Si no fuera porque ciertas reglas de convivencia en sociedad aseguran que golpear, cargar y tirar por la ventana de un tren en movimiento a un pasajero trae como consecuencia problemas judiciales que pueden derivar en una detención, Rogelio Jacinto Mainetti no hubiera dudado en hacerlo, aquella mañana de miércoles en la que se dirigía a su trabajo y observó a ese hombre cuarentón que, sentado a pocos metros de él, realizaba movimientos repugnantes con la lengua, generando chasquidos asquerosos y pocos recomendables si es que le interesaba cumplir con los requisitos necesarios para ser calificado como un ciudadano correcto; se tocaba los dientes con la uña del dedo índice de su mano derecha y, sin detenerse, luchando y luchando, intentaba extraer un pequeño, mediano o gran resto de comida, rebelde a seguir el tradicional camino de los alimentos.
En un primer momento intentó calmarse y concentrarse en algunos atractivos: la ventana que mostraba los pobres paisajes del oeste, el cartel encima del marco de la puerta que enseñaba a los usuarios los nombres de las estaciones, la belleza espectacular de esa rubia que iba leyendo un libro, el idioma particular de los vendedores ambulantes… pero era imposible. No podía impedir que sus sentidos se predispusieran solamente para aquel hombre tan asqueroso y sucio; le ordenaba a sus ojos mirar a la izquierda, a la ventana, a la rubia, al cartel, obligaba a su oído a escuchar el discurso hipnótico del vendedor ambulante, pero los primeros se rendían al dedo índice (con uñas desprolijas), a la boca entreabierta, a los dientes amarillos, a los gestos patéticos, mientras que su oído, caprichoso, solo escuchaba el chasquido de la saliva, pese a que viajaba en un tren del tercer mundo, ruidosos si los hay.
Pretendió encontrar a su bronca, levantando alto las cejas, arrugando la boca, mirando a los otros usuarios como diciéndoles ¿por qué a ustedes no les molesta ese tipo?, pero la empresa resultó nada productiva, porque cada uno de sus vecinos momentáneos y furtivos se encontraban embelesados en sus mundos individuales, con sus problemas, sus sueños, rutinas y personas a las que odiar.
Miró una vez más por la ventana y comprobó que Morón se acercaba, o mejor dicho, que el tren se aproximaba a Morón, atravesando vertiginosa y temblorosamente ese mar de personas que rodeaban la estación, cada una de ellas caminando veloz y con los ojos inyectados de negocios, cuentas, papeleos, trámites, horarios, problemas, placeres y mentiras; todas siguiendo el camino prefijado que les otorgó el destino, emulando hormigas, realizando su trabajo diario, sin hablar con nadie, robotizados… ¿Cómo pueden vivir así?, se preguntó Mainetti, para luego esbozar una sonrisa, al comprobar que por dos minutos no había pensado en el asqueroso que tenía allí adelante.
Volvió a mirarlo, fijando su vista solo en él, entornando los ojos, con firmeza y decisión, con esmero y concentración, creyendo que con esa contemplación profunda y penetrante, los sentidos del pasajero ordinario detectarían que alguien lo estaba observando; el método funcionó y se percibieron por única y última vez en sus vidas.
Se desató una guerra silenciosa, pero que comprendieron al instante, al escrutarse en detalle, con miradas que dejaban entender un discurso tácito, en el que se insultaban, se recriminaban, se odiaban, se clavaban puñales y en las que un simple movimiento ocular significaba un insulto más grosero, un ataque fuerte y doloroso, una saña cargada de odio; el clima se puso denso y un pasajero con sensibilidad fina, comprendió que se libraba una cruenta batalla de percepciones, en la que uno repudiaba las maneras del rival, y el otro, aun admitiendo su postura reprensible, se dejaba llevar por el orgullo y levantaba su bandera, en defensa del desapego a las formas.
Cuando el ambiente era tan pesado que podía palparse, el llanto de un niño los distrajo y evitó el desborde de la situación; Rogelio Jacinto Mainetti bajó los ojos, y mantuvo firme la vista en sus zapatos heredados, color marrón, brillosos; de a poco sus latidos disminuyeron y su respiración retomó el cauce normal; no podía actuar así, lo sabía, pero es que lo exacerbaba chocar diariamente con cientos de muestras gratis de la decadencia social que dañaba al país; y esa decadencia se veía más en el Conurbano Bonaerense que en alguna otra parte: sentía rabia, impotencia y por supuesto tristeza; cada mañana, al salir de su casa, respiraba lentamente y procuraba concentrarse o realizar algo parecido a una relajación, para evitar sus incontenibles ganas de expresar la bronca ante situaciones que lo desbordaban; la terapia lo ayudó mucho, algún tiempo, pero nunca supo porque la abandonó: sin saberlo, temía encontrarse con la realidad mayor, esa que le demostraba que la bronca que descargaba ocultaba otras furias, internas, lejanas, inconscientes, de un pasado cargado de desdichas.
Volvió a mirar a su izquierda y se sorprendió de cuánto tiempo había pasado y de que poco faltaba para llegar a Liniers; se acomodó entonces la ropa arrugada, tomó el maletín abarrotado, colocó el diario bajo su brazo y, parado frente a la puerta corrediza, aguardó el instante fatal, ineludible y frenético en el que las personas que deben subir a la formación olvidan que para realizar esa acción deben, en primera instancia, permitir el descenso a los que, con todo cariño, ansían cederles un espacio cómodo, amplio y feliz para viajar. Logró sobrevivir a la marea humana.
El tren retomó su agotado andar de anciano lento y artrítico, mientras Rogelio Jacinto Mainetti abandonaba la estación de Liniers, convertido en un puntito imperceptible entre la multitud.
Su día laboral transcurrió dentro de los parámetros habituales: fue pésimo; todo lo realizó a destiempo y mal, se le cayó café en el pantalón y su jefe, más joven que él, le regaló sesenta y tres reproches en ocho horas; también supo por un compañero, gordo y barbudo, que la empresa no iba a pagar hasta nuevo aviso el sueldo atrasado por “cuestiones organizativas”; como datos adicionales de una jornada horriblemente inolvidable, cabe destacar que al teclado de su computadora le faltaba una tecla, que el aire acondicionado dormía el sueño eterno y que Eloisa, a la que pensaba invitar a salir el fin de semana, confirmó a gritos su flamante relación con Daniel Chávez, el joven, enérgico y gigante motociclista de Relaciones Públicas.
A las 21 salió de su maldito trabajo, caminó las 17 cuadras que lo separaban de la estación, gracias a la falta de monedas para el colectivo y a la imposibilidad de tomar un taxi, y tras aguardar 45 minutos, mientras comía un económico alfajor convertido en cena, subió nervioso al tren saturado de individuos con sus respectivos hedores; estaba ciego, y no justamente por un problema ocular, sino de bronca, de rabia, de ira, de furia, de cólera: de la vida; recordó su día de mierda, sus problemas familiares, su pantalón manchado, la decadencia social ante sus ojos, su Eloisa con flamante pareja, los reproches de su jefe, su pasado desdichado, su presente ingrato, su futuro incierto, y tuvo que hacer mucho esfuerzo para no llorar, mientras se tocaba los dientes con la uña del dedo índice de la mano derecha, luchando y luchando, para extraer un pequeño, mediano o gran resto de comida rebelde a seguir el tradicional camino de los alimentos, y ante la mirada de un joven desconocido. |