentón se erguía fuerte y duro bajo una melena negra con brillantina espesa como una selva del Trópico. Por primera vez vi sus ojos, eran febriles y rojos como el cielo, ¡no! No es que se pareciesen, el tono de la pupila y el iris, unidos en uno, era de la misma naturaleza que el escalofriante firmamento.
—¿Fumas?
Negué con la cabeza y eso detuvo el gesto que había iniciado hacia un bolsillo interior de la chaqueta. Eso me hizo caer en su indumentaria. Esta era realmente extravagante pero sobre su cuerpo lucía de manera casi señorial. Recuerdo su traje de oro, parecía de muchos quilates. En los pies calzaba unos náuticos de cocodrilo. No sé quien era aquel sujeto pero decidí que tampoco quería saberlo y no me gustaba su presencia cerca de mí.
—Cuando llegó aquí ella era guapa, más que las demás…, en fin, estas cosas pasan, ¿no crees? Venga respóndeme, te has quedado paralizado, ni que hubieses visto al mismísimo diablo —bromeó con sonrisa pícara y acabó guiñando de manera nada tranquilizadora. Pude ver que a cada bocanada del inacabable cigarro, hilillos de humo le salían por las orejas como si fuese una locomotora de tren.
Levantó una mano y chasqueó los dedos, junto a la base del tronco que formaba el origen del sauce apareció de la nada un tocadiscos. Un vinilo empezó a girar y a los pocos segundos sonaron las primeras notas del disco Nashville Skyline de Bob Dylan.
—Me encanta este Lp, tiene una canción llamada “Tarta campera” que aunque no la he tomado, debe saber a gloria si es cierta la letra. Veo dentro de ti que te preguntas con recelo de que me alimento, no te va a gustar, que lo sepas, lo mío son más las almas: la de ella y ya que estás aquí la tuya…, pero debes sentirte afortunado ya que no a todos los patéticos mortales viene el gran Lucifer a segar su vida. Así que procedamos, luego tengo partida de cartas, ¿quieres?
Me temblaban las piernas, el miedo atenazaba mis cuerdas vocales vetando cualquier grito y la sangre bullía con fuerza en mis venas. Paso a paso avancé hacia atrás y él se acercaba poco a poco. Extrajo un cuchillo tallado con runas de la chaqueta dorada (“¿fumas?” recordé). No tenía escapatoria, aquel lugar era su reino, ahora lo sabía, estaba en el centro del infierno, en lo más profundo del averno, frente al demonio y la vehemencia de sus ojos lascivos… Di con el ataúd negro y rodé para caer en su interior. Quedé tumbado junto a mi amada muerta. No había señales de la rata albina, gracias a Dios. Traté de levantarme y una de las espinas de la rosa se clavó en mi espalda. Gruñí de ciego dolor. No podía levantarme. A los pies del cajón de pino, apareció el ser del traje dorado. Se había guardado el cuchillo y reía a carcajadas.
—Bienvenido a casa.
Cerró la tapa y me dejó sumido en el interior oscuro de mi muerte sintiendo el frío de la piel de mi antigua amada. No debía quedar mucho oxígeno y eso me hizo saber que todo había concluido. Tendría que sobrellevarlo para resignarme a lo peor. Mas algo sorprendente e inesperado aconteció cuando escuché ese sonido, ese gutural arrullo de rata que trepaba por dentro de mis pantalones. Grité, bramé y recé dentro de mi sudario en lo alto de una colina yerma en la que sonaba música country y un vetusto sauce daba sombra a la luz sin vida que llegaba desde un cielo color sangre atestado de bestias inmundas en el que el sol y las estrellas bailarán hasta el fin del tiempo. |