Boston, 10 de febrero de 2003
Hola, Dorinne, cómo anda la vida hoy?
¿Viste esa canción que dice:
Adónde van las palabras
que no se dijeron
[…]
en qué se habrán convertido mis viejos zapatos?
[…]
Te cuento que Monchito está hecho un sol. Cada día más lindo. ¿Sabías que Pappo también tiene un fox terrier de pelo duro? ¡Sí! Se llama Cactus. Monchito es tan lindo como Fernando, el perro de la canción de Alberto Cortéz, y podría ser tan famoso como el fox terrier de Milú, sólo que él no quiere. Es tan principesco como César, el terrier de Enrique VII, que marchó cabizbajo acompañando el féretro de su dueño. Es tan valiente como Igloo, el terrier de Richard Byrd, que lo acompañó a sobrevolar los polos, y es tan mimoso como Guillermo el Conquistador el fox terrier de George Patton, con quien almorzaba en el mismo plato. Yo comía helado con Monchi, del mismo helado, claro. No soy Patton, pero él es Monchito, más bonito que Guillermo el Conquistador (´yo no sé si a tu perro le gusta ladrar a lo bobo, mi perro ¡no!, no quiere, ¡no!, con el hocico afiebrado ¡no!, recuperando palitos, corriendo a lo bobo, no.´) Ese es mi Monchito, el perro dinamita, y es también como en el Blues del perro, Dorinne, es mi perro, el más perfecto, es mi perro, es mi perro, y ama el blues…
Ayer miraba fotos de él, desde las fotos me mira como diciendo ¿te falta mucho para volver? Y no sé Monchito, quisiera estar ya mismo con vos. Y comer heladito juntos, y que Malena me rete y me diga no seas chancha, mami, y eso que ella te ama hasta las nubes, Monchín. Y me mirás desde una diapo, con tu carita un poquito hacia el costado y las orejitas enhiestas, con una ojota en la boca, con cara de yo no fui (una ojota en la boquita, unos ojotes en la carita). Y cuando fui a Buenos Aires, cómo saltabas, y te me tirabas encima, y me arañaste toda con esas uñotas que tenés, mi perrín. Y te sentabas en mi falda, mirando hacia delante como diciendo vamos, Alma, llevame con vos. Y estabas tan grande, cuando te dejé tenías ocho meses, y ahora ya tenés un año y ocho meses, y estás enorme, y te cortaron el pelito por segunda vez, porque tenés mucho calor, allá hace calor, acá hace tanto frío Monchini… Cuando llegaste cabías en mi mano, y dormías sobre mi pecho, y Armando decía el perro en el cuarto no, eh, y después el perro en la cama no, eh, y después sacame al perrito de encima, que me deje dormir, y después Monchito, dejame un ratito, sí, perrito? Te gustaba estar en mi falda todo el tiempo mientras yo escribía, y el ruido de la compu te dormía. Y te gustaba que te hiciera comidas con verduras, todos se reían, ¡un perro al que la carne le saca eczemas!, se burlaban. Una vez Male dijo que tenías axiomas, qué bestia es (pero ella te ama), mirá que confundir eczemas con axiomas. Y cuando íbamos a Parque Rivadavia, y vos corrías como loquito, como perro dinamita. ¿Y el día en que Male se fue de vacaciones y te tragaste un cebo para cucarachas? Armando corrió con vos a la veterinaria, y estuvo todo bien, y tan bien que cuando salimos, levantaste la patita por primera vez para hacer pis. Ya voy a volver Monchito, ya vamos a volver. Todos vamos a volver, y vas a ver qué lindo va a ser. Te extraño, Monchito, te extraño mucho mi perrito. Ojalá pudieras entender, ojalá pudiera mandarte una carta, hablarte por teléfono, ojalá pudiera saber que no sufrís, y que no te acordás de mí.
Dorinne, viste esa canción que dice
Para cuando me vaya
no habrá amanecido
ni para el amor
ni para el olvido,
para cuando me vaya…
Pensaba, Dorinne, que yo no le puedo explicar nada a Monchito, y que quizás él no necesite explicación, pero quizá vos pudieras pintar un cuadro para que yo lo mire y no llore cuando piense en Monchito, un cuadro para cuando me vaya, para cuando me vaya, un cuadro para que yo mire, Dorinne, y entienda, y comprenda. Quizá después, para cuando ya no me vaya, quizá para cuando regrese, porque quizá podamos regresar, Dorinne, me voy a sentar a mirar ese cuadro con Monchito a upa, y me voy a reír, Dorinne, y Monchito va a mover la cola y me va a mirar con carita de qué te pasa ahora, Alma.
Dorinne, gracias por estar siempre ahí en estos tiempos de ausencias.
Ps: ¿uno no siempre hace lo que quiere pero quizá podamos no hacer lo que no queremos, no? (“que una cosa es morirse de dolor y otra cosa es morirse de vergüenza”).
Un abrazo fuerte.
Alma
Boston, 11 de febrero de 2003
Querida Dorinne, hace siglos que no oía esa canción de Piero:
Es un buen tipo mi viejo…
yo lo miro desde lejos,
es que somos tan distintos…
Viejo, mi querido viejo…
ahora ya camina lento,
como perdonando al viento.
Yo soy tu sangre, mi viejo,
soy tu silencio y tu tiempo […].
Sabés, creo que no te conté, cuando viajé en mayo a Buenos Aires tenía un presentimiento, y me fui, le dije a Armando que iba a ver a las chicas, que Claudia cumplía años, no sé qué excusas más le di, pero tenía una cosa negra delante de los ojos. Llegué allá el 17. Mi viejo murió el 19. Un pico de diabetes. Él siempre me decía que de algo hay que morirse. Los médicos le habían dicho que debido a sus by pass no debía fumar, no debía comer con sal, cosas así… Él estaba tan deprimido desde que murió su esposa… Él era de esos hombres que aman a una mujer y se mueren cuando ella ya no está. Y bueno, Dorinne, se murió. No se murió por fumar ni por tomar café ni por no seguir consejos médicos. Él se murió de pena, nomás. Al menos pude estar con él, mirar su sonrisa dulce por última vez y acompañarlo a la Chacarita. De lejos, nomás, pero pude acompañarlo. Malena estuvo conmigo ese día, como Silvia estuvo conmigo el día en que enterramos a mi mamá. Luego de enterrar a mi papá, simplemente regresé a Boston. Ya había hecho lo que tenía que hacer. Pobre mi viejo, era joven para morirse, tenía sólo setenta y dos años. Me resultó algo bueno estar ahí con él, viste que a veces hay cosas que los demás ven jodidas, pero para una son un bien, es como decía mi amiga Estela, cuando lavaba los platos con agua y tierra porque no tenía detergente, eso me contaba, que en el 79 estaba tan pobre, tan mal de guita, que hacía eso, y que ella se sentía bien, que agradecía tener agua para lavar. Ya lo ves…
Dorinne, ¿escuchaste el Cosquín Rock el fin de semana? El sábado estuvieron Fito y Charly, el viernes cerró la Bersuit, con “La petisita culona”, con treinta petisitas culonas bailando en el escenario, como siempre, Malena va siempre y sube en ese tema a bailar.
Fito se cantó todo, Al lado del camino, Giros, 11 y 6, Piluso, Tumbas de la gloria, Volver a mí, El amor después del amor, Thelma y Louise, Circo Beat, Para darme amor, Ciudad de pobres corazones, Mariposa technicolor. Lo escuché por Internet. Cuando cantó Piluso me dio un dolor en el pecho que te la voglio dire
(Cerca, Rosario siempre estuvo cerca
tu vida siempre estuvo cerca
y esto es verdad
vida, tu vida fue una hermosa vida
tu vida transformó la mía
y esto es verdad).
Morirse en verano, qué jodidazo, Dorinne. Qué le habrá dado al Negro por volar en verano. Y ahí se quedó con los ojos abiertos y su sonrisa, mirándonos, sonriente, con esa sonrisa pícara, como en el sketch con Portales, ése que a vos tanto te gustaba (Borges, cómo está. Bien, Álvarez, y usted. Cruce de piernas, sonrisas, carraspera, acomodarse el saco, la corbata, mirar las medias, a tono con el traje. Y si me aplauden a mí, también te aplauden a vos…).
Tantos cuentos le escribí al Negro, tantos. Se perdieron, Dorinne, en las mudanzas, como mi novela Sólo los chicos. Épocas de máquina de escribir, fotocopias caras cuando una es estudiante, y tenés sólo el original, guardadito en bolsa de nylon, para que no se humedezca, pero en una mudanza se pierde. Y sí. Pero la sonrisa del Negro, no. Esa no se pierde. Dictador de Costapobre, Yeneral González, Rogelio Roldán, Pérez y su esposa. (Él era todos, nuestros personajes somos nosotros, o, mejor aún, nosotros somos por ellos –impiadosos, escriben, hablan, viven a través de nuestro cuerpo).
El Negrito del Barrio Pichincha, el que llevaba el apellido de su mamá. ¿Te acordás, Dorinne, cuando en mayo del 76, en el primer programa del año, se anunció al Negro como un desaparecido? Hay tantos modos de decir las cosas… Cada uno las dice como puede, Dorinne.
Malena tenía tres años y nueve meses cuando el Negro se cayó del balcón, Camilita tenía dos años y cinco meses. Me duché durante horas esa tarde, no podía dejar de ver al Negro. Mi vecina tenía un enorme fuentón de latón, redondo, inmenso. Se lo pedí prestado, lo llené de agua caliente y me metí adentro, enrollada en mí misma. No sé cuánto tiempo estuve ahí. (“Y ya ¿que hacer con él, fijo en el centro, /en el meollo mismo del espanto? /¿Dónde ubicar a quien se quiso tanto /que tanto duele ahora tiempo adentro?”). Quizá siga ahí, ¿vos qué creés, Dorinne?
PD: Me quedé tan mal con lo que me contaste del nene en la escuela. A la gente que está a cargo de niños deberían hacerles test psiquiátricos con regularidad, aunque la verdad sea dicha de paso, no confío en los psiquiatras y en sus test… ¿Qué podríamos hacer con ese profesor? Dejame pensar una opción que no sea ir y darle unas piñas.
PD2: ayer estuve con una diarrea terrible, y me la pasé comiendo naranjas todo el día, a la madrugada me levanté varias veces, y seguí comiendo naranjas. No sé qué me pasaba, tenía ganas de comer eso y no otra cosa. Medio dormida, inclinada sobre la pileta de la cocina, pensé “lo que no me mata me hace más fuerte”. Ya ves a qué extremo de vulgarización ha llegado Nietzsche. ¿Ves por qué te digo que desde que está de moda no lo nombro más?
Besos, Dorinne, besos al nene.
Te abrazo fuerte.
Alma |