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El arte de la caza
Participante 24 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 37 puntos (VOTAR)
Decididamente, era un extraño destino. Desde que había sido descubierta la existencia de aquel planeta, la Tierra había intentado varias veces establecer contacto para iniciar relaciones amistosas.
Decididamente, era un extraño destino. Desde que había sido descubierta la existencia de aquel planeta, la Tierra había intentado varias veces establecer contacto para iniciar relaciones amistosas. Sin embargo, el rey del planeta siempre se negaba. Sus relaciones con el exterior eran casi nulas. Así que la situación era un tanto extraño.
Pero MaiCorp decidió aceptar en un intento por mejorar las escasas relaciones entre la Tierra y aquella extraña civilización medieval. Así que envió a dos de sus mejores empleados.
Al sobrevolar las inmediaciones del castillo del rey, Wells y Rosswell observaron con entusiasmo su hermosa arquitectura. Pero su expresión se tornó en extrañeza al ver tras sus muros la enormidad de terreno dispuesto por el monarca para su Zoo particular.
Lo primero que saltaba a la vista era la inmensa pajarera, casi alzándose sobre las almenas más altas del castillo. En su interior se hallaban las criaturas aladas más temibles y veloces.
A su lado, en un edificio bien protegido y vigilado, se hallaban recluidos los animales más venenosos y mortíferos.
Y, por último, en un amplio y temible bosque, los depredadores más fieros.
Por motivos obvios, el rey no contaba con ningún tipo de especie de tipo acuático en su colección.
-Supongo, caballeros -comenzó el rey-, que ya habrán visto el Zoo.
-Sí, Majestad -le respondió Wells-. Creo que es lo que hemos visto desde el aire. Desde luego, es sorprendentemente grande. Ha debido costarle una fortuna.
-Sí -le cortó el rey-, pero todo es poco para el arte de la caza. Aquí albergo con orgullo a los más veloces, fieros, astutos, temibles, venenosos y mortales animales que existen en todo el planeta. Les aseguro que se trata de especímenes excelentes.
Wells y Rosswell aún no se habían percatado de que el objetivo del Zoo era el de servir de distracción al rey como cazador. Nadie les había contado nada. Rosswell se sintió bastante sorprendido, pero Wells trató de seguir la conversación, interesado por la actitud del rey.
-Veo que es usted un excelente cazador, Majestad -continuó Wells, señalando ciertos trofeos de las paredes-. Debe serlo si se enfrenta a este bestiario, según dice, por arte.
-Por supuesto -respondió el rey-. Soy el mejor cazador del mundo. Y lo he demostrado sobremanera. He vencido a cada criatura del Zoo en innumerables ocasiones.
“Además, cualquier cazador del reino que lo desee puede probar sus habilidades en su interior. Está abierto para cualquier persona.
-¿Y son muchos los que lo han probado?
-Son muchos, desde luego, los que han entrado por su pie; mas pocos han salido del mismo modo. Tan sólo tres han logrado vencer a todo el bestiario del Zoo.
-Entonces, podría decirse que esos tres afortunados están a vuestra altura como cazadores. ¿No es así, Majestad?
-No -respondió este indignado-, desde luego que no. Al haber logrado esa hazaña tan sólo están a la altura para enfrentarse a mí.
-¿Enfrentarse a usted? -intervino Rosswell, pálido.
-Sí, joven. Esos tres hombres se enfrentaron a mí en feroz cacería en el mismo Bosque de las Bestias. Desde luego, sus familias fueron debidamente indemnizadas. Pero ellos sirvieron para demostrar que yo soy el mejor, el inigualable.
“Deben andar por alguna de las salas contiguas. Si desean verlos…
-¡No! No, gracias -cortó Rosswell-. No merece la pena ver a esos que osaron enfrentarse a usted, Majestad. Pasemos a hablar del encargo que nos ha hecho venir hasta aquí, si le parece. Díganos, ¿de qué se trata?
-Oh, sí. Es muy sencillo. Supongan, caballeros, que con mis actuales habilidades como cazador es muy difícil hallar ya rivales a mi altura. Así que, lo que preciso de ustedes es un nuevo y mejor rival.
-¿Nosotros? -exclamó Rosswell alzando la voz.
-No como cazadores, entiéndanme -rió el rey-. No me malinterpreten. Si quieren, pueden enfrentarse a mí. Pero yo me refiero a que como robotistas, diseñen y construyan ustedes un animal a mi medida.
“Es bien sabido que la Tierra cuenta con infinidad de artificios, animales y hasta hombres mecánicos. Son ustedes los mejores, unos pioneros, en este campo. Ustedes saben crear las mejores simulaciones de vida de toda la Galaxia. Y yo necesito una.
La insistencia de ambos robotistas por evadir el encargo fue en vano. Trataron de hacer entender al rey la política de MaiCorp, el tipo de robots que ellos solían crear, las limitaciones obvias que tendrían… Incluso trataron de explicarle sus opiniones sobre la caza deportiva y su descontento con su sádica actitud. Sin embargo, no hicieron más que acrecentar la ira del rey.
Entonces, Wells decidió calmar los ánimos de la conversación y apelar al sentido común.
-Majestad -comenzó-, usted bien sabe y ha comentado que somos los mejores en este campo. Si cumplimos con este cometido lo mejor que sabemos, le aseguro que pondremos en peligro su persona. Pondríamos ante usted a una bestia capaz de acabar no sólo con el rey, sino con todos los súbditos del reino.
El rey estalló en una carcajada.
-No importa -rió-. No importa. Si logran algo así, serán ustedes recompensados. Ampliamente recompensados. Sólo que no traten de engañarme.
“Cuando comenzó el proyecto del Zoo, vinieron por aquí infinidad de timadores y charlatanes que trataban de engañarme afirmando poseer las más feroces bestias imaginables. Bestias que resultaban ser, en la mayoría de los casos, animales tan simples que bien pudieran haber sido domesticados. Y eso es lo que no soporto, caballeros. No traten de engañarme ni me defrauden. Si lo hacen correrán la misma suerte que aquellos: pasarán a formar parte del Zoo. Cumplirán su encargo, sirviendo de carne de caza para mí.
-No obstante, hay algo que no ha tenido usted en cuenta, Majestad -Rosswell intervino desesperado, tratando de no tartamudear al hablar-. Trabajamos para MaiCorp y somos ciudadanos de la Tierra. Tenemos que responder ante autoridades superiores y aún no hemos aceptado el encargo. Lo mejor será que…
-¡No! Olvídense de eso. Ahora están en mi reino y yo soy la única autoridad que deben obedecer.
El aire se heló de repente en la habitación. Rosswell se tambaleó y tuvo que ser ayudado por Wells para no caer. Este, sin embargo, se limitó a decir:
-Muy bien, Majestad. Lo haremos, si usted lo desea. Que nos lleven a nuestros aposentos. Mañana comenzaremos a trabajar.
Wells aprovechó el resto del día para calmar a Rosswell y tratar de concentrarlo en la tarea que se les había encomendado. No serviría de nada lamentarse o tratar de huir. Sería en vano. Lo único que debían hacer era obedecer al rey. Y, si salía bien, incluso serían recompensados; ampliamente recompensados.
Lo primero que debían hacer, y así se lo pidieron al rey, era investigar a qué animales debían superar. Así que pasaron varios días estudiando los animales del Zoo. El hecho de que el rey hubiese cazado y guardado como trofeos a la mayoría de ellos y que no difirieran en gran medida de los animales terrestres les facilitó la observación. Pasaron horas entre afilados dientes, poderosas garras, envenenados colmillos, alas de envergadura, dispositivos de camuflaje…
Dejaron la peor bestia para el final. Le hicieron un examen físico completo al rey y descargaron su mente en un ordenador -no les ocupó mucho disco duro- para añadir a su investigación.
-¿Por qué? -preguntó el rey-. El cazador seré yo.
-Usted quiere un animal a su medida, Majestad. Si pidiese un traje, un sastre haría lo mismo. Así sabremos a qué nos enfrentamos.
Tras las excursiones por el castillo y por el Zoo, los dos robotistas se encerraron en sus aposentos con todo el material que habían descargado de la nave. Estuvieron horas leyendo y releyendo la información que habían recopilado. Y, poco a poco, pequeños bocetos de la nueva bestia iban apareciendo en sus mentes
Una noche, mientras pararon para descansar y cenar, Wells se percató de una cosa mientras observaba el ordenador donde almacenaban la “cabeza” del rey. Lo mejor de la bestia no tenía que ser el hardware. Eso era lo primero que llamaba la atención, lo que intimidaba, lo que sorprendía. Pero era el software lo que debía cuidarse con especial atención. El hardware simplemente debía sujetarse a las exigencias del software y a las condiciones en las que debía actuar. Así que retomaron sus investigaciones desde un punto de vista diferente, aumentando significativamente los días de trabajo.
-Oye, Wells -dijo Rosswell una mañana-. ¿Qué pasará si matamos al rey?
-Nada. No será culpa nuestra. Se lo habrá ganado.
-Sí, lo sé. Pero no me refiero a eso. Lo que quiero decir es: ¿qué pasará en el reino si su rey muere? Piensa, por ejemplo, en su heredero.
-Quizá se alegre -rió Wells- y lo vea como un favor.
-Ya -respondió Rosswell-. Pero si el rey muere, nuestro acuerdo morirá con él. Cuando pidamos nuestra recompensa, ¿qué hará? ¿Pagarnos? Nos matará, Wells. Nos matará acusados de regicidio.
“Y si ama a su padre y se enfurece, hará lo mismo. Tomará venganza contra nosotros.
-Entiendo -respondió Wells, poniéndose serio-. Si lo que dices es cierto, no tenemos salida posible. Si fracasamos, el rey nos matará. Y si lo logramos, será el resto del reino el que lo haga.
-Sí, eso es. Tenemos que pensar en algo. No entreguemos el encargo sin aclarar nuestro futuro.
Los días se sucedieron y la investigación continuó. Pero, sin que nadie más que los dos robotistas lo supiera, estaban tardando el doble de tiempo porque no se dedicaron de lleno al encargo del rey sino hasta que llegaron a ver una solución a su futuro. No fue sino hasta que aclararon este punto que se comenzó a la construcción de la bestia. Pero, dadas las características con las que contaría, se ahorraron las labores de diseño de su aspecto físico. Se cuidaron, más bien, de su psicología, del software. Y lo hicieron con extrema precaución, ya que de él dependía totalmente su futuro.
Finalmente, llegó el día en el que estuvo listo para ser presentado ante el rey. Los dos robotistas lo colocaron con cuidado en el interior de una caja que previamente habían solicitado, sobre un lecho de paja, para evitar dañarlo en el traslado.
Ya ante el rey, dos hombres pusieron de pie la caja y la abrieron con una palanca. Cierta cantidad de paja cayó al suelo, permitiendo al entusiasmado cazador ver el aspecto de su recién fabricado enemigo.
El rey se puso en pie de un salto, sujetando el cetro como si fuese a romperlo en la cabeza de alguien. Aquello no era una bestia, ni tan siquiera era un animal: ¡era él!
-¿Cómo osáis burlaros así de mí, extranjeros? Lleváis semanas alojados en los mejores aposentos de invitados de mi castillo y, ¿esto es lo que me traéis? ¿Una patética imitación de mí mismo?
-No, Majestad -respondió Wells manteniendo la calma-. No habéis interpretado bien el mensaje. Pensadlo bien. Esto es lo mejor que hemos podido lograr.
-¿De qué estáis hablando? -preguntó el rey, sentándose de nuevo.
-De lo que vos mismo nos habéis dicho cuando llegamos aquí, Majestad -continuó Wells-. ¿Quién es el mejor cazador que existe?
-Yo, por supuesto.
-Bien. Así que, si alguien quiere enfrentarse al mejor cazador del mundo, ¿con quién se debe encontrar?
-Conmigo, claro está.
-Pues eso mismo pensamos nosotros, Majestad -zanjó Wells-. Hemos estudiado todo bicho viviente de este planeta y hemos pensado incluso en los que conocemos del nuestro y de otros planetas y los hemos enfrentado a su mente en nuestro ordenador. Fuese cual fuese el diseño, usted vencería.
“Si Su Majestad desea un rival a su medida, ¿quién mejor para enfrentarse con él que Su Majestad?
Por un momento, reinó el silencio en la sala. El rey parecía estar pensando y los dos sirvientes parecían no entender nada de lo que estaba sucediendo. Sólo permanecían de pie a ambos lados de la caja, observando perplejos el increíble parecido del robot con su rey.
Entonces, una sonrisa fue apareciendo lentamente en el rostro del rey.
-Ahora os entiendo, extranjeros. Desde luego, las historias que se cuentan de vuestra inteligencia y maestría parecen ser fiables. Tenéis un modo de razonar impresionante. Mas, decidme, ¿sería posible que esa máquina vuestra llegue a vencerme en el Zoo? ¿Qué os ha dicho mi mente en vuestro ordenador?
-Las simulaciones, Majestad -dijo Wells precavido-, no muestran más que empates; lo cual es lógico. La mente de este robot es exactamente la del ordenador, es decir, la vuestra. Pero, desde el momento en que se ponga en marcha, evolucionará de un modo diferente a la vuestra. Seguirá su propio camino, como la de usted sigue el suyo.
“Sinceramente, no sabemos lo que puede pasar. Pero esto es lo mejor, Majestad. Si vence él, ¿acaso no vence usted? Nadie podrá negar que ha sido usted, en definitiva, el vencedor.
-Tenéis toda la razón. Habéis obrado bien. Esta misma tarde me enfrentaré a él en el Zoo para probarlo. Si quedo satisfecho, seréis ampliamente recompensados. Si no, veremos lo que sucede…
-Excelente, extranjeros -dijo el rey entusiasmado tras el combate-. Vuestro trabajo ha sido una excelente obra de arte. ¡Tenéis mi permiso para partir con la debida recompensa por tan excelente trabajo! Varios de mis servidores están ya cargando vuestra nave con grandes riquezas. Las tenéis ampliamente merecidas. Por otro lado, tened en cuenta que podéis pedirme lo que queráis. Lo que sea que pidáis, será para vos, lo tenéis merecido.
Wells y Rosswell se miraron sabiéndose libres y dándose cuenta de que su plan había resultado a la perfección. Cada uno se llevó del castillo lo que le pareció, con total libertad. Después recogieron sus cosas y regresaron a la Tierra.
Entretanto, en el castillo, el rey ordenó liberar a todos los animales del Zoo en sus debidos entornos naturales y ordenó quemar todos los trofeos de caza que había acumulado. Desde aquel día, nunca más se dedicó al arte de la caza y mejoró notablemente en el de gobernar.
Y el robot funcionó a la perfección el resto del tiempo que duró su reinado.

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