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Del cielo al mas largo infierno
Participante 19 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 42 puntos (VOTAR)
Las luciérnagas se mecían como copos de nieve, iluminando tenuemente aquella pequeña charca. Su luz se fundía con la de las estrellas que, arriba en el cielo, iluminaban en el claro.
Las luciérnagas se mecían como copos de nieve, iluminando tenuemente aquella pequeña charca. Su luz se fundía con la de las estrellas que, arriba en el cielo, iluminaban en el claro. Era una noche de verano, entre los miles de árboles del bosque, moldeados como edificios, estancias, calles y plazas, había una charca que cumplía las funciones urbanísticas de una fuente, una fuente faérica.
Había una docena de pequeñas figuras, joviales personillas, que entre risas, se salpicaban unas a otras, jugaban a sumergirse en la charca, revoloteaban, capturaban luciérnagas entre sus manos y luego las dejaban libres totalmente fascinadas con su luz…
A lo lejos dos jóvenes enamorados, una pareja de elfos, observaba el claro y su tranquilizadora magia entre arrumacos y caricias. Ella engalanada de terciopelado vestido largo, y diadema de brillantes. El, con cota de mallas ajustada, brillante como una tela engastada de diamantes, plateada hasta despertar la codicia del mas generoso de los enanos.
De repente una de las pequeñas figuras se irguió sobre las demás, en el momento en que los amantes se besaban, y proclamo:
-¡Yo soy la reina de las hadas!
El resto se rió a carcajadas. Otra se adelanto y dijo:
-¡No! ¡Yo soy la reina de todas nosotras! Tu solo eres una come moscas espanta luciérnagas.
-Te voy a dar. Yo soy la reina de las hadas. Ven aquí.
Se empezaron a perseguir, y el resto comenzó a gritar entre risas. No percataron que, extrañamente, una columna de humo y luz se elevo en la distancia.
-¡Tú la llevas! ¡Tú la llevas! ¡Tú la llevas!- decían.
Pronto todas estuvieron persiguiéndose, el juego consistía en que quien era atrapada se hacia visible, perdiendo su defensa sobrenatural ante los depredadores.
En la distancia olía a quemado. Mientras el joven doncel se perdía entre las faldas de ella, el grupo avanzaba corriendo por todos los recovecos del bosque que confluían en el claro. Eran como una plaga de langostas, una horda de vil muerte vertida sobre la más pura de las bellezas creadas por los dioses. Las negras corazas rozaban los arbustos y destrozaban con sus adornos y hombreras afiladas la vegetación. Las cimitarras eran afilados aguijones que destruían cada vida a su paso, los gritos eran ahogados antes siguiera de ser pronunciados. Eran la antitesis de todo lo bello, elfico, y bueno. Su pelo plateado, su piel como la más negra entraña que un monstruo haya parido. Y estaban destruyendo el paraíso en un cruel acto de guerra.
El joven elfo levanto la vista. Le llego el olor a quemado. ¿Fue una intuición?
-Cielo, ¿Qué te pasa?- susurro su amada.
-Mi espada…arhggggg
El pecho del joven fue atravesado por incontables aguijones afilados, flechas emponzoñadas de sendas ballestas. La sangre reventó el pecho, inundo el vestido de terciopelo, y un aura mágica de silencio cerro los gritos de ella. Dos segundos después, mientras se retorcía horrorizada para quitarse de encima el cadáver que la aprisionaba, una figura la sujeto por detrás, abrazo su bello rostro. Por mas que gritaba no podía oír nada. El terror invadía todos su pensamientos y hacia restallar su corazón. Solo vio los ojos de su asesino un instante, orbitas blancas como nácar, antes de sentir el propio crujido de su cuello.
-Jajajajajaja. Te pille, yo soy la reina de las hadas- era lo único que se escuchaba.
El cadáver de la dama de afilados rasgos y vestido ensangrentado, cayó a un lado como un juguete roto. La horda ya enfilaba el claro con mortífera precisión. Una figura sobresalió del grupo y los demás se inclinaron. Se hecho atrás la capucha, era una mujer elfa, pero no como la que acababa de fallecer. Piel de ébano alabastro, pelo como nieve a punto de fundirse, y menos vestimenta que todas las hadas del claro juntas. Un rictus de crueldad se dibujaba en sus labios, y la locura fanática era el filtro por el que sus ojos miraban aquel claro, donde aparecían y desaparecían en su juego del “corre que te pillo” las inconscientes hadas.
-Mi señora, debemos partir con premura, ya tenemos lo que vinimos a buscar.
-Calla o pagarás tu insolencia
Alzo la mano, señalo la fuente del claro, y de repente todo comenzó a morir, a agostarse. La vegetación se pudrió, el agua bullo y se evaporo. Era pura destrucción. Allí no volvería a crecer nada. Era la cicatriz de la muerte. Las hadas que revoloteaban, cayeron por su peso muerto haciéndose todas visibles de repente. Golpearon el suelo muerto, con su belleza robada por la guadaña de la tétrica parca. Algunas aun respiraban, luchando desesperadamente por sobrevivir.
La nube de acido corrosivo y veneno se disperso y el grupo invasor continuo enseguida su retirada. Sin embargo un rezagado, con cuidado de que no le vieran sus compañeros se acerco al claro. Piso el cuello de una de las hadas, matándola al instante. Otra la remato de un golpe certero de su aguijón curvado que usaba como arma. Atrapo a una tercera que se debatía entre la vida y la muerte. Cuando la privo de la libertad entre sus brazos, el hada se hizo invisible, pero el oscuro elfo sabía que estaba allí ya que la tenia atrapada entre sus brazos. Acto seguido se levanto con el paquete en brazos, rodeando a la nada que pataleaba. Entonces calculo donde tendría el hada la cabeza y propino un fuerte puñetazo que llevo al ser a la inconsciencia.
-Así te estarás quietecito, bicho horrendo de la superficie.
De su cinturón saco unas cadenas metálicas que tintinearon levemente mientras sellaba el cautiverio de la joven hada. Donde las cadenas tocaron su piel, un leve enrojecimiento surco la blanca y tersa piel. Era el adiós a un mundo de luz, alegría y libertad. De ahora en adelante solo le esperaba oscuridad, dolor y maldad.

En aquel mercado no había brillado nunca la más insignificante fuente de luz. Ni siquiera una vela. Ni una chispa del más útil de los yesqueros. Y no es que los habitantes de aquella gran caverna desconocieran el fuego. Lo conocían. Y lo temían por su luz como al mismo astro solar. Ya que aquel mercado estaba situado en la ciudad donde las almas más negras comerciaban, el lugar donde todo se compraba y se vendía, donde el dolor era placer y las torturas exquisitas no tenían límites ya que eran uno de los lujos más cotizados y reverenciados.
En la tarima de piedra había en fila una serie de criaturas listas para ser vendidas. Muchas estaban encadenadas. Privadas de su libertad. Amordazadas. Allí estaba el joven hada desesperada, llena de miedo hasta el último capilar, vena y arteria de su cuerpo. El hierro le quemaba las muñecas, el cuello y los tobillos. Una gema negra como aquel infierno colgaba de su cuello. Y era visible. ¿Cómo podía serlo? No podía hacer nada, no podía forzar la esencia mágica de su propia naturaleza para huir de allí. No podía camuflarse. ¿Qué era aquella gema que llevaba colgando de su cuello?
-Compren. Los mejores esclavos. Las criaturas más exóticas traídas de las tierras de la luz. Aprovechen las ofertas y benefíciense de sus propiedades mágicas. Siempre lo mejor.
La multitud que caminaba por aquel mercado, era como un río agitado donde la espuma fueran cabezas de pelo blanco. Cada uno iba a su oscuro asunto, negándose a entrometerse en los de los demás si podía conspirar para si mismo y su beneficio. Pero en aquella oscuridad, aun había espacio para una cruel inocencia ávida de juguetes a los que torturar.
-Madre mira, mira, ¿Qué es esa criatura? Me gusta, la quiero la quiero.- la niña señalaba al hada con mirada cruel deseando jugar con las alas de mariposa y deshojarlas milímetro a milímetro.
La mujer se giro y vio lo que su hija señalaba ávida y ansiosa. “¿Un hada? ¿Aquí? Interesante” Pensó. “Quizás mi hija mayor aprenda responsabilidad teniendo que controlar a su mascota…”
El trato fue cerrado con mucha negociación. Ayudo la buena labia y convicción del esclavista, que intento demostrar como las alas de la “criatura” podían ser usadas para extraer polvo de hadas…

Acuclillada, encadenada al techo a una argolla de puro hierro frío, yacía colgada boca abajo. De vez en cuando agitaban sus alas y el polvo brillante caía para ser recogido. Había perdido ya toda esperanza de libertad o supervivencia. Sobre todo desde que la pequeña fierecilla se había habituado a torturarla con un látigo, ya que así, alcanzaba a donde estaba colgando del techo en la estancia que su madre utilizaba para sus rarezas mágicas. Se había abandonado a la muerte prácticamente, con sus alas deshilachadas, sus muñecas y tobillos raídos y gangrenados por el hierro frío, y la espalda ajada por los latigazos.
El odio era tal, el ansia de libertad era tan grande, que ante la impotencia pasaba los ratos de soledad llorando desconsolada. A veces observaba la gema que absorbía su magia. Lo sentía, sentía que la devoraba, que tiraba de su alma. Incluso con el chasquido de cada látigo. Era un campo antimagia que negaba su esencia y le retiraba su libertad. La locura estaba devorando su alma, presa de la crueldad de la familia en la que vivía.

La terrorífica elfa de botas hasta el muslo y látigo al cinto agitaba sus alas prisioneras con un leve toque de sus dedos de uñas negras y casi afiladas. Su hija mayor sujetaba debajo un paño hecho de la más fina seda de araña. Apenas caía ya polvo de hadas. Odiaba aquel momento, se sentía utilizada, rebajada al más bajo animal de ordeño.
-Hija este hada ya ha sido totalmente ordeñada, ahora podrás jugar con ella, pero recuerda que jamás deberás quitarle el collar por que si no se escapara.
-Si madre.
-Ayúdame, a descolgarla.- La mujer asesino con la mirada al prisionero ser faerico. -Un intento de escapar y serás aniquilada, me basta un segundo para administrarte las mas larga y dolorosa de las muertes.
La niña ayudo a la madre a descolgar su ansiado juguete, lo hicieron con cuidado, no por que no quisieran dañar a su mascota prisionera, si no por que la madre elfa oscura estaba embarazada, preñada de otra vil criatura, otro monstruo que repartiría el dolor en el mundo en el nombre de la reina araña.

El tiempo paso en el doloso cautiverio y la niña se hizo jovencita, y la adolescencia aumento su crueldad. Además ahora tenía una hermana, con la que se disputaba la “mascota” de la casa. Llevaba tanto tiempo allí que había olvidado lo que era la luz del sol, el canto de un ruiseñor, el frescor del rocío de la mañana. Solo dolor y más dolor y más dolor.
-No me gusta tu piel clara. Te voy a adornar. Así estarás más guapa.

Dejo su mirada caer sabiendo que si respondía seria brutalmente castigada. Al mirar al suelo vio su collar de hierro frio y la gema negra que absorbía su magia, por un segundo pensó como podía quitársela, pero no pudo ya que la joven elfa de la oscuridad, mucho más alta y corpulenta que ella, la arrastro en volandas hacia una mesa de piedra.
Allí, sin violencia, puesto que había aprendido hace tiempo que resistirse era sufrir mucho mas, fue encadenada de pies y manos y sus alas clavadas con martillo y clavos a la roca. La joven se sentó a su lado y acerco un pequeño cesto hecho del abdomen vaciado de una cría de araña gigante muerta. Había multitud de utensilios afilados y punzantes, aros plateados, tintes, pintura, esbozos, etc.
Se dejo llevar por el dolor mientras comenzaban a tatuarla, a experimentar dibujos en su piel, a perforar el mas recóndito rincón de su cuerpo para anillarlo con un aro de hierro frio…

Estaba tendida en su esquina compadeciéndose de si misma, de su terrible desgracia, pensando si suicidarse no comiendo mas aquella pulpa de insecto machacada que le daban como alimento, mirando el colgante que devoraba su esencia mágica, cuando en la sala apareció la pequeña de la familia. No era como su hermana mayor. Su mirada era distinta, y era la protegida del cabeza de familia. Aun era una niña y aun no había empezado a torturarla, pero aun así le temía.
La niña elfa oscura la miro y ladeo su cara estudiándola para tener un mejor ángulo de visión. El hada pensaba que estaría calculando la forma de robársela a su hermana para torturarla ella personalmente.
La niña drow miro a ambos lados. No estaba su cruel hermana mayor. Se acerco y sin decir nada. La toco. Ella reculo temiendo el contacto del dolor. Pero la niña impuso sus manos sobre la desdichada criatura mascota de la casa, y la sano. Algunas heridas mejoraron pero no fue sanada del todo.
-No le digas a mi hermana que he sido yo.- se giro y se fue corriendo por donde había entrado.
La duda y la confusión sembraron el corazón de la desdichada prisionera. ¿Seria posible encontrar una gota de bondad en aquel océano de despiadada locura y violencia?

Los libros de magia arcana se amontonaban. La joven ama ahora tenia ansias de magia, quien sabe si infundadas por las leyendas mágicas de su mascota. Ella, desde su nueva jaula de hierro frío, observaba, leía a distancia lo que podía. Sabia que la magia le devoraba el alma, que la gema que llevaba al cuello era algo mas que un collar de perro, y ansiaba aprender sobre la magia por que magia significaba libertad, así que oprimía su sucia carita llena de cortes, cicatrices y tatuajes contra los fríos barrotes de hierro.
Apenas si discernía los símbolos extraños, y los indescifrables dibujos. Pero su ansia de conocimiento era tal, como su ansia de libertad. Pero ante todo quería saber por que no podía quitarse el collar que sellaba la magia de su ser faerico. Lo había intentado mil veces y nunca pudo si quiera moverlo. Era visible todo el tiempo, y no podía volar por estar encerrada en la jaula, o atada, según los antojos de su ama.
Otra en sus situación hubiera muerto hace tiempo, pero ella lograba sobrevivir, por puro odio a su ama, y por la ayuda inestimable, la caridad de la hermana menor del ama, aquella que en aquel momento entraba por la abertura que hacia las veces de puerta.
-Hermana, hermana, ¿puedo jugar con la muñeca?
La ansiosa de poder y futura bruja elfa oscura miro a su hermana pequeña con la expresión de quien va a aplastar a un diminuto insecto, con el mismo asco, el mismo desprecio.
-No, seguramente se te escapara.
La niña se giro, miro por un segundo al hada prisionera y se fue con el desconsuelo de no haberlo podido lograr. Su mirada era de pena, de compasión, no de enfado y rabia por no haber podido obtener su juguete, si no por no haber podido liberar a quien deseaba ver en libertad.

Los gritos de la pelea familiar llegaban hasta donde el pequeño hada se escondía, cautiva, para evitar ser el foco de la frustración que su ama sentía. Con el tiempo había logrado a comprender el idioma de sus captores, y por el tono de la conversación, los gritos y los golpes, sabía que estaban discutiendo, y de una manera fuerte y violenta.
Escucho una palmada, como un golpe y algo caer. No alcanzaba a ver lo que pasaba, pero se lo imaginaba. Desde la puerta de la habitación de su hermana mayor, Vaed´lia, ya toda una jovencita, miraba sin pestañear la pelea conyugal.
-Si vuelves a ponerme una mano encima, Mournen, te mataré.
-Eso lo veremos Phalas.
Las miradas chispeaban odio. Phalas, la mujer elfa oscura, la doncella del dolor, se levanto indignada.
-Vete de mi casa, traidor, no acogeré bajo mi techo a un seguidor de tu estupida religión.
El elfo, un mero consorte, acogido bajo el ala de la poderosa familia de su mujer, miro a su hija menor que lo presenciaba todo. Entonces la jovencita le hecho valor y se adelanto.
-Entonces madre, yo también me iré con mi padre.
-Desapareced los dos de mi vista escoria inmunda.-dijo Phalas tapándose el rostro para no ver mas a quien le había traicionado. Se giro y salio de la habitación. El ambiente de crispación y de dolor se sentía espeso en el aire como el cieno en un pantano.
-Hija, recoge tus cosas.
Las estancias donde vivía la familia fueron puestas patas arriba, dos de sus miembros recogían todos los objetos que apreciaban en su vida. Sin embargo, a pesar de toda la tensión emocional, no hubo lloros ni remordimientos. Solo la joven Vaed´lia miro por última vez a la pixie torturada y disfrazada de drow como una muñeca de juegos, un juguete que ambas hermanas no necesitaban ya, puesto que eran adultas.
Una hora después, padre e hija abandonaban las estancias de Phalas en el palacio de la casa nobiliar Drow cargados con sus escasas pertenencias. Se marchaban sin mirar atrás, pero en el último momento se cruzaron con Oianad´lia, que regresaba a aquel simulacro diabólico de hogar. No dijo nada inicialmente, solamente se aparto, ya que era partidaria de la ideología de su madre. La ruptura en la familia era tal que padre e hija pasaron por delante de su pariente y esta no dijo nada hasta que vio como Vaed´lia llevaba al hada prácticamente suelta, solo con la cadena de hierro al cuello.
Cogio la cadena y tiro. Vae se giro y miro a su hermana a los ojos con gran sorpresa.
-Esta muñeca es mía, hermana.- el tono con el que dijo hermana fue despectivo hasta la última letra. Solo falto que Oiana escupiera al terminar la frase en sus labios. Vae sin saber que hacer, y queriendo evitar la confrontación, se giro a su padre. Este con gran pesar le dijo:
-Déjala, es un regalo de tu madre a tu hermana, no podemos hacer nada más.
El hada que veía peligrar su destino, vio como de la libertad volvía en un segundo a la oscuridad. Su destino se había vuelto a empañar, ella sabia que no podría sobrevivir sola con aquellas dos desalmadas, así que lanzo una ultima mirada de suplica a quien le hubiera gustado que fuera su ama, pero fue inútil. No pudo alcanzar la huida del siniestro lugar que era el hogar de la familia D´lia.

Años después.
Phalas no estaba en casa, se hallaba fuera cumpliendo con sus obligaciones como sacerdotisa y administradora de dolor, es decir torturando en nombre de su oscura religión, y en nombre de su casa nobiliar como casta dominante de la retorcida sociedad de los elfos oscuros.
Oiana y su acompañante entraron en las estancias. Apenas dieron con la intimidad de las apartadas salas comenzaron una orgía de sexo, desenfreno, tortura, sadismo y dolor. Así es el amor a la manera Drow. En su desenfreno, latigazos incluidos, aquello parecía mas una violación, o una tortura. Y duro días. Días que pasó arrinconada en su jaula, desesperada sin comida ni agua. Simplemente se olvidaron de alimentarla, una vez mas. Pero esta vez cometieron un error. Oiana y su amor cayeron agotados en un profundo sueño en el suelo, al alcance de las pequeñas manos, aquellas manitas, manchadas de cicatrices y su propia sangre. Aquellas manitas, que se estiraron, con esfuerzo. Y no llegaban. Aquellas manos que sudaban y dolían con el esfuerzo, pero en un segundo intento llegaba al pelo. El pelo de su ama.
Solo era un pequeño pasador, pero para ella era la llave de su libertad. Lo cogio y automáticamente estaba hurgando. Primero en la cadena que anudaba su cuello, que tras varias horas de intentos, cayo abierta a sus pies.
El tintinear hizo que los dos cansados elfos cambiaran de posición en su sueño, tirados en la habitación, reventados de la tortura que es el amor.
Luego vino la cerradura de la jaula, que con la práctica ya acumulada con la cerradura del cuello, tardo algo menos. El corazón le martilleaba al abrir el candado. Con un clic comenzaba su gran evasión. ¿Le serían útiles sus pequeñas y deterioradas alas? Miro la habitación, y sin mirar atrás rápidamente salio de allí. No miro atrás. Llego a la salida de la calle. El corazón estaba en un puño. Golpeaba su pecho como los pasos de un Troll en la distancia. Era tanto el tiempo que había ansiado la libertad que ahora los nervios le eran difíciles de controlar. En la salida de las estancias de Phalas, se detuvo por un instante. Daban a un subterráneo bastante concurrido dentro del palacio. No podía salir de allí sin ser vista, y no estaba en condiciones de volar. Pero en su mente agudizada por el ansia de libertad, la ruta la tenía clara, arriba siempre arriba.
Así que se giro y volvió a la habitación que había sido su prisión, donde yacían como indefensas crías de Dragón los dos amantes exhaustos.
Rebusco por la oscura estancia y en las ropas de él encontró un arma. Una daga. Curvada, siseante, afilada. Pero una daga. Automáticamente no lo pensó, degolló a su ama. Aquella criatura que la había maltratado hasta el ver el infierno en vida. Sus manitas rodearon el femenino y gris cuello, aparto la sedosa melena blanca, y justo después, con un suave vaivén hundió la daga hasta el pomo en la yugular. Oiana murió al momento.
Después, con mucho cuidado, y con una estudiada predeterminación, busco algo con que atar al elfo. Encontró ligaduras en la misma estancia sin tener que buscar mucho, ya que habían sido usadas para el juego sexual. Ato los pies del indefenso drow, y luego una mano a la cama. Solo dejo una mano libre al joven. Mientras le movía comenzaba a despertar. Entonces le escupió a la cara, y ya despertó por fin. Justo en el momento Mistrel, la pequeña hada asesina, con toda su inocencia ya perdía, se situó detrás de el y le dijo al oído.
-Mira a Oiana, mírala. Mira su sangre brotar sin pulso alguno en su cuerpo. Ella ha tenido suerte, por que ha muerto mientras dormía. Tú no tendrás esa piedad de mí. Te rajare cada tendón de tu cuerpo uno a uno hasta que cada movimiento por intentar huir te duela tanto que prefieras suicidarte tu mismo para librarte del dolor…
El joven se vio atrapado en aquella situación. Con la daga bajo el cuello y susurros de muerte yendo directamente a su corazón, el elfo oscuro descubrió lo negra que podía llegar a ser un alma sin ser de naturaleza Drow.
-… a menos que hagas lo que yo te diga. Entonces morirás rápido y sin dolor. Usa la mano que tienes libre y quítame el collar. Quítamelo ya.
El aterrorizado Drow llevo su mano hacia atrás, y palpo, acertó con el cuello de la mascota. Solo que no tiro del collar, intento agarrar el cuello, el hada ya contaba con ello, así que apretó la daga, y la sangre broto.
-Cuidado. Un paso en falso y te rajo.
Bajo la mano y agarro el collar. Tiro de él y el cierre se abrió. La gema cayó y el tintineante sonido era anuncio de libertad. De repente sintió la magia volver. Era la euforia hecha esencia que inundaba sus pensamientos. Sin siquiera pensarlo, como con la automática voluntad de su respiración, su natural invisibilidad volvió.
Pensaba liberar al Drow ya que siendo invisible no podrían perseguirla, pero no contó que al ver desaparecer el arma, el joven pensó que ya era libre, e intento moverse aliviado. Ella sintió el impulso de erguirse de su rehén, y la hoja se deslizo, un torrente de sangre negra y espesa como brea, acompañados de los estertores de un elfo degollado.
Igual que su cautiverio fue anunciado por la parca en el claro donde antaño vivía, una muerte le dio la llave de la tan ansiada libertad…

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