Busca
 
Dragonlance - Timunmas
Reinos Olvidados - Timunmas
Warhammer - Timunmas
Warhammer 40.000 - Timunmas
Terror - Timunmas
Fantasía Épica - Timunmas
La Rueda del Tiempo - Timunmas
Biblioteca - Timunmas
Tolkien - Minotauro
Ucronías - Minotauro
 
Selecciona Editorial
Escribe tu E-mail
 
 
Club de Lectura La Espada de Fuego: conoce a Javier Negrete
 
Scyla Ebooks
 
Minisite METRO 2033
 
Literatura de Terror
 
Minisite sobre las novelas de Halo
 
Scyla, Timun mas y Minotauro en Facebook
 
Planeta de Libros
En las cimas de la locura
Participante 38 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 31 puntos (VOTAR)
—¡Demonios! —Esta palabra sale de mi boca como una exhalación y, por un momento, siento como si se me fuera la cabeza... Echo otro vistazo rápido a la escarpada pared de roca mientras me ajusto el arnés..
—¡Demonios! —Esta palabra sale de mi boca como una exhalación y, por un momento, siento como si se me fuera la cabeza...
Echo otro vistazo rápido a la escarpada pared de roca mientras me ajusto el arnés, buscando la vía de bajada más adecuada y los mejores puntos de apoyo. El fuerte viento es capaz de zarandearme y, si no extremo las precauciones, puedo acabar estrellándome contra algún saliente o ser golpeado por alguna rama... Y terminar uniéndome a esos dos desdichados alpinistas que yacen en el fondo del barranco.
Una vez que me aseguro de que la cuerda está bien amarrada a la sujeción, ordeno a mis dos hermanos que no se muevan del sitio e inicio el descenso, un descenso difícil y desesperado, para intentar llegar hasta la pareja que acaba de despeñarse. Aunque lo más probable es que hayan fallecido (¡han “volado” desde una altura de más de cincuenta metros!), tengo la esperanza de que la nieve haya amortiguado el golpe y sólo estén inconscientes, aunque no se libren de algunas fracturas de huesos. En lo más profundo de mi ser, deseo con toda mi alma que esos infelices hayan sobrevivido.
Repentinamente, el viento me hace oscilar. La piedra está bastante resbaladiza debido a las placas de hielo que se han formado sobre ella y no puedo asirme a tiempo, quedando suspendido de la cuerda durante unos segundos. Son momentos de tensión, danzando entre la vida y la muerte, antes de conseguir recuperar de nuevo el equilibrio.
—¡No ha pasado nada! —grito a mis hermanos para que no se preocupen—. ¡Estoy bien!
Iván y Álex son aún unos muchachos. Quince y trece años. «Demasiado jóvenes para ir a escalar», había dicho nuestra madre. Y empiezo a pensar que tenía razón, que no debía haberles traído...
El ascenso es realmente peligroso y el intempestivo clima dificulta las cosas. Cualquier pequeño descuido puede provocar un accidente mortal, como han podido constatar los dos hombres que nos precedían y que han acabado precipitándose al vacío.
No sin dificultad, logro llegar abajo. Suelto el cierre de seguridad que me mantiene unido a la cuerda y corro hacia el primero de los individuos tendidos para ver si se puede hacer algo por él. Sin embargo, antes incluso de llegar a su lado, sé que está todo perdido. Su cuerpo, retorcido en una postura imposible, muestra las atroces señales dejadas por cientos de puños de piedra que le han golpeado hasta destrozarlo. Su rostro ensangrentado está desfigurado y hundido, como si su cráneo fuese de goma y se hubiera deformado. Es un espectáculo terrible y atroz, y doy gracias de que mis jóvenes hermanos no tengan que presenciarlo.
En vista de que no puedo ya salvarle, voy en busca del otro hombre, que yace unos metros más adelante. Por desgracia, el resultado es el mismo: está muerto.

(La Montaña es una cruel asesina.)

Ya nada se puede hacer por ellos... Sin embargo, no me parece apropiado dejarles así, de esa forma y a la intemperie. Tras meditarlo unos segundos, saco mi pequeña pala de campaña y, con un intenso trabajo, logro abrir un ancho agujero en la nieve, entre las rocas, de apenas medio metro de profundidad. Después, agarrándolos de los pies, arrastro los cuerpos hasta el hoyo y los cubro con ramas de abeto para evitar que los buitres los vean.
La operación me lleva casi media hora; treinta pequeños minutos que me parecen interminables siglos.
Extenuado, casi exhausto por el esfuerzo, emprendo el ascenso. El viento parece aprovechar mi debilidad para atacarme con más furor y apenas sí logro avanzar. Soy consciente de que tenía que haber esperado unos minutos para reponerme antes de subir, pero mi deseo de salir de ese pozo de muerte es más fuerte que mi voluntad de descansar.
Trabajosamente, logro llegar arriba. A pesar de las dificultades, mi pericia como escalador me permite superar los obstáculos y reunirme con Iván y Álex.
—Ya estoy aquí —les digo y, al momento, me doy cuenta de lo estúpido de la afirmación, pues es evidente que he llegado. Así que me dispongo a explicarles que los dos hombres estaban muertos, pero me contengo y evito decir otra tontería. Ellos ya saben que han fallecido, puesto que me han visto cubrir los cuerpos.

(Los nervios te están jugando una mala pasada. ¡Tranquilo, colega!)

Evitando mirar a la cara a mis hermanos para que no noten mi nerviosismo, recojo todo el equipo y lo meto en mi mochila. Cuando termino, simplemente digo:
—Vámonos. Pronto anochecerá y tenemos que encontrar un lugar resguardado para instalar la tienda. Me da la impresión de que se avecina una fuerte tormenta.
Iván y Álex se ponen en marcha sin replicar, cosa rara en ellos. Sin duda, ver morir a esos pobres desdichados les ha afectado profundamente. Quizás ahora sea más fácil que me hagan caso y no se comporten tan alocadamente como llevan haciendo estos dos días.

● ● ●

Acampamos al resguardo de un gran peñasco, casi una hora después del lamentable incidente.
El viento aúlla con más fuerza que antes y, encima, ha empezado a nevar. Si esto empeora, podemos quedar aislados durante días. Está claro que...

(¿vais a morir?)

...hoy no es nuestro día de suerte.

● ● ●

Sueños. No, pesadillas. Terribles imágenes de muerte me asaltan por la noche. El mismo viento que sopla ahí fuera se mete en mi cabeza y remueve los recuerdos de esta tarde, mostrándome una y otra vez los cuerpos de los dos alpinistas en caída libre hacia su destrucción.
Sin embargo, hay algo diferente... algo que me aterra profundamente y que hace que sienta una opresión en el pecho tan fuerte, tan agobiante, que parece como si unas manos invisibles me estrujasen el alma. Lo que veo es el rostro de mis hermanos en los dos escaladores que emprenden su viaje hacia el Más Allá. Unos rostros magullados y heridos, rotos, rasgados por mil cuchillos rocosos. Unos rostros sin vida que, a pesar de ello, me miran de forma acusadora, reprochándome el no haber sabido cuidar de ellos.
Sobresaltado, me despierto, empapado en un sudor frío, casi tan gélido como la noche.
Lo primero que hago es mirar a mi alrededor para comprobar que mis hermanos siguen allí. La lechosa luz de la lámpara de queroseno me permite descubrirles a mi lado, durmiendo plácidamente, a salvo...

(Sí, pero ¿por cuánto tiempo? ¿Cuánto durará esta ilusión?)

Más tranquilo, vuelvo a reclinarme en mi saco de dormir y me dejo caer en los brazos de Morfeo, con un único pensamiento en mente: «mañana será otro día».

● ● ●

Amanece...

(...que no es poco.)

La mañana se nos presenta clara y soleada, haciéndonos olvidar la pesadilla de ayer.
—Si el tiempo no cambia, podemos llegar al coche antes de que anochezca —comento a los muchachos para darles ánimos—. Hoy dormiremos en casa.
Desmonto la tienda mientras mis hermanos terminan de asearse un poco y, tras un ligero desayuno a base de café y galletas de chocolate, emprendemos de nuevo la marcha.
Mientras avanzamos, voy muy pendiente de Iván y Álex, como si subsistiera en mí un cierto temor oculto a que pueda ocurrirles algo. Sin duda, comienzan a asaltarme los temores engendrados por mis demonios oníricos.
«Esta noche —digo para mis adentros— todos estaremos seguros en casa y mañana esta historia no será más que una simple anécdota.»
Sin embargo, por alguna extraña razón que desconozco, no termino de creerme mis propias palabras, como si mi subconsciente supiera que algo no va a salir bien. Algo anda mal. Pero, ¿qué es?

(¿Realmente no sabes qué anda mal? La respuesta es muy sencilla: tú.)

● ● ●

La bajada se nos da tan bien, que a las seis de la tarde llegamos hasta mi coche, un todo-terreno aparcado justo en donde la ladera de la montaña se convierte en un lugar totalmente intransitable para vehículos.
—¿Qué os decía, chicos? —canturreo con entusiasmo—. ¡Ya estamos aquí! Y ahora, a casita.
Cargo las mochilas en la parte de atrás, subimos al vehículo y partimos, rumbo a la civilización.
Mientras aferro con fuerza el volante, como queriendo asegurarme de que es real, de que estoy de verdad en el coche, siento una extraña alegría y satisfacción por dejar atrás los altos picos nevados. Es una sensación similar a la que deben sentir los protagonistas de esas películas de terror cuando escapan por fin de la terrible amenaza (ya sean alienígenas o zombis caníbales) que ha ido asesinando uno a uno a todos sus compañeros. Y es extraño que piense eso, pues en ningún momento nos ha acechado un peligro tan grande como para desear con tanta fuerza huir de él.
En cualquier caso, lo importante es que los tres estamos bien y que regresamos a un mundo más seguro, de asesinatos, atracos, accidentes de tráfico, contaminación, violencia callejera, malos tratos y un largo etcétera. «¡Ahh, no hay nada como la paz del hogar!», bromeo para mí.

● ● ●

Nada más entrar en el pueblo, detengo el vehículo frente al puesto de la Guardia Civil y les digo a mis hermanos:
—Hemos evitado hablar de ello durante todo el camino, pero... Creo que tenemos una responsabilidad y un deber para con esas dos personas que han dejado sus vidas allá arriba. Así que voy a dar parte de lo ocurrido y luego, nos iremos los tres a casa. ¿Vale?
Álex e Iván se miran, dudan un instante y, finalmente, asienten con la cabeza.
—Muy bien. Esperadme aquí sin moveros, que enseguida vuelvo.
Salgo del coche y, justo antes de cruzar bajo el Todo por la Patria, vuelvo la cabeza para contemplar una vez más a mis hermanos. Ese impulso, que surge como una necesidad incontrolable, me trae de nuevo el sabor del miedo, de una irracional y absurda sensación, la impresión de que... no volveré a ver a los muchachos.
Tras un instante de incertidumbre, aparto de mi mente tan ilógico pensamiento y encamino otra vez mis pasos hacia...

(¿la locura?)

...hacia mi deber como ciudadano.
Un número de la Benemérita me atiende y me hace pasar con un cabo, el cual, al escuchar mi historia sobre el accidente de los alpinistas, avisa al sargento y pronto se pone en marcha toda una operación de rescate... «Rescate de unos fríos cadáveres», pienso.
Doy mis datos personales y un número de teléfono donde localizarme, y abandono el lugar dejando un gran revuelo, igual que si hubiera dado una patada a un avispero.
Cuando salgo y llego al coche, descubro con horror que mis hermanos no están... Y la gélida mano del miedo vuelve a pinzarme el corazón.
—Tranquilo, Javi —me digo—. Seguramente habrán bajado un momento a estirar las piernas o tal vez hayan entrado en un bar a echar una meada.
Miro a un lado y a otro de la calle, pero no hay ni rastro de ellos por ningún sitio. Así que me subo al coche y decido esperar a que regresen.

...

El tiempo pasa.
Diez minutos.
Quince minutos.
Veinte minutos y sin aparecer.
Nervioso, me bajo del coche y entro en los bares de la zona para tratar de descubrir si se hallan en alguno...
Negativo. Nadie les ha visto por ningún lado.
En ese momento, cuando la desesperación está a punto de asaltarme, una idea ilumina mi mente.
—¡Serán imbéciles! —exclamo—. Seguro que se han bajado a casa andando, en vez de esperarme. Siempre tienen que hacer alguna de las suyas... ¡Pues se van a enterar, hombre! Me van a oír cuando llegue...
Pongo en marcha el coche y, cogiendo un desvío, salgo a la carretera que lleva directamente hasta la urbanización donde vivimos. Así, en menos de diez minutos estoy en casa.
Mientras aparco, contemplo el último rayo de sol desaparecer tras el horizonte. Presiento que con él se va algo más que la simple luz del día.

● ● ●

—¡Cálmate, mamá, por favor! —chillo, en un intento por aplacar el histerismo de mi madre—. Seguramente estarán por ahí, jugando a las maquinitas o charlando con sus amigos, y no se han dado cuenta de la hora que es.
—¿Pero por qué no les has traído... directamente a casa...? —farfulla.
—Ya te lo he explicado. Tuve que parar para informar a la Guardia Civil del accidente y, cuando regresé al coche, ya no estaban.
—Sí, pero de eso hace ya cuatro horas... Y además, sabes que nunca llegan a casa más tarde de las once... Les ha pasado algo, lo sé... algo malo. Tenemos que avisar a la Policía.
—Mamá, no se puede denunciar una desaparición hasta que pasan cuarenta y ocho horas...
Ding-dong.
Suena de pronto el timbre de la puerta.
—Mira, ya están ahí —afirmo—. ¿Ves como te has preocupado por nada?
Mi madre corre hacia la puerta y la abre con ímpetu, sin duda dispuesta a dejar caer sobre mis pobres hermanos una terrible reprimenda.
Pero no son ellos...
Una voz varonil, con un tono grave, pronuncia unas palabras que al principio no logro distinguir. Después:
—...sentimos tener que comunicarle —escucho desde el salón— que sus hijos Alejandro e Iván han sufrido un lamentable accidente mientras escalaban... Ambos han perdido la vida...
—¡Nooooo! ¡Mis niños no! —oigo sollozar a mi madre—. ¡Muertos, no!
«¿Muertos...? —repito mentalmente—. ¿Un accidente mientras escalaban? ¡Imposible! Yo les he traído sanos y salvos hasta aquí...»
Acto seguido, todo se vuelve confuso. Mil ideas patean mi mente como caballos desbocados. Mi cabeza parece estallar.
Mi visión se nubla. Todo se vuelve oscuro. Llega la noche de la razón...

● ● ●

Yo no tendría que estar aquí... Un centro para enfermos mentales.
¡Yo no estoy loco!
Dicen los doctores que mi mente se negó a admitir la realidad: que mis hermanos estaban muertos. Dicen que no fui capaz de admitir que no había sabido cuidar de ellos y por eso los recreé en mi imaginación, para que mi conciencia no tuviera que cargar con el peso de esas dos pobres almas.
Es ridículo.
Yo sé que no fue así. Algo mágico y maligno ocurrió mientras estábamos allí arriba. Una fuerza sobrenatural me arrebató a mis hermanos y ahora quiere llevarse también mi cordura. Pero yo sé que no estoy loco.
¡Yo no estoy loco! No lo estoy... No.
¿O sí?
—¡Demonios! —exclamo—. Realmente, se me fue la cabeza...

(Ya te lo decía yo: estás como una regadera)

Le doy a este relato
puntos

Nombre
Comentario
     Introduce el código
 
 
La puerta oculta (Card, Orson Scott) - Fantasía
La puerta oculta
Autor: Card, Orson Scott
La conspiración de Melengar (Sullivan, Michael J.) - Fantasía Épica
La conspiración de Melengar
Autor: Sullivan, Michael J.
Ravenor fugitivo (Abnett, Dan) - Warhammer 40.000
Ravenor fugitivo
Autor: Abnett, Dan


     
Grupo Planeta