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En la parte de atrás
Participante 37 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 17 puntos (VOTAR)
El viejo dependiente de la gasolinera miraba asombrado y aterrorizado el caño de la escopeta que le apuntaba directamente a la cabeza. Sus manos temblorosas tanteaban la caja en busca del dinero mientras plañideramente se preguntaba si no serían esos sus
El viejo dependiente de la gasolinera miraba asombrado y aterrorizado el caño de la escopeta que le apuntaba directamente a la cabeza. Sus manos temblorosas tanteaban la caja en busca del dinero mientras plañideramente se preguntaba si no serían esos sus últimos momentos de vida.
—¡Ahí viejo, ponlo todo en la bolsita! —decía el atracador con cierto deje de broma.
Cuando el viejo hubo hecho lo ordenado el tipo con pasamontañas le escupió a la cara y le golpeó vehemente con la culata del arma en la cabeza. En principio el mundo se difuminó y comenzó a dar vueltas, a perder color y nitidez. Luego sintió que había caído pero no así el dolor que esto le produjo. Después vio la sonrisa del atracador y pensó que iba a desmayarse.
No fue así, se despejó cuando oyó el ruido le las campanillas de la puerta y las carcajadas del ladrón y corrió torpemente, palpándose la frente, a por la pistola que guardaba en la oficina.
Cinco minutos antes, el atracador había permanecido en el asiento delantero de su coche. Reflexionando sobre su vida.
Odiaba la mayoría de películas. No entendía por qué siempre tenía que ganar el bueno. En la vida real esto no siempre era así. Desde pequeño tuvo muy claro que el cine era pura mentira, decidió a muy temprana edad que sería director de cine y mostraría a la gente la verdad. Que el malo no era tan tonto como para coger un caballo cojo en una persecución o para acercarse al bueno y cometer un error en última instancia, cuando ya lo tiene acorralado.
Los malos eran despiertos.
Muchos años después, ya dejada atrás su tierna infancia, sabía que nunca sería director de cine. A decir verdad, nunca sería nada. Dejó los estudios en el instituto y allí se quedaron, como le gustaba a él bromear. Pero le complacía pensar algo, que por lo menos había logrado ser superior a los demás, más ágil mentalmente
Y demostrar que los malos no son estúpidos.
En el instituto había sido el más temido, pocos osaban siquiera cruzar una mirada con él, sabían que eso sería fatal. Maltrató a decenas de empollones gafotas, robó y extorsionó cual gangster y se tiró a cualquier chica que se bajase las bragas para él, incluida una joven profesora que se volvió medio loca. Tuvo que dejarla en ridículo delante de sus colegas profesores para desembarazarse de ella.
A sus veinticinco años ya había estado en la cárcel dos veces. Una por robo a mano armada – y bien armada- y otro por dar una paliza a un policía que le estaba poniendo una multa por mal aparcamiento. Había también traficado con drogas, pastillas y coca principalmente, dando a los pardillos gato por liebre, riéndose de ellos y propinándoles una paliza por novatos cuando venían a reclamar. Iba al fútbol con una pandilla de ultras, pero lógicamente no por su amor al deporte. Recordó con cariño la paliza que le habían dado él y Carl a un pijo cuando éste corría hacia su coche, un BMW azul, después de un partido como lo haría un conejo asustado ante un perro de caza.
—¡Tío, le he roto la nariz! —reía Carl cuando lanzó al joven contra las llantas de su propio coche—. ¡Joder, he oído como crujía su puta nariz!
Su última mala acción había sido dejar embarazada a Sally, la chica de diecisiete años del vecino y luego mandarla a la mierda. Sin duda, esto le acarrearía problemas pues la niña tenía cinco hermanos y cada cual con más antecedentes penales. Sin contar con los de su psicópata padre.
Aún así, no tenía miedo.
Sentado al frente de su viejo y destartalado coche, un Buick 8 rojo de los años sesenta, con bandas blancas a ambos lados, y viendo como el sol ya no era más que una sonrisa luminosa dibujada en el horizonte recordaba todo eso con cariño.
Era el pequeño homenaje que se daba cuando iba a trabajar.

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Cinco minutos más tarde, según su reloj, salía de la tienda de la gasolinera a todo trapo en dirección al coche, le encantaba ser tan rápido. En su bolsa negra había echado más de mil dólares, también dvd’s pornográficos y por supuesto, su cena.
Abrió el coche, entró y arrojó la bolsa al asiento del acompañante junto con el pasamontañas.
Fue entonces cuando lo percibió. Primero el olor a embriagador perfume caro y después el fugaz destello de un arma blanca que situaba el filo en su cuello y apretaba levemente, lo que le indujo a pensar que no estaba solo en el coche.
— ¿Eres muy malo? —preguntó infantilmente quién fuese la que estuviera en la parte de atrás. Su voz sonaba cálida y sensual.
Fuera, el viejo al que Bob había golpeado con la escopeta, salía renqueante, empuñando una pistola con manos temblorosas. El atracador miró hacia atrás antes de responder pero la penumbra no le permitió ver más que la oscura y femenina silueta de su compañera de viaje.
—¿Quién cojones eres?— intentó que su voz sonara firme y lo consiguió.
Una bala impactó justo en la cerradura del maletero y provocó que éste se abriera con violencia. Se oyó otro disparo pero el proyectil no impactó en el coche.
—Creo que tu amigo no tiene intención de dialogar mucho. Arranca, quiero que hagamos un viajecito.
La voz de la mujer, tranquila, dejaba en el aire una vaga sensación extraña, casi carente de matices.
El coche arrancó y seguido por una ráfaga de disparos salió por la Nacional- 56 en dirección Bangor. Bob echó de nuevo una ojeada hacia atrás, maldijo la carretera y al sistema por carecer ésta de alumbrado y no poder identificar a la mujer de atrás mediante el espejo retrovisor.
— ¿Eres familia de Sally?
La extraña chasqueó los labios.
—No, Bob. No lo soy.
¿Bob? ¿Le había llamado por su nombre de pila? La idea no le gustó nada. Sin duda, no había ido a parar a la parte de atrás de su coche por casualidad. El filo del arma se le clavaba en el cuello con punzante dolor.
— ¿No puedes bajar ese jodido cuchillo?
—No, Bob, la gente desesperada es capaz de hacer cualquier cosa. Además, no es un cuchillo.
La verdad es, que a la poca luz del cuadro de mandos y por el espejo retrovisor, sólo veía una extraña curvatura oscura que acababa en su cuello, llegó a pensar que podía ser un garfio.
—¿Es esto un ajuste de cuentas? ¿Te debo dinero, coca tal vez?
—De nuevo, no. Me gustan los efectos que produce la droga en la gente, o presenciar ajustes de cuentas, pero no, no es éste el caso.
Bob miraba la carretera, era inútil mirar hacia atrás. La oscuridad no le permitía ver nada, estaba concentrado en averiguar la identidad de su atacante.
— ¿Entonces quién cojones eres?
—Mi identidad la dejaremos para más tarde, quizá.
— ¿Eres una puta justiciera entonces, o qué? —insistió.
La desconocida rió en la parte de atrás. Su movimiento provocaba que el filo de su arma se clavase levemente en su carne y luego saliera provocándole un intenso dolor.
—Tampoco soy una justiciera, Bob. Eso sí, me gusta cada cosa en su sitio. No me gustan las medias tintas y creo que tú te vendes por lo que no eres.
— ¿A qué coño te refieres, loca?
—Está bien, te lo diré. Pero antes pon música. Será más divertido. —Esta afirmación la acompañó de un nuevo pinchazo en el cuello. Sintió la sangre brotar de la herida.
Hizo lo ordenado. En la radio comenzaron a sonar los Beach Boys.
— Uhhh —aulló—, me encantan estos tipos. Marcaron una época, querido.
Bob permaneció en silencio.
—He oído que eres un chico malo, Bob.
— ¿Y?
—Que no creo que sea verdad. Tú ni siquiera sabes el verdadero significado de lo que es ser malvado.
— ¿Qué sabrás tú, puta loca?
De nuevo risas. Al parecer a la extraña no le importaba ser insultada.
—¿De verdad crees que por pegar a chicos en el instituto, robar, traficar, extorsionar o tirarte a unas cuantas estúpidas adolescentes eres malo?
— ¿Cómo coño sabes todo eso? —El asunto se ponía serio. Pensó que pudiera ser policía. Estaba demasiado informada.
— Como lo sepa es lo de menos. Lo importante, lo verdaderamente importante es la verdad. ¿Te consideras malo?
De nuevo un pinchazo.
La ira acudió rauda a su mente. Estaba cabreado, ¿qué coño se creía esa demente? Había forzado su coche, le estaba pinchando con una navaja o algo parecido y encima pretendía burlarse de él. No pudo aguantar más.
— ¡Escucha esto, maldita zorra! —gritó mirando hacia atrás por el espejo, hacia donde surgía la voz, la pregunta le parecía irritablemente pueril—. Sí, soy malo, como tú dices y me estás tocando demasiado los cojones. Si tienes lo que hay que tener clava esa mierda de navaja, sino voy a parar este coche y patearte tu puto culo. Claro que eso será después de que te eche el jodido polvo que andas buscando.
Hizo amago de apartarse al arcén cuando sintió clavarse el arma encima de su hombro derecho. El dolor le recorrió el cuerpo casi a la velocidad de un buen calambrazo. Sintió como la sangre brotaba de la nueva herida, estaba caliente y le empapaba la espalda. Gritó.
— ¡Vamos, Bob! Eres un quejica. Los malos no chillan como mariconas. En realidad, no chillan.
—Puta cabrona...—dijo lastimeramente. Tenía miedo pero también rabia. Ganas de matar.
—Veamos, te daré una nueva oportunidad para que demuestres que eres malo. Coge tu escopeta.
Bob obedeció de nuevo, el arma no se separó ni un milímetro de su cuello.
—Ve más despacio. Llegamos a un pueblo.
Era cierto. Entraban en El Caído, una pequeña aldea casi carente de habitantes. Allí no encontraría ayuda.
—Si miras hacia atrás me veré obligado a hacerte mucho daño —dijo al ver las luces anaranjadas del pueblo—. ¿Ves a aquel caballero que sale de la fonda?
Lo veía, lo tenía unos metros por delante y a su izquierda. Era un tipo bajo, rechoncho, con sombrero de ala y gabardina azules. Agarraba un maletín y comenzaba a caminar por la acera.
—Quiero que saques la escopeta y le vueles la cabeza.
— ¿Cómo? —preguntó con voz temblorosa. Nunca había matado a nadie. Se decía a sí mismo que el día que tuviera que hacerlo para salvar su integridad física lo haría pero no se había dado el caso. Hasta ahora.
Sintió la voz refulgir desde los asientos de atrás. La navaja rasgó un poco su piel y se introdujo levemente, unos centímetros. Aún así el dolor fue insoportable
Agarró la escopeta y disparó al hombre. Erró el tiro, no le dio en la cabeza, le voló el cuello. Vio como su cabeza se ladeaba de una forma imposible teniendo pescuezo. Luego, por instinto, apretó el acelerador a tope y aguantó como pudo las arcadas que amenazaban con ganar la partida. Desde el espejo retrovisor pudo ver el cuerpo caído y una gran mancha oscura en la pared.
— ¡Muy bien! ¡Bien! —Reía la mujer—. Empiezas a parecerme malo. Uhhh, vaya, creo que tenemos ante nosotros a un chico muy, pero que muy malo. Empiezas a ponerme cachonda.
Las irónicas palabras anunciando continuidad a tales actos le alertaron. Sintió, en el lado izquierdo de su pantalón como una mano se deslizaba hasta sus partes e intentaban juguetear con su miembro.
— ¿Cuándo terminará este juego? —preguntó Bob nervioso, con voz débil, lastimera.
— ¿Lloras, Bob? No me lo puedo creer.
Sentía poco a poco la dureza de su pene. No sabía por qué, pero todo esto le excitaba.
—No estoy llorando, zorra.-Dijo reuniendo retazos de su dignidad y porte.
—Ah, está bien. Respondiendo a tu anterior pregunta puedo decirte que la partida acabará ya mismo…ya mismo. Sólo necesito una prueba más para convencerme.
—No voy a matar a nadie más.
— ¿No? Yo creo que sí —rió—. Lo harás porque eres un cobarde, si fueses malo serías valiente, pero no lo eres, eres un cagado y harás lo que te diga. Sino sentirás como te degüello lentamente abriendo una gran y babeante sonrisa roja en tu cuello. Y lo haré, además, vas a ser consciente de cómo la cabeza se te separa del cuello porque lo haré lentamente. No tengas duda de ello, y a lo mejor llegas a pensar que no lo haré porque nadie conducirá y nos chocaremos. Pero sería una estupidez pensar eso, YO sí soy mala y me daría igual que lo hicieses porque no soy una cobarde como tú.
La herida que tenía sobre su hombro le afirmaba que sí sería capaz de matarlo. Pese a sus duras palabras aún sentía su miembro palpitar entre las manos de la desconocida.
Cerró el ojo derecho al escocerle por la gota de sudor que le había entrado. Mataría otra vez si era necesario para salvar su vida. Aunque ahora, pasados unos minutos desde que matase a aquel desconocido se preguntó si haría falta obligarle con amenazas para matar a alguien más o si lo único que había necesitado para apretar el gatillo era “un empujoncito”.
Un raro hormigueo le recorría todo el cuerpo. ¿Era disfrute, alegría tal vez? No podía ser, pero sí, ahí estaba recorriéndole desde el pene cada punto nervioso de su cuerpo.
Llegaron a otro pueblo. Éste, de mayor población, procuraba un ambiente fluido por las calles. Observó a parejas abrazadas, confesándose mutuas intimidades, niños correr levantando las enaguas a viejas viudas y a adolescentes atontados con sus motos, pavoneándose entre las inocentes y sorpresivas chicas. No pudo ver el nombre de la población, aunque recordaba haber pasado por allí en otra ocasión.
La extraña guió a Bob, conocía todas las calles.
—Gira ahora a la derecha.
Lo hizo. Habían estado rondando por la periferia durante los últimos minutos. Ahora entraban en una avenida larga y abandonada, casi desértica, de escasa iluminación pues la mayoría de farolas estaban destrozadas. Al final de ella, una gran fuente algo estrambótica, con delfines alargados y querubines desnudos coronaba una rotonda. De la boca de los primeros y los diminutos penes de los segundos brotaban finos hilillos de agua, describiendo pequeños arcos para caer al plato de la fuente.
—¿Ves a esa mujer que pasea con la niña en brazos?- Eran los únicos seres vivos que había en toda la avenida.
«No, no, no puede ser. No me lo va a pedir.»
«Que me lo pida, total, son dos vidas inútiles; son inferiores.»
—Quiero que las atropelles, así me demostrarás que eres un tío malo y te dejaré en paz para siempre. Nunca volverás a saber de mí.
—No… puedo… hacerlo. —dijo lastimeramente pero con ganas de ser convencido, la mano de la mujer desabrochó hábil su bragueta—. Pero si son dos criaturas inocentes… ¿Cómo pretendes que haga eso?
—Antes has matado a un tipo inocente.
—Pero…pero, si son una joven y una niña…
— ¿Y? Alguien verdaderamente malo lo haría. Y son calaña, tú y yo lo sabemos. Así que… ¡Adelante! ¿Qué vas a perder?
De nuevo la orden fue acompañada de una puñalada en la espalda. El dolor le provocó incluso un agarrotamiento de los músculos. Temió que sus piernas no le respondieran, que sus manos no guiaran el coche. Pero nada de esto sucedió.
El coche avanzó, chirriando sus ruedas a toda velocidad hacia las inocentes.
—¡ Uhhh! ¡Vamos, arrolla a esas cerdas! —aullaba con gran excitación atrás. Unos dedos cálidos rozaron su pene y comenzaron a masturbarlo.
El marcador del coche se situó por encima de los cien kilómetros por hora. La excitación le dominaba casi como si fuese a perder la virginidad. Había un pequeño bordillo, luego la acera por la que iban madre e hija. Se acercó vehementemente a él. Sentía como tanto la velocidad como la eyaculación viajaban hombro con hombro, se iba a correr a la vez que arrollaba a las dos infelices, y se hartaría de reír, luego sentiría esa paz, esa sensación tan grata en la que ya nada tiene importancia, donde el mundo exterior ha dejado de existir, donde están solamente uno y el placer, el placer con uno, iba a ser el mejor orgasmo de su vida.
Cerró los ojos. ¿Lo iba a hacer?
Cuando los abrió vio la cara asustada de ambas, la madre apartando a la hija de un empujón, ella cayendo al suelo. Dio un volantazo y pasó de largo, casi rozándolas, llegaban casi al final de la avenida, sintió su piel rasgada de nuevo y un fuerte dolor de huevos mientras se dirigía hacia la fuente de la rotonda.
—¡No lo has hecho! —gritaba atrás la demente mientras clavaba su arma una y otra vez en la espalda del joven.
El impacto contra la fuente fue estruendoso. El coche quedó destrozado completamente. Al chocar con el bordillo de la rotonda había dado una vuelta de campana en el aire. Sus ruedas o lo que quedaba de ellas chirriaron lastimeramente en el aire, provocando un crispante sonido, después había aterrizado boca abajo contra la fuente, destrozándola. El techo se aplastó golpeando su cabeza. Para sorpresa suya no sufría dolor, sólo sentía su cuerpo totalmente adormecido, entumecido. Se preguntó si eso sería bueno o no. Oía vagamente fugas del coche, oía el agua de la fuente, oía a alguien gritar a lo lejos pero lo que oyó, casi dentro de su cabeza, con total claridad era la voz de la desconocida, era potente, y provenía de su parte derecha, de fuera del coche. No podía verla porque tenía la cabeza girada hacia el otro lado y oía crujir su cuello a cada intento de moverla.
—Bob, definitivamente las cosas ya están en su lugar. No eres verdaderamente malo.-La voz de la desconocida sonaba ahora tranquila.
— ¿Quién…quién…eres tú? —dijo mientras obligaba dolorosamente a su cuello a girar hacia la voz.
—Toda tu vida has estado marcado por intentar establecer en tu mente la línea que separa el bien del mal e intentar cruzar hacia el lado oscuro. Yo te he marcado la línea y aún así te has manteniendo en medio, haciendo aspavientos con los brazos para no moverte, no caer hacia ningún lado. Flirteando con el mal al matar a aquel tipo del bar. No me gustan las medias tintas, por eso he venido a verte aún siendo un don nadie como eres. Respecto a tu pregunta, soy el egoísmo de una potencia, el petróleo que causa guerras, la espina, el grupo armado de una religión, la enfermedad que desola países pobres, soy el cáncer de garganta en una madre viuda con dos hijos, el incendio que atrapa a decenas de jóvenes en una discoteca, la mano de un maltratador. Todo eso y mucho más soy, Bob. Todo lo malo.
Cuando consiguió girar la cabeza del todo pudo contemplar unas piernas esbeltas, bellas, contorneadas, que le hicieron darse cuenta de que aún, pese a todo, estaba empalmado. Un segundo después, cuando una farola dibujó la sombra de la extraña, su malherido cuerpo sufrió una convulsión. El perfil de la sombra no pertenecía a una persona, ni a nada que él hubiera visto jamás en su vida. El lugar que debería haber estado ocupado por la silueta femenina de la desconocida era usurpado por una sombra grotesca, inhumana y horripilante.
—Hasta pronto, Bob —dijo. Y desapareció.
Luego todo se desdibujó y fue oscuridad.

FIN

Le doy a este relato
puntos

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