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Chateau d`Availle
Participante 14 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 29 puntos (VOTAR)
Metió, sin contarlo, el cambio recibido en el bolsillo. Su rostro se iluminó al recordar que no había necesitado dar su nombre, ni presentar identificación. Pagó por el servicio y ellos se comprometieron a enviar el paquete.
Metió, sin contarlo, el cambio recibido en el bolsillo. Su rostro se iluminó al recordar que no había necesitado dar su nombre, ni presentar identificación. Pagó por el servicio y ellos se comprometieron a enviar el paquete.
-Toribio Redondo- dijo para su interior-: tus días están contados.
Hacía calor, y el bigote postizo comenzaba a desprenderse. Entró en el automóvil, miró hacia ambos lados y se arrebató la molesta mata de pelo de un tirón. No todo estaba suelto, por lo que sintió un agudo dolor en el labio superior. Se quitó las gafas de sol y las arrojó a la guantera.
-Debo apresurarme- esta vez habló en voz alta, seguro de que estaba solo-, antes de que se derrita el tinte y me manche la chaqueta.
Norberto Lara pasó su mano derecha sobre el casco capilar (el tinte y el fijador habían producido una pasta dura sobre su cabeza). Notó que aún estaba firme y sólido. Pero no era cuestión de arriesgarse. Enfiló por la avenida, tomando la autopista.
-Si cree que va despedirme, está muy equivocado-. Recordó a Toribio, su jefe-. No le daré oportunidad de llevar esos papeles ante el consejo. Una vez eliminado, podré recuperarlos y nadie sabrá una palabra de lo ocurrido.
Sonrió sardónicamente, con un sonido ensayado los últimos días. Con el cabello teñido de negro, pegado a la piel y mostrando una frente que él mismo desconocía, se asemejaba a un gángster de los veinte. Había meditado mucho sobre el disfraz y ahora estaba orgulloso del resultado.
-Es imposible que puedan reconocerme los de Correos, después de que me quite este peinado. Y con el bigote...
Recogió la masa de pelos que había dejado sobre el asiento a su derecha. Volvió a ponérselo en el labio superior, sin pegarlo. Miró el espejo retrovisor, buscando, por enésima vez, un rostro que en nada pareciera el suyo. Movió el espejo para recrearse y...
El camión que iba delante frenó de improviso, moviéndose hacia la izquierda. Norberto siguió contemplando su genial maquillaje. Su automóvil, estrenado tres meses antes, se incrustó bajo el gran remolque. El bigote golpeó el parabrisas, unido al rostro. La masa sólida que cubría su cabeza no fue suficiente para protegerle y se hizo quebradiza en el choque. La sangre dio un nuevo tinte a su cabello, primero castaño, luego negro y ahora rojo. Y el tinte viscoso se deslizó sobre sus hombros, manchando el traje de más de doscientos dólares.
No escuchó el sonido de las sirenas, ni vio a los hombres de blanco que se esforzaban en sacarle del vehículo, ni a aquellos que destrozaban, con gigantescos abrelatas, su flamante Ford último modelo. Su mente se había detenido en una escena que se repetía sin dejar secuencia a otras. Con una hipodérmica en la mano, él inyectaba veneno dentro de una botella de champán francés. El tóxico era dulce, como la muerte misma, y también el vino espumoso. Nadie notaría la presencia del letal líquido. Unas gotas... bastarían para...
-Lo abrirá y probará- se había dicho, mientras buscaba un hueco para la larga aguja- sin dudarlo. No todos pueden, ni una vez en su vida, tener en la mano una copa de Chateau D'Availle.
Antes de que los recuerdos le abandonaran, abrió los párpados, ya dentro de la ambulancia. La botella oscura, casi negra, con etiqueta verde, substituyó a los hombres de bata blanca y las botellas de suero.
- Adiós, Toribio- dijo su mente, pues no se movieron sus labios.

* * * * *

-¿Me llamaba, señor Redondo?
La secretaria se quedó en el umbral, temerosa. Había estado mucho tiempo charlando con Susana, en el escritorio de ésta. Cuando regresó al suyo, oyó que el timbre sonaba sin cesar. El jefe estaría de mal humor.
-Sí, pase usted.
La menuda mujer se sosegó. No había llegado mucho después de que el ogro la solicitase. Se acercó al escritorio, con una libreta y lápiz a punto.
-¿Conoce usted este champán?- preguntó él.
Emma no era experta en licores. Si eran caros, su sueldo no le permitía conocerlos; y si eran baratos, le producían dolor de cabeza y malestar estomacal. Pero miró, a través de sus gruesos lentes, la caja sobre la mesa.
-No, no la he visto nunca.
Toribio incorporó sus dos metros de estatura y sus ciento veinte kilos de peso. Emma apenas medía metro y medio, y decía su peso en libras para que pareciera superior. Tembló y miró hacia arriba.
-Debe ser una broma de alguien- dijo el jefe, con su voz de trueno-. Seguro que es asqueroso y barato. El desdichado quiere que me lo beba. Chateau D'Availle... Nunca lo he oído.
-Ni yo-. Ella no había oído ninguna marca, o, al menos, no las recordaba.
-Escuche lo que pone la tarjeta- pidió Toribio, con su tono de ordenar.
Emma se quitó los gruesos lentes y se dedicó a limpiarlos en actitud de escuchar.
-Espero que cuando lo bebas te acuerdes mucho de mí. Y no trae firma. ¿Qué le parece?
-Pues yo... - A ella le parecía bien.
-Es, sin duda, una broma.
-Eso es, seguramente- repitió la secretaria.
-¿Qué cree que voy a hacer con ella?
-Yo...
-Eso es lo que voy a hacer.
Toribio se acercó a la diminuta mujer del cabello rubio y lacio. Distraídamente le puso una mano en el trasero, abarcándolo completamente.
-¿Ahora...?
Emma no veía la relación que guardaba la botella con la que ella mantenía con él. La había llevado a la empresa para no tener que contratar una secretaria a quien perseguir y asediar. Emma y él se conocían, y entendían, desde tiempo atrás, por lo que era más sencillo ponerla en el puesto que andar correteando a otra. Solían verse en un hotel una vez por semana, y aún faltaban dos días para el jueves. Además, él jamás llevaba licor al cuarto, sino refrescos y dos pizzas que ella no probaba.
-Ahora mismo- rugió el gigante.
-Bueno...
Dejando los lentes sobre el escritorio, junto a la libreta y el lápiz, Emma se dispuso a que fuera jueves. No sabía cómo acabaría su peinado del día anterior, pero quizá no se alborotase demasiado. Comenzó a desabotonarse la blusa.
-Se la lleva- siempre se trataban de usted, incluso al compartir las pizzas, para no caer en posibles errores a Rivera y... - Redondo reparó en lo que ella hacía-. ¿Qué hace?
-¿No ha dicho que "ahora"?- Miró el rostro de él, pero su miopía no distinguía con nitidez la imagen.
-No es jueves, ni...
Redondo saltó hacia la puerta, corriendo el cerrojo con rapidez. Regresó asustado, tembloroso. Ella ya se había colocado los lentes, aunque la blusa seguía abierta.
-Pues... ¿Qué le parece si adelantamos el jueves?- propuso el jefe.
-Como usted mande.
-Pero... esta tarde. Ahora...
Se acercó a ella, observando la abertura de la blusa desde sus dos metros. Le gustaban menuditas, incluso las blusas.
-... vaya a llevársela a Rivera, de mi parte.
-Bueno...
Emma se encaminó a la puerta, con la caja que contenía el Chateau d'Availle. Aquella tarde no tenía planes, así que...
-Abróchese la blusa- le recordó Redondo.
-A las ocho- aceptó ella, mientras volvía a meter los botones en los ojales.
-En punto- ordenó el jefe.

* * * * *

Julio Rivera era un hombre de mundo, además de apuesto y locuaz. Alto y delgado, cuidadoso de las grasas que, insistentes, se esforzaban en acumularse en su cintura. Se teñía las canas ( no todas, ya que las de los parietales le proporcionaban cierto atractivo) y el fino bigote. Hacía suspirar a las mujeres por donde esparcía el aroma a caro perfume masculino francés. Los hombres le envidiaban su soltería, su porte, su Mercedes y su sueldo de Director de Relaciones Públicas.
Sudoroso, después de una hora de pedalear en la bicicleta estática, se dirigió al escritorio y volvió a mirar la botella de la etiqueta verde.
-Redondo es un pobre diablo- dijo al secarse el sudor de la frente con su toalla japonesa-. Seguramente creyó que era sidra barata o las burbujas le hacen estornudar.
Rivera tenía baño en su privado. Él disfrutaba de privilegios inimaginables, por el hecho de ser el consentido del presidente de la compañía. Los explicaba razonadamente, aunque ello no le evitaba ser destino de las envidias.
-Debo hacer ejercicio diariamente- decía-, porque si no ¿qué imagen tendrían las Relaciones Públicas de la empresa?
-El baño es más para las visitas que para mí- recordaba.
-Trabajo más en restaurantes y hoteles que aquí, porque a los clientes les gusta así- observaba.
Volvió a contemplar la botella, sin poder creer lo que tenía ante las narices. Era inconcebible que Redondo la hubiera despreciado.
-Chateau d'Availle- repitió- Diez años buscando una, y ahora... Le regalaré un brandy nacional como agradecimiento. Seguramente le gustará más y no tiene molestas burbujas.
Se dirigió a su cuarto de baño, pero se detuvo ante la puerta. Retrocedió hasta el escritorio.
-Merece un descorche especial con alguien especial. Y debe ser hoy mismo, para que no me ahogue la ansiedad.
Abrió un cajón del escritorio, sacando la libreta roja (tenía pastas de tal color). ¿Qué no darían muchos por tenerla entre los dedos o fotocopias de sus páginas? En ellas estaban registradas, cronológicamente y con detalles físicos, sus conquistas: mujeres que podrían llenar un teatro. Tenía sus direcciones, números telefónicos, edad y... lo más importante: gustos y aficiones. También una calificación, del uno al diez (ninguna bajaba de cinco), y una narración corta de experiencias juntos, con nombres de hoteles, restaurantes y cualquier lugar digno de recordarse. Rivera sabía hacer bien las cosas, y no únicamente por llevar un minucioso directorio (ellas sabían qué).
-Veamos... - musitó, abriendo la libreta al azar-. No, ésta no. Ésta... tampoco. ¿Gina? No recuerdo a Gina-. Leyó unas lineas- ¡Gina! Creo que ella es la indicada.
Olvidó la ducha y se acomodó en el sillón giratorio. Movió el disco telefónico y esperó. Quizá no estaría en casa.
-¿Se encuentra Gina?- preguntó al notar que alguien tomaba el auricular-. De parte de Julio. Ella sabe...
Esperó unos segundos. Una voz femenina, que no le resultó familiar, llegó hasta él.
-Soy Julio. ¿No te acuerdas? Pues... - miró su agenda- salimos hace seis meses. ¡Cómo vuela el tiempo! Ya me recuerdas. Lo suponía. He estado fuera, por negocios.
Hubo una pausa, al menos él hizo una. Una voz alterada hablaba con rapidez. Julio colgó.
-Se va a casar- le dijo a un imaginario oyente-. ¿Por qué se habrá enojado conmigo, si se va a casar con otro? ¡Qué le reclame a él! Veamos... - volvió a leer una página cualquiera-. Laura. Sí, creo que debe ser ella. El mes pasado... No irá a casarse de repente.
Marcó y esperó. Sonó una voz de hombre. Julio preguntó por Laura. La recordaba bien: modelo, alta, delgada, coqueta, pelirroja, apasionada (lo leía de su agenda).
-¿Está en el hospital? ¿Qué le ocurrió? No, no lo sabía. ¡Claro que soy un buen amigo! He estado fuera, por negocios. No, no leí los periódicos. Al menos los de aquí. Estuve en Brasil. Atropellada. ¿En qué hospital? ¿Qué novio? Yo no soy el hermano de su novio. Ya le he dicho que soy un amigo. ¿Y quién es usted? El abuelo y está un poco sordo- le dijo a su oyente invisible-. ¡Que se alivie! ¡Le mandaré flores!
Colgó y abandonó la libreta. Debía ducharse y pensar; tal vez podría hacer las dos cosas a la vez.
-No me dijo el nombre del hospital- recordó al entrar en el cuarto de baño.
Cantaba alegremente, completamente envuelto en burbujas, cuando escuchó el irritante timbre del teléfono. Cerró el paso al agua, quedándose sin saber qué hacer. Recordó que tenía una cita con Monzón, un muy importante cliente de la firma. Miró su muñeca, pero no llevaba el reloj.
-Debe ser la hora- se dijo-. Me he entretenido con esas llamadas y el Chateau d'Availle. ¿Quién no lo haría ante tal maravilla?
Volvió a su despacho y cogió el auricular. La chillona voz de su secretaria le anunció a Monzón.
-Dígale que espere unos minutos, porque... - buscó entre sus recursos-. Dígale lo que se le ocurra.
Era seguro que no se le ocurriría mucho. Su secretaria era tonta, además de fea. La había elegido él, para descansar del asedio de las anteriores. Éstas, hermosas, divinas y listas, se le insinuaban al primer día en el empleo. Él, que era débil, se dejaba seducir, y luego sudaba para mantenerlas alejadas. Por eso se decidió por Valentina, que no osaba levantar la vista del suelo, aunque suspiraba tontamente.
-¡Y tiene un carácter!- dijo regresando del baño.
Se refería a Marciano Monzón, el cliente importante. No estaba acostumbrado a esperar, y tendría, al ser recibido, cara de malhumor. Solía ser la habitual, así que...
Tardó poco en vestirse y aparecer en la puerta. Monzón, un anciano delgado, con aspecto de soportar una enorme úlcera en el estómago, paseaba ante la secretaria. Ésta se entretenía mirando unos papeles, sin verlos, para no enfrentarse al irritado cliente.
-¡Señor Monzón, qué sorpresa!- exclamó Julio, yendo hacia el anciano, con la mano extendida.
-Debe serlo, ya que no me esperaba a pesar de que usted me citó.
El anciano rechazó la mano y esquivó a Rivera, dirigiéndose a la puerta del despacho.
-No, no señor Monzón, es que... tenía una llamada de larga distancia.
-Su secretaria dijo que estaba en el baño.
Julio miró a Valentina, y ésta a la lejanía salvadora. El jefe anotó, mentalmente, una reprimenda; ella: que iba a ser regañada.
-Pase, pase señor Monzón- Julio enfatizaba sus ofrecimientos-. Usted es mi cliente favorito, y...
Al cruzar la puerta, se acercó al anciano, para susurrarle al oído.
-No va a creer lo que he estado haciendo.
-¿En el baño?
-No, no- Rivera sonrió, dando una palmada en la espalda del cliente-. Ha llegado a mis manos... ¡esto!- Señaló la mesa y lo que estaba sobre ella.
El anciano miró la caja y desmesuró los ojos. Hacía años que buscaba aquella botella (una igual) y ahora...
-¿Qué es lo que ha estado haciendo?- preguntó a la vez que abandonaba el tono duro, cambiándolo por asombrado.
-Buscando su pareja-. Julio inventaba, con la gran habilidad de quien vive del embuste.
-¿Para qué?
-Para obsequiársela-. Lo acababa de decidir, si es que la suerte le enviaba otra.
-Con una será suficiente.
Monzón tomó la botella con la delicadeza debida a una obra de arte, y la observó embelesado.
-Yo... Me refiero a...
Rivera había salvado la situación engorrosa, pero sin medir las consecuencias. Se refería a otra posible... Había pensado pedírsela a Redondo, o que le condujera a quien se la proporcionó. Aunque... ya no podía decir que no. Además, si no encontraba la pareja, lo que le parecía muy probable, quedaría en deuda con Monzón. Por eso..., aquella noche no habría Chateau D'Availle y saldría con Lucia, su acompañante de turno, nada excepcional pero segura.
-Me encanta- dijo Monzón, quien coleccionaba vinos, especialmente los difíciles de conseguir.
-Es suya.
Julio pensó en la empresa, en su sueldo, en lo que conseguiría si Monzón firmaba el nuevo contrato. Y..., sufriendo como si le extrajeran una muela, dijo adiós al espumoso francés.
-¡Gracias Julio!- Los ojos del anciano bailaron dentro de las cuencas-. Se lo agradeceré toda la vida.
-Pues... ¿qué le parece si vamos a comer y hablamos del nuevo proyecto?
-Me parece magnífico-. Había olvidado su dilatada espera-. ¿Y...?- Señaló la botella que había regresado a la caja.
-Se la pondrán en el coche o en su casa, como guste.
-Prefiero llevarla yo, para buscar un lugar de honor en la bodega.
-¿Y lo nuestro?
-Comeremos mañana, y... - el anciano le dio unas palmadas en el hombro- sabré agradecerle este detalle.
Monzón corrió a la puerta, llevándose el preciado tesoro. Julio se dejó caer en su sillón giratorio y miró la libreta roja.
-¡Adiós Chateau D'Availle! Veamos qué tenemos para esta boche. ¿Lucía o...? Me apetece un viaje al pasado. Algo nostálgico me vendría bien después de perder esa joya.

* * * * *

Norberto, sobre la cama del hospital, parecía momia, completamente envuelto en vendajes. Se había salvado de milagro, después de un sinfín de operaciones.
Se sentía feliz, y no únicamente por no haber dejado el pellejo bajo el camión. Redondo le había visitado.
-Es milagroso que esté vivo- se decía, en la soledad de su habitación. Me dijeron que el veneno mataría a un caballo, pero... Redondo es un elefante. Me alegro de que no le haya hecho efecto.
Redondo, al pensar que Lara moría, tuvo compasión o remordimiento. Luego, al saber que se había producido un milagro, decidió ayudar a su subordinado. No diría nada del extravío de fondos, siempre que Norberto los fuera reponiendo poco a poco.
-Se ha portado bien- reconoció-. Y yo quería matarle... Conservo el puesto, y el seguro pagará todo. ¿Qué más puedo desear?

* * * * *

Sigilosamente, envuelto en la protectora oscuridad, Norberto llegó a la puerta. Ésta se abrió sin ruido, denotando tener bien engrasadas las bisagras.
Una mujer apareció en el umbral, vestida con una bata transparente de seda. Tenía poco más de treinta. Su larga cabellera negra le caía sobre los hombros y parte del pecho. Norberto se quedó absorto unos segundos. La veía cada semana, desde los últimos meses, pero día tras día le atraía más.
-Pasa rápido y sin hacer ruido- susurró ella.
-¿Hay alguien en casa?
-No, pero los vecinos espían.
Se besaron en la boca, con prolongada pasión. Ella despedía un agradable aroma a rosas; él olía a los matorrales del jardín trasero.
Norberto no comprendía cómo, en zona tan elegante, los vecinos era poco más o menos iguales que en cualquier punto de la ciudad.
-Te extrañé- dijo ella, cuando pudo respirar.
-Estaba ansioso por verte.
Se habían conocido en el estacionamiento cercano a la empresa. Cuando ella subió a su carísimo automóvil, éste se negó a arrancar. Él llegaba en ese momento, ya casi restablecido de seis meses de convalecencia. Se ofreció a ayudarla. Desde entonces se veían una vez por semana. El esposo de ella viajaba mucho, y los sirvientes tenían libre el jueves.
-Estoy preparando una cena deliciosa- anunció la voluptuosa mujer.
-No te hubieras molestado. Ya sabes que me contento con un emparedado.
-Quiero sorprenderte-. La mujer se acercó a él, abandonada ya la entrada posterior y encaminados a la gran sala. Se pegó a su cuerpo, y Norberto sintió que su segunda oportunidad, tras el reconocido milagro, le resarcía de todo lo pasado.
-Mejor si vamos a... - miró hacia arriba, indicando un lecho que le era familiar.
-Tenemos toda la noche.
Entraron en la sala, únicamente iluminada por un pequeño farol chino, colocado en el ángulo más ignorado.
-Hay champán sobre la mesita- dijo ella.
-¿Qué celebramos hoy?
-¿No lo recuerdas?- Se detuvo en la entrada de la cocina, se apoyó contra el marco de la puerta y esperó.
-No, sinceramente no.
-Seis meses de conocernos-. Su voz sonó decepcionada.
-¿Tanto...? Se me han pasado volando-. Él debía justificar el olvido-. A tu lado, no me entero de nada.
Ella entró en la cocina. No le creía, pero le agradaba escucharlo. Se movió coquetamente, al abrir la puerta del horno.
Norberto se acercó a la mesita. Había una botella de champán dentro de una cubeta con hielo, y dos vasos. Tomó la botella. Estaba fría. No tenía etiqueta. La habría perdido con el tiempo, o estaría en el hielo.
-¿Qué marca es?- preguntó.
-No lo recuerdo. Él tiene tantas... - Ella revisaba el asado-. Pruébalo y sabremos si es bueno.
El corcho salió disparado, golpeando el hogar de la chimenea. Un chorro de espuma intentó seguirlo, pero Norberto tenía listos los vasos.
-Enseguida voy-. La mujer se esmeraba con los canapés.
-No está nada mal.
Norberto se sirvió otra copa. Estaba frío y no parecía de mala calidad, quizá un poco dulce.
-Se lo regalaron a mi esposo. Le engañaron.
-¿Por qué?
-Como él las colecciona, pensaron que no se daría cuenta.
Norberto se acomodó en el sofá. Le comenzaba a gustar el sabor dulzón del espumoso. Nunca había entendido a los ricos, con sus colecciones de vinos y licores. Según él, se hicieron para el paladar y no para esconderlos en una obscura cava.
La cabeza de ella apareció en la puerta. Verificaba si su amante aún estaba allí. Regresó a los canapés.
Él notó cierto mareo. El champán estaba fuerte, a pesar de que le parecía tan suave. O se debía a que tenía vacío el estómago.
-Pues no recuerdo el nombre- dijo ella-. Él la trajo con tanta ilusión... Decía que era una pieza única, hasta que descubrió que le habían pegado una vieja etiqueta. Se lo dijo un amigo...
Norberto tenía fijos los ojos en la botella negra. Un sudor frío le recorría la espalda. La frente se había cubierto de perlas de sudor, que caían sobre su estómago sin que él pudiera evitarlo. Los brazos y las piernas se negaban a obedecerle. Como un año antes, su mente era lo único que le funcionaba, y también con una idea fija. Los vidriosos ojos no se apartaban de la botella negra.
-¡Ya me acordé del nombre!
La señora Monzón salió de la cocina, con una bandeja de canapés en las manos. Se detuvo, apenas a un metro de la puerta, intentando acostumbrar sus ojos a la oscuridad. Abrió los labios para pronunciar la marca del champán.
La mente de Norberto, ya casi en la bruma eterna, quería llevar un nombre a los labios; pero éstos estaban sellados.
Lo pronunció ella, pero resonó como un eco infinito en el cerebro de él, un segundo antes de que la oscuridad corriera su velo.
-Chateau d'Availle.

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