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Participante 25 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 189 puntos (VOTAR)
Los estudios de los médicos no acusaban epilepsia ni perturbaciones en su actividad cerebral. Tampoco tumores ni aneurismas. Nadie sabía a qué atribuir los molestos trastornos de una persona de tan firme salud como el doctor
Los estudios de los médicos no acusaban epilepsia ni perturbaciones en su actividad cerebral. Tampoco tumores ni aneurismas. Nadie sabía a qué atribuir los molestos trastornos de una persona de tan firme salud como el doctor Aparicio Lugones, profesor de ética de la Escuela Normal y hombre de aquilatada dignidad de costumbres. No bebía alcohol de ninguna especie, no fumaba tabaco y muchísimo menos hierbas alucinógenas, no se regalaba con orgías gastronómicas, ni entorpecía su señorío con gestos desmesurados o voces gritonas. Para confundir aún más a los facultativos, provenía de una familia de longevos y centenarios de varias generaciones atrás.
Sin embargo, una serie de trastornos inexplicables hacían presa de su cuerpo en ciertas situaciones. En un principio habían sido síntomas leves que pasaban inadvertidos a los circunstantes, súbita palidez de rostro, sudores en las mejillas, o un regurgitar de aire estomacal. La primera manifestación visible de su malestar ocurrió cuando en una reunión de notables de la ciudad convocada para recaudar fondos para familias desnutridas, el ministro de salud pública de Esteco manifestó que la pobreza era endémica en la provincia y formaba parte del destino humano desde los tiempos bíblicos y por tanto era imposible erradicarla, sin reparar en que pobres bienaventurados a quienes se había prometido el reino de los cielos eran los pobres de espíritu, es decir los mansos y los humildes, y no los hambrientos de pan.
Más adelante, en una oportunidad en que le presentaron al gobernador Pío Pico y extendió su diestra para saludarlo, cayó al suelo desmayado y fue necesario retirarlo en una ambulancia al hospital. Tendido en una camilla de la sala de emergencia, a los pocos instantes se recobró, agradeció a los médicos su asistencia y se retiró a su domicilio caminando, impávido y saludable como un atleta olímpico. Los facultativos y enfermeras se miraron sorprendidos y en silencio, para no errar en su diagnóstico.
Cuando se recogía en su domicilio, aislado de todo contacto con extraños, a excepción de su entrañable vecino el farmacéutico Venancio Flores, se mostraba de semblante plácido y espíritu sereno. Los médicos y terapeutas consultados terminaron por desentenderse del caso, alegando la imposibilidad de la medicina oficial para resolver la enfermedad. Los homeópatas justificaban su impotencia científica atribuyendo la dolencia a causas desconocidas, quizás a un virus asiático de esos que de vez en cuando el laboratorio no detecta y se invocan para salvar el prestigio profesional. Los practicantes de las medicinas alternativas se hacían los desentendidos y preferían que los médicos oficiales cargaran con la responsabilidad de enterrarlo bajo un diagnósticos en latín. Las autoridades de la ciudad optaron por no invitarlo a los actos oficiales, por temor a que un desmayo en el palco oficial desluciera el desfile de las escuelas en una efemérides patriótica, o se muriera en la inauguración de un monumento. Un neurólogo dinamarqués de paso por la ciudad lo desahució conforme a la recomendación hipocrática de abandonar al enfermo incurable para no asumir la responsabilidad, pues según el criterio ancestral griego en toda muerte hay algo de divino.
Quien jamás manifestaba alarma era su vecino Flores. Cada vez que lo traían con convulsiones sonreía con ironía y se limitaba a decir: “Se curará con linimentos”.
Ambos amigos se reunían por la noche en casa de uno y de otro, indistintamente, para tomar refrescos en verano y tisanas calientes en invierno, y dialogar sobre materias de mutuo interés. En las conversaciones se mezclaban los más diversos temas, sin concierto ni premeditación, a medida que las concomitancias ocasionales se presentaban. Jamás caían en habladurías locales ni se referían a personas de la ciudad para no caer en la murmuración, ajena a sus principios morales. Tampoco se intimidaban ante la dificultad de los asuntos, y tanto trataban el problema medieval del sexo de los ángeles como la diferencia entre el café africano y el colombiano. En sus pláticas se preguntaban si Dios había hecho primero la materia básica del universo y después había modelado con ella a los seres, o si lo había creado todo de una sola vez. Se interesaban por indagar si los argentinos eran más semejantes a los mexicanos que a los españoles o italianos, y si el tango era de origen hispánico o autóctono.
El caso es que se regocijaban con los coloquios, aunque no resolvieran los problemas insolubles a la mentalidad humana, como dónde termina el infinito. Su placer consistía en compartir las ideas y en adentrarse cada día más en su amistad desinteresada.
Así llegaron a comprenderse íntimamente uno al otro y a convertirse en dos personas imprescindibles entre sí.
No podría decirse que fueran misóginos, dado que estimaban el valor de la mujer en este mundo, mas habían llegado a un punto en que el sexo femenino les resultaba indiferente. Estaban convencidos de que podían sobrellevar el resto de sus vidas sin la compañía de ellas, aunque por diferentes razones. La esposa del boticario había sido seducida por un ostentoso donjuán de salón, don Antón Céspedes y Olmedo, de cabeza vacua y pelo aceitado, que se jactaba de llevar sangre noble en sus venas sin haber exhibido jamás sus pergaminos. La había embaucado con su empalagosa verbosidad y sus artimañas amatorias, y la había llevado a una ciudad del interior para abandonarla a los dos meses a la vida callejera. Más de un marido con pujos homicidas y coraje suficiente lo habría mandado a rendir cuentas de sus fechorías a Satanás. Pero don Venancio no reunía ninguna de esas cualidades y debió resignarse la vergüenza pública primero, y con el transcurso del tiempo a titularse viudo, una vez que la memoria colectiva había olvidado el suceso. La sociedad pensó que su esposa adúltera había muerto ya, aunque no faltaba algún vecino que juraba y perjuraba haberla reconocido como alternadora en un bar de Rosario.
El doctor Aparicio, en cambio, no había sido tocado en sus años por la varita mágica del amor y se había mantenido célibe sin tener que atravesar las tormentas del enamoramiento. Sin ser escéptico, explicaba que el amor no se busca sino que se encuentra, y que en su camino jamás se había cruzado con él. No obstante, ninguna lengua maliciosa se había atrevido a poner en duda su condición varonil.
- ¿No se ha enamorado nunca, doctor? – se animó a preguntarle en un banquete un indiscreto
- Realmente nunca. El amor es una flor espontánea y no un cultivo de jardín.
- Entonces se ha perdido usted la mitad de la vida.
-Vea, caballero, usted no me conoce. Sepa que con la otra mitad no me ha ido mal, aunque hubiera deseado que me fuera mejor. Usted sabe que hay locos casados y locos solteros. Pero no es igual enamorarse en la cordura que en la locura. Como decía Cervantes, no hay carga más pesada que una mujer liviana.
Con los años se granjeó la fama de erudito y llegó a convertirse en la piedra de toque de la mitología popular. Por la ciudad pululaban cantidad de dichos atribuidos a su sabiduría. Cuando un mendigo quería dar autoridad a su pedido de limosna , se amparaba en una supuesta frase del maestro. “¿Me da una monedita, por favor? Don Aparicio dice que el que da al pobre, presta a Dios“.
Se le atribuían proverbios que nunca había pronunciado o había recolectado de sus lecturas clásicas. Las frases le brotaban súbitamente en sus clases y en sus conversaciones y las arrojaba al acaso sin preocuparse por su destino. No las publicaba de manera que el sentir popular le adjudicaba sin conmiseración cuanta ocurrencia le parecía, para dar fuerza a sus argumentos. En una sesión el presidente del Jockey Club dejó pasmados a los socios que debatían sobre un proyecto edilicio irrealizable invocando la sabiduría de don Aparicio con la máxima “No hay normas de arquitectura para construir castillos en el aire, como dice don Aparicio”, sin saber que el pensamiento era de Chesterton y no de su comprovinciano.
Uno de sus alumnos dijo una vez que era “solterito y sin apuro”, y eso bastó para que don Aparicio fulgurara como el inventor del celibato. Así pasaron al acerbo popular como propios del sabio refranes y expresiones como “No me hagas reír que tengo el labio partido” o “Inútil como timbre de tumba”, El proverbio “Más vale ser tuerto que ciego”, pasó de la recopilación del Marqués de Santillana a la biografía literaria del provinciano, y el caballo de Troya se convirtió en el equino legendario más mentado del lugar.
Una mañana se presentó en la botica de don Venancio una joven veinteañera de apariencia atractiva, acicalada hasta las fosas nasales, que más parecía una princesa de gala que una cenicienta. Dijo llamarse Margarita y que sus difuntas madre y abuela habían sido parientes de los Flores en el pueblecito de Añatuya, en la provincia de Santiago del Estero. Como pariente lejana se ofreció para mantener en orden la casa, lavar y planchar la ropa, y aun acomodar y limpiar potes y frascos del comercio en caso de necesidad.
A don Venancio, aunque no tenía conocimiento de ese posible parentesco, el servicio de una doméstica en su casa lo entusiasmó. En lo sucesivo dispondría de más tiempo libre para sus estudios paralelos sobre las mariposas. Convino el precio del trabajo y le pidió con cautelosa diplomacia que en lo sucesivo usara menos coloretes y vistiera un guardapolvo blanco para una eventual atención de la farmacia. Viviría en un altillo del fondo de la casa y tendría libres los días domingos. A fuerza de despachar un día ungüento para los dolores de espalda, otro bicarbonato para la acidez estomacal y un tercero pomada para quemaduras, fue aprendiendo de a poco los secretos de la famacopea campesina y los clientes se acostumbraron con el tiempo a consultarla como si fuera una médica graduada en la universidad.
La tal Margarita se reservó para sí que su profesión secreta era adivina y curandera en asuntos de amores. Miles de veces había provisto de polvo de cantáridas disecadas a los hombres maduros desgastados, sin olvidar las tisanas de menta, clavo de olor y apio para los adolescentes más apresurados, y conchillas de crustáceos machucados con perejil a las féminas que la consultaban a escondidas. Vendía a escondidas de su patrón, cambiaba el dinero en monedas de oro y las escondía en un bolsa en el colchón de su dormitorio. Ningún intoxicado ni moribundo hizo la denuncia policial, según la convicción habitual de que morirse por morirse, es preferible hacerlo callado que pasar a la memoria colectiva como tonto.
- Muero por amor –declaró un envenenado, sin especificar qué clase de amor era.
- Murió de medicina –comentó con ironía la astuta Margarita, sin aclarar tampoco a cuál medicina se refería.
Margarita coqueteaba cuando pasaba enfrente de don Aparicio, exageraba su contorneo de caderas, lo miraba insinuante de reojo, le enviaba postres caseros, y se ofreció para hacerle compras en el mercado “de paso”. El boticario, ajeno a todo esto, contribuyó inocentemente al nacimiento de un nuevo amor, haciéndole servir café o té en las reuniones con su vecino, y hasta preguntándole datos sobre costumbres rústicas que él no conocía.
Una fría noche de julio el profesor Aparicio fue a parar al lecho por una gripe. Margarita se ofreció y le puso cataplasmas y lo frotó con linimento. Al mismo tiempo, don Aparicio ingería sin saberlo tazas y tazas de té con cantaridina y cada día se sentía mejor. Una noche en que Margarita le secaba el sudor de la cara, detuvo su mano en las mejillas del enfermo, lo miró con ojos sostenidos y finalmente le dio un beso en la frente. Desde entonces, la enfermedad que debía curarse en una semana demoró dos semanas y media. En coincidencia con el tratamiento, don Aparicio heredó de una tía soltera una inesperada fortuna en depósitos bancarios y tierras. El tratamiento de Margarita se tornó entonces más intenso, los masajes se completaron con paños, ventosas, vino caliente y abrazos.
Don Aparicio llevaba ya tres semanas de curación y no daba señales de querer abandonar el lecho. Alegaba que corría el riesgo de una pulmonía. Se hizo acomodar en un sillón de mimbre acolchado otra quincena, hasta que por fin se animó a curarse y ofrecerle matrimonio a su abnegada compañera. Don Venancio lo visitaba dos veces por día y se cuidaba de no tratar el tema de Margarita. Sólo hablaba de la enfermedad curada. .
- Por lo que veo, mi amigo, ya no tendrá en lo sucesivo náuseas y desmayos –se animó a decirle-. Son los masajes de linimento.
- Efectivamente, así es. Desde que Margarita comenzó a cuidarme me han ido desapareciendo. Estoy dispuesto a probar con ella.la otra mitad de la vida que una vez me dijeron. .
- Le deseo suerte, de todo corazón. Amar es bueno; ser amado mejor. Pero eso se ha de probar.
Margarita hizo los preparativos de su casamiento adquiriendo vestidos de lujo, capas de armiño y capelinas de alas anchas, además de aretes, pendientes, pulseras, collares y alhajas acordes a su condición de prometida del profesor famoso. Se encargaron a la imprenta las tarjetas de participación. Confeccionar la lista de invitados a la recepción llevó una semana de discusiones, para no desairar a las figuras prominentes de la ciudad. Tres días antes de las bodas, la herencia de don Aparicio había quedado agotada, sin contar los gastos que se ofreció generosamente a solventar el farmacéutico Flores. Las erogaciones de la gran recepción correrían a su cargo, sin contar el obsequio de doscientas esterlinas de oro que el buen vecino había ahorrado a través de los años. Bien los valía su inconmovible amistad. Haría traer menos mariposas del campo, y asunto arreglado.
La noche anterior al acontecimiento se presentó neblinosa y oscura. Hacia las tres y media de la madrugada, un vecino creyó ver un carruaje cerrado, en cuyo interior se cargaban maletas y envoltorios. Una mujer imprecisable por la capucha que la cubría montó adentro y el carruaje se alejó al galope. No pudo ser localizado por la policía esa mañana, cuando la ciudad se anotició de la fuga de la novia. Se cursaron telegramas a las comisarías de todos los aledaños, pero la desaparición de la fugitiva no llegó a ser esclarecida. El boticario notó las desaparición de varios kilos de drogas y hierbas estupefacientes un poco más tarde, al pasar revista a la habitación de su asistenta y los estantes de la botica. Los comerciantes y joyeros debieron dar por perdidas las deudas firmadas por Margarita.
De pura vergüenza, don Venancio y don Aparicio se recluyeron al principio en sus casas. El farmacéutico cerró la puerta y los ventanales de su negocio y se enclaustró a coleccionar mariposas regionales. El profesor renunció a sus cátedras por miedo a las burlas de sus discípulos y consagró sus horas a componer una antología, Los antiguos refranes del Medio Oriente. Sus destinos se estrecharon aún más en la desgracia, porque según parece, el dolor une más que el amor. Así consumieron los restos de su escasa hacienda, hasta que al borde de la miseria intentaron buscar horizontes más rentables. El pueblo prefería comprar pollos para alimentarse antes que mariposas que se pulverizaban al tocarlas con los dedos. De la lectura de fábulas babilónicas o sufíes, ni hablar: se malgasta el tiempo con historias de pueblos que a duras apenas se encuentran en los mapas, y uno se duerme con el volumen en las manos. Las palabras habladas no requieren educación previa y satisfacen de inmediato por sus chismes.
Decidieron pasar el resto de sus días en la zona rural, alejados de las penurias de la ciudad, al estilo de los anacoretas bíblicos. Compraron a crédito un aserradero abandonado de maderas tropicales, pero resultaba muy caro poner las antiguas máquinas en funcionamiento. Establecer un colmenar en el campo era como vender naranjas en el Paraguay. Fabricar quesos ni soñar: los hacían en sus ranchos los propios campesinos. Paciencia y a seguir los diálogos de antes hasta que el Señor disponga lo contrario.
- ¿Por qué decía don Venancio que yo me curaría con linimento?
- Porque me había dado cuenta de que sus ataques no eran otra cosa que reacciones nerviosas ante las personas repugnantes y a su vida le faltaba amor. Mi madre repetía a menudo que Dios conoce nuestras necesidades, pero espera para remediarlas. Cuando apareció Margarita, pensé que ella había sido elegida para salvarlo con las friegas de ungüento.
- Siendo así, a mí me ha enviado un linimento equivocado o Margarita era un demonio disfrazado de ángel.
- Nunca lo sabremos. Si no fuéramos como somos, podríamos pensar con algunos orientales “Siéntate a la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu adversario pasar”.
- Pero dejemos el asunto para otra oportunidad. Cuando se buscan explicaciones, es más fácil errar que dar en el blanco.
Los amigos se mantenían vendiendo en el pueblo vecino de tanto en tanto productos de la quinta y comprando los artículos que no producían, harina, aceite, azúcar y té o café, además de libros y revistas.¿Es que venimos al mundo para que unos destruyan a los otros?, se preguntaban. ¿Nosotros pobres y estafados, y don Antón y Margarita disfrutando de sus fechorías y sus robos?, le increpaba el profesor al boticario.
- Espere, mi amigo, espere. ¿No se acuerda de la fábula de la lechera? Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. Algún día nos enteraremos.
No habían transcurrido dos años desde los acontecimientos cuando Aparicio y Venancio decidieron romper la monotonía de sus días, cada uno igual al siguiente, yendo de visita a la ciudad. Se rememoraba el Día de los Muertos y llevaron ramos de flores a las tumbas de sus padres. Después de rezar arrodillados en las tumbas familiares, se juntaron para el regreso. Tomaron por una de las callejuelas principales, sombreada de cipreses y empedradas. Las tumbas eran humildes y se reducían a sencillas lápidas de mármol con los nombres de los difuntos y las consabidas promesas de recuerdo perpetuo. Sólo un panteón sobresalía por su altura en la calle, especie de templete con cúpula de azulejos y una cruz de bronce en la parte superior. Les llamó la atención el lujo del sepulcro y se aproximaron a leer la lápida de bronce frontera a la puerta. “Aquí yacen juntos Margarita y Antón, que fueron lo que pudieron”. Ni una palabra más, ni una fecha tampoco.
Una corriente de aire levantó las hojas secas del suelo, un carancho pasó graznando por el aire, mientras una mujer anciana, de rostro sufrido y triste, encorvada y enteramente vestida de negro, se inclinaba a depositar llorosa un ramo de flores, musitando una plegaria..
Los dos amigos miraron atónitos la escena, intercambiaron sus dudas con la mirada, sin atreverse a degradar con palabras el misterioso designio de sus vidas.
- Mejor sigamos. Es inútil pensar...-dijo por fin Aparicio Lugones.

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