Estaba de rodillas, frente a mí se encontraba el cuadro de la Inmaculada, mas mi mente se encontraba absorta en una pesadilla incierta. Mi corazón palpitó con violencia cuando la puerta de la ermita se abrió y entró Danje como un negro cuervo portador de malos presagios.
- ¡Amo Ga an, amo Ga an!
- No soy amo, soy misionero. Y mi nombre es Juan -expliqué con el hastío de repetir siempre la misma explicación-. ¿Qué quieres?
El pobre salvaje parecía muy asustado. Intenté tranquilizarle pero no eran las palabras del hombre lo que necesitaba, sino la voz de Dios.
- Es Kurla.
Sentí un estremecimiento involuntario, la vaporosa pesadilla se insinuó antes de extinguirse definitivamente. Sin decir más, me monté en su destartalado coche y emprendimos la marcha por la isla.
- ¿Qué ocurre? Cuéntamelo -le ordené.
El salvaje me miró por el retrovisor. Sus ojos estaban nerviosos y amarillentos; los míos, blancos y puros.
- Ha ocurrido algo grave, amo Ga an. Ayer, ayer…
Levanté la vista a la inmensa luna que alumbraba el traicionero camino. Pobres salvajes, siguen siendo unos incultos que adoran a los espíritus. A veces me pregunto por qué insisto en mostrarles la Palabra de Jesús y de los Santos.
- Sé que ayer hicisteis misa negra, Danje. El sonido de los bombos y los d´jembes recorrieron la isla y vi el fuego de la hoguera. ¿Qué habéis hecho con Kurla?
- Nada, amo Ga an. Nosotros no hicimos nada.
- Me llamo Juan -le dije con cansancio. Pobres salvajes, ¿cómo van a aprender el catecismo y las verdaderas enseñanzas si son incapaces de pronunciar correctamente mi nombre?-. Cuéntame qué ha ocurrido.
El coche saltó un bache y la luz se perdió un momento en el Cielo buscando los ángeles y las estrellas.
- Ayer hicimos misa, amo Ga an, pero no misa negra -se apresuró a santiguarse-. La sangre de los animales no es sangre de rebaño.
- Eso está bien, Danje. Todos los hombres somos el rebaño de Dios aunque sea un rebaño de ovejas negras, como vosotros.
Me clavó su mirada a través del retrovisor.
- Hicimos misa y todo estaba bien. Pero Kurla llegó y se puso frente a las llamas de la hoguera. Ella pidió, amo Ga an, y ninguno pudimos impedírselo.
Kurla es una negrita de doce años. Sus padres habían muerto, sus hermanas habían sido violadas y asesinadas y sus hermanos raptados. A pesar de que estaba un poco loca cuando llegó, la aceptaron en el poblado. Pero llegó sola, y sola siempre se quedó.
Como yo.
- ¿Qué pidió?
- Eso no importa, amo Ga an. Ella pidió. No se puede pedir. Es malo, malo. Los espíritus nos enseñan cosas, nos hacen recordar. Pero los malos espíritus susurran deseos, a ésos no hay que escuchar. Pero Kurla los llamó y pidió que se le concediera su deseo. Está loca de soledad, amo Ga an, no deberíamos haberla aceptado.
El coche derrapó frente a un árbol descarnado. Apreté la vejiga y tragué saliva.
- ¿Qué le ocurre entonces?
- Ya no está sola, amo Ga an.
A través del retrovisor, sólo vi ojos y oscuridad. Acerqué la Biblia a mi pecho y me sentí reconfortado.
- Me llamo Juan.
Las chozas estaban delante. Los salvajes me esperaban en el centro del poblado donde una hoguera de rojas llamas proyectaba sombras con forma de garras. La vieja estaba delante de la choza de Danje. Sus fríos ojos me retaban y su negra y desdentada boca estaba presta a mentir como los hijos de Satanás. ¡Qué criatura más mala!
- Este hombre es blanco y patético. Y su dios es débil. ¿Cómo va a poder enfrentarse contra los espíritus?
- Estoy aquí porque tú eres la débil y tu santería es hueca como el humo. Estoy aquí porque tú no has podido ayudar a Kurla -le dije a la bruja, seguro de mí y de mi Señor, sabedor de que Él protege a sus pastores.
Y como no podía ser de otra forma, la salvaje se apartó y entré en la choza de Danje.
La oscuridad reinaba en el interior, hacía frío y olía a fluidos corporales y putrefacción. Por un instante pensé que los salvajes ignoraban mis enseñanzas sobre higiene pero, me di cuenta que estaba equivocado. Esos efluvios malsanos provenían del fondo de la chabola, donde ella se encontraba tumbada sobre una piel de cabra y se retorcía bajo una oscura manta de lana. La joven Kurla sudaba y siseaba. ¡Por la Misericordia del Señor, estaba poseída por demonios!
- Danje, necesito agua. Que nadie entre, y menos la bruja.
Frunció el ceño, pero obedeció. El Señor había dado entendimiento a los negros, pero sólo son unos salvajes. ¡Cuánto echaba de menos a mis verdaderos feligreses! Pero ahora, acercándome a Kurla, comprendí que Dios me había traído a la isla por este motivo.
Y mientras me preparaba para el exorcismo me vi afín con la poseida. Yo no he pasado las penalidades de esta joven, pero he sufrido de soledad tanto como ella.
Estaba irreconocible. La pureza angelical de su rostro era una negra máscara de odio. Me vio, retiró la manta para que pudiera verla y se llevó la mano a la barriga… ¡Por el Amor Bendito: embarazada! ¡La había visto hacía menos de una semana y entonces se encontraba inmaculada!
Su terso y delicado cuerpo estaba tenso y mis ojos traidores se posaron en sus jóvenes pechos de tostados pezones. Una gota de leche salió de ellos. El miembro masculino que el demonio domina se despertó. La niña poseída me miraba con risa lasciva.
Quedé desconcertado, escuchando su risa bífida, incapaz de retirar la vista cuando levantó las piernas y me mostró el pozo de la maldición. Mi miembro infiel me traicionaba, pero soy fuerte y me di la vuelta recitando una plegaria al Señor, pensando en aguas frías y mi espalda flagelada.
Recé, recé en voz alta ignorando las risas del súcubo que había tras de mí.
Danje trajo agua, la bendije y azoté con ella el cuerpo poseído.
Recé. Recé con fervor.
Y los demonios salieron de su cuerpo… para no marcharse.
¿Nos oyes?
Te queremos.
Háblanos.
Nunca más volveré a esta solo. |