Yarrek
El viento tironeaba de las empapadas capas de los veinte jinetes con dedos helados, y la lluvia azotaba sus rostros al compás de las rachas del vendaval. El último rayo de luz del cielo se había extinguido ya hacía, y el fuego vacilante de las antorchas amenazaba con extinguirse con cada envite del agua. La luna llena que debía iluminar la noche escondía su rostro brillante en el vientre preñado de las nubes, y bajo la sombra de los desnudos arces que arañaban el cielo con sus dedos esqueléticos, la oscuridad era casi absoluta. El terreno era abrupto y traicionero, y el sendero que seguían casi a ciegas, más parecido a un camino de cabras que al camino hacia una fortaleza que se suponía que era. No era una noche para cabalgar.
“No es noche para otra cosa que no sea una copa de vino caliente y un hogar encendido. -Gruñó para sus adentros Ser Yarrek Dalbarr mientras azuzaba a su montura para que atravesara el arroyo crecido- Maldito viejo senil, ahora le da por comenzar a creer en cuentos de viejas.”
Bastante malo era ya que el mayor placer de su padre fuese pasarse el día entre libros y pergaminos, ahora tenía que atender sus delirios. Desde que había encontrado aquellos pergaminos en la biblioteca de aquel torreón olvidado de los dioses, Lord Barak no había dejado de parlotear sobre aquellos halcombres.
Halcombres, por la sangre de Dramak. Hasta el nombre sonaba ridículo.
La escasa reputación que su Casa mantenía se le escurría entre los dedos a Yarrek como arena fina, el diezmo que entregaban a los Varamar les estrangulaba poco a poco, los bandidos multiplicaban los robos en sus tierras dejando a su paso campos y eras reducidas a cenizas humeantes, y su padre se obsesionaba con estatuas de hombres con alas.
Y no es que fuera nada nuevo que un Dalbarr perdiera la cabeza, reflexionó con rabia y amargura. La madre de su señor padre y el padre de ella habían muerto en medio de terrible delirios, aterrorizados por cosas que sólo ellos podían ver. Loco como un Dalbarr, se había carcajeado en la taberna de Dasmira aquel desgraciado, borracho como un perro. Borracho, y ahora muerto. El recuerdo le hizo apretar los puños sobre las riendas. Nadie se reía de la Casa de Ser Yarrek Dalbarr en su presencia.
Tras de sí, los otros diecinueve cabalgaban pesadamente, murmurando maldiciones punteadas por los ocasionales relinchos de las monturas. Loco como un Dalbarr. Seguro que alguno estaba mascullando aquello. No era para menos: el mensaje de su padre había llegado a Aquilaria hacía tres días. Un desconcertado Ralf le había entregado el pergamino, procedente de Torreón Alablanca. La cera llevaba el sello del águila y la montaña, y el pergamino la firma inconfundible de Lord Barak Dalbarr.
“ Acude inmediatamente a Torreón Alablanca, pues será atacado en el plenilunio. Encenderás las Velas Blancas y doblarás las ofrendas y las plegarias a Dharba y Dramak Que los campesinos se retiren de las Eras. Que las mujeres y los niños duerman en el Templo. Que todos los hombres capaces de usar armas sean requeridos para formar junto a los Capas Grises y guarden los muros de Aquilaria.”
Era sencillamente incoherente. Torreón Alablanca no era más que ruinas abandonadas desde hacía cientos de años. Su propósito era tan incierto como su emplazamiento; construido por manos desconocidas, sus ruinas se alzaban en las inhóspitas alturas de Peñalba, incongruentemente erguida en la cara oeste de la montaña, dando la espalda al Valle de las Hoces del Qibelos, haciendo frente al paisaje salvaje de la Gran Cordillera. ¿Para qué? ¿Para defenderse de los jabalíes y los corzos? Aberrante. ¿Qué demonio había poseído a su padre para que fuera a rebuscar a aquel montón de piedras que apenas se sostenía en pie? Más leña al fuego de la hoguera de los Dalbarr. Los labios exangües del caballero se contrajeron en una línea recta aún más fina y descolorida.
Completaba aquel mensaje insensato un grueso fajo de pergaminos con plegarias que debían ser entregadas al Templo para que fueran cantadas por los sacerdotes, al parecer escritas de la propia mano de su señor padre. Apelaban a los halcombres y la “protectora sombra de sus alas, que nos cobijarán de todo mal”. Los echó al fuego. La recogida de las castañas estaba en pleno apogeo y el invierno estaba al caer, no tenía tiempo para estupideces.
Así pues, los campesinos se quedaron donde debían, las ofrendas y los ritos fueron pospuestos, y él tomó aquellos Capas Grises y partió hacia Torreón Alablanca para recoger a su anciano y demente señor padre. Cuando tuviera en sus manos al viejo, le quemaría los libros y le haría volver hasta Aquilaria a patadas, se prometió. Ya era hora de que la fortaleza y el señorío pasaran a sus manos, pensó palpándose ausente el estuche de cuero que llevaba bajo la capa. Y de que tomara nueva esposa: Ingrid había muerto en el verano, sin darle más que dos mocosas berreantes. Los Mullkard eran una Casa menor, pero tenían terrenos fértiles, y la hija pequeña ya estaba en edad casadera. ¿Cuál era su nombre? ¿Adelia? ¿Alsenia? No importaba. Recordaba que era bonita, con una carita delicada en forma de corazón y larga melena castaña. Quizás su vientre joven y senos firmes le dieran el varón que las caderas anchas y los pechos caídos de Ingrid nunca alumbraron. Sólo de pensarlo se le abultaban los calzones.
El repiqueteo monótono de la lluvia sobre su yelmo le devolvió a la oscura, fría y húmeda realidad. El gris alazán que montaba corcoveó y piafó, repentinamente intranquilo. Clavándole violentamente las espuelas, le obligó a continuar. Por los dioses, qué no daría por una copa del dorado vino afrutado de Las Hoces. Bien caliente.
Otra helada ráfaga de viento hizo revolotear las hojas en torno a ellos como una bandada de pájaros muertos.
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Vandor
Adelante y arriba, siempre adelante y arriba. Adelante y arriba por aquella condenada montaña.
Sabía que no tenía que haberle cambiado la guardia a Orto, mierda de suerte la suya. Para una vez que hacía un favor, y se la metían doblada. Estaba en las murallas cuando había aparecido el Ser y le escogió para la patrulla.
Vandor se movió una vez más en la silla, incómodo, y se acomodó el pesado estandarte de nuevo contra el hombro. La tela empapada ondeaba sordamente con cada nueva racha de viento, ofreciendo breves atisbos del grifo dorado rampante sobre campo tronchado de sinople y argén que era el emblema de los Dalbarr. “Siempre Firme, Nunca Quebrado”, rezaba su lema. Vandor carraspeó desde lo más profundo de su garganta y lanzó un tremendo escupitajo a la oscuridad fría y húmeda del bosque. Ja. Más bien “Siempre Loco, Nunca Cuerdo”. Sólo había que ver dónde estaban. Pero no era algo que se pudiera decir en voz muy alta; eso había quedado bien claro en la taberna con Bradd, vaya genio que tenía el señorito Dalbarr. Le había pasado el pecho de punta a punta con la espada. Ni que hubiera estado haciendo encaje.
Echando la mano hacia atrás, cogió el pellejo de aguardiente que llevaba bajo la alforja. Disimuladamente, se encorvó, le dio un tiento y lo dejó de nuevo. Irguiéndose, lanzó un eructo. Hacía un frío de mil demonios, pero ya sentía los dedos de fuego del licor acariciándole el pecho y haciéndolo todo más soportable. Aunque no del todo: sus ropas de lana estaban heladas y completamente empapadas, se le pegaban a la piel y le picaban, y el peso de la cota de malla y la espada le provocaban un dolor constante en la espalda y el cuello. En aquel momento su caballo trastabilló, enviando una punzada de dolor por sus entumecidas posaderas hacia arriba.
- Mierda de caballo, mierda de montaña, mierda de lluvia –masculló, volviendo a ajustarse el asta del emblema. ¿Para qué demonios servía aquella bandera en medio del bosque, de todos modos? ¿Para que la vieran las ardillas? -Ninguna es lo suficientemente imbécil como para estar ahora por aquí, con la que está cayendo- Gruñó para sí.
- Qué rezongas, Pelopaja –una silueta imprecisa se acercó a él bajo la cortina inconstante de agua. En su diestra chisporroteaba una antorcha. Era Tarco, al que todos llamaban el Sombrío, un gigantón de dos varas y media con los hombros y el pecho de un herrero- Pásate la bota.
- ¿Qué bota? –Rezongó- Ya me gustaría a mí echar un buen trago. ¿Ahora los robles dan pellejos en vez de bellotas?
- No me toques las pelotas, que ya me jode lo suficiente que los dioses no se cansen de mearnos encima. -Sombrío alargó la mano hacia la alforja y le sacó el aguardiente.
-¡Eh, eh! –Protestó Vandor, intentando recuperarla. El otro le apartó la mano sin contemplaciones y le dio un trago bien largo- Mierda, Sombrío. Como lo hayas acabado, ya puedes pedirle más a Ser Hojalata, ahí delante.
- Vaya con él, ¿eh? – Contestó el otro, y se llevó el dedo a la boca para hurgarse en los dientes mientras Vandor volvía a guardarlo. Luego bajó la voz y continuó- Está tan loco como todos los demás. Ya viste lo de Bradd. Bueno, pues ocurrió algo parecido en Las Hoces, con uno de los rebeldes que capturamos. Los traíamos a Aquilaria para interrogarles, pero el tipo este, un bardo imbécil, cantó aquello de “El loco vocifera / A solas con su sombra y su quimera”. Lo trinchó como a un cerdo. En medio del camino, sin quitarle las cadenas ni nada. Claro, después los demás tenían que ir arrastrándolo, y cuando uno de los presos fue y dijo que olía, que porqué no lo dejaban ya, el Ser se le acercó con esa cara que pone, ya sabes, y le dijo que le llevaba para que los demás fueran meditando sobre las respuestas que iban a dar en el interrogatorio, y le preguntó a ver si es que el trato le parecía “poco razonable”. Y el otro callado como un muerto, claro. No se volvieron a quejar, eh. Y cuando llegamos a Aquilaria, lo colgó de las murallas, con un cartel que ponía: “Uno cuerdo”. – La voz de Sombrío apenas le llegaba, confundiéndose con el rumor constante de la lluvia y el piafar de los caballos - Las cosas están negras en Aquilaria. Varamar nos tiene a cuatro patas, eh, lo vais a notar incluso en Vegalta. Ya verás los impuestos este verano. Y en Las Hoces murmuran que si la señora esposa del ser murió muy de pronto... muy bien se lleva con los Mullkard, te lo digo yo. Que tienen una tierna cachorrita, por cierto.
- Muérdete la lengua, que no me apetece llevar carteles. – Vandor se estremeció cuando Ser Yarrek detuvo repentinamente a su caballo y alzó la mano enfundada en el guantelete. Por un momento pensó que les había oído, pero no. Había algo en el camino.
- Estandarte –se escuchó la voz del ser.
Espoleó a su montura para acercarse al caballero, mientras Sombrío se encargaba de detener a la columna. Era una niña harapienta, tirada en el suelo. Vandor frunció el ceño. ¿Qué hacía una cría casi desnuda en medio del monte? El casco de Ser Yarrek se giró hacia él. Sus ojos brillaron oscuros desde las profundidades de su yelmo. Vandor descabalgó lentamente, magullado. Clavó el asta del estandarte en el barro y se inclinó sobre la niña. Tenía la piel blanca como la nieve, húmeda y fría como la piedra. La melena, enmarañada y embarrada, era negra como el ala de cuervo. Bajo los dedos de Vandor un pulso aleteó débilmente en el esbelto cuello de la muchacha.
- Vive, mi señor.
- Recógela entonces. – Ordenó, y espoleando a su caballo, continuó adelante.
- Si mi señor –masculló a la sombra menguante que era Ser Yarrek. Tarco se había acercado, y a él se dirigió Vandor- Eh, Sombrío. Ayúdame con esto y encárgate del estandarte.
- Caramba, Pelopaja. Encuentras muchachitas incluso en el monte, ¿eh?
- Calla y ayúdame. –Gruñó, y cogió los brazos de la chiquilla.
Montado ya con ella apoyada contra él, tomó la antorcha de Tarco y continuó la marcha.
El camino continuaba ascendiendo sin pausa, y los arces y robles descarnados habían dado paso a abetos y pinos. Negros centinelas con corazas de corteza y agujas que sólo mostraban verdes y marrones apagados a la luz del fuego. No hay nada más oscuro y frío que una noche invernal en un bosque de árboles perennes. Vandor cabalgaba con la mirada puesta en la cara de la muchacha. Con la melena echada hacia atrás, toda sombras rojas y amarillas bajo la danza de la antorcha, Vandor pensó que era preciosa.
Tenía una frente despejada y unos labios delicados, y la naricilla respingona y las pestañas abundantes terminaban de adornarle la cara. ¿Qué hacía en el bosque sola, a finales del invierno y en medio de ninguna parte? ¿De dónde vendría? La arropó con su capa. Seguía respirando, pero tan suavemente... esperaba que viviera; ya no quedaba mucho para el torreón. La mano de ella estaba contra la cota de malla que le recubría el pecho, como una caricia.
- No es fea, la moza – valoró Sombrío, con una sonrisa torcida, sacándole de su ensimismamiento- Si vive, más vale que compartas su culito prieto, eh. –Y se rió de su propia sugerencia, ajeno a la irritación de Vandor.
En aquel momento, los árboles cedieron paso a la escarpada ladera de la montaña, desnuda de todo lo que no fueran piedras y nieve. El aire allí cortaba como un cuchillo y gemía como un animal herido. La lluvia cesó repentinamente, y las nubes fueron rasgadas para dejar paso a la luna, que relumbró en las alturas dando una pátina de plata y gris a la desolada ladera de la montaña y arrancando destellos de las cotas de malla y puntas de las lanzas de los soldados.
Entonces doblaron un recodo del camino y lo vieron.
Alzándose más de cien varas sobre la ladera, parecía llamarles. Los caballos corcovearon y relincharon, inquietos. La luz de la luna bañaba sus muros con un fulgor plateado que estaba lejos de ser tenue: el corazón de la piedra parecía vibrar con fuego argénteo. Aquello no era ninguna ruina.
Torreón Alablanca.
Vandor luchó para dominar su montura, mientras sentía un escalofrío recorriéndole la espalda. El viento había cesado hasta ser un mero susurro que sembraba oscuros presentimientos en su corazón. Un leve movimiento en sus brazos le hizo bajar la mirada. La niña había despertado, y le contemplaba con ojos de esmeralda en los que relucía toda la luz de un amanecer. Lentamente, aquellos labios se ensancharon en una sonrisa perfecta.
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Yarrek
El aire olía a papel, a polvo y a siglos. Un enorme anfiteatro de estanterías cargadas de pergaminos y libros rodeaba la mesa circular sobre la que se inclinaba Lord Barak a la luz tenue de una lámpara. El estruendo metálico de las pisadas de Ser Yarrek estaba tan fuera de lugar allí como dos pezones en la coraza de un caballero, y en la biblioteca se sentía casi tan útil como ellos.
- Padre.
Lord Barak no alzó la cabeza. En cambio, movió una mano pálida y enflaquecida para pasar otra página amarillenta.
- Has tardado. –Su voz era un susurro quebradizo, pero uno en el que aún subyacía aquel tono acerado que exigía obediencia.
- No es la mejor época para cabalgar. – “Y tenía más cosas que hacer que hacerte de niñera” rumió, atusándose la barba con irritación. Dos palabras y el viejo decrépito ya era capaz de sacarle de sus casillas.
- Ni tú un bebé para berrear como uno – replicó Lord Barak- ¿Has cumplido mis instrucciones?
Yarrek entrecerró los ojos y apretó los puños mientras sus maseteros trabajaban recio.
- Todas menos las... -“dementes”- ilógicas. –“Es decir, ninguna.”
Ahora sí que Lord Barak levantó la mirada. La piel tensa sobre los huesos y el pelo blanco que ya comenzaba a escasear enmarcaban dos ojos grises como espadas, y tan afilados como ellas a pesar de la edad. Su señor padre se echó hacia atrás, entrelazando las manos ante sí. El dorado grifo rampante le contempló desde el jubón negro que llevaba. Los ojos del anciano relampaguearon, fríos como la nieve de las cumbres.
- ¿Desde cuándo estás tú capacitado para juzgar mis órdenes?
La rabia contenida estalló en el pecho del caballero sin previo aviso. Inclinándose, descargó un puñetazo tan fuerte en la mesa que la lámpara se volcó y el libro tembló.
- ¡Desde que reconstruyes torreones innecesarios en los montes, sin que sepa nada de ello! ¿Qué –“locura”- despropósito es éste? – Cuanto más rugía y más se dejaba llevar por el fuego de la rabia, más consumía éste su autocontrol- ¿Cuánto oro te has gastado en este montón de piedras inservible?¿Qué ridículas ideas te han sorbido el seso, padre?
El gesto de su padre no se alteró lo más mínimo.
- Necio chiquillo. – Pausadamente, alargó la mano e irguió la lámpara- Cuántas veces he intentado encauzar tu mirada a terrenos más amplios e importantes que tus jueguecitos con espadas. Lamentablemente para nuestra Casa, no eres más capaz de batallar con los pergaminos de un libro que de dejar de respirar.
- ¡Soy yo el que mantiene esta miserable Casa en pie! ¡Yo y mis espadas, mientras tú derrochas oro y tiempo en tus libros mohosos!¿Con qué derecho hablas, viejo loco? – bramó, ofuscado por el desprecio que congelaba las insidiosas palabras de la réplica de su padre.
La bofetada resonó como un chasquido en la amplia sala.
- Por mucho que lamentes cada uno de mis alientos –siseó Lord Barak, con el rostro pétreo- moderarás tus modales en mi presencia, o Aquilaria y cuanto me pertenece pasarán a manos de Nem el porquero.- Cerró el libro con delicadeza, y lo apartó a un lado mientras Yarrek combatía denodadamente para no dejarse llevar por la cólera y decapitarle allí mismo. No podía permitirse el lujo de otro escándalo más en la Corte, no tras los rumores que corrían sobre Ingrid...
- No obstante tu estulticia –prosiguió Lord Barak- has dado con dos puntos importantes: Éste Torreón no ha sido reconstruido por mí, ni esta biblioteca trasladada desde ningún otro lado.
Ser Yarrek frunció el ceño, notando aún el escozor de la bofetada.
- ¿Y por quién, entonces? Es de necios: ¿para qué, una biblioteca en un Torreón?
- Los documentos que he podido descifrar hablan de antiguas batallas contra una raza de seres a los que denominan “los Primeros Hijos”. Parece ser que los defensores de los hombres tenían en ésta una de sus principales fortalezas. Tengo la sospecha de que ha sido reconstruida por ellos.
- Ya. Y esos defensores son... –replicó Yarrek, arqueando una ceja.
- Hralyon, Los Sublimes Alados. –Dijo Lord Barak, entrecruzando los dedos de nuevo - Halcombres.
El caballero estalló en carcajadas. Era una risa cruel, sin la menor traza de jovialidad. Dejó de reír para sacarse un rollo de vitela de debajo de su capa.
- Has perdido el norte, viejo –ladró, apoyando ambas manos en la mesa. La mirada de Lord Barak se dirigió al pergamino aplastado bajo el guantelete derecho– Dejé de creer en esos cuentos desde que solté las tetas de la comadrona. Pero además, te equivocas en otra cosa más, padre. – Extendió la mano, arrastrando bajo ella el pergamino- Como verás, conozco bien los entresijos de la lectura. Al menos, la legal. Por este documento me legarás las propiedades de la Casa Dalbarr, desde ya. En caso de que no aceptes... bueno, el camino de vuelta es muy empinado. ¿Qué caballo podría evitar torcerse una pata y despeñarse?
Lord Barak tomó el rollo, y sin siquiera desenrollarlo lo llevó hasta la llama de la lámpara. Una brillante lengua dorada se estiró desde el pergamino de color crema. Los ojos de Ser Yarrek se estrecharon hasta convertirse en rendijas, y su ceño se pobló de nubarrones tormentosos.
Ya abría la boca con gesto torvo cuando se escuchó el ronco chirriar de la puerta. El ruido de pasos precedió a dos sombras, que al emerger de la zona de estanterías se convirtieron en el portador del estandarte y en la chiquilla que habían encontrado en el camino, que iba cogida de la mano de él. La cara del hombre era tan inexpresiva como su mirada.
- ¿Qué es esto, estandarte? – gritó iracundo- ¡Dí instrucciones de que no se nos molestara!
Al mismo tiempo que oía un grito ahogado procedente de su padre, su mirada fue hasta la mano derecha del capa gris, en la que llevaba un puñal que relucía con húmedo brillo carmesí. Frunciendo el ceño, alzó la voz llamando a los otros guardias mientras desenvainaba su espada. Nadie contestó.
- Muy bien hecho –Aquella era la niña, con una voz dulce como la miel. Soltándose de la mano del hombre, avanzó un paso hacia ellos- Ya no te necesitaré más.
Ningún atisbo de raciocinio iluminaba la mirada del capa gris cuando alzó la mano y se abrió la garganta con un movimiento limpio y seguro. Cayó con un ruido sordo, mientras la vida se le escapaba a rítmicos borbotones de aquella enorme sonrisa roja que se había abierto en el cuello.
- ¡Grandísimo necio! ¡Imbécil! –Graznaba Lord Barak, que se había puesto en pie y retrocedía renqueante hacia las estanterías del fondo- ¿Una niña sola en medio del bosque, en una noche de invierno?¡Les has abierto las puertas de par en par!
“Otoño” rectificó incongruentemente Yarrek, incapaz de asimilar lo que había sucedido. Igual de asombrado contempló cómo las facciones dulces de la niña fluían como el barro, su piel dejando paso a relucientes escamas de jade y bronce pulido.
La criatura ya le sobrepasaba en media vara de altura cuando Yarrek recobró la razón y atacó, bramando mientras descargaba un mandoble brutal con ambas manos. Un grueso apéndice escamoso, flexible como un junco, cortó el ataque en seco, inmovilizando sus brazos mientras dos alas monstruosas se desplegaban lentamente desde la espalda de la bestia. Se vio alzado por los aires sin al parecer el más mínimo esfuerzo: los brazos de la criatura eran gruesos como arbolillos jóvenes. El pesado espadón cayó al suelo con un repiqueteo metálico.
“Soy un caballero ungido, Ser Yarrek Dalbarr, heredero de Aquilaria y de todos sus terrenos por obra y gracia de los dioses –repitió frenético, mientras sus dientes castañeteaban y algo cálido le fluía por las piernas, empapándole los calzones y las perneras. Sus ojos se encontraban a la altura de los de la criatura, de un color tan incongruentemente hermoso como eran cuando habían pertenecido a la pequeña- contempla a tu hijo y aprende, padre. No le oirás gritar...”
Los ojos de la bestia relucieron como si supieran lo que estaba pensando. Pero cuando los dientes relampaguearon a la luz de la lámpara, afilados como cuchillas, Yarrek gritó.
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La poderosa llamada había llegado lejos, quebrándose en mil ecos que rebotaban entre las paredes de piedra de la Gran Cordillera.
Y en el corazón de las negras frondas de Bosqueumbrío y en las profundidades de Lago Sombra, algo respondió. La oscuridad alumbró ojos ardientes, y sinuosas formas comenzaron a deslizarse en pos del faro lejano en que se había erigido el torreón envuelto en llamas. Y cuando los Primeros Hijos se echaron a los cielos, la sombra de sus alas cubrió las estrellas.
Había comenzado. |