El yate comenzó a hundirse poco después de sobrepasar las 12 millas náuticas y cuando los pasajeros empezaban a sentirse más seguros de haber dejado atrás la peor parte. Desde la misma salida de la embarcación por el litoral cubano de Matanzas se advirtieron los presagios de una catástrofe en la que solo se salvaría un niño de cuatro años de edad.
Fue precisamente Luisito quién primero advirtió la entrada de agua de mar en la embarcación.
-Mamá, mi zapato es un barco –dijo a la mujer que sostenía en su mano un osito de peluche.
La madre lo miró con ternura un breve instante, pero retornó a la discusión en voz baja con su marido, un mulato montaraz con gorra de pelotero y el holograma de los Yanquis de New York en la visera.
-Te digo que la estas mirando hace rato –dijo entre dientes.
-Y a mi que –contestó el hombre y volvió a lanzarle una mirada furtiva a la joven mulata de pelo largo. La muchacha, apoyada a la baranda de la embarcación, no parecía ajena a lo halagos del pretendiente.
En realidad, a Isabel no le importaban tanto las voluptuosidades de su marido como que pusiera coto a las amenazas proferidas por aquellos que se habían erigido a la fuerza en dueños de la embarcación y una amenaza para la vida de los pasajeros.
-No me interesa si la miras o no, Emiliano, lo que me importa ahora son las amenazas de estos dos.
Se refería a Orlando y Libar, dos jóvenes fornidos que con una pistola en la mano, habían amenazado a la tripulación y pasajeros con hundir la embarcación o matarlos a todos si no se doblegaban a sus requerimientos. Y una de sus amenazas era lanzar por la borda a los niños y a los viejos si el yate no avanzaba a toda máquina. Lo dijeron mas bien para intimidarlos a todos, pero luego, cuando la embarcación comenzó a jadear en su asmático andar por el Golfo de México, insinuaron que la probabilidad iba en serio y hasta contaron la cantidad de personas de las que tendrían que deshacerse.
-A mi hijo nadie lo toca, cojones, porque mato a quien se atreva –le susurro Isabel al marido con una convicción que no dejaba dudas.
-¿Qué te pasa, tú? No jodas más y cierra esa maldita boca, que en definitiva, Luisito no es hijo mío –contestó el honre un poco asustado de que los secuestradores fueran a escucharla.
-Pero es como si lo fuera, cabrón, porque tú eres mi marido o ya se te olvidó, so pendejo –le espetó a la cara la mujer con visible ira.
Emiliano bajo la cabeza mientras intentaba poner orden en su cerebro, repleto de ideas y sentimientos contradictorios. Por un lado, sabía que su mujer tenía razón, pero por otro lado, comprendía perfectamente que aquellos dos tipos al mando del yate no eran ningún par de comemierdas y unírseles en aquellas circunstancias podría significar muchas cosas buenas. .
Sin embargo, los ánimos se habían caldeado a partir de aquella estúpida amenaza de lanzar al mar a los niños y a los viejos, porque en primer lugar, el yate tenía varios niños y viejos, acompañados además, de sus familiares, los cuales constituían una mayoría nada despreciable a la hora de un conflicto.
En realidad, Emiliano no sabía que decisión tomar, porque aunque la minoría estaba armada, eran solamente dos bravucones con pistolas makarov, mientras el resto de la tripulación podía complicarles las cosas a la hora de la verdad.
Y la hora de la verdad estaba más cerca de lo que parecía.
En estas cavilaciones se encontraba cuando advirtió un ruido casi imperceptible. Eran unos golpes constantes contra una pared. Cuando el niño repitió lo de su zapatico acuático, Emiliano levantó la cabeza y le preguntó con cierta suspicacia:
-Oye, tú ¿Dónde está tu botica?
El niño señaló hacia el camarote. Emiliano siguió con la vista la dirección del dedito y sin alarmar a su mujer, se levantó y encaminó sus pasos hacia el único dormitorio del yate. Mientras descendía escuchó con nitidez el sonido de las aguas del mar en su penetrar por alguna abertura. Todo el piso de madera se hallaba bajo las aguas hasta una profundidad de dos pies y un zapatico de cuero había recalado en un saliente del escalón y retenido allí, chocaba contra la pared, impulsado por alguna corriente de agua. Ese era el ruido que había escuchado. Emiliano en ese instante sintió que alguien se detenía a su espalda y al volverse, descubrió el rostro de su mujer, con una mueca de pánico en los labios.
Isabel no esperó para saber más y se precipitó hacia la plataforma del yate, donde gritó aterrada mientras abrazaba a su niño.
-¡El barco se está hundiendo!
La alarma provocó una conmoción entre la gente. Unos a otros se miraron, intentando asimilar lo que acaban de escuchar. De pronto, a nadie le pareció que el buque se estuviera hundiendo. Algunos se inclinaron por la borda, incrédulos, en busca de la línea de flotación y otros se abrazaron entre si, de puro temor en medio de aquella vastedad oceánica.
Los niños, al percibir la turbación de los adultos, comenzaron a gimotear y algunos pidieron balbuceantes que los llevaran a casa o le trajeran al abuelo. Una vieja se arrodilló a rezarle una plegaria a Dios.
Fue entonces cuando se escuchó la potente voz del capitán de la embarcación.
-Señores, tranquilos, por favor, permítanme verificar si es cierto o no lo que dice esta mujer.
El diestro marino miró a los dos secuestradores armados que estaban a su lado y los interrogó con la mirada, pero estos se encontraban también perturbados con la noticia y no atinaron a responder, sino que levantaron los hombros y el más alto le hizo señas al viejo lobo marino para que se encargara de esa situación.
El capitán asintió y llamó a su joven ayudante.
-Anda, hijo mío, baja al camarote y dime.
El mozo se precipitó a cumplir la orden del viejo y un rato después regresó. Le confirmó al capitán la tragedia y aún más, le informó que por la magnitud de la abertura, el buque podría hundirse en un par de horas.
-Mi capitán, tenemos casi dos pies de agua allá adentro y es probable comiencen a partirse otras tablas.
Al escucharles, los pasajeros entraron en pánico y muchas mujeres comenzaron a llorar, como el bajo fondo de un coro infernal donde los niños llevaban la batuta con sus alaridos espantosos.
-Calma, señores, cálmense, que esto no es el fin del mundo –decía el capitán, pero ya nadie le escuchaba, sino que los pasajeros buscaban con desesperación bajo los asientos y debajo de las cornisas los chalecos salvavidas.
Entonces se escuchó el estruendo de un arma de fuego. Y con el cañón de su pistola humeante, el más grande de los secuestradores, sin dejar de apuntarlos, les dijo que los niños y los viejos debían comenzar a lanzarse al agua
II
El chofer del viejo automóvil abandonó la carretera de asfalto y se adentró por un camino pedregoso, con arbustos de uvas caletas en los costados. Unos metros mas adelante detuvo el vehículo y apagó las luces.
-Hasta aquí llego, señores, más no puedo seguir –dijo mientras abría la puerta y descendía.
La noche estaba fría y una brisa de levantisco se abatía sobre el litoral matancero. El olor del salitre y los mariscos putrefactos se había revueltos y contaminaban el aire en aquel recodo de playa. Isabel y Emiliano también descendieron junto con el niño.
-¿Y no podías llevarnos un poco más adentro? –pregunto Emiliano.
-¿Mas adentro? Oye amigo, esto es más adentro, si sigo nos desbarrancamos –exclamó el hombre mientras se frotaba las manos.
Emiliano metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un rollo de dinero, amarrado con un hilo de estambre. Se lo entregó al chofer, quien lo guardó sin contarlo. Entonces se tornó un poco más animoso.
-Miren, amigos, cojan por ese rumbo y a unos cien metros tuerzan a la izquierda donde verán algunos cactus. Más abajo encontraran una playita de piedras y por la hora, deben de haber gente allí. Chao y buena suerte.
Emiliano e Isabel echaron a caminar en silencio, sin despedirse. El niño iba de la mano de su madre, mientras el hombre alumbraba el camino con una linterna.
El chofer los estuvo observando hasta que la luz desapareció detrás de los cactus. Pensó que no acaba de acostumbrarse a ver a los padres arriesgar irresponsablemente la vida de aquellas criaturas. La gente tenía tal desesperación en abandonar su país en busca nuevos horizontes que olvidaban los riesgos de tan difícil travesía, en medio de un mar congestionado de tiburones.
-Quiera Dios todos lleguen bien –musitó sin mucha seguridad e hizo la señal de la cruz. Luego se tocó con la mano el bolsillo de su camisa y sintió el poder reconfortante del dinero. Miró nuevamente hacia la impenetrable oscuridad, en dirección a los riscos y solo percibió la quietud de la noche y el sonido de las olas del mar al estrellarse sobre los rompientes. Las matas de uvas caletas se movían fantasmagóricas. Un búho pasó volando rasante por encima de la cabeza del chofer y lanzó su espeluznante graznido.
-Eso es mala suerte –se dijo el hombre con un estremecimiento y se apresuró en abrir la puerta del vehículo. Minutos después desaparecía por la carretera hacia la ciudad de Cárdenas.
Isabel cargó al niño cuando comenzaron a bajar por la pendiente, pero a pesar de sus ruegos, Emiliano no quiso ayudarla.
-Cárgalo tú si quieres o déjalo por ahí –contestó el hombre de mala gana.
Isabel no podía creer que en tan corto tiempo aquel hombre hubiera cambiado tanto. No quería ni pensar se debiera a que ya estaba a punto de cumplirse el sueño de aquel que con tanta insistencia le convenció de sacar sus ahorros del banco para costear el pasaje de los tres hacia Miami. No quería pensar que todo no fue más que una celada para salir del país. Y ahora, con su pequeño entre los brazos, se preguntaba si no estaría cometiendo una locura de la que un día habría de arrepentirse.
¡Cuan lejos estaba de saber que varias horas después solo el niño aparecería en las costas de Miami flotando en una goma de camión!
Al concluir la pendiente, descubrieron algunas siluetas agazapadas entre las rocas de la playa y los árboles de uvas caletas. Un hombre se les acercó y le ordenó a Emiliano apagara la lámpara. Luego sacó una tablilla con una hoja de papel y con la luz de una linterna de luz infrarroja buscó los nombres de los nuevos pasajeros. Confirmados, sugirió aguardaran por la llegada de la embarcación.
-Descansen por ahí, que todavía falta gente.
-¿Y si nos descubren, señor? Usted sabe…la policía o los guardafronteras –preguntó Isabel.
El hombre esbozó una sonrisa.
-Si nos descubren, ya saben, lo de siempre, estábamos de campismo –dijo y se retiró.
Al poco rato llegaron seis personas más, también con un niño. Eras las 3.15 de la madrugada. La brisa marina se había tornado más fría y las hojas de los arbustos se agitaban inquietas, sacudidas por el viento.
Entonces alguien advirtió de un destello en el horizonte. El hombre de la lista se levantó de la arena y encendió y apagó su linterna de infrarrojo. La respuesta fue inmediata y otra lucecita parpadeó en la lejanía. Minutos después arribó hasta la orilla de la playa una balsa de goma con motor fuera de borda. Primero subieron las mujeres y los niños. La balsa partió con un ruido casi imperceptible de sus motores.
Los que quedaron en tierra miraban hacia la carretera, nerviosos y temerosos de que una patrulla fronteriza les frustrara el intento de salida ilegal del país. ¡Estaban tan cerca de la libertad! Dos viajes después todos disfrutaban de un refresco Coca Cola cómodamente sentados en el yate. La balsa con motor partió hacia un rumbo desconocido. Sobre el buque el entusiasmo de los pasajeros era indescriptible, como si el hecho de estar subidos en esa embarcación fuera ya la garantía de que llegarían a la Florida. Frente a ellos, la negra silueta del litoral cubano se dibujaba con rasgos informes. El capitán, un hombre sesentón y de aspecto bonachón, aunque musculoso y piel endurecida como pergamino viejo por el sol y el salitre, les dio la bienvenida y les presentó a su ayudante, un joven cuya fisonomía no dejaba dudas del parentesco.
-Señoras y señores, aquí lo esencial ahora es salir de estas aguas sin que nos pille la guardia marina y luego, todo será más fácil, pero necesito que ustedes se mantengan calladitos hasta que yo les avise ¿OK? –dijo el capitán.
Todos asintieron, comprensivos.
En ese instante dos jóvenes salieron del grupo de pasajeros y subieron a la cabina de mando.
-Yo también quiero decirles algo, aunque el capitán nos haya prohibido hablar –dijo el más alto, de nombre Orlando, en tono irónico. El acompañante, de nombre Libar, se paró en actitud amenazadora.
-Mi hermano y yo queremos ocupar los cargos de contralmirante yo y primer oficial él en este hermoso yate, claro, después del capitán.
Libar dio un paso adelante y dijo:
-Exigimos además, que se nos trate según nuestra jerarquía.
Entre los pasajeros hubo un murmullo de desaprobación. Era inadmisible tal entrometimiento. ¿Estarían locos? Se preguntaban algunos.
El capitán mandó a hacer silencio y exclamó, dirigiéndose a los dos jóvenes.
-Miren, muchachos, yo les agradezco su voluntad de quererme ayudar en el viaje, pero lo menos que necesitamos ahora son nuevos cargos, sino que ustedes se mantengan calladitos hasta que salgamos de estas aguas.
Hubo un murmullo aprobatorio. Alguien hasta lanzó una risita.
Esto último parece que no les gusto a los hermanos y entonces Orlando sacó una pistola makarov de su cintura.
-Mira, viejo, parece que no has entendido –dijo y los pasajeros quedaron paralizados del susto. Un arma puede significar muchas cosas.
Algunos niños comenzaron a llorar. Fue entonces cuando Libar mandó a que los callaran y dijo aquello que tanto alarmó a Isabel.
-O dejan de llorar o los lanzo al agua, que de todas formas, si esto no avanza como debe, serán los niños y los viejos los primeros en saltar al mar.
Las madres, horrorizadas, abrazaron a sus hijos. Como si comprendieran la amenaza, las criaturas enmudecieron. Un silencio tenso se apoderó de la embarcación.
-Bueno, bueno, ustedes ganan –dijo el capitán en tono conciliador mientras se ajustaba la gorra sobre su cabeza cubierta de pelo blanco y resplandeciente- ya es hora de irnos y estamos perdiendo el tiempo en discusiones innecesarias.
-Yo quiero quedarme –exclamó alguien.
-Y yo también –dijo otra voz.
-Ya es tarde –replicó uno de los secuestradores mientras apuntaba con el arma al capitán- viejo, arranca la mierda esta y vamos pa la yuma.
La travesía en las primeras millas se hizo en un silencio inquietante, pero luego, cuando los pasajeros se percataron que los secuestradores solo estaban tomando ron y charlando entre sí, los ánimos se fueron recuperando.
Durante el trayecto, avistaron pocas embarcaciones, entre ellas un barco petrolero ruso que se dirigía al puerto de la Habana, pero la tripulación del carguero apenas le prestó atención.
El mar estaba en calma y presagiaba tempestad. A lo lejos, en el horizonte, una delgada línea oscura empezaba a ascender mientras el acompasado ruido de los motores del yate recordaba que 36 personas abandonaban furtivamente la tierra que les vio nacer.
En un momento determinado y bajo el vapor del alcohol, uno de los secuestradores invitó a los pasajeros a tomar ron, pero nadie accedió al convite.
-Ustedes se lo pierden –dijo Libar con la lengua tropelosa. Sin embargo, Emiliano se levantó de su asiento y se unió a los hermanos. Algunos pasajeros miraron a Isabel con lástima.
-Oye, tú, si quieres te quedas con nosotros hasta el final del viaje, pero tienes que dejar a la puta esa con la que estas y al chamaco también, me copiaste bien, brother –dijo Orlando mientras agarraba por la solapa de la camisa a Emiliano y le escupía mientras hablaba. Emiliano dijo que si, que en cuanto llegaran a Miami otro gallo cantaría.
Y Libar lanzó una risotada mientras Emiliano miraba de reojo a su mujer. Entonces apuró el último trago de ron y regresó al lado de Isabel.
III
Luego de confirmado el hundimiento de la embarcación en un termino de dos horas, el capitán hizo una maniobra para regresar el yate hacia las aguas jurisdiccionales cubanas, donde era más factible recibir algún socorro, pero los secuestradores se negaron a ello.
-Te, te, te, aquí no hay viradera para atrás ni nada de eso, sino que vaciamos la mierda esta y recalamos por algún cayo –dijo Orlando amenazante.
El capitán trató de explicarle que era un acto criminal lanzar a los niños y a los viejos al mar y que además, las costas cubanas estaban apenas a 12 millas, pero las de Miami distaban a 80.
-Te, te, te, te, no me enredes con los números, viejo de mierda, porque no vamos a hacer lo que tu dices, sino lo que decimos nosotros, oíste –dijo Orlando y sacó la pistola.
Entonces el capitán les propuso a los secuestradores un plan alternativo, consistente en sacar el agua del yate y proseguir viaje hasta uno de los cayos.
-¿Viste? Si no sacó el pistolón, tu cerebro no funciona, anda, mete mano.
El capitán intentó encender el motor de la bomba de extracción de agua pero estaba dañado. Parecía que una maldición había sobrevenido sobre aquella embarcación. Entonces tuvo una idea y organizó una cadena humana para extraer con cubos el agua que amenazaba llegar hasta la mitad de los escalones. El nivel del mar había subido cuatro pies y cada vez lo hacía con mayor rapidez.
Mientras vertían el agua fuera de borda, las esperanzas de los pasajeros y la tripulación se mantuvo inalterable. En definitiva, el buque seguía avanzando y ya estaban sacando el agua del camarote. Todos esperaban que de un momento a otro apareciera a la vista la silueta de un cayo o algún barco que pudiera rescatarlos. No era aquello el Pacífico, solitario y misterioso, sino el Golfo de México, lleno de barcos del mundo entero. Una hora después el ayudante le dijo a su capitán.
-Imposible, entra más y baja menos, no lo vamos a lograr y mira para allá.
El joven le indicaba la inclinación hacia babor de la embarcación.
-¿Y porque no tratamos de sellar el hueco? –preguntó el capitán,
-No es posible en las actuales circunstancias –respondió- porque es de afuera hacia adentro y solo en un astillero se puede reparar.
-Maldición –exclamó el viejo lobo de mar.
Un pasajero salió del camarote y habló con el capitán. Entonces el hombre abandonó el timón y se dirigió a los pasajeros.
-Escuchen bien, lamento decirles que se hace imposible salvar la nave y en cualquier momento los motores se detendrán y no podremos avanzar más, por lo que les ruego, sin pánico, que vayamos pensando en la posibilidad de agarrar los salvavidas que les voy a entregar para saltar al agua.
El capitán habló con una voz desgarrada, no tanto por el peligro del mar, como el dolor de abandonar la nave que durante diez años le acompañó.
Nadie gritó, ni se derramó una lágrima. Hay momentos en que la muerte pierde su faz y ya no infunde miedo. Se le mira y no se le teme. El misterio se desvanece en la impotencia y el ser humano se crece ante el peligro. Sin embargo, cuando se iban a entregar los salvavidas, los secuestradores se adelantaron con sus pistolas en la mano y se adueñaron de los primeros chalecos.
-¡Ahora luchen su salvación, si les da la gana, porque en un minuto todos aquí se van para el agua!
La amenaza desató el pánico. Fueron las palabras y no los hechos los que hicieron explotar los ánimos de aquella gente Unos a otros se arrancaban los salvavidas de las manos. No importaba sexo, ni edad. Un hombre golpeó en el mentón a un muchacho y se apoderó del chaleco, pero otro se lo arrebató sorpresivamente y se lanzó al agua.
Entonces se escuchó un disparo en el aire.
-¡Al agua! ¡Todos al agua o comenzamos a matarlos!
La gente se quedó estupefacta y nadie atinó a moverse, a pesar de que la nave comenzaba a desbalancearse
-¡Dije que al agua, cojones!
Un hombre de complexión robusta se abalanzó súbitamente contra el secuestrador, y de un cabezaso, le hizo caer el arma, pero su compañero le disparó y la bala le perforó el cuello.
El hombre mortalmente herido se lanzó al mar.
-¡Al agua! –gritó Libar apuntando a la gente con la pistola makarov.
Los pasajeros comenzaron a lanzarse al mar desordenadamente. En ese instante los motores del buque se apagaron y un estremecedor crujido de tablas sacudió la nave. El agua del mar entraba a borbotones por la popa. Ese fue el momento aprovechado por el capitán para saltar como un felino sobre uno de los secuestradores y con un pedazo de remo golpeó con fuerza el cráneo del hombre, que cayó redondo y sin gemir en el piso. El otro secuestrador apenas tuvo tiempo de percatarse de lo sucedido porque el ayudante del capitán le asestó también con un pedazo de propela tan fuerte golpe que lo levantó del suelo y cayó al mar.
-¡Anda, sálvate! –le dijo el capitán a su hijo.
-No, papá, sin ti no me voy o morimos juntos.
-¿Quedan salvavidas? –preguntó el viejo lobo.
-Ninguno, todos se los llevaron o se pedieron.
-Entonces arrodíllate y vamos a rezar.
El mar, revuelto por el hundimiento de la embarcación, arrastró en remolinos a los pasajeros más cercanos, que braceaban desesperados por alejarse del epicentro del cono de aguas, pero fueron tragados por el mar.
.Algunos pasajeros habían logrado alejarse del yate y comenzaban a sentir el agotamiento y los temblores que preceden la muerte.
Isabel fue de las primeras en saltar con su hijo al mar y a duras penas logró sostenerse con la cria sobre las olas. Intentó buscar con la vista a Emiliano, pero había desaparecido. Entonces sucedió lo que le pareció un milagro. Frente a ella flotaba una goma de camión. No sabía de donde había salido. Suponía era de la embarcación. La agarró con una mano y de un empujón subió al niño encima de ella. Mientras respiraba para recuperarse, sintió un gemido de agonía entre las olas. Poco después pudo reconocer la cabeza de una anciana. Isabel le tendió la mano y la ayudó a sujetarse a la goma salvadora.
La anciana apenas pudo balbucear unas palabras de agradecimiento. Isabel observó que la goma arrastraba consigo un pedazo de cuerda y con ella aseguró a su niño, para que no se fuera a resbalar y caer al mar. Entonces miró a la anciana, pero estaba muerta. Trató de desprenderla de la goma, pero le faltaron fuerzas. Tampoco podía subirse sin provocar la zozobra de la improvisada balsa. Isabel comprendió que su historia podía escribirse con varios finales, pero se decidió por aquel en que una madre desesperada abandona a su hijo para que este pueda salvarse. Tal vez el amor de sus entrañas lograría perdonarla algún día por haberle puesto en riesgo su vida, pero comprendería que todo lo hizo pensando exclusivamente en hacerle un bien. Y sabía que Dios la perdonaba por lo mucho que había amado. No por gusto le mandó aquel milagro en forma de goma de camión. Como quiera que fuera, supo en el último minuto de su vida, que seguiría viviendo para siempre en la memoria de su hijo.
Y de un empujón se alejó de la goma mientras el niño la miraba sin pestañear.
FIN |