Dentro de algún lugar
Lleno de recuerdos viejos
Algo trata de lavarse
De sacudirse el polvo
I
Hace nueve años que la vieja murió. Le tomó treinta y seis días al cáncer para llevársela. Sus últimos días permaneció conectada a una máquina que la mantenía viva, ya no tenía cabello y cada vez estaba más flaca. Murió luego de decirme, con una voz desde muy adentro de su cuerpo, que me esperaba en el horizonte, detrás de las montañas, donde el sol las quema y se oculta.
Te esperaré dentro de los ocasos.
Me has hecho mucha falta. Te extraño. No he dejado pasar un solo día sin mirar hacia el horizonte cuando el sol cae.
Tengo 63 años y ya no quiero estar aquí. Esperando quien sabe qué cosa, qué cuándo, qué cómo.
II
Una luz brillante ilumina el cuarto. Me froto los ojos para enfocar mejor y busco las gafas encima de la mesita de noche. Me recojo sobre la cama hasta quedar sentado. La luz se hace menos brillante y el cuarto se convierte en un bosque. Hay una joven voz que ríe. La escucho detrás, al lado, adelante, pero no veo a nadie. Centenares de hermosas mariposas vuelan por todos lados, se posan sobre los árboles, las plantas, cubriendo el lugar con un manto de ojos que se abren y cierran. Cierro los míos para sentir el sol y el viento. Me siento joven, aliviado, menos pesado. Los abro y veo a la dueña de la sonrisa que pasa detrás de los árboles. Voy corriendo a encontrarla pero ella no me ve, pasea alegremente por el bosque sin notar mi presencia… hasta que se detiene frente a mí.
Aquí, sentado en la silla en la que solías mecerte, paso los ocasos con lluvia amarga, con café palidecido.
–Soy tu viejo –le digo.
Observo su rostro, su piel suave y tersa, en plena juventud como a ella le gustaba. Siempre decía que aunque por fuera las arrugas la frenaran al caminar, por dentro se movía libremente como una quinceañera. Y ahí está, tan joven como siempre la sentí, la mujer que apresa mi corazón cuando no estoy a su lado, la joven que se lleva los mejores recuerdos de mi vida, la que me borra las arrugas con una caricia, flotando como un ángel entre los árboles de un bosque fantástico, sólo ella y yo.
–Soy tu viejo, el que siempre te amó, al que amabas cuando te acariciaba el cabello por la tarde.
Una lágrima baja por su rostro, emite un débil brillo y luego se desvanece, ella también se desvanece, lo mismo que el bosque. El cuarto vuelve a ser el mismo, pero más vacío, más oscuro, más sin ella.
III
El viento barre las hojas secas debajo del árbol para partirlas en el aire, tal vez van solas y se parten solas, pero yo debo encontrarme con ella para volar por ahí, para que el viento nos eleve en medio de un cielo azul y una tierra fértil, para partirnos agarrados de la mano y acabar como se debe.
Tu mirada lejana me desespera porque no sé desde dónde me miras, aunque sé que estás allá, en frente.
He encontrado la ubicación exacta del lugar. Sé dónde queda. Un canal de exploración mostró el bosque donde habitan las especies de mariposas más fantásticas y maravillosas de la tierra, y aunque las mariposas no lucían tan hermosas como en el sueño, sé que ése es. Allí iré.
La radio dice que la semana tendrá buen clima. Hoy el sol derrite la nieve como si estuviera enseñándome el camino hacia mi amada. Él sabe que la quiero encontrar con todo mi corazón. Él, más que nadie ni nada, lo sabe.
IV
Te he buscado entre cada rayo, entre cada brisa, sobre todas las copas de todos los árboles lejanos, entre cada llamarada de esos bonsáis quemándose. He esperado por una señal pero todos los días es lo mismo, el sol, las montañas, una taza de café gris, el fuego lejano, el humo lejano, medio sol, montañas quemándose, media taza de café gris anochecido, oscuro, lo mismo.
¿Qué cosa es eso que le queda a un viejo solo por hacer?
El tiempo se ha llevado lo que de ti quedaba. Al aire le falta tu aroma.
Tanto tiempo ha pasado que ni si quiera pienso como antes. Quiero levantarme y duele. Quiero caminar y me pierdo. Quiero hablar pero las palabras tropiezan con mis labios. Quiero hacer todo como lo hacía antes pero dentro de mí algo se ha endurecido, y duele. Ahora es más dolor que otra cosa. He dejado escapar ese algo sin darme cuenta.
V
El viejo acomodó el espejo retrovisor con la mano derecha y se observó sin descuidar la carretera mientras manejaba. Unos ojos que no conoce le devolvieron la mirada. Ahora todo es extraño, hasta él es un extraño para su propio ser. Cuando ella estaba él se miraba en los suyos, sabiendo que dentro de ese par de luces estaba su imagen viva y no desgastada como la siente ahora, mientras se mira al espejo y pasa la mano por el rostro haciéndose saber que el tiempo ha pasado. “El rostro” porque no es de él.
Los rayos del sol me han quemado. El tiempo ha cerrado su puño con mi piel adentro, apretándola como a una hoja de papel.
El tiempo inclemente, invariable, estricto, coloca un gran peso sobre nuestra espalda, el peso de nuestros años, el peso de nuestros recuerdos, el peso de nuestras experiencias, haciéndonos caminar más lento.
Y La carga pesa más sin ti a mi lado.
El viejo observa la gente que va en los otros carros. La mayoría contienen más de dos personas. La soledad sólo está para los olvidados y los extrañados como él. Un carro lo sobrepasa en una recta y mientras lo hace observa su interior: una niña y un osito de peluche lo miran desde el asiento trasero. Ella tiene el cabello amarillo y él marrón. Ella tiene los ojos claros y él oscuros. Adelante el conductor pegado, desde los ojos y hacia dentro, en el camino, y a su lado una luz, la madre de la niña. El viento mueve los cabellos amarillos y los hace brillar intermitentemente como un traje de luces en un cuerpo que se mueve con libertad al nivel de la música, en él apenas se puede observar algún rastro de vida, momificado con los ojos abiertos, temblando al compás de la vibración del carro –bailando a su manera–. La luz con una mano que posa sobre el hombro del conductor le da una pequeña caricia. El conductor toma fuerzas y se infla acomodándose en el asiento. Atrás Amarilla agarra a Marrón apretándolo contra su pecho. Marrón voltea su cabeza y observa al viejo desde aquello que parece una cueva. Él viejo no puede interpretar qué le dice esa mirada oscura mientras el carro acelera y se aleja hasta perderse adelante donde la curva desvía el camino.
VI
Éste es el bosque. El sol está por caer y la luz atraviesa los árboles y las plantas de frente. Los sonidos ausentes de cualquier persona que pudiera estar aquí son reemplazados por los del viento que lo mueve todo. No hay tantas mariposas como esperaba, pero las que hay son muy hermosas. Algunas se posan en mi cabeza, en mi hombro. Hago que una de ellas se pose sobre mi dedo y la miro de cerca. Son tan hermosas, tan libres, tan apropiadas para un lugar como estos. Apenas ella siente mi aliento sale volando en dirección al sol. La sigo.
La luz del sol se va haciendo más intensa y apenas puedo ver la negra silueta de la mariposa moverse tambaleante hacia delante. Por momentos creo verla mirar hacia atrás, esperando a que la siga y yo lo hago, siento como si tuviera que hacerlo.
Voy a prisa sorteando los árboles y las plantas, voy hacia la mariposa que va hacia la luz del sol, esa luz intensa que me llega de frente haciéndome cerrar los ojos, esa luz cegadora que me hace olvidar la persecución y me detengo con las manos empuñadas restregando mis ojos. Al parecer he dejado el bosque atrás y estoy frente a un valle inmenso, y una caída al abismo a unos pasos desde donde miro todo de pie.
VII
El viejo se sienta en el borde del acantilado y piensa en La vieja. Adelante está el sol quemando las montañas y atrás un carro modelo 73 esperando. En medio de unos labios arrugados sale una arrugada voz.
Son los mismos de siempre.
He visto tantos atardeceres… Pero sé que estás allí, dentro de eso que no puedo ver en el horizonte, sentada en algún lugar que se ríe de mi ceguera.
–Son los mismos días. Todos iguales. Si hoy fue lo mismo que será mañana y mañana será el día en el que me encontraré contigo entonces hoy estoy contigo.
El viejo siente que es elevado por la ráfaga de viento que sube corriendo desde el valle hasta chocar con sus pies desnudos, cree que lo hará volar y que así llegará más rápido al horizonte, donde ella lo espera, en esa línea imaginaria que nunca termina, cierra los ojos para verla a ella, para hacerle saber que ha llegado el momento que esperaban con locura, y se deja llevar como una hoja seca desprendiéndose de un árbol.
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