Al girar la llave de su coche nunca se escucharía una explosión, pero se sentía amenazado. Por ese bicho pálido y de piel colgante que vivía en su garganta a veces, o en su cerebro, o dentro de sus piernas, y las paralizaba cuando tenía que echarse a correr.
Arrancó suave y se encaminó al supermercado, pensando que su vida era (la vida del animalito macilento) una existencia impropia de un ser aparentemente racional.
Lo había conocido hacía bastantes meses. Llevaba años pensando que en él se estaba gestando algo, como un huevo que va creciendo y pasa de ser diminuto a un poco molesto. Cuando era más joven creyó que era una especie de conciencia, pero le chocó, porque él ya tenía una conciencia propia. Además, normalmente la conciencia no te insta a hacer malas acciones, ni te obliga a meterte en líos. A veces ocurría muy rápido, y se veía involucrado en el problema sin saber cómo había pasado realmente.
Muchas noches había soñado con él, con su pequeño tamaño, su color blanquecino, su voz de funeral histérico, sus garritas dispuestas a aferrarse a su interior y no soltar sus tejidos hasta que claudicaba y hacía lo que le había “pedido”.
Aprovechando que no había mucha circulación conducía relajado, intentando pensar tranquilamente. Miró a una chica guapa que cruzaba la calle, y en su conversación imaginada, después de conocerse un poco, la pregunta comprometida: “oye, ¿y tú también tienes un bicho dentro?” ¡Sonaba a guasa! O peor aún, a comentario sexual inoportuno. ¿Tendría que vivir sin poder hablar del ser extraño a nadie? Si lo nombraba, ¿le tomarían por loco, o descubriría que todo el mundo lo tiene alojado en alguna parte? Pero casi nadie actúa de manera sospechosa, de manera que haga pensar que están gobernados por un bicho maniaco.
Ahí estaba. Lo sentía desperezarse en su abdomen. A punto de pedir guerra. Conforme avanzaba hasta sus costillas le raspaba todo. Se miró al pecho y vio el bulto. Tuvo miedo, aún no se acostumbraba a esto.
Cuando uno está coaccionado por alguien o no tiene escapatoria frente a otro usa la expresión “me tenía cogido por los huevos”. Él sabía que eso no era muy doloroso comparado a que te estrujen una vena por dentro o a que te arañen un músculo hasta que casi lo separen del tendón. O a que te empujen el globo ocular hacia fuera y duela…
– Oye, vas muy despacio.
“No, no, no, sólo quiero comprar unas cosas que me hacen falta, no me fastidies hoy”
– ¿Me has oído? Vas despacio.
Casi siempre empezaba así, se movía un poco para que fuese consciente de que estaba, le reprochaba algo, él se negaba o hacía oídos sordos… Siempre igual. Y siempre acababa mal. Con heridas, destrozado y sin ánimos para enfrentarse a un nuevo día al lado del bicho.
Hace nueve días había salido a tomar unas cervezas, se lo estaba pasando en grande, llevaba horas por ahí disfrutando con un grupo de personas que le reían las gracias y que realmente se lo pasaban bien con él. Dos chicas y tres chicos que conoció esa misma noche.
Solía salir solo porque era difícil mantener a los amigos tras sus fechorías instigadas por el monstruo instigador.
Cuántas risas, y qué guapa era una de las chicas, parecía haber ganado unos amigos de marcha fantásticos. Y de repente sintió un calambre en la espalda que no auguraba nada bueno. Un cosquilleo en sus vértebras. Un avance rápido hasta el hombro derecho. Un mordisco directamente en su clavícula.
– ¡Ay! Pero qué coj…
– ¿Qué te pasa?
– Voy al baño.
Se fue medio corriendo. “¡Mierda!” –pensó. Y al llegar al baño escuchó cómo le llamaba tonto, cómo le gritaba que no tenía que preocuparse, que con su llegada la noche iba a ganar mucho y sería divertida por fin. Intentó razonar con el bicho, decirle que no se preocupara, que para él la noche ya era divertida, que al llegar a casa podría dar todo el mal que quisiera, pero “por favor”, le suplicó, “no me arruines todo”.
En su mente vio al bicho mirándole a los ojos directamente. Con esos ojillos negros, resaltando en su cara del color de la cal, llenos de furia.
– Asómate un momento, si no te gusta mi idea no pasa nada, pero mira, mira a esos de allí. Los de al lado de la máquina de dardos.
Hablaron un poco más, el bicho se movió arañándole, de su clavícula al pecho, para hacerle sufrir y que no pudiera negarse. Y a los pocos minutos, sudando y dolorido, salió del baño con la cara roja, iracundo, odiando al bicho y a sí mismo por lo que iba a hacer.
– ¡Eh, monos! –se dirigía a los de la máquina de dardos–. ¡Chupádmela, pedazo de animales!
Es fácil saber cómo acabó. Los nuevos amigos, pálidos: “¿pero qué le pasa?” Preguntándose cómo alguien que parecía tan simpático y con el que tanto se habían estado riendo era capaz de provocar una pelea de bar, y encima ser tan tonto como para provocar a esos hombres agorilados.
Él pudo correr deprisa, salió a la calle perseguido por tres torres humanas, avanzó un par de manzanas hasta que el bicho mordió su muslo izquierdo, haciéndole parar irremediablemente. Se cebaron con él. Y el animal estaba escondido, como siempre después de contarle un plan, encerrado y a salvo entre sus músculos, en esta ocasión recostado en su antebrazo izquierdo.
Y lo peor fue cómo se sintió por la tarde del día siguiente, cuando pudo por fin despertarse, cuando a cada movimiento seguía un latigazo doloroso. Lleno de heridas, con los ojos morados, con hematomas en sus piernas, su espalda… pocas zonas de su piel se habían librado de las patadas y los puños. De nuevo sin amigos para quedar la semana siguiente.
Estaba muy enfadado desde entonces, más que nunca, pero daba igual. Mientras conducía tranquilamente hacia el centro comercial, con la esperanza de pasar un buen día, con la ilusión de poder echarse a la cama tranquilo esa misma noche con una sonrisa en los labios, de nuevo el bicho reclamaba su atención, de nuevo le dictaba órdenes precisas mientras torturaba por dentro su aún dolorido cuerpo. Mientras su coche entraba en el aparcamiento del centro comercial.
Subió en el ascensor del aparcamiento hasta la primera planta, mirando alrededor con un nudo en el estómago, nervioso.
De acuerdo. Lo vio. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Pasó al lado de muchas personas, el centro estaba repleto, un día pésimo para comprar tranquilamente. Pero en su pupila sólo había un reflejo: el de ese tipo. Se acercó con la mirada congelada, con las piernas temblorosas, con un grito de locura en su cabeza y con la sensación de que posiblemente no saldría de ésta.
Al pasar por un local de frutos secos pensó que sería una buena idea refrescarse un poco, pese a que un retraso en su hazaña enfadaría al bicho. Compró un botellín de agua.
– ¿Quiere algo más?
“Me gustaría salir de aquí con vida”. No dijo nada, pagó y se fue a sentarse.
En la parte central de cada planta había una zona con plantas, árboles, macetas, que pretendían dar un aspecto natural al gigante edificio. Allí había varios bancos con forma de bloques de mármol. Se sentó. Le abrasaban las sienes y el cuello, así que dejó caer un poco de agua en su mano izquierda y se refrescó la cara con ella.
No era suficiente, creyó estar al borde de un paro cardiaco o de una crisis nerviosa. El corazón parecía a punto de reventar.
Se imaginó al bicho abrazando su corazón para que no estallase, rodeándolo con sus bracitos acabados en garras; pero eso era inimaginable, seguramente el bicho quería acabar con su vida cuanto antes.
Y pensando en el animal blanco, cayó en la cuenta con esperanza de que hacía varios minutos que no hablaba, que no le instigaba a ejecutar ya su orden.
¿Y si, cansado, le había dejado en paz?
– ¡Qué iluso! ¡Nunca te dejaré! ¡Hazlo ya!
Nervioso, se vació la botella en la cabeza, quizás así su temperatura bajase un poco. Se levantó decidido hacia el tipo en el que se había estado fijando desde que llegó a la primera planta.
Lógicamente, mientras se acercaba, la cara del tipo empezó a expresar sorpresa, es normal cuando alguien con mirada de maniaco y empapado avanza decidido hacia ti.
La sorpresa mudó en alerta, y la alerta le llevó a tomar una rápida decisión, pero no tan rápida como el puño que le dio de lleno en su tabique nasal, partiéndolo. Ni tan rápida como la otra mano, que cogió el arma del pobre vigilante, que gritaba de dolor mientras se sostenía la nariz rota con sus dos manos ensangrentadas.
El arma estaba enganchada por la culata al cinturón del vigilante, así que puso todo su empeño en que le saliera un tono de voz convincente al decirle, mientras le apuntaba al cuello, que más le valía soltar el arma del cinturón.
Todo fue muy rápido, por lo que mucha gente no se había percatado de la escena, y los pocos que se habían dado cuenta estaban paralizados.
Y ahora el gran final, el gran plan.
Antes de que una madre, gritando, pudiera dar media vuelta y alejar de allí a su hija y el carrito en el que llevaba a su hijito, saltó hacia ellas y agarró la coleta de la niña, haciéndole lanzar un grito.
– Muy bien, ¡mátala!
Dirigió el arma a la cabeza de la niña, que apenas entendía lo que estaba sucediendo.
– ¡Mátala!
Como, a ojos del bicho, estaba tardando en ejecutar su orden, éste decidió persuadirle. Golpeó con todas sus fuerzas uno de sus pulmones; eso le hizo hincar la rodilla izquierda en el suelo, pero no dejó que el dolor le turbara tanto como para dejar de apuntar a la frente de la niña.
– ¡Mátala! ¡Quiero ver que eres capaz de matar a alguien! –gritó el bicho blanquecino. Y desgarró con fuerza unos tendones internos de su rodilla.
“Muy bien. Cumpliré tu plan”.
Al bicho le tranquilizaba oír algo así, llevar a la desesperación a ese pobre desgraciado, obligarle a realizar sus cada vez más peligrosos juegos.
Sentir que iba por fin a disfrutar de un buen espectáculo le relajaba, y le ayudaba a descansar y dormitar, así que se acomodó entre unos pliegues de carne, arañándola para que el desdichado supiera que seguía ahí.
Ahí seguía él. En la mente de todos, un demente, apuntando a la pobre niña, exigiendo que nadie se acercara, intimidando a todos con un rehén tan joven.
Llegó el momento. Asió más fuerte el arma, a punto de disparar, aumentando la presión sobre el gatillo que pronto retrocedería haciendo retumbar todo el edificio.
Ningún valiente saltó sobre él o se atrevió a mover un músculo.
Todo estaba sentenciado. Todos gritaban enloquecidos y asustados.
El percutor a punto de iniciar su camino hacia la bala.
Creyó oír risas malvadas llenando todo su interior. “Maldito bicho”, pensó. La bala saldría disparada en microsegundos.
Fue en ese momento, en el momento de máximo terror, cuando el cañón del arma, movido velozmente y sin dudas, inició un camino rápido hacia la pierna del pistolero. Hasta la espinilla derecha. Fue entonces cuando sonó el disparo. A quemarropa.
Su pavor pasó por fin, y sólo entonces fue de verdad consciente de los gritos y del mundo a su alrededor.
Su pierna estaba destrozada, todo era sangre. Sangre, carne, huesos, y algo aplastado, arcilloso, inerte. Blanco. |