Jacinto y yo decidimos poner en funciones un centro de salud, que ofreciera medicinas y tratamientos alternativos a la medicina (1) alópata; en una casona que hace más de doscientos años fuera parte de una hacienda y que la gran ciudad engulló con el paso del tiempo.
Muchos arreglos tuvieron que ser hechos, previo a la instalación de los consultorios; así que, durante un par de semanas, hubo trabajadores resanando y pintando paredes, arreglando la instalación eléctrica y de fontanería.
- (2) “Señito” -gritó un albañil desde lo alto de un andamio-, fíjese que se terminó la arena y todavía falta reparar la pared del fondo del cuartito aquel –dijo señalando el piso de arriba.
-¿Y cuánto más necesita?
-Yo le calculo que un costal más, “señito”- afirmó rascándose la cabeza.
-De acuerdo, ¿puede ir de una vez a conseguirlo?
-Sí, “señito” –respondió bajando del andamio-. Por cierto, su hijo la anda buscando.
-¿Hijo? ¿Cuál hijo? Yo no tengo hij...
El hombre no escuchó lo que dije porque ya estaba lejos de mí. No le di importancia al asunto pensando en que tal vez algún niño había jugado en el lugar y se había perdido.
Miré hacia la pequeña ventana y de pronto sentí curiosidad por ir a ver cómo estaba quedando aquella habitación.
Para llegar a ella, había que subir por una escalera que se encontraba en un cuarto que, según la dueña de la casa, había sido la gran alacena de la cocina.
Caminé por esa escalera de bloques de barro desgastados hasta el piso superior en donde se encontraba una zotehuela y, usando la escalera de madera que los trabajadores habían dejado, subí hasta la pequeña puerta de metal que resguardaba aquel cuartito.
-¿Por qué poner una puerta tan arriba? -pensé ante lo absurdo que era tener que llegar hasta allá de forma tan complicada.
Abrí la puerta y crucé el umbral. Todavía no me quedaban claros los motivos de Jacinto para restaurar ese cuartito tan inaccesible.
El techo apenas estaba a un metro y medio del suelo y no medía más de metro y medio de ancho. Eso sí, de largo tenía algo así como tres metros y una pequeña ventana del lado derecho, misma que daba al patio central de la casa.
Era frío, húmedo y oscuro; definitivamente, olía a soledad.
-¡Raquel! ¡Raquel! –escuché la voz de Jacinto llamarme desde el patio.
-Aquí estoy –respondí asomándome por la ventana, ondeando una mano.
-¿Qué haces allá arriba?
-Subí a ver cómo van los arreglos de esta habitación.
Sólo unos minutos le tomó a Jacinto llegar hasta donde yo me encontraba.
-¿Y cómo está quedando? –cuestionó curioseando.
-Bien. Pero, ¿para qué quieres usar este cuartito? Es demasiado pequeño para ser un consultorio.
-Precisamente, como no es un lugar muy accesible, pienso usarlo como bodega.
-¿No te preocupa la humedad?
-No en realidad, verás… –me dijo llevándome al fondo de la habitación, cuidando que mi cabeza estuviera siempre baja para evitar rasparme con el techo-. Cuando esta finca estaba habitada, este lugar funcionaba como gallinero. Por eso está encima de la cocina.
-¿Pero no te parece extraño tener un gallinero tan alto?
-No –dijo emocionado, dirigiéndose a la pequeña puerta-. Además, cuando instalen la escalera de caracol, ya no será tan inaccesible.
Unos días más tarde, inauguramos el centro de salud haciendo un recorrido por las renovadas habitaciones, ahora consultorios. Al terminar, nos dirigimos todos al patio principal, donde instalamos una mesa con canapés y un servicio de vino blanco y tinto.
El lugar se veía radiante con sus paredes recién pintadas de color beige. Las puertas de los consultorios blancas contrastaban bellamente con el verdor de las plantas colocadas en grandes macetones. Al centro del gran patio, una hermosa fuente cantarina amenizaba con su dulce voz la celebración que llevábamos a cabo aquella tarde, casi noche.
Las felicitaciones y parabienes fueron la constante. Todos coincidían en lo maravilloso que resultaba haber conseguido esa casa tan antigua y tan señorial.
-Seguramente les irá de maravilla –dijo María con una gran sonrisa-. Este lugar es hermoso y se respira una paz difícil de encontrar en lugar alguno dentro de la misma ciudad.
-Mientras no se acerquen a ese cuarto –comentó Clara mirando de reojo hacia la bodega antes de dar un sorbo a su bebida.
-¿Por qué no? – pregunté consternada ante su actitud.
-Pues, porque ahí habita el espíritu de un niño que hace muchos años…
-¡Ash! ¿Ya vas a empezar con tus cosas, Clara? – interrumpió Martha, la dueña de la casa y nuestra casera.
-No son “mis cosas” –afirmó Clara con evidente molestia ante la interrupción-. He vivido muchos años en la casa de enfrente y tus anteriores inquilinos han dicho cosas…
-¡Que no son ciertas! –interrumpió Martha de nueva cuenta.
-¿Qué cosas? –volví a cuestionar, más preocupada todavía por la postura de Martha.
-Cosas que no son ciertas, querida. Vamos Clara, acompáñame por otro vaso de vino –ordenó mi casera tomando a Clara por un brazo dándonos una sonrisilla de fastidio.
María y yo nos miramos extrañadas ante lo que acababa de ocurrir. El que se haya mencionado a un niño me llenó de inquietud al recordar al trabajador, que días antes me había hablado de un pequeño que buscaba a su madre. En ese instante un viento helado se cruzó entre nosotras dejando a su paso un perturbador escalofrío recorriéndome la piel.
-No vas a creer en lo que Clara dice, ¿verdad? –me confortó mi hermana tirándome un brazo por la espalda.
-No, claro que no –dije, tratando de aparentar una calma que ya estaba lejos de sentir.
Los siguientes días traté de no pensar en el asunto, pero no pude evitar sentir desasosiego siempre que pasaba por el patio y echaba una mirada hacia la ventana de la pequeña bodega.
-La mente es poderosa y suele jugar malas pasadas –dijo Jacinto al encontrarme en el patio.
-¿De qué hablas?
-Estás sugestionada por la historia del niño, ¿no es verdad?
-¿Cómo sabes eso?
-Clara me contó todo el otro día.
-¿Te habló del niño, que según ella, vivió allá arriba?
-Sí. Me contó la tragedia de la familia.
-Entonces, ¿es cierto lo del niño?
-Si es cierto o no, no lo sé. Lo único que sé es lo que ella me dijo. -Comenzó a relatar sentándose en una orilla de la fuente-. Parece ser que uno de los hijos de la familia, quienes eran dueños de esta hacienda, abusaba sexualmente de una de sus hermanas. Como era de esperarse, la chica salió embarazada y los padres, al no saber qué hacer y al mismo tiempo querer ocultar el (3) estupro, decidieron confinar al fruto de aquel pecado en ese cuarto que se usaba como gallinero.
-¡Qué horrible! –expresé con horror al imaginar el destino de una pequeña criatura que no tenía culpa alguna y que no podía hacer nada para evitar tan cruel situación.
-Sinceramente, yo no creo que sea cierto. La gente tiene mucha imaginación y más cuando no había televisión.
Jacinto tenía razón. Si aquello era una terrible verdad, ya estaba muy lejos en el pasado como para hacer algo al respecto y si se trataba de un cuento, era producto de una mente sumamente enferma. Definitivamente, no valía la pena seguir sufriendo por ello.
Una tarde, Jacinto salió temprano para ir a recoger algunos medicamentos, que no había sido posible que el laboratorio nos enviara por problemas con el repartidor. Yo me quedé atendiendo a mis pacientes y a los suyos; cuando de pronto, el cielo se pintó de gris, augurando lluvia que era probable se tornara en gran tormenta.
Minutos más tarde, las primeras gotas comenzaron a caer sobre el suelo de barro del patio central y los tres últimos pacientes mejor optaron por retirarse a sus casas, prometiendo regresar otro día.
Don Miguel fue el único que quiso esperar y tan pronto como cerré la puerta principal al despedir a los otros pacientes, regresé a su lado para atenderlo.
-¿Cómo se ha sentido, don Miguel?
-Muy bien, Raquelita, pero fíjese que se me ha terminado la medicina.
-No se preocupe que ahora mismo le preparo un nuevo frasco.
Me dirigí al gabinete, donde guardaba los medicamentos, para buscar aquél que tenía los medicamentos, los cuales utilizaría para recetar a mi anciano paciente, en ese momento advertí que uno de ellos se había terminado.
-Don Miguel, ya se me terminó uno de los medicamentos.
-¡No me diga eso, Raquelita! –expresó el hombre decepcionado e inquieto por lo fuerte de la tormenta que ya se desataba en el exterior.
-No se preocupe, don Miguel –traté de calmarlo-. Voy a la bodega para ver si ahí queda algún otro frasco. Si no, esperaremos a Jacinto, que ya no debe tardar en llegar con las medicinas que nos resurtió el laboratorio.
-Está bien, Raquelita.
-No me tardo.
Salí del consultorio usando la puerta lateral de la habitación. Estas viejas casonas se construían con una puerta al frente para salir al patio y otra en el costado para pasar a otra habitación, sin salir de la estructura principal. En pocos pasos, ya me encontraba en la cocina, con rumbo al piso de arriba.
Jacinto había mandado instalar un pequeño tejado en la zotehuela, que se encontraba entre la escalera que venía de la alacena y la escalera de caracol, y que ahora permitía tener fácil acceso a la bodega, así que no me mojé; sin embargo, el espectáculo que el cielo me ofrecía distrajo mi atención por breves instantes.
Me gustan los días de lluvia y creo que se debe a ese delicioso aroma que despide la tierra cuando se ha mojado, al maravilloso espectáculo que ofrece el cielo lleno de nubes grises cargadas de agua; mientras que a lo lejos, el sol lucha por colar sus tímidos rayos a través de éstas, y a la intimidante forma en la que la electricidad cae en la tierra, haciendo cimbrar todo a su alrededor.
¿Podría algún día dejar de amar los días de lluvia?
Un estruendo me sacó del trance en el que había caído y recordé que don Miguel se encontraba esperando por su medicamento, así que seguí adelante proponiéndome no distraerme más.
Entré a la bodega, encendí la luz y me di a la tarea de buscar el frasco que necesitaba. Afuera la lluvia arreciaba y antes de que pudiera encontrar nada, un rayo cayó y con él, la electricidad se fue.
-¡Genial! –dije decepcionada por el hecho- Ahora, ¿cómo diablos voy a encontrar la medicina que voy a darle a don Miguel?
Otro rayo cayó iluminando la bodega y pensé que su luz sería suficiente para iluminar mi camino; pero en cambio fue suficiente para iluminar lo que me pareció la silueta de un niño, pálido, sin duda de aspecto lúgubre.
Apreté los ojos tratando de convencerme de que aquello era producto de mi imaginación, que los fantasmas no existen y que sólo sirven para dar emoción a las noches de campamento junto a una fogata.
Abrí los ojos sintiendo cada vez más fuerte mi ansiedad. En vano traté de calmarme y cuando otro rayo cayó, la habitación se iluminó de nueva cuenta para demostrarme que estaba en completa soledad.
Saqué el cajón completo de la gaveta y me arrastré por el suelo hasta la puerta, con la intención de salir de ahí sin mayor demora; cuando al abrir la puerta, el viento que afuera soplaba, trajo a mis oídos una voz de ultratumba que hizo que mis piernas flaquearan impidiendo que me levantara: “Mamá”.
Asustada como estaba, miré detrás esperando comprobar que todo era producto de mi, en ese momento, fértil imaginación, cuando de nueva cuenta lo vi, era él: un pequeño que desde el fondo de la bodega estiraba sus bracitos implorando un poco de cariño.
Crucé la puerta echándome hacia atrás, justo cuando el inclemente viento la azotó, separándome inmediatamente del horror recién vivido.
Desesperada por huir de aquella bodega, traté de levantarme pero no pude: algo sujetaba mi falda y yo horrorizada grité por auxilio.
Pidiendo clemencia jalé mi falda sin siquiera mirar, temerosa de que quien me sujetara no fuera otro que el pequeño niño.
Cuando por fin la tela cedió a la fuerza con la que era jalada, el impulso me arrojó sin piedad escalera abajo por la estructura de metal. Cerré los ojos y traté de rezar.
No estoy segura de qué fue lo que pasó después. Todo estaba oscuro y a pesar de que escuchaba con gran fuerza la lluvia caer, mi cuerpo ya no fue capaz de sentirla sobre mi piel.
Lo que sí pude sentir, fue una manita recorrer mi rostro mientras una vocecilla quedamente decía:
-No tengas miedo, mamita, yo voy a cuidar de ti.
FIN.
Glosario.
(1) Alópata: Medicina que profesa la alopatía. Alopatía: Sistema terapéutico por antídotos, opuesto a la homeopatía.
(2) Señito: Forma para dirigirse a una mujer en lugar de llamarla señorita. Generalmente es utilizada por personas con poca educación.
(3) Estupro: Violación de una mujer virgen. |