Al fin llegó a la cima de la pequeña colina que se alzaba en medio de aquel interminable mar verde. Rauco respiraba agitadamente tras la empinada cuesta. Las manos en las rodillas, recuperando el aliento. Liri le alcanzó con torpeza, trotando sobre sus pequeñas piernas y le dio la mano mientras resoplaba.
— ¡El bosque sigue, sigue y sigue para siempre, en todas direcciones! — chilló con su vocecilla. — ¿Qué haremos?
Por primera vez él pareció haber perdido la esperanza ante el insalvable obstáculo, pero se rehizo rápidamente. Señaló hacia delante con un vago movimiento de la mano y habló con toda la confianza que pudo reunir.
—Seguiremos en esa dirección. Si vamos lo suficientemente rápido no tardaremos en alcanzarlos, ya verás.
Liri sonrió satisfecha con la explicación y él suspiró para sí. Le costaba imaginar una situación peor que esa en la que se encontraban, perdidos, sin comida, en un bosque que parecía no tener fin y lleno de peligros. Pero que se lo llevara un Dreivel si permitía que su hermana pasase miedo. Así que después de estirarse un poco cogió de nuevo la manita de ella y comenzó el descenso a ese nuevo laberinto de madera, que se volvía más y más espeso a medida que se alejaban de la pequeña cima rocosa. En esta zona el bosque era verdaderamente antiguo y siniestro. Enormes árboles retorcidos ocultaban toda la luz, dejando el interior en una permanente penumbra surcada de raíces colgantes, musgos y pálidos líquenes, que les daban un aspecto peludo y fantasmagórico.
Rauco abría la marcha, vigilante, con la mano derecha aferrada al pomo de su espada corta que tanto detestaba y con el corazón latiéndole con fuerza. No era un chico asustadizo, sabía que en aquel bosque moraban terribles criaturas. Había visto los efectos de sus dentelladas en antiguas cicatrices de algunos compañeros de caravana, que también le habían contado historias acerca de su terrible fuerza y desde luego que no querría toparse con ninguna de ellas. A su espalda iba Liri callada como un ratón, tensa ante los desconocidos peligros que les acechaban. Era aún más silenciosa que él y de tanto en tanto Rauco tenía que volverse para comprobar que aún seguía ahí. De pronto, un ruido en la hojarasca.
Se detuvo, tenso como una cuerda de arco, escuchando con todo el cuerpo alerta, sin saber aún si estaban o no en peligro. Empezó a verlo todo borroso y tuvo que agitar la cabeza para alejar la enfermedad que le invadía. A su lado Liri temblaba, así que ella también lo había oído. El bosque estaba ahora completamente en silencio, como nunca lo había estado en los días que llevaban en él, y eso fue lo que le dio la certeza de que algo pasaba. Desenfundó la reluciente espada, pulida como un espejo, con un rápido movimiento y justo entonces la bestia salió de la espesura y les atacó. Por suerte se dirigió directamente a Rauco, que detuvo las peligrosas garras con un mandoble desesperado. Nunca le había gustado aquella espada, símbolo de que aún no era más que un niño para los de su clan, y le enfureció pensar que ahora dependía de ella para sobrevivir. Es decir, le habría enfurecido si en ese momento hubiera podido sentir algo distinto al pánico. La bestia atacó de nuevo, esta vez con un desmañado zarpazo que aprovechó Rauco para golpear la pétrea cabeza de la criatura, que ni pareció notar el impacto. Con un rugido esta le dio un revés que le hizo rodar un gran trecho hasta que tropezó con la raíz de un árbol grande. Rauco se quedó aturdido durante un segundo, preguntándose por qué no recibía el golpe fatal, cuando se incorporó de un salto.
— ¡Liri! — gritó. Y comenzó a correr hacia la peluda bestia que en ese momento perseguía a la pequeña.
Ella tropezó mientras corría desesperada, quedando a merced de la criatura, pero incluso entonces se volvió hacia ella y bufó como un gato salvaje, con su cara más fiera. Entonces el hediondo animal rugió y se derrumbó inerte delante de ella, con la espada de Rauco profundamente clavada en la espalda. Él estaba pálido como un espectro, cubierto de sudor y con la respiración entrecortada por el miedo, pero sonreía. Ella también sonrió, contenta de que todo hubiera salido bien.
— Rauco ¿Podemos comérnoslo?
— Habrá que intentarlo — dijo él. Y de un tirón recuperó la espada.
Pasaron la noche allí mismo, pensando que el hedor de la bestia alejaría al resto de animales peligrosos del bosque. Liri dormía tranquila desde hacía rato, hecha un ovillo en el hueco de una raíz, mientras Rauco vigilaba las tinieblas que les rodeaban. No pensaba hacer guardia toda la noche, ya que era necesario que estuviera alerta durante el día, pero no podía dormir de todas formas. No dejaba de pensar en el embrollo en el que estaban y en que, a pesar de la carne que acababan de conseguir, su situación era desesperada. Sería muy difícil alcanzar la caravana (aún se resistía a usar la palabra imposible) y aunque de momento habían sorteado todos los problemas, la buena suerte no seguiría acompañándolos siempre. Y también estaba el tema de la enfermedad, claro.
Llevaban ya tres días atravesando aquel bosque sin fin, cinco en total desde que se perdieran. Al principio pensó que lo más sensato sería volver al último lugar en el que había acampado la caravana y esperar, al notar su ausencia enviarían a alguien a buscarles, y era más seguro que empezar a seguir su rastro por los caminos, pero nadie vino en su búsqueda. Rauco no sabía qué hacer, así que esperaron, ese fue su error. El segundo. Esperaron durante dos días, sobreviviendo con alguna comida que llevaban encima y entonces comprendió, demasiado tarde, que no volverían a por ellos. Demasiado tarde porque nunca podrían alcanzarlos a pie, era sencillamente imposible. Y entonces cometió su tercer error, claro. El camino daba un enorme rodeo de varios días para no pasar por el bosque, así que bastaba con atravesarlo para poder alcanzar a la caravana, era muy fácil…
Le alarmó un ruido, y desenvainó la espada silenciosamente, pero sólo era el viento soplando y moviendo las ramas altas. La espada aún tenía algo de sangre pegada y la rascó distraídamente con la uña. Mi primera víctima, pensó, y aún soy sólo un niño… Aunque tampoco es algo tan extraño, estas espadas no nos las dan como adorno. La envainó de nuevo y se recostó en su árbol y al poco se quedó dormido.
Un levísimo resplandor verdoso era lo único que indicaba que el sol brillaba tras aquella maraña oscura que los cubría. Liri despertó a su hermano tirándole de los mofletes con cara divertida y este gruñó malhumorado mientras se levantaba. Llevaba varios días despertándose con hambre y su cuerpo agradecía el cambio, así que se levantó con algo parecido al buen humor y dispuesto a hacer todo lo posible por sobrevivir un día más. Cortó con la espada un poco de carne cruda para desayunar y metió otros dos trozos grandes en la bolsa de tela que tenían y que había estado vacía hasta el momento. Y sin más se pusieron en marcha.
Llevaban ya al menos un par de horas caminando a buen ritmo cuando Rauco decidió que había que pararse y echar un vistazo. Es difícil orientarse en un bosque, mucho más de lo que parece, sobre todo si los árboles hacen imposible ver la luz del sol y es tan húmedo que el musgo crece por igual en todas las partes de los árboles, como descubrieron consternados el primer día. Así que para comprobar que iban en lo que él creía que era la dirección correcta debían pararse y mirar, y este tramo de bosque estaba lleno de árboles grandes con muchas ramas ideales para treparlas. Ya habían hecho eso varias veces, así que metódicamente cargó con Liri hasta una rama baja en la que estuviera a salvo de cualquier peligro y luego comenzó a subir. Siempre había sido bastante ágil, así que no le costó mucho subir el primer tramo del árbol e incluso hasta la mitad, pero este era con diferencia el más alto que había trepado en su vida y poco a poco empezó a preguntarse si no habría sido mejor idea haber esperado hasta un claro de bosque. Allí arriba las ramas se doblaban peligrosamente bajo su peso, pero al fin, tras un par de resbalones que casi le hacen caer, logró apartar un racimo de hojas enormes, como si fuera una tapadera del bosque y pudo parpadear deslumbrado ante la luz del sol. Y una vez más tuvo ante sí sólo una ilimitada maraña verde extendiéndose en todas direcciones, pero, ah, allí había algo nuevo, lejos al sur. Un hilo de humo negro surcaba el cielo más allá de la pequeña elevación que le impedía ver más allá del horizonte. Eran ellos, estaba seguro.
¡Qué bien sentaba algo de esperanza después de todos aquellos días! Y con ella algo de orgullo, ya que a pesar de todo había elegido la dirección correcta todo el tiempo. Con el corazón aliviado respiró rápidamente una última bocanada del aire puro y regresó a la eterna penumbra que reinaba abajo. Bajó las primeras ramas con cuidado y en cuanto vislumbró a su hermana en la base del árbol gritó.
— ¡Vamos por buen camino! ¡He visto fuego en la dirección a la que vamos, seguro que son…!
Y entonces, aquel terrible mareo de nuevo. Todo se volvió borroso y sintió que perdía la conciencia bruscamente, como le había estado pasando desde que entraran en el bosque.
— No, aquí no… maldi…— musitó.
Sentía que caía y abrió los ojos. Una rama pasaba a su lado e intentó aferrarse a ella con todas sus fuerzas, pero al parecer llevaba ya un rato cayendo y la rama se partió. Todo giraba y se movía endiabladamente rápido mientras el corazón le latía tan fuerte que le asustó. Vértigo. Pánico. El suelo borroso que se acercaba a él a toda velocidad. Un chillido, Liri gritaba y por un instante pensó tontamente si estaría en peligro. Chocó con otra rama en la caída y un estallido de dolor y sangre le inundó la cara haciéndole perder la conciencia y ya no vio ni sintió nada más.
Abrió los ojos enseguida, sobresaltado. Se encontraba tumbado en el suelo, vivo, pero no conseguía ver nada, ¿Qué le estaba ocurriendo? Parpadeó una vez y se dio cuenta de que era de noche. A su lado Liri lloraba en voz baja abrazada a su brazo.
— Liri… —dijo Rauco sin fuerzas. Tenía la boca seca, con un fuerte regusto a sangre y se sentía confuso todavía. Ella al oírle lloró más fuerte y se abrazó a él. Incluso en aquella oscuridad vio que tenía los ojos hinchados de llorar y sus ropas claras estaban manchadas de su sangre.
— Rauco perdóname… intenté despertarte, pero no podía… no sabía que hacer, no tenía agua para echarte en la cara… por favor no te mueras.
Él intentó sonreír con las pocas fuerzas que le quedaban. Se sentía muy débil, y estaba completamente dolorido, tendría un par de costillas rotas como mínimo, una terrible herida en la cara y sentía que la conciencia se le escapaba de nuevo. Ella apretó sus manos con fuerza.
— No me dejes sola… hermano, por favor, no me dejes sola… ¡Promételo! — gritó, y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
— Lo juro — dijo Rauco, y apretó las manos de ella hasta que el dolor y la enfermedad se llevaron su conciencia de nuevo.
A la mañana siguiente, como quien tras una noche de enfermedad y fiebre descubre que de pronto se encuentra bien y que lo peor ha pasado, Rauco abrió los ojos, despejado por primera vez en muchos días. Parpadeó varias veces, sorprendido de que todo estuviera tan claro a su alrededor. Por supuesto, las heridas las seguía teniendo, como comprobó dolorosamente al incorporarse un poco. A su lado dormía Liri, con esa cara que ponen los niños pequeños cuando duermen ¡Cuánto debió haberse asustado! La apartó suavemente y comenzó a examinar sus heridas con cuidado. Las piernas estaban sólo un poco magulladas, pero en el torso tenía un terrible moratón ensangrentado, y contó tres costillas rotas. Más o menos grave, pero no le impediría caminar, que era lo importante en esos momentos, además, el resto del cuerpo estaba bien, salvo la cara, en la que se había llevado dos golpes. Un profundo corte en la mandíbula que estaba cubierto ahora por una gruesa costra y otro en la nariz, que era el que más había sangrado, a pesar de que no se la había roto. Así seguía cuando vio que Liri llevaba algún tiempo mirándole y sonriendo.
— ¡Sabía que cumplirías tu palabra, Rauco! — dijo muy aliviada. Y le dio un fuerte abrazo a su hermano (que le hizo gritar de dolor)
Los dolores le molestaban más al caminar de lo que había supuesto, pero aún así avanzaban con buen ritmo entre los viejos árboles. Tenían que darse prisa si querían alcanzar la caravana y ya habían perdido un precioso día mientras Rauco estaba inconsciente por culpa de la caída. Aún tenía algunos accesos de debilidad y mareo, pero al menos parecía que se repetían con menos frecuencia. A mediodía hicieron un pequeño alto para descansar y acabaron con los últimos restos de la carne cruda que les quedaban, pero no les preocupó demasiado ya que los límites del bosque no se encontrarían a más de dos o tres días de camino y esta zona parecía menos poblada de monstruos. A medida que avanzaban divisaron alguna vez restos de antiguos senderos que alguna vez habían atravesado esa zona, pero ninguno llevaba la dirección que les convenía, hasta que de pronto, en una parte cualquiera del bosque, se toparon con un camino. No era un camino grande ni imponente, más bien un sendero de tierra ancho, por el que apenas podrían caminar tres hombres juntos, pero aún así los puso en alerta enseguida. Rauco se agachó y comenzó a examinar unas huellas de cascos de caballo mientras Liri oteaba el final del camino, desconfiada.
— No me gusta este camino, Rauco… huele a peligro.
Él sonrió ante el comentario y se puso en pie dolorosamente.
— Puede que tengas razón, hay huellas recientes de caballos, pero aunque no vaya exactamente en nuestra dirección creo que ahorraremos bastante tiempo tomándolo durante un trecho. — Y ante la mirada indecisa de ella añadió — No temas, si alguien viene por este mismo camino lo oiremos mucho antes nosotros a él que él a nosotros.
Liri se encogió de hombros y comenzaron a caminar en silencio, al principio algo tensos, pero enseguida se relajaron por ese camino tan sencillo en el que no había que estar constantemente sorteando raíces de árboles y dando rodeos para evitar todo tipo de obstáculos. Y aunque el camino no era muy ancho permitía ver el cielo azul intenso y algunos rayos de luz que tocaban el suelo y les deslumbraban al pasar. Pronto Liri empezó a canturrear por lo bajo y a reír e incluso su hermano se relajó un poco y se permitió soltar la empuñadura de la espada, que había tenido preparada todo el tiempo. Llevarían una hora caminando cuando Rauco sintió que el camino se ondulaba bruscamente ante él y comenzaba a doblarse formando una espiral borrosa y cayó de rodillas, completamente borracho de aquella desagradable sensación. Los sonidos le llegaban amortiguados y deformados, y tardó un rato en descubrir que ese ruido agudo insistente que oía era la voz de su hermana, llamándole mientras le zarandeaba. Extendió una mano para tranquilizarla y entonces cayó al suelo. Le pareció curioso sentir el sabor de la tierra en sus labios y que ese sentido no se viera afectado por aquella locura.
Ahora el suelo se movía bajo su cuerpo, le arrastraban, se clavaba pequeños guijarros del camino en el cuerpo de una forma muy dolorosa y luego inmovilidad. Oía de forma distorsionada, pero clara ahora, cascos de caballos por el camino, acercándose, pero no pudo moverse por más que lo intentó, incluso sintió que algo lo atenazaba y lo obligaba a permanecer inmóvil. Los cascos se detuvieron allí al lado, peligrosamente cerca. Parecía que el acceso empezaba a desvanecerse poco a poco, y aunque no podía moverse aún, sí que oía con claridad las voces de los jinetes.
— ¿Estás seguro de eso? — La voz pertenecía a un hombre joven.
— Os digo que sí. Además, ya habéis visto las huellas, mi señor — Contestó una voz más ruda y profunda
— Y también oí los gritos, como los de una niña pequeña. Pero ya te digo que es completamente imposible que… Un momento… ¿Ya no hay más huellas?
— Eso parece, mi señor. — El hombre más alto se bajó de su caballo rojizo y comenzó a examinar el suelo. — Aquí parece que han arrastrado algo, hay huellas muy claras.
En ese momento, como si de pronto abriera los ojos, Rauco volvió a ver. Una extraña sensación que nunca había sentido antes le indicaba que estaba en peligro, y de algún modo supo que ya estaba curado. Se encontraba tumbado dentro de la linde del bosque, en una pequeña oquedad en la tierra que apenas bastaba para ocultarle. Su hermana estaba sobre él, con los ojos apretados muy fuerte, cubriéndole con su pequeña capa verdosa y a la vez impidiendo que se moviera.
— Creo que deberíamos echar un vistazo — continuó hablando el hombre más fornido mientras desenvainaba su espada. Rauco podía verle claramente ahora, a sólo unos pasos de él, amenazante, mientras que el otro se encontraba casi al lado montado aún en su caballo blanco. El chico tocó suavemente a su hermana y ella al instante abrió los ojos y suspiró aliviada, aunque seguía estando en tensión. Se apartó de encima muy lentamente y él desenvainó la espada de metal pulido, sin apartar la vista de aquel enemigo que les acechaba. El caballo blanco resopló, impaciente.
— No vale la pena, Eguino. Deben de ser huellas de bandidos o pordioseros y sin duda tenemos entre manos un tema más importante. Reserva tu fuerza para la guerra y el honor, compañero. — Eguino no contestó. Siguió mirando con intensidad la oscuridad de las primeras sombras del bosque que tenía ante él, y por un momento cruzó su mirada con la de Rauco, aunque este nunca supo si llegó a verle o no. Enfundó la espada y montó de nuevo en el caballo.
— Partamos entonces — dijo, y comenzaron a cabalgar siguiendo el sendero hasta que se perdieron.
Rauco se levantó de su escondite y fue hasta el camino, quedándose a oír por un momento los cascos de los caballos perdiéndose en la lejanía.
— Sabes… — dijo Liri a su espalda, divertida — con esa espada que llevas podrías pasar por humano.
Rauco torció el gesto, malhumorado.
— Oh, cállate.
A pesar de que sus vecinos le habían dicho que esa zona del bosque no era peligrosa, Loeda siempre se encerraba en casa al caer las primeras sombras de la tarde. Algunas noches se oían terribles aullidos y bramidos procedentes de la zona más profunda y estaba bastante segura de que no quería encontrarse de frente con el animal que las producía. Por eso aquella noche estuvo bastante tentada de ignorar aquellos insistentes golpes en la puerta, pero al fin le pudo más la curiosidad y abrió, esperando encontrar cualquier tipo de horrible monstruo en el umbral. Pero en vez de eso se encontró dos pequeños pidiendo refugio. Los dos estaban muy flacos y pálidos, y el chico tenía una terrible herida en la cara y estaba manchado de sangre, así que les hizo pasar enseguida, atrancó de nuevo la puerta de madera y comenzó a darles mantas y a avivar el fuego para que entraran en calor.
— ¿Cómo habéis llegado hasta aquí solos? — les preguntó en cuanto se hubieron acomodado bien.
— Nos… perdimos en el bosque— contestó el chico muy serio.
Era raro que alguien se perdiese en el bosque ya que nadie se atrevía a atravesarlo, así que eso interesó a Loeda.
— ¿Os perdisteis? ¿Pero con quien viajabais?
— ¡Íbamos en una caravana hacia el sur! Pero tuvimos que… — contestó la niña rápidamente, y dejó de hablar ante la mirada acusadora del otro.
Loeda torció el gesto mientras servía algo de té a los niños.
— ¿Una caravana? Son malos días para viajar por esta zona. Muchas han sido atacadas en el cruce de los cuatro caminos por monstruos. Espero que la vuestra esté a salvo.
— Debemos ir allí entonces — dijo el chico, y la pequeña asintió, ante la mirada escandalizada de Loeda.
— ¡Claro que no podéis ir allí! ¡Hay guerra y peligros! No temáis, muchos hombres valientes ya están luchando para restablecer la paz, mi propio marido está allí así que estad tranquilos.
El chico se levantó. Estaba muy pálido, con ojeras y cubierto de heridas, parecía que fuera a desmayarse en cualquier momento, pero se veía una gran determinación en sus ojos. Lentamente se quitó la vaina que contenía una espada corta y la dejó ante Loeda.
— Quisiera comprar con esto algo de carne — dijo mirando a la niña, que olfateaba disgustada el trozo de pan que ella le había dado.
Loeda miró el arma perpleja, el acero era de gran calidad y al moverla reflejaba espléndidamente incluso la pobre luz de la chimenea.
— Es una espada muy buena — dijo ella.
— Ya no la necesito — contestó él con una sonrisa cansada.
— Por desgracia no queda nada de carne en toda la zona. Los hombres del rey vinieron hace unos días y nos cambiaron todos los animales que teníamos por un saco de cereales y un puñado de monedas. Supongo que tengo que estar contenta por poder ayudar al reino en momentos de crisis.
La pequeña se abrazó a su pierna con cara triste y el muchacho cogió las manos de Loeda con delicadeza y habló lentamente.
— Lamentablemente tenemos que poder llegar a ese cruce y ayudar a nuestras familias cueste lo que cueste… Ahora sé que no nos abandonaron, sino que sólo querían que nos hiciéramos más fuertes, para que pudiera… crecer. Tenemos que avisarlas de los refuerzos que el reino va a enviar en su contra… — Abrió la boca y dejó al descubierto cuatro largos colmillos y la niña al verlos sonrió contenta.
— ¡Rauco, tú…!
— Sí… — dijo él, satisfecho. Se acercó a Loeda que permanecía paralizada por el miedo y murmuró en su oído. — Gracias por permitirnos vivir. |