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Participante 22 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 36 puntos (VOTAR)
Podía abrir o cerrar los párpados: nada cambiaba. Esa negrura rancia, absoluta, impenetrable, capaz de trazar frente a las pupilas el correr de los diminutos ríos venosos que atraviesan la mirada.
Podía abrir o cerrar los párpados: nada cambiaba. Esa negrura rancia, absoluta, impenetrable, capaz de trazar frente a las pupilas el correr de los diminutos ríos venosos que atraviesan la mirada. La postura: enderezada y horizontal, crispada. La nuca y la frente, dolientes de tanto sacudirse arriba y abajo, y las manos y las piernas agitándose como tentáculos encapsulados en un huevo que jamás dejaría salir la vida al mundo.
La respiración agitada enseguida encontraba obstáculo a un par de centímetros, y regresaba caliente a la misma puerta seca por la que había escapado desesperada. Los oídos, verdugos de la propia tranquilidad, acunaban en su seno ese ir y venir descontrolado, esos resuellos que, uno a uno, jurados del último juicio, esgrimían su sentencia: culpable. ¡Oh, si tan solo él pudiera haberlos silenciado! Pero mientras las uñas rasgaban una materia escrita en una lengua inentendible para el tacto, los pulmones se sacudían latiendo al compás del atropellado corazón. Las rodillas eran lanzadas arriba tantas veces como los espasmos de la fría angustia mortal recorrían las vías nerviosas portando el dolor de un acero inyectado en la coronilla y traspasante del torso. Los dedos de los pies se contraían, deformándose en garras, las uñas encarnadas parecían crecen al ritmo de su corazón, penetrándole la piel, desgarrándole la envoltura de su anterior ser.
Su nombre, no recordaba su nombre. Se sacudía, se retorcía, los sesos se le encostraban en las paredes del cráneo. Si pudiera recordar cómo había llegado allí. Si le hubiera sido posible saber porqué había llegado allí. Pero negro era el presente, y la sombra del presente se extendía al pasado, como si en el horizonte del futuro un sol melancólico estuviera escondiéndose para siempre. Un ocaso funesto. El fin de los días, lo último, lo irreversible. El arma de la resignación había perdido su filo, se enfrentaba a un monstruo siniestro, sanguinario, alimentado por sus propias memorias desfiguradas.
Horas y horas de descontrol hasta perder la sensibilidad en los puntos de golpe. El desbocado corazón pedía clemencia, los pulmones hinchados le estiraban la piel del pecho y le hacían rechinar las vigas trémulas en que las costillas se habían convertido. La casa de su mortalidad trepidaba. La mente era el eco difuso de un eco nefasto.
Pero si acaso los ecos más retorcidos encubren en su partícula más esencial tan sólo una pizca de su verdadera fuente, su mente todavía reservaba el necesario ápice de discernimiento para recordar la raíz del terror. Su miedo a la idea del infierno. En la eternidad, encerrado en su propia tumba, en la eternidad, bajo el tormento de su propia mente, solo consigo mismo. Su terror desde niño. Sus propios demonios, su propio fuego infernal, sin compartir con nadie la tribulación sempiterna. Por siempre. Eso era. Sí, tal vez, eso era el infierno. ¿Había muerto?
Y entonces, el pulso efímeramente apaciguado, ponía otra vez sobre la cuerda floja toda resistencia. Ba-bum-ba-bum-ba-bum-ba-bum. Un rugido sordo inflamaba las cuerdas vocales dilatando la garganta. Los dientes castañeteaban, la nariz aspiraba corroyendo sus conductos hasta hacerlos arder en el azufre hirviente tinto en la venas del corcel indómito.
Pero de pronto, el silencio absoluto. Los estremecidos golpes de puño, las patadas imputadas a la nada, la respiración sin trecho y los golpes de frente y nuca, todas las eufonías cayeron en un pozo de silencio sin término ni principio. No, él seguía sacudiendo el cuerpo, su sosiego continuaba en la vorágine tormentosa de lo inevitable, los nervios palpitaban, se retorcían, se tensaban y soltaban cual elásticos torturados en manos del chiquillo insensato que perderá un ojo. Pero el sonido había muerto. Todo sonido había quedado atrapado en la dimensión existente más allá de aquella en la que él se encontraba. ¿Habría muerto? ¿Sería su infierno? Si acaso todo vestigio de una vida pasada se había hecho añicos en el paso de un estado al otro, ¿cómo podría saber que, efectivamente, sobre él, o bajo él, había existido una vida terrenal?
Quiso gritar invocando todas sus voluntades, la del miedo, la de la furia, la de la última resignación, la del deseo: su boca encontró una apertura descollante, mas ¿qué es una campana sin badajo volteada en el fondo del mar durante una noche sin luna ni estrellas? Es una causa perdida lanzada a lo más profundo del fin de lo visible. La mudez se convirtió en un ramo de flores de agujas en su mente, cuyos pétalos se abrieron cuando el sol negro de su corazón despuntó erizado y encadenado al gélido terror espectral del vacío. Era el fin, su infierno. Estático, yerto en lo exánime, un retoño acunado por la bestia derrumbada sobre el pantano fangoso.
Sus pensamientos blasfemos lo pisoteaban sometiéndolo a un indecible tormento. Se llevó las manos al cuello envarado, y lo apretó hasta apretar el aire. ¿Qué podía apretar? Sus manos… no sentía sus manos; eran pasado, eran lejanía caída de rodillas bajo el lejano horizonte de un vago recuerdo. El cuello, ruta de la respiración, fundido en la homogeneidad de la nada. No había piernas; la nuca y la frente no dolían, pues ¿existían aún?
“¡Dios!”, pretendió exclamar. No obstante, las palabras no le correspondían, cual no le corresponde a las estrellas el agua de la lluvia. No había Dios, no había palabras, silencio, extrañeza, temor soberano servido por bufones del miedo, imitadores sardónicos del pensamiento embriagado.
Y los párpados… ¿abiertos o cerrados? No importaba, la oscuridad rancia, absoluta, impenetrable, no cambiaría. No, por los años ignotos que allí le esperaban, acurrucados, hambrientos de su carne, dientudos, y capaces de reconstruir lo que torturaran, por siempre. Por la eternidad, hija huérfana e inmortal de la mortalidad bastarda. Y ya no tenía piernas para patear, ni brazos a los que someter a la desesperación, ni cabeza que flagelar como vana punición de sus pecados en vida, ni aullidos de rendición suprema. Solo en las tinieblas, inmóvil, yerto, encerrado; solo en las tinieblas con sus pensamientos. Postrado ante la madre Consecuencia, azotado por su culpabilidad, fustigado a manos de los verdugos a los que él mismo había alimentado. Enterrado en la oscuridad, suspendido en el vacío, perpetuo en su sentir. Por siempre, por siempre.

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