Su corazoncito fláccido no pudo soportarlo, por eso se le reventó ahí mismo, y se le vio toser, cubriendo con su mano como si fuera un pañuelo, el trocito de materia carnosa que luego escupió con disimulo. De fondo una perreta que fatigaba el aire, con acordes que emergían de la grabadora prebíblica acomodada por el mozo del bar, entre los rones y las latas de refresco. Ella no había nacido para esa vida, su voz arremetió contra mí con toda la fuerza que le era posible reunir a alguien con un corazón reventado, mientras continuaba tosiendo y mirando de reojo por la hendija que se abría detrás de la puerta de salida. En el mantel lleno de costra tracé una figura circular casi perfecta, con el énfasis de mi índice creé algo parecido a un centro gravitatorio. Ella me volvió a mirar como se miran las cosas en desuso, y vomitó otro pedazo de su corazón muerto.
Las cortinas ocres y el fuego que se desprendía de la cocina, las jergas s de los hombres rudos, tarro de cerveza en mano, el tenso cordón que nos aislaba a ella y a mí de todo aquel ambiente de risotadas y broncas. Su blusa acordonándose con dos tiras justo en el nacimiento de sus pechos, que jamás darían leche, agarrada a los hombros como si estuviera a punto de resbalarse, sus dedos repasando un círculo medio esotérico encima de la mesa y yo empinándome de una jarra para beber sin calcular y tomar valor. Tomar valor, sí, habría que ser más precipitado, me había dicho antes de encasquetarme las botas y salir para a villa, habría que llegar y vencer las miradas dobles de todos aquellos que ya sabían, sentarse con ella como si nada y beber, cada trago a la espera, a la zozobra de que en cualquier momento llegara el caballo rojo, y entonces se me desgraciara la vida de una vez y por todas. Ella lo sabía también, pero no lo mencionó, ni siquiera parecía nerviosa, su talante de mujercita taimada no había cambiado, nada en ella perturbaba la cadencia del aire caldeado del mesón.
No, me volvió a sugerir con la vista y yo queriendo no ver aquello, queriéndolo tanto que llamé al mozo y le pedí lo habitual, comida de tugurio, un salaíto y algo refrescante socio, ah, y me pones dos vasitos plásticos, que a ella le gusta ligar el ron. A cada rato esa tos providencial, ese comportamiento tísico que siempre terminaba con la expulsión solapada de un pedazo de víscera. La música prodigiosa seguía llenando aquel lugar del infierno y ella simulando, deshaciendo una y otra vez el círculo mágico trazado solo para ella en el infinito espacio del mantel cochino del bar.
Detrás de los barriles de vino, en la pared de tablas dispares se abría un boquete, allí la vista de ella se concentraba como embobada, como si en ese punto alguien le hubiera ordenado vigilar, porque alguien hubiera podido hacerlo, y ese alguien podía ser el mismo que años atrás entraba en la cárcel de reclusos de la capital, por matón y por haber robado la mujer de don Pedro de Álvarez Urrutia, el dueño de la hacienda donde yo trabajaba de peón. Hace unos días andaba el comentario por ahí de que estaba suelto. Ella como si nada con su mismo sudor de hembra señera, sus gestos abiertos a la salvación o a la ruina, al milagro o al castigo, y mostrando solo o que los ojos podían ver. Dos o tres partidas de dados y ya el mesón era un revuelo donde casi no se escuchaba si no se gritaba fuerte, la embriaguez ya me entumecía los ojos con esa cascada de imágenes. Ella me tomó de las manos y me sacó del asiento, un dúo de guachos había comenzado a demoler las cuerdas de una guitarra.
Desde el recibidor donde el mozo acogía a los clientes mandándolos sin mucho prólogo a las mesas vacías, me hizo señas para que fuera, y yo poniendo cara de asombro y caminando hacia donde él estaba. Entonces ella comenzó a inquietarse, comenzó a poner caritas de desmayo, de me quiero ir ya y escupiendo su corazón cada vez que abría la boca. El mozo me entregó personalmente el plato con dulce, yo pensé en la moda francesa y toda esa mierda que me habían hablado los amigos, pensé en el anillo escondido dentro de aquella melaza sucia que pretendía ser algún tipo de mermelada, todo estaba perdiendo su sentido. Volví a la mesa mitad valiente mitad arrepentido. Ella estaba pálida, tanto me rogaba con los ojos que no lo hiciera que lo dudé bastante tiempo. Después le puse el dulce delante, lo probó, y su corazoncito fláccido no pudo soportarlo.
Con frecuencia se miraba el dedo, donde todavía llevaba la alianza que le diera el difunto Don Pedro, y era de color oro pálido, oro de poca valía, de poco recuerdo. Borracho me mecía en sus hombros desnudos, al compás de la melancólica tonada de los guachos, ni esa ni ninguna otra noche volvería a cagarme de miedo, el hechizo de la cerveza circulaba por todo mi cuerpo y terminaba en mi nariz, mi nariz apoyada en su pelo suelto, aspirándola fuerte. Lo pude ver en su cara de gata innoble y seductora, en el reflejo de sus ojos profundos y traidores, en el umbral de la puerta del mesón había aparecido el caballo rojo, todos se dispersaron hasta que quedamos frente a frente, ella radiaba de algo parecido a la alegría mientras cerraba por dentro las puertas viejas del mesón.
Dos horas después que ella se marchó, como si yo se lo hubiera pedido, el mozo fue y me llevó un doble, luego cambió la música por otra más patética aún, yo me juré que no iba a llorar más con esas cosas, así que saqué un papel y me puse a escribir.
Se esconden aquí, y no se mueven hasta que los llame, el hombre es peligroso y seguro que ella lo va a ayudar, la paga, como ya les dije, es buena, palabra. Los dos matones se tendieron detrás del portón que daba al acopio del mesón, allí por una hendija vigilarían bien. Tiempo después aparecería el caballo rojo, imaginé que el primer disparo lo atravesaría por el lomo duro, el otro, por la cabeza. La cara de ella pasaría del dolor a la confusión y luego al más profundo orgullo. El caballo rojo dejaría de existir, o mejor aún, yo sería el nuevo caballo rojo.
Guardé la pluma y el montón de hojas amarillentas, algún día llegaría a escribir una historia verdaderamente buena, con ella me ganaría unos aplausos y un buen garrafón de vino. Las velas se estaban consumiendo, ya no quedaba nadie excepto un dúo de guitarreros que entonaban canciones de la corte. En el piso, en medio de la inmundicia de una noche completa en un mesón de mala muerte, encontré un anillo. Lo miré no sin algo de desconfianza (siempre desconfiaba de todo), lo mordí, bien valdría unas monedas, o un trozo de carne. A pesar de todo esa noche estaba de suerte. De una patada tumbé la mesa donde estaba mi manuscrito, la poca tinta me manchó los pantalones. El día comenzaba, salí de aquella porquería de mesón para pedir en algún Lado un buen desayuno, era un hombre nuevo, todos los días era un hombre nuevo. |