Estar con él era como andar descalza sobre cristales rotos.
Aquel no era mi lugar. Me movía continuamente de una esquina a otra en donde decían que era mi habitación, pero las paredes se iban haciendo más pequeñas, asfixiaban, comprimían, creaban una atmósfera de nerviosismo que no era normal. Una sensación ávida por salir de allí corría por mis venas, sentía como mi vida se iba reduciendo a una cutre habitación situada en el fin del mundo. No, no podía soportarlo más, era demasiado para mí, tan solo unos segundos más debajo de ese techo bastarían para desequilibrarme por completo.
Era una gélida noche de principios de Diciembre, el frío sonrojaba mi nariz, agrietaba mis manos y convertía mis pies en cubitos de hielo. El tren estaba especialmente vacío, viajaba al lado de un vagabundo mal oliente, y tres vagones más allá se encontraba una prostituta. Aunque la situación era inhóspita, me sentía libre, conforme de estar viva. Disfruté de ese largo camino hasta de las luces tenues de las faroles que sin querer me cegaban, del pestazo a vino barato que el holgazán desprendía y, por supuesto, del mareo que da mirar hacia atrás mientras vas sentada en el vagón. Tonterías como esas me hacían poner una sonrisita tonta en la cara, quizá algo macabra, siniestra o triste… pero seguía siendo una sonrisa.
Las estaciones iban pasando muy lentamente, me sentía impaciente, inquieta, nerviosa…
La vida nunca fue justa para mí. Nunca lograré entender como Dios permite que me castiguen así. La única persona que cuidaba de mí, la única que daría lo poco que tenía para que yo estuviera bien, fue echada a la calle por cumplir la mayoría de edad. Sin más. Les dio igual cómo se encontraba. Tenía que buscarle, como fuera o donde fuese, recorrería todas las esquinas de la ciudad con tal de volverle a ver. Todo era muy arriesgado, iba totalmente a ciegas, sin tener protección, comida, ni tan si quiera techo asegurados… y lo peor de todo es que me dio absolutamente igual, nada me importaba, nada era suficientemente considerable como para que me diese la vuelta y volviese, a lo que supongo que era mi hogar.
Una voz femenina anunción en final del trayecto, déblimente, pues el ruido de las vías chocando con las ruedas del tren rechinaba ferozmente, poníendome el vello de punta. Cuando bajé del vagón el viento azotó mi cara, descolocó por completo mi frondosa melena pelirroja, y paró mis pensamientos. Intenté recordar donde me dijo que estaría, pero no me podía concentrar en absoluto… el suelo estaba lleno de cristales rotos. Me pareció irónico, como una especie de señal que anunciaba que él estaba cerca.
Nunca había visto nada tan bello. Los añicos relucían como si de diamantes se tratasen. Eran algo tan hermoso que no podá creerme que era realidad, que no fuesen una visión efímera provocada por la cantidad de porquería que me había metido días atrás. Quedé embobada observándolos, perdí la vista entre aquellos pedazos fulgurantes. Una risa estúpida, bobalicona, brotó de mis entrañas. Estaba nerviosa, mi respiración se agitaba con cada instante. De repente sentí como las vías giraban a mi alrededor, como el viento soplaba en sentido contrario, como algo deslumbrante me dejaba sin aliento… y caí al suelo exhausta.
Cuando desperté la boca me sabía a sangre, había apoyado mis manos en aquellos cristales. Escocían, y mucho, pero por lo menos la hemorragia había cesado y tan sólo quedaban restos de lo que fue el dolor. Quizás hubieran pasado una o dos horas, pero necesitaba salir de allí pronto, antes de que ningún guardia me echase a patadas. Me levanté de un salto, un vaicén desconcentraba a mi mente de la decisió que debería tomar: dónde ir.
No recuerdo cuántos días vagué por ahí, pero fueron bastantes. Recuerdo el dolor de los pies, de la cabeza, del de no comer en días. Quizá ya hubiese nacido Febrero, porque los días soleados empezaron a surgir. En uno de mis paseos, oí una voz rota a mis espaldas. Aún me viene a la memoria el color del cielo de aquella tarde, era como una manta gris marengo que arropaba grandes extensiones; en los trozos en los que la oscuridad no había llegado, un tono azul blanquecino embadurnaba aquellos surcos del firmamento. Yo estaba debajo de uno de esos espacios de claridad, era como si una luz divina, por una vez en mi vida, me iluminase para darme lo que deseaba de verdad: él. Me giré sin ciudado. Él estaba allí, y unos metros a su izquierda un montón de cristales rotos. Corrí a abrazarle, me colgué de sus hombros, le apreté contra mí y le estreché hasta que ya no pudo sostenerme más en brazos. Sin mediar palabra, gotas gélidas caían de nuestros hundidos y enrojecidos ojos. Nos tocábamos fuerte, como creyendo que aquello no fuese realidad. Nunca había sido tan feliz. La gente que pasaba a nuestro alrededor era bastante, pero no me pude fijar en sus caras ni comentarios, tenía algo demasiado valioso delante de mí como para darme cuenta de que existía algo más. Después de observarnos unos instantes más, volvío a rodear mi menuda cintura con sus débiles y huesudos brazos, y con la voz entrecortada me dijo al oído muy bajito:
- Gracias, gracias, gracias…
Sin embargo, el reencuentro no fue tan bonito comparado con el resto de los días que pasamos. Andábamos camufándonos entre las sombras grises de los edificios de Madrid, escabulléndonos descalzos del peligro y la pena, adquiriendo materia que nos ayudase a huir, cantándole en francés, forjande nuestra propia burbuja, comiendo lo mínimo, amándonos lo máximo, y sobre todo, sonriendo porque llegaba otro día más. Y aunque no suene nada creíble, aquella era mi felicidad plena.
Las enfermedades, comer una vez al día, no tener sitio resguardado del frío para poder dormir, eran los cristales rotos, las consecuencias que tenía que soportar si de verdad lo quería. Los cristales hacen daño, siempre, aunque parezcan relucientes en realidad guardan telas de araña en su interior, angustias y suplicios que tienes que aguantar si deseas que el cristal no te haga daño, que sea tan hermoso como lo parece. Y realmente fue algo insólito que los cristales rotos no me atormentasen hasta el día en el que murió abril. Llevábamos cuatro días en el mismo lugar, estábamos sentados en un banco quién sabe dónde, tapados con una manta mugrienta en tonos burdeos. No hacía sol, amenazaba lluvía, pero nos pesaba demasiado movernos.
- No te había dicho anda antes porque no quería preocuparte, pero no me encuentro nada bien.- Le costaba hablar, cada palabra la articulaba con mucho sosiego, y tosía ferozmente entre pausa y pausa.
- Estás bien, no te pasa nada, tienes que estar bien…- le susurré bajito mientras me acurrucaba a su lado. Me tomó la mano, y con sus labios congelados me dio un beso en la nariz.
Lo sabía. Llevaba varios días oyendo sus lamentos cuando me hacía la dormida, pero prefería cerrar los ojos, no darme cuenta de que lo único que tenía estaba fallando. Me fijé en su piel, estaba pálida; miré sus ojos, hundidos; su cara, una calavera; ni tan si quiera lo que fue una densa cabellera estaba presente aquel día treinta. Su belleza era imperceptible, sus ragos estaban totalmente olvidados y siempre tenía frío. Parecía tan vulnerable bajo la penumbra de ese día gris, que me sentí impotente de no poder darle lo que en aquellos momentos necesitaba. Intenté alejar el pensamiento de mi mente que me atemorizaba totalmente, aquella idea de que ésas eran sus últimas horas. Traté de buscar frases que no sonaran tristes, pero no las encontré. Recuerdo perfectamente como me apretaba la mano cuando gemía de dolor, y cuando lloraba en silencio mientras le corrían frías gotas de sudor por su frente y cuello. No quise decirle nada, prefería aguantarme las lágrimas. Las horas pasaban, la oscuridad se iba adentrando en aquel parquecito rodeado de árboles sin ningún follaje… se me estaba haciendo eterno. Ambos sabíamos que de esta no pasaba.
Casi como un acto automático, comencé a contarle:
-Je veux la vie en rose, Il me dit des mots d´amour…
La vie en rose, porque le encantaba oírme cantarle aquella canción. Aunque mi voz no sonaba bonita, porque se me entrecortaba continuamente, pude comprobar como esbozaba una sonrisa. Era una sonrisa de verdad, de esas que no puedes evitar, que nacen del alma y la dejan al aire.
-Des mots de tous jours, et ça m´fait quelque chose. Il est entré dans mon coeur…
Y seguía cantándole, cada vez más alto, con más fuerza, porque aquellas palabras en francés no tenían más significado que “no me dejes todavía”.
-Une parte de bonheur, dont je connais la cause, c´est pour lui dans la vie…
Él era mi familia, mi hogar, mi amigo, mis ganas de sonreír… simplemente mi mitad, por la cual hubiese dejado todo otra vez, a la cual la hubiese cantado tres mil veces la vie en rose, la hubiese cuidado día y noche para darla salud… porque lo intenté, de veras que lo intenté, pero nada fue suficiente.
Los cristales rotos cortaron cada vena de mi cuerpo para dejarme totalmente vacía. Degollaron cada sentimiento honesto que había crecido en mí. Y me crucificaron llevándome a una forma de vida que no tenía ningún sentido. Así sigo, colgándome de cualquier materia que me ayude a no pensar, y esperando el día en que me reúna con él… Al fin y al cabo, es lo que hacemos todos, caernos una y otra vez de los peldaños que nos quieren llevar a la dicha, solemos levantarnos ilesos, aunque esta vez ya no me quedaban fuerzas para más… esta vez no. |