Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase
por entenderlas y desentrañarles
el sentido…
(El Quijote – M. de Cervantes)
Muy de mañana, con los primeros rayos de luz, sobre el asfalto frío de la ciudad, mis lentos pasos chapoteaban sobre los charcos que la tormenta de la noche anterior había ido dejando en las desiertas callejuelas. La ansiedad por la llegada de la madrugada había convertido la noche en un cruel y largo velatorio, sin que hubiera cadáver al que velar, pero la existencia de ÉL se me estaba haciendo insoportable, y su recuerdo me hizo estar en vela hasta la salida del sol, mientras mi mente daba vueltas y vueltas sin llegar a ninguna conclusión tranquilizadora.
Quería olvidarme de ÉL, pero no me era posible; ansiaba desterrarlo, pues se había convertido en parte de mi vida; deseaba matarlo, aunque presentía que hubiera sido mi propia muerte; solo una pregunta subsistía en mi mente: ¿Por qué?
Hacía ya unos meses que había comenzado la pesadilla. ÉL se interponía en mi camino y conseguía cambiar cualquier decisión que yo tomase: Si decidía ir hacia el otro lado del mundo, ÉL me llevaba por la vereda contraria; si quería amar, ÉL me obligaba a odiar; si sentía placer, ÉL procuraba que el dolor lo adormeciera. Y a pesar de todo no lo conocía, era una sombra sin sombras.
Al salir de casa había intentado de nuevo apartarlo de mi vida: Cerré en silencio la puerta, en un vano intento de dejarlo atrapado detrás de la gruesa madera, aunque no albergaba muchas esperanzas de conseguirlo con aquella simple acción, pues había demostrado una habilidad especial para escapar de cualquier encerrona, y para mi desgracia así fue una vez más, al instante lo sentí a mi lado, allí, como siempre intangible, invisible, pero concienzudamente dispuesto a ser el amo de mis actos.
Durante mis treinta años vividos nunca antes había notado su presencia.
Preocupado, dirigí mis pasos hasta el hospital psiquiátrico, temiendo que algún tipo de enfermedad o paranoia se hubiera apoderado de mí: <<Le puedo asegurar, doctor, que nunca, nunca he tenido una sensación igual. Esto es algo totalmente nuevo para mí, pero es tan real, aunque no lo parezca, que no puedo ni siquiera dormir…>>. Salí de la consulta aún peor de lo que había entrado: ¡No!. ¡no!, no era un simple producto de mi mente; ¡no!, yo lo sabía, sabía que existía, ÉL también había estado allí, incluso mientras estuve tumbado en el diván. Es cierto que no es visible, también es cierto que no se deja oír, pero yo lo siento, y mi vida y mis actos están siendo condicionados por ÉL. Me causó malestar observar cómo se empecinaba en convencerme de que todo era producto de mi mente, que debía de pensar que nada ni nadie podía condicionar mis actos: Para que habré venido a la consulta —me dije—, sólo me ha servido para dejarme unos Euros de mi escasa economía.
Por la tarde fui con Teresa, —mira que la deseaba—. Siempre me fue difícil hablar con ella; no me decidía a contarle mis sentimientos, pero, por fin, había encontrado el momento adecuado y el valor suficiente para decirle lo mucho que la quería, y juro que lo estaba haciendo, y hasta creo que me estaba saliendo bien por lo que se reflejaba en su cara: sus ojitos brillaban, su boca permanecía un tanto entreabierta, sus labios estaban ligeramente humedecidos, y una agradable sonrisa de aceptación se escapaba entre sus blancos dientes: sí, era mi sueño y estaba a punto de conseguir que se hiciera realidad; mas de pronto noté que algo me presionaba en la garganta y me hacía balbucear. Mis palabras empezaron a salir a trompicones de la boca, provocando un tartamudeo sonrojante. Todo el clima maravilloso que se había creado entre Teresa y yo se rompió en un instante, como si alguien hubiera golpeado y roto el imaginario y frágil espejo a través del que, al fin, se habían cruzado nuestras miradas. Ella se levantó, y entre sus labios nació una disculpa y un adiós: <<Lo siento, me tengo que marchar, nos vemos otro día, chao>>.
ÉL nuevamente, ÉL también había estado allí, lo sentía, juraría que noté su aliento a mis espaldas, incluso percibí un olor especial, y hasta me pareció ver una sombra que lo delataba.
Me decidí a hablarle, ya no me importaba que me consideraran un loco: ¡Qué más daba!, pero tenía que saber quien era, por qué vivía conmigo y dormía a mi lado, y por qué se interponía en mi vida: ÉL me debía una explicación.
Vi al camarero, detrás de la barra, que observaba con cara de incredulidad, al tiempo que se reía, sin un cortes disimulo, mientras me miraba. Supe al momento que aquellas carcajadas se debían al acalorado monólogo que yo estaba manteniendo en voz alta, y seguramente a gritos, con ÉL. Quise en ese instante estrangularle, (no al camarero, no, sino a ÉL), pues no sólo me estaba haciendo la vida imposible, sino que en ocasiones como esta me hacía pasar por loco. Dejé unas monedas sobre la mesa, y salí apresuradamente para evitar en lo posible la vergüenza de sentirme el hazmerreír, no solo del camarero, sino de los clientes que se encontraban en el bar.
(Mas, a veces, lo ridículo se convierte en el impulso definitivo de todo hecho trascendente, y así lo pensé y lo hice)
Correteé por las calles intentando despistarlo; me mezclé entre la multitud buscando perderle; me introduje en unos grandes almacenes saliendo con premura por las puertas contrarias, en un intento más para esquivarlo, pero a pesar de todos mis esfuerzos su aliento seguía pegado a mi cogote, y su olor se mezclaba con el mío. Grite: <<¡Déjame en paz!>>, pero lo único que conseguí fue que un numeroso grupo de gente se parara, en su anónimo caminar, durante unos interminables segundos para fijarse burlonamente en mí. Me dirigí hasta el final de un pequeño parque situado entre una encrucijada de calles, que por su aspecto parecía olvidado no solo del responsable municipal sino hasta del mismo Dios. Abatido, humillado y derrotado por aquel ser sin sombra, pero tan verdadero como los árboles que me rodeaban, me recosté en un banco, sucio y destartalado como el resto del parque. Escondí mi cabeza entre mis manos y, con ansiedad, pregunté al aire por ver si a través del aire ÉL me contestaba: <<¿Dime si existes? ¿Y si existes, dime quien eres? ¿Y si eres, dime que quieres de mí?>>. Cerré con fuerza los ojos, apreté los dientes y sellé la boca con mis labios. Un sopor somnoliento se apoderó de mí, y dejé que mi alma volara libremente más allá de las blancas nubes para olvidarlo, aunque fuera solo por unos momentos, pero ÉL se apoderó de mis sueños, y mis sueños fueron también suyos y los gobernó y ordenó a su antojo. Pataleé con fuerza, y mis brazos, cual locos molinos de viento, se agitaron en el aire en un inútil intento de apartarlo de mis sueños. Desperté súbitamente, y abrí los ojos con la esperanza de verlo, pero delante de mí solo había un grupo de chiquillos que divertidos se reían de mis aspavientos y pataleos lanzados al aire contra la nada.
Sentí vergüenza y le odié como no he odiado nunca a nadie. Mas de pronto oí cómo se reía: ¡Sí!, ¡se reía!, ¡era ÉL! Por primera vez percibí algo real de aquella sombra sin sombra. Las sensaciones se habían convertido, o eso al menos me pareció a mí, en algo cierto: ¿Pero acaso los demás habían oído también aquellas risas profundas, como salidas del mismo infierno, o tal vez...? Miré al grupo de niños que momentos antes se mofaban de mí y pude apreciar sus risas congeladas entre los labios, y en sus caras el color del miedo —el miedo a lo desconocido—. ¡Sí!, al fin le había descubierto; ÉL empezaba a tener presencia física, y pensé que era mi oportunidad para poder deshacerme de ÉL.
Me alejé con rapidez del parque: ÉL me siguió, pude sentir su respiración sobre mi nuca.
Dando un rodeo atravesé un extenso terreno deshabitado para volver a la casa: ÉL se pegó a mi cuerpo, y bajo el sol de la tarde vi por primera vez su sombra, una sombra que se proyectaba en el suelo contraria a la mía y que delataba su presencia.
Cada vez era más real, el paso del tiempo lo iba dando forma: primero fue el sonido de su risa, después aquella silueta grisácea que se arrastraba por el suelo contraria a los rayos del sol.
Instintivamente, y con un brusco movimiento de mis brazos, golpeé allí donde supuse que se hallaba: con sorpresa, oí un quejido: ¡Sí!, ÉL era real, aunque aún mis ojos no lo pudieran percibir.
Aceleré mi caminar hasta llegar a la casa: ÉL siguió mis pasos rápidos.
Yo jadeaba por el esfuerzo: ÉL dejaba escapar algunos sonidos guturales que lo delataban.
Estaba allí, los sentía a mi lado, notaba su presencia física, y pensé que era el momento para apartarlo de mi vida.
Entré en la casa; me dirigí al fondo del pasillo; abrí la puerta del pequeño cuarto trastero —oscuro, húmedo y sin ninguna salida al exterior— e hice un amago engañoso de entrar en la pequeña habitación. Noté un escalofrío que recorría mi piel cuando ÉL se arrojó con celeridad al interior para no perderme, cayendo en la trampa: cometió su primer y gran error. Cerré con rapidez y eché la llave con doble vuelta. Unos golpes secos se oyeron detrás de la puerta, y unos lastimeros gemidos traspasaron la dura madera. Por un momento sentí compasión, y estuve tentado de abrir. ÉL suplicaba e invocaba a mi curiosidad desde su oscura prisión. Decidí no saber qué o quién era, y tiré la llave para que se perdiera entre el tumulto de la calle.
Me refugié en un rincón del salón, y sentado en un viejo sillón esperé la nueva noche. Cuando las sombras ennegrecieron los colores de las paredes abandoné la casa y volví a caminar con pasos lentos sobre el oscuro y seco asfalto para que mi espíritu se tranquilizara.
El cielo estaba descubierto, y las nubes lluviosas de la noche anterior habían desaparecido. No había cruzado más de cuatro calles cuando sentí un gélido frío que atravesó mi piel, a pesar de que la noche era templada, pero seguí caminando lentamente sin mirar a ninguna parte. De pronto, me pareció oír unos pasos a mis espaldas: no los hice caso. No pasó mucho tiempo cuando de nuevo aquel ruido traspasó mis oídos: parecían pasos chapoteando sobre el agua. Quise olvidarme de ellos, porque el asfalto estaba seco y no quería obsesionarme con algo que contrariaba la realidad de lo que mis ojos veían. Aceleré el paso y busqué perderme entre las callejuelas para alejar de mi aquel sonido de charcos pisados pero...
Doctor, he pasado toda la noche deambulando por calles secas, seguido por unos pasos que aplastan el agua que no veo, y sin poder volver a la casa porque sé que ÉL está allí encerrado. Tal vez me vuelva usted a decir que todo es imaginario, pero le aseguro que ELLOS son reales. Créame, Doctor.
Por favor, ayúdeme a saber quienes son para librarme de su presencia. |