Hoy, finalmente, ocuparé la residencia que compré hace ya largos años. La adquirí de un amigo que se radicó en el extranjero y que ya no necesitaría de “esa casucha tenebrosa” como solía llamar Alberto a este conjunto. Pronto nuevas edificaciones fueron repletando el sector siguiendo las líneas arquitectónicas de mi “casucha tenebrosa”. Ya no era el sitio eriazo que mi padre desmenuzó con su particular ironía: “buen negocio hiciste, veamos si, al menos, sale petróleo de este pordiosero”. Yo no le respondí, sabía que algún día cuando los achaques de la edad lo acuchillaran, mi padre sería el primero en pedirme utilizar la casa deshabitada en vez de los padecimientos habituales del asilo de ancianos.
Le di un rápido vistazo a mi nuevo hogar. Paredes firmes, unos macizos barrotes de hierro forjado en la entrada para protegernos de asaltos. Ventanas estratégicas que siempre nos permitirán recibir los rayos del sol matutino. Una salita de recepción algo estrecha, pero bien adornada con un florero, fotos de la familia y alguna imagen religiosa. ¿Los cuartos? Un poco fríos, pero me preocupé de instalar un buen sistema de calefacción. Cuando inspeccionaba los dormitorios, alguien tocó la puerta.
Un vecino quería darme la bienvenida. Era viejo (como todo buen maestro de ceremonias), tenía una cara blanquecina y casi ni le quedaba un pelo en la cabeza. Poseía, también, unos penetrantes ojos negros y una boca fina que masticaba cada palabra, y de la que pendía un hilito de saliva, que el viejo no tardaba en limpiarse con un pañuelo.
— ¿Es nuevo por el barrio?
— Sí, me mudé hoy.
— Se le ve sólo, como es que nadie le acompaña.
— Espero que mi señora y mi hija se me unan a la brevedad. Vine, precisamente, a preparar nuestro nuevo hogar.
— Me parece muy bien. Ellas amarán este lugar. Ha tomado una buena decisión con mudarse acá. Venga, le daré un recorrido por el barrio. No sea tímido.
— Está bien. Creo que está todo en orden por acá. Vamos.
Lo acompañé entre las calles de mi nuevo barrio, me explicó que éste era el sector más nuevo de la ciudad. “No lleva más de diez años, y, si no me equivoco, su casa fue la primera del sector. Bonita edificación”. El viejo se detuvo y saludo a un guardia vestido de azul, el hombre de seguridad se hizo el desentendido y siguió su camino silbando una vieja canción popular. “Y, como ve”, agregó el viejo, “tenemos un buen servicio de guardias. Al menos acá no hemos tenido problemas con los amigos de lo ajeno. Saben que en este sector, no podrán desvalijar las casas con nuestros vigilantes. El único problema de estos guardias es que están demasiado concentrados en su trabajo y nunca nos saludan, es como si no existiésemos para ellos. Pero mientras estén nuestras casas seguras, que los vigilantes tengan estas actitudes robóticas nos da igual”.
Seguimos nuestro camino y el viejo me señaló una casa a la distancia.
— Ve esa edificación de ladrillos, allí, hace dos días, hubo un asalto, no se robaron mucho, pero son los peligros de dejar las casas solas mucho tiempo. Me creerá que no se ha visto un alma en esa casa en más de dos décadas.
— Yo no estoy asustado con eso de los asaltos. Tengo, como ya observó, fuertes barrotes en la entrada y le instalé una alarma. Si quieren robarme se llevarán más de alguna sorpresa.
— Excelente. Ya lo dejo. Debo atender otros asuntos. Nuevamente, bienvenido.
***
Volví a la casa y me tiré en el lecho. Desde la ventana veía como la tarde pintaba con una capa de hollín el cielo. Por primera vez en el día me sentí solo. Recordé a mi esposa Daniela y a mi pequeña hija Sofía ¿Qué será de ellas? ¿Me vendrán a visitar? Quizás no las vuelva a ver. El último recuerdo de Daniela es, seguramente, la pelea que tuvimos en el living de nuestro hogar. En esa ocasión, me quedé bebiendo unos tragos con los amigos y llegué tarde al departamento. Estaba borracho y Daniela no me esperaba con buena cara. Ni siquiera le permití hablar. El monologo lo empecé yo. Fui hiriente, ni siquiera alcé una mano para cruzarle su cara con el golpe liberador. Me basto un comentario certero y cruel. “Para lo que me importa estar con una mujer como tú, una mujer que tiene el vientre infértil. Un día de estos le diré a Sofía la verdad: que es adoptada. Porque, que no se te olvide, ni siquiera es hija tuya”. Ella cayó al piso y se deshizo en lágrimas. Yo ni siquiera sentí piedad por ella, sólo me puse el abrigo y salí de ese maldito departamento. No volví nunca más. Tampoco ellas me buscaron. Ahora que estoy solo deberé acostumbrarme al aislamiento. Las noches serán más frías, no tendré a la Sofía dándome el beso de buenas noches, ni tampoco las caricias que me daba Daniela cuando llegaba cansado a casa después de la jornada laboral. Ahora me las arreglaré como pueda. Sé que todo irá mejor y que, quizás, tendré una posibilidad de redención. Quizás, algún día, vuelva donde mi esposa y le pida perdón. Hoy mi realidad es muy distinta, a esos días de vida familiar. Me encuentro solo en esta “casucha tenebrosa”. El dormitorio es estrecho y me cuesta tanto moverme en este lecho gélido y pétreo. La sabana, semejante a una mortaja amarillenta, se resbala por mi cuerpo y descansa muda en el piso de mármol. No me interesa recogerla. La calefacción funciona y el calor que emana extermina el frío que eleva agónico un chillido sobrenatural. Me abandonan las fuerzas, cierro los ojos, me repito para tranquilizarme que sólo estaré un día en esta casa, que mañana volveré donde mi esposa y que será mi turno de llorar, de arrastrarme en el piso como un gusano, exigiendo su compasión. Es sólo una noche, esta noche. Mañana, temprano, escaparé de acá y volveré a la vida. Me reuniré con Daniela y Sofía y les pediré que nos mudemos a esta casa y que empecemos otra vez, sin miedos y sin dudas, juntos, hasta la eternidad.
***
No fue necesario visitarlas. Hoy vinieron mi esposa y mi pequeña hija. Estaban tristes, intenté consolarlas sin éxito. Estuvieron poco, al parecer no están muy seguras de venir a esta casa. Me dejaron dos cartas encima de la mesa antes de marcharse. No entiendo porque no quieren estar conmigo. Creo que yo me lo busqué. Revisando mis actos, puedo reconocer que no fui el mejor padre. Pero, creo que aún hay tiempo para enmendar mis errores pasados. Tomo una de las cartas. Es de Daniela, mi esposa.
“Cariño desde que te fuiste he pensado en muchas cosas. Nunca esperé que lo nuestro terminara así. Créeme, eres la persona a la que más he amado. No me culpes si te digo que es difícil tomar esta decisión. Han sido largos años de sufrimiento. De no tenerte cerca, de querer abrazarte y decirte como está creciendo la Sofía, y tú, simplemente, no estás con nosotras. Sé que me entenderás si te digo que necesito un padre para nuestra hija. Y tú no puedes cumplir esa labor. Sólo quería decirte que reconstruiré mi vida con una nueva persona. Se llama Rodrigo. Es un buen hombre y sé que quiere lo mejor para mi y para la Sofía. Créeme que te extraño y te amaré siempre. Nunca conoceré a nadie como tú y guardaré tu recuerdo hasta el día en que muera y te haga compañía. Adiós. Tu esposa Daniela”
P.D: “La Sofía te escribió una cartita”
“Papa te echo mucho de menos. ¿Te volveré a ver? ¿Cómo es allá?, ¿te acuerdas de nosotras? Mi mamá dice que si me porto bien me iré al cielo y podré encontrarte allá. Papi te quiero mucho.”
¿El cielo? ¿Es que acaso yo?... No puede ser. No puedo estar muerto. No, esto no me está pasando. Que hago aquí en estas estrechas cuatro paredes, en este mausoleo, en este sitio frío e impersonal. Y además estoy solo, completamente solo…
Quise escapar de esta prisión, llegué hasta la puerta e intenté aferrarme a los barrotes y forzarlos. Mis manos de espectro no pudieron asir el pesado fierro. Grité, pero ¡quién escucha a los fantasmas!, cuando ya no me dieron las fuerzas, caí de rodillas, me arrastré por el suelo y leí otra vez la carta de mi hija. Sofía, mi querida, Sofía, nunca me acompañarás aquí en este mausoleo, ahora tu madre tiene una nueva familia y, seguramente, cuando mueras, descansarás en un nuevo cementerio. Tampoco nos encontraremos, en el cielo, porque yo no estoy allá, me encuentro aquí, soy un alma en pena aprisionada en este mausoleo protegido por estos fuertes barrotes de hierro forzado; soy un alma en pena que sufrirá el peor de los castigos posibles: no volverte a ver nunca más, mi querida Sofía. |